La Guerra De Hart
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:
Éste, junto con otros dos oficiales, se aproximó a la cama y se pusieron de inmediato a registrar el colchón de paja y las escasas ropas y mantas. Lincoln Scott se apartó unos pasos y permaneció solo, con la espalda apoyada en uno de los tabiques de madera. Los tres oficiales se pusieron a hojear la Biblia y La caída del Imperio romano y examinaron la tosca mesa de madera donde Scott guardaba sus cosas. En aquel segundo, Tommy pensó que los hombres realizaban un registro superficial. No examinaban a fondo ninguno de los objetos ni mostraban interés en lo que hacían. Presa de una sensación de nerviosismo, exclamó de nuevo:
– ¡Coronel! Reitero mi protesta contra esta intromisión. Dadas las circunstancias en que se encuentra, no sería inteligente por parte del teniente Scott renunciar a su protección constitucional contra un registro e incautación ilegal de sus pertenencias.
El comandante Clark miró a Tommy con un gesto parecido a una sonrisa.
– Casi hemos terminado -dijo.
MacNamara no respondió a la petición de Tommy.
– ¡Esto no es correcto, coronel!
En éstas los dos oficiales que acompañaban al comandante Clark se agacharon y alzaron las esquinas de la litera de madera. La desplazaron unos veinticinco centímetros a la derecha, arrastrando las patas sobre el suelo, y luego volvieron a dejarla caer estrepitosamente. En el acto, el comandante Clark se puso de rodillas y empezó a examinar los tablones del suelo que habían quedado expuestos.
– ¿Qué hace? -inquirió Scott.
Nadie respondió.
Clark empezó a mover una tabla del suelo hasta que logró desprenderla y, con un rápido movimiento, la levantó. La tabla había sido cortada y luego restituida en su lugar. Tommy comprendió en seguida de qué se trataba: un escondrijo. El espacio entre los fundamentos de cemento y las tablas medía aproximadamente un metro y medio. Cuando él llegó al Stalag Luft 13, éste era uno de los escondites preferidos por los kriegies. Lo ocultaban todo en ese pequeño espacio debajo del suelo que había en cada habitación: la tierra excavada en los numerosos intentos fallidos de construir un túnel, artículos de contrabando, radios, uniformes convertidos en trajes de paisano para fugas planificadas pero nunca llevadas a cabo, raciones de comida para casos de emergencia que nunca se llegaban a consumir. Pero lo que a los kriegies les parecía tan conveniente, no había pasado inadvertido a los hurones.
Tommy recordaba lo ufano que se había mostrado Fritz Número Uno el día en que había descubierto uno de esos escondites, pues el hallazgo de uno había conducido inmediatamente al descubrimiento de más de dos docenas en los otros barracones. Por consiguiente, hacía un año que los kriegies habían renunciado a esconder esos objetos allí, para desesperación de Fritz Número Uno, que no dejaba de examinar los mismos lugares una y otra vez.
– ¡Coronel! -le gritó Tommy-. ¡Esto no es justo!
– ¿Conque le parece injusto? -replicó el comandante Clark.
El fornido oficial se agachó, introdujo la mano en el espacio vacío y se incorporó sonriendo y sosteniendo en la mano un cuchillo largo y plano, de confección casera. Medía unos treinta centímetros de longitud y uno de sus extremos estaba envuelto en un trapo. La hoja de metal era plana y afilada, y al extraerla de debajo de la tabla del suelo emitió un malévolo destello.
– ¿Reconoce esto? -preguntó Clark a Lincoln Scott.
– No.
– Ya -dijo Clark sonriendo. Luego se volvió hacia uno de los oficiales que se hallaba al fondo del grupo y le dijo-: Déjeme ver esa sartén.
El oficial le entregó el utensilio construido por Scott.
– ¿Y esto, teniente? ¿No es suyo?
– Sí -respondió Scott-. ¿Cómo ha ido a parar a sus manos?
Clark, que no tenía ganas de responder a la pregunta, se volvió, sosteniendo la burda sartén y el cuchillo de confección casera. Miró a Tommy pero dirigió sus palabras al coronel MacNamara.
– Observe con atención -dijo.
Lentamente, el comandante desenrolló el trapo de color aceituna que había utilizado Scott para confeccionar el asa de la sartén. Luego, con la misma lentitud y deliberadamente, retiró el trapo enrollado en torno al mango del cuchillo. Acto seguido sostuvo en alto ambos pedazos de tejido. Eran del mismo material y de una longitud casi idéntica.
– Parecen iguales -dijo el coronel MacNamara secamente.
– Hay una diferencia, señor -repuso Clark-. Este pedazo -dijo mostrando el trapo envuelto en torno al asa del cuchillo-, parece tener unas manchas de sangre del capitán Bedford.
Scott se puso rígido, con la boca ligeramente entreabierta. Parecía disponerse a decir algo, pero en vez de ello se volvió y miró a Tommy. Por primera vez, Tommy observó miedo en los ojos del negro. En aquel segundo, recordó lo que Hugh Renaday y Phillip Pryce habían comentado hacía unas horas. Motivo, oportunidad, medios: las tres vértices de un triángulo. Pero cuando Tommy había hablado con ellos, faltaban los medios para completar la ecuación.
Ahora se había completado.
6
A la mañana siguiente, cuando sonó el toque de llamada, los kriegies se agruparon como de costumbre en desordenadas formaciones, salvo Lincoln Scott. El aviador negro permaneció aparte, en posición de descanso, con las manos enlazadas a la espalda y las piernas ligeramente separadas, a diez metros del bloque más próximo, esperando que lo contaran como a todos los demás prisioneros. Su rostro mostraba un gesto duro, inexpresivo, con la vista al frente, hasta que hubieron completado el recuento y el comandante Clark ordenó que rompieran filas. Entonces dio media vuelta sin vacilar y se dirigió a paso de marcha hacia el barracón 101. Desapareció por la puerta sin decir una sola palabra a los otros kriegies.
Durante unos instantes Tommy pensó en seguirlo, pero al final se abstuvo de hacerlo. Los dos hombres no habían hablado sobre el hallazgo del cuchillo, salvo un breve comentario que había hecho Scott para negar todo conocimiento del mismo. Tommy había pasado una noche agitada, con pesadillas, despertándose más de una vez en la oscuridad sintiendo una desapacible y deprimente frialdad a su alrededor. Se dirigió rápidamente hacia la puerta principal, al tiempo que indicaba a Fritz Número Uno que le diera escolta. Vio que el hurón lo miraba como dudando, como deseando rehuirlo, pero cambió de parecer, se detuvo y esperó. Pero antes de que Tommy alcanzara al hurón, fue interceptado por el comandante Clark. Éste exhibía una sonrisa pequeña, burlona, que no ocultaba sus sentimientos.
– A las diez de la mañana, Hart. Usted, Scott, el canadiense que le ayuda y cualquier otro hombre que le eche una mano. La vista se celebrará en el teatro del campo. Es de suponer que actuaremos ante un numeroso público, con la sala abarrotada a más no poder. ¿Qué clase de actor es usted, teniente? ¿Se cree capaz de ofrecer una buena representación?
– Lo que sea con tal de mantener a los hombres ocupados, comandante -replicó Tommy con sarcasmo.
– De acuerdo -repuso Clark.
– Confío en que me proporcione entonces las listas de pruebas y testigos, comandante. Tal como exige el reglamento militar.
– Si lo desea… -Clark asintió con la cabeza.
– Sí. También necesito examinar físicamente las supuestas pruebas.
– Como guste. Pero no veo…
– Ésa es la cuestión, comandante -le interrumpió Tommy-. Lo que usted no ve.
Saludó y, sin esperar a que el oficial le diera una orden, dio media vuelta y se dirigió hacia Fritz Número Uno. Pero apenas había dado tres pasos cuando oyó la voz del comandante estallar como una granada a su espalda.
– ¡Hart!
Tommy se detuvo y dio media vuelta.