El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El padre Ralph había enseñado a Meggie a montar a caballo; hija de una familia campesina, nunca había montado a horcajadas, hasta que el padre Ralph remedió este defecto. Pues, aunque parezca extraño, las hijas de las familias campesinas pobres no solían montar a menudo. La equitación era un pasatiempo para jóvenes ricas, tanto de la ciudad como del campo. Las chicas como Meggie sabían conducir una ca-rreia o una yunta de caballos de tiro, incluso un tractor y a veces un automóvil; pero eran raras las que sabían montar a caballo. Resultaba demasiado caro.
El padre Ralph había traído de Gilly un par de botas con cinta elástica en los lados y unos pantalones de montar, y lo había depositado ruidosamente sobre la mesa de la cocina de los Cleary. Paddy había interrumpido la lectura de su libro, ligeramente sorprendido.
– Bueno, ¿qué trae usted ahí, padre? -preguntó.
– Prendas de equitación para Meggie.
– ¿Qué? -tronó la voz de Paddy.
– ¿Qué? -chilló la voz de Meggie.
– Artículos de equitación para Meggie. Francamente, Paddy, ¡es usted un idiota de primera clase! Heredero de la hacienda más grande y más rica de Nueva Gales del Sur, ¡y nunca ha dejado que su hija montase a caballo! ¿Cómo cree usted que podrá codearse con la señorita Carmichael, la señorita Hopeton y la señora de Anthony King, todas ellas buenas amazonas? Meggie tiene que aprender a montar, a la amazona y a horcajadas, ¿lo oye? Ya sé que está usted muy ocupado; por consiguiente, yo mismo enseñaré a montar a Meggie, tanto si le gusta a usted como si no. Y si esto entorpece sus tareas domésticas, tanto peor. Durante unas horas a la semana, Fee tendrá que apañarse sin Meggie, y no hay más que hablar.
Una de las cosas que Paddy no podía hacer era discutir con un cura; por consiguiente, Meggie aprendió a montar. Hacía años que lo deseaba y, en una ocasión, se había atrevido a preguntar tímidamente a su padre si podría hacerlo; pero éste no le había contestado y ella lo había olvidado en seguida, y nunca se lo había vuelto a preguntar, pensando que el silencio de Paddy equivalía a una negativa. Aprender bajo la dirección del padre Ralph le produjo una alegría que tuvo buen cuidado en ocultar, pues, en aquel tiempo, su veneración del padre Ralph se había convertido en una ardiente y muy infantil pasión. Sabiendo que era completamente imposible, se permitía el lujo de soñar en él, de preguntarse lo que sentiría si él la abrazaba y le daba un beso. Sus sueños no podían ir más lejos, porque no tenía la menor idea de lo que venía después, ni siquiera de que algo viniese después. Y si sabía que estaba mal soñar así en un sacerdote, no veía la manera de obligarse a no hacerlo. Lo único que podía hacer era asegurarse de que él no percibiese el menor indicio del tortuoso rumbo que habían tomado sus pensamientos.
Mientras Mary Carson observaba a través de la ventana del salón, el padre Ralph y Meggie salían de la caballeriza, que estaba en el lado de la casa grande más alejado de la residencia del mayoral. Los mozos de la hacienda montaban huesudos caballos de labor que nunca habían estado en el interior de una caballeriza, sino que sólo andaban alrededor de los corrales cuando tenían que hacer algún trabajo o retozaban en la hierba del Home Paddock cuando descansaban. Pero había caballerizas en Drogheda, aunque ahora sólo las usaba el padre Ralph. Mary Carson tenía allí dos caballos de pura raza para uso exclusivo del padre Ralph; nada de jamelgos para él. Y, cuando él le había preguntado si Meggie podía usar también sus monturas, ella no había podido negárselo. La muchacha era sobrina suya, y él tenía razón: debía aprender a montar decentemente.
