El Paraíso en la otra esquina
- Автор: Llosa Mario Vargas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Paraíso en la otra esquina». Краткое содержание книги:
En la trama tenemos dos personajes que fueron importantes en su tiempo y aún más después, ya ritualizados por el culto ineludible. Flora Tristán busca la felicidad o el bienestar de los demás, de la sociedad, lo considera como su misión. Pero, en la obra de Vargas, no se advierte demasiado que ello sea en bien mismo de aquella feminista y revolucionaria francesa y de origen hispano-peruano por línea paterna, quizá con deliberación, no se nos expone con suficiente explicitud, pues, que dicha misión le pueda otorgar la felicidad a ella misma que, ya en las alturas de su vida en que nos sitúa la narración, descree, sobretodo, de la relación íntima heterosexual. Es su apostolado, su peregrinación de paria. En cambio, el nieto de la revolucionaria- más egótico, más hedonista, acaso más estético-, el destacado pintor francés (después catalogado como postimpresionista) Paul Gauguin, que pasaría su infancia en Lima, rodeado de su familia americana, busca la felicidad `El Paraíso En La Otra Esquina `, de los juegos infantiles, en las musas artísticas. El acotamiento histórico-novelístico es, si se quiere, breve, pero está muy bien descrito y se nota un contacto incluso material con los aspectos de la trama (se difundió, vale decirlo, hace meses, una foto del autor junto a la lejana tumba de Gauguin).
El pintor, en su relativamente breve pero intenso -como toda su vida, según la historia y según la novela historiada- retiro polinesio, Flora Tristán, en su gira por diversas ciudades francesas, en el año de su muerte. Ambos, sin embargo, quizá para recordar más amplitudes de sus historias, también para basar mejor el relato, recuerdan cosas de su pasado. Gauguin a Van Gogh y su abandono de las finanzas por el arte, Flora, Florita, Andaluza, como le espeta el autor peruano en la novela, sus agrias peripecias con la causa de la revolución y de la mujer, pero, más hondamente, con el sexo, con el distanciamiento del contacto corporal, excepto en una amante sáfica y polaca que parece inspirar más afecto que libido, y finalmente su acercamiento lento pero seguro a las causas utópicas de las que luego será tan afectuosa como crítica.
Vargas Llosa se muestra muy eficaz cercando la historia en los dos tiempos precisos: Gauguin buscando lo paradisíaco-algo que la historia, al menos la artística, desvela como la efectiva búsqueda de su ser -y Flora Tristán cumpliendo su misión, su ascesis, su afecto, hasta la misma muerte. Sin embargo, el escritor no nos deja en ayunas en cuanto al rico pasado más lejano de ambos, y nos introduce en ellos-siempre con interesantes minucias que parecen de historiador o cronólogo- como una añeja fotografía que aparece repentinamente en la cadencia narrativa. La novela suele tener una sonoridad tropical y exótica conveniente a los dos personajes, que la llevaban en la sangre e incluso en la crianza. Gauguin muere en las Marquesas, rodeado de la exuberante vegetación que acatan los Mares del Sur. Flora, la abuela del pintor, recuerda, bajo peruana pluma, su peruano exilio en Arequipa, este alejamiento, esta periferia narrativa, une a las sangres y a las vidas de las dos personas, de los dos personajes, y del escritor tanto americano como europeo que ahora es Mario Vargas Llosa.
Te contó que él había conseguido que se implantara en el Perú la costumbre alemana de que fueran los propios oficiales, no sus subordinados, los que impusieran a la tropa los castigos corporales:
– El látigo del oficial hace al buen soldado, así como el látigo del domador hace a la fiera del circo -afirmaba, muerto de risa. Tú pensabas: «Es como uno de esos germanos bárbaros que acabaron con el Imperio romano».
Un día en que fueron a Tingo con amigos, a conocer los baños termales (había varios, en los alrededores de Arequipa), ella y Althaus hicieron un aparte, para visitar unas cuevas. De pronto, el alemán la tomó en sus brazos -te sentiste frágil y vulnerable como un pajarilla atrapada por esos músculos-, le acarició los pechos y la besó en la boca. Flora tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no rendirse a las caricias de este hombre cuyo encanto se ejercía sobre ella como nunca antes le había ocurrido con varón alguno. Pero, la repugnancia aquella contraída hacia el sexo desde su matrimonio con Chazal, prevaleció:
– Siento mucho que, con esta grosería, haya destruido la simpatía que sentía por usted, Clemente, y le dio una bofetada sin mucha fuerza, que apenas remeció aquella rubia cara sorprendida.
– Yo soy el que lo siento, Florita -se disculpó Althaus, chocando los tacones-. No volverá a ocurrir. Se lo juro por mi honor.
Cumplió su palabra y, en todos los meses restantes que Flora pasó en Arequipa, no volvió a propasarse ni insinuarse, aunque, a veces, ella sorprendía en los glaucos ojos de Althaus amagos de deseos.
Pocos días después de aquel episodio en los baños de Tingo, experimentó el primer terremoto de su vida. Estaba en su recámara, escribiendo una carta, cuando, segundos antes de que todo comenzara a temblar, escuchó en la ciudad un desaforado tumulto de ladridos -le habían dicho que los perros eran los primeros en sentir lo que se venía- y vio que, al instante, su esclava Dominga caía de rodillas y, con los brazos en alto y los ojos espantados, comenzaba a rezar a voz en cuello al Señor de los Temblores:
Misericordia, Señor Aplaca, Señor, tu ira tu justicia y tu rigor Dulce Jesús de mi vida Por tus santísimas llagas Misericordia, Señor.
La tierra tembló dos minutos seguidos, con un ronquido sordo, profundo, mientras Flora, paralizada, olvidaba correr al quicio de la puerta, como le habían enseñado sus parientes. El terremoto no hizo muchos estragos en Arequipa, pero destruyó dos ciudades de la costa, Tacna y Arica. Los tres o cuatro temblores que hubo luego, fueron insignificantes en comparación con el terremoto. Nunca olvidarías esa sensación de impotencia y catástrofe vivida durante aquel sacudón interminable. Aquí en Marsella, once años después, todavía te daba escalofríos.
Pasó sus últimos días en el puerto mediterráneo en cama, agobiada por el calor, los dolores de estómago, la debilidad general y rachas de neuralgias. La sublevaba perder el tiempo así, cuando le quedaba tanto por hacer. Su impresión de los obreros de Marsella mejoró algo, en esos días. Al veda enferma, se desvivