La Dama de la Toscana
- Автор: Cavalier Philippe
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Dama de la Toscana». Краткое содержание книги:
La tetralogía El siglo de las quimeras culmina en La dama de la Toscana, un relato de terror e intriga, acción y aventura, que nos conduce de los desiertos de Asia Central a los palacios de Venecia, de la corte de los Borgia al París de Alexandre Dumas, de los bosques de Transilvania a las planicies del Transvaal… Un bello, terrible, misterioso tapiz, tejido con los hilos de lo humano y lo numinoso, de la historia y la magia negra.
– Yo puedo matar a ese monje bellaco -afirmó Dragoncino, decidiéndose a intervenir en la conversación-. Por malvado que sea, no será inmortal.
Laüme sonrió y apretó la mano de su amante.
– No puedes asesinar a Savonarola. Eso comprometería los planes que tengo para ti.
– ¿Y tú? Tú sabes curar a las víctimas de los venenos; seguramente también sabrás prepararlos. ¿Por qué no le echamos veneno en la sopa?
Laüme suspiró y se apartó para sentarse en el murete que miraba al Arno. Sus ojos se posaron en el lento curso del río.
– Se convertiría en un mártir. Su fantasma sería aún más peligroso que su persona.
– Laüme tiene razón -asintió Landino-. Matar a ese hombre sería hacer nacer nuevas vocaciones y suscitar deseos de venganza, algo que hay que evitar a toda costa.
– ¿Qué hacer, entonces? -preguntó Dragoncino, exasperado.
– Esperar a que los excesos de los monjes se vuelvan un día contra ellos -sentenció la joven-. Mientras tanto, para protegeros a ti, Marsilio, y a Cristoforo, puedo fabricar unos amuletos que disuadirán a los extraños de franquear vuestras propiedades. Vuestros preciosos libros estarán mejor custodiados por ellos que por unos soldados.
Laüme escarbó con las manos desnudas en la tierra húmeda a sus pies y moldeó dos figurillas de barro. Los dos viejos, fascinados, no se perdían ni uno solo de sus gestos. Los dos juntos recitaron:
– Verba secretorum Hermetis -verum, sine mendacio, certum et verissimum; quod est inferius est sicut quod est superius; et quod est superius est sicut quod est inferius, adperpetranda miracula rei unius. Et sicut omnes res fuerunt ab uno, mediatione unius, sic omnes res natae fuerunt ab hac una readaptatione. Pare ejus est Sol, mater ejus Luna; portavit illud Ventus in ventre suo; nutrix ejus Terra est. Pater omnis telesmi totius mundi est hic. Vis ejus integra est si versa fuerit in terram. Separabis terram ab igne, subtile a spisso, suaviter, cum magno ingenio. Ascendit a térra in caelum, interumque descendit in terram, et recipit vim superiorum et inferiorum. Sic habebis gloriam totius mundi. Ideo fugiet a te omnis obscuritas. Hic est totius fortitudine fortitudo fortis; quia vincet omnem rem subtilem, omnemque solidam penetrabit. Sic mundus creatus est. Hinc erunt adaptationes mirabiles, quarurn modus est hic. Itaque vocatus sum Hermes Trismegistus, habens tres partes philosophiae totius mundi. Completum est quod dixi de operatione Solis [3]…
La solemnidad con la que Ficino y Landino habían salmodiado la Tabula Smaragdina hizo resoplar a Laüme.
– ¡No creáis, como los judíos, que las palabras son importantes! -les dijo-. No son más que patrañas para niños. La verdadera fuerza radica en la voluntad, y la voluntad es muda. Las palabras son bonitas, impresionan a los ignorantes, pero el poder resbala sobre ellas sin dejar huella. La voluntad, en cambio, es una materia mucho más permeable.
Terminadas las figurillas, se las llevó una tras otra al corazón. Cerró los ojos y permaneció largo tiempo inmóvil y en silencio. Los tres hombres la miraban sin osar moverse. Por fin, cuando la noche se hacía negra a su alrededor, Laüme volvió a abrir los párpados y depositó las figurillas junto a sí.
– Los guardianes están listos -anunció-. Voy a enseñaros cómo mantenerlos con vida y fortalecerlos. Una vez que los hayáis escondido cerca del umbral de vuestras casas, ningún inquisidor podrá penetrar en ellas.
Fatigado, apenas interesado en el saber que la muchacha transmitía con gravedad a los dos boquiabiertos vejestorios, Dragoncino fue a tenderse en la hierba contra el tronco de un limonero. Envuelto en su capa, se puso a contar las estrellas y se sumió en el sueño mientras ponía los ojos en Sirio.
La punta mojada del zapato de Laüme contra su mejilla le despertó al alba. Cubierto de rocío, temblando, pero feliz al contemplar el rostro de su amada dorado por el sol naciente, el muchacho se levantó de un brinco. Sacudiéndose como un perro joven, proyectó a propósito gotas de agua helada sobre Laüme, que se echó a reír y huyó como una niña entre los árboles. Él se lanzó tras sus pasos, saltó sobre ella como un lobo sobre una gacela y la hizo rodar entre las flores. Envueltos en sus pieles y apretujados uno contra el otro en el banco, Marsilio Ficino y Cristoforo Landino bebían a sorbos un bol de miel caliente con grosellas machacadas y se daban codazos.
– Ya lo ves, Marsilio -dijo Landino-, no estábamos equivocados. Nuestros viejos maestros tenían razón. Jámblico, Porfirio… ellos sabían que hay que poner fe en la existencia de las amables ninfas. ¡Existen! ¡Existen de verdad!
– ¡Ah, si Gemistos Plethon y Cosme de Médicis hubieran podido conocer a Laüme! -suspiró Ficino-. Si solamente hubiera aparecido en la época del Concilio… El espejo roto de Afrodita habría podido arreglarse al fin y el gran Pan hubiera vuelto a reinar en el mundo.
– ¿Y quién te dice que no es ésa la verdadera intención de está criatura sublime?
Riendo, a cual más mojado y con los cabellos constelados de briznas de hierbas y de pétalos arrugados, Laüme y Dragoncino volvieron junto a sus anfitriones. Unos sirvientes trajeron huevos y aceitunas, queso y panceta, cuellos de cisne estofados y vino dulce.
Cuando todos se hubieron saciado, Laüme y Dragoncino se despidieron, tomaron sus monturas y atravesaron el Ponte Vecchio sin que ningún comerciante los llamara. Los tenderetes de tablas de los parapetos estaban casi todos cerrados, y los pocos que aún ofrecían alguna mercancía vendían telas ásperas y descoloridas y crucifijos de madera.
– Si esto es la ciudad de Dios, me iré a vivir a la del Diablo sin pensármelo -murmuró Dragoncino mientras observaba con disgusto a su alrededor.
Al extremo del puente, veinte o treinta «aulladores», niños espías dirigidos por Savonarola, estaban sentados cerca de una fuente. Sus harapos habían sido frotados con carbonilla para oscurecerlos, y cada uno de ellos portaba un garrote de hierro en la cintura. Cuando vieron llegar a la pareja, se pusieron en pie, y el mayor, de rostro desfigurado por el acné y con orejas salientes, avanzó con osadía.
– ¡Vosotros dos! ¿No sabéis que está prohibido llevar ropaje de colores y montar a caballo? ¡Éstos son signos de orgullo que desagradan mucho a Dios nuestro señor! ¡Desmontad y desnudaos! Como penitencia, iréis desnudos a implorar su perdón a la iglesia más cercana; después os atarán a la picota dos o tres días exponiendo vuestras partes pudendas para doblegar un poco vuestra altivez.
Los otros niños sacaron sus porras y se acercaron, medio fanfarrones, medio feroces, excitados con el pensamiento de las estupendas escenas que se avecinaban. Dragoncino ya aferraba la empuñadura de su espada cuando Laüme retuvo su brazo.
– ¡Espera! -le dijo en un murmullo-. Quédate montado y déjame a mí tratar con estos piojosos.
Cuando ya las manos aferraban los bajos del vestido de Laüme para desgarrarlo y las botas de Dragoncino para tirarlo al suelo, el granujilla ordenó de repente que se detuvieran. Sus rasgos se transformaron; de burlones y malignos pasaron a expresar una suerte de éxtasis místico.
– ¡Dejadlos -gritó a sus tropas-. Esta noble amazona es una santa, y su escudero, un arcángel. Vienen del cielo y son nuestros señores. ¡Dejadlos, os digo! Vuestros ojos son demasiado sucios para ponerlos sobre ellos, y vuestras manos están demasiado cargadas de pecados.
Los niños no sabían qué hacer. Uno de ellos hizo caso omiso de la orden de su jefe y dio un tirón seco del vestido de Laüme, provocando con su acto el desgarro de una costura. Loco de rabia, el de los granos se echó sobre él y le golpeó con su cachiporra invocando sacrilegio. El rebelde, inconsciente, cayó como un pelele. Los otros niños retrocedieron, sin comprender por qué su jefe les privaba de repente de semejante ocasión de ver, y acaso de palpar, los encantos de la bella dama. Hubo murmullos de desaprobación, pero la negra mirada que el adolescente dirigió a su tropa aquietó al instante todo amago de motín. El capitán de los «aulladores» arrancó con la mano una rosa que florecía al borde de un muro y se la tendió a Laüme, que le dio las gracias, risueña ante su cortesía. El muchacho se inclinó haciendo mil gracias ridículas y desmañadas.