En lo más profundo de su hinchado y viejo cuerpo, Mary Carson habría querido poder negarse, o, al menos, montar con ellos. Pero ni podía hacer lo primero, ni podía ya encaramarse a lomos de un caballo. Y ahora la amargaba verlos a los dos, cruzando juntos el prado, él con sus breeches, sus botas y su camisa blanca, ágil como un bailarín, y ella con sus pantalones de montar, esbelta e infantilmente hermosa. Irradiaban una amistad natural, y Mary Carson se preguntó, por millonésima vez, por qué era ella la única que deploraba su estrecha y casi íntima relación. Paddy lo encontraba maravilloso; Fee -¡que era un zoquete!- no decía nada, como de costumbre, y los chicos le trataban a él como a un hermano. ¿Era porque ella amaba a Ralph de Bricassart, por lo que veía lo que no veía nadie más? ¿O acaso eran figuraciones suyas, y no había más que una amistad de un hombre de treinta y pico años por una jovencita que no era todavía del todo una mujer? ¡Bah! Ningún hombre de treinta y cinco años, aunque se llamase Ralph de Bricassart, podía dejar de ver la rosa que se abría. ¿Ni siquiera Ralph de Bricassart? ¡Ah! ¡Especialmente Ralph de Bricassart! Nada escapaba a la mirada de este hombre.
Le temblaban las manos; la pluma salpicó de man-chitas azules el pie de la página. Los nudosos dedos sacaron otra hoja de un compartimiento del escritorio, mojaron otra vez la pluma en el tintero y trazaron de nuevo las palabras con la misma seguridad que la primera vez. Después, se puso en pie y se acercó a la puerta.
– ¡Minnie! ¡Minnie! -gritó.
– ¡Que Dios nos ayude! ¡Es ella! -dijo claramente la doncella en el salón de recepción. Su cara pecosa y sin edad se asomó a la puerta-. ¿Qué desea usted, mi querida señora Carson? -dijo, preguntándose por qué no habría llamado la vieja a la señora Smith, como solía hacer.
– Ve a buscar al cercador y a Tom. Diles que vengan en seguida.
– ¿Debo decírselo antes a la señora Smith?
– ¡No! ¡Haz lo que te he dicho, chica!
Tom, el hortelano, era un tipo viejo y arrugado que había llegado por los caminos con la mochila al hombro y había aceptado un trabajo temporal… hacía diecisiete años; se había enamorado de los huertos de Drogheda y no se había resignado a abandonarlos. Al cercador, un vagabundo como todos los de su estirpe, le habían cambiado la tarea de tender alambres entre los postes de los prados por la de reparar las estacas blancas de la mansión para la fiesta. Asombrados por la llamada, llegaron a los pocos minutos y se quedaron plantados, en pantalones de trabajo y camiseta de franela, dando nerviosamente vueltas a sus sombreros entre las manos.
– ¿Sabéis escribir? -preguntó la señora Carson.
Ambos asintieron y tragaron saliva.
– Bien. Quiero que seáis testigos de que firmo esta hoja de papel, y que, después, pongáis vuestros nombres y direcciones debajo de mi firma. ¿Lo habéis comprendido?
Ellos asintieron con la cabeza.
– Aseguraos de firmar como lo hacéis siempre, y poned claramente vuestra dirección. No me importa que sea una lista de Correos o lo que fuere, con tal de que podáis ser localizados por medio de ella.
Los dos nombres observaron cómo estampaba ella su nombre; por una vez, su escritura no era abreviada. Después, Tom avanzó y garrapateó dificultosamente en el papel, y el cercador escribió «Chas. Haw-kins» en grandes letras redondas, y una dirección en Sydney. Mary Carson les observaba con gran atención, y, cuando hubieron terminado, les entregó un rojo billete de diez libras a cada uno y les despidió, no sin antes ordenarles rudamente que mantuviesen cerrada la boca.
Meggie y el sacerdote habían desaparecido hacía rato. Mary Carson se sentó pesadamente delante de su escritorio, cogió otra hoja de papel y empezó a escribir de nuevo. Esta comunicación no era tan tá-cil y fluida como la otra. Una y otra vez, se interrumpió para pensar, y prosiguió, frunciendo los labios en una sonrisa desprovista de humor. Al parecer, tenía mucho que decir, pues apretaba las palabras y comprimía las líneas, e incluso necesitó una segunda hoja. Por fin, leyó lo que había escrito, reunió las hojas, las dobló y las introdujo en un sobre, sellando éste con lacre rojo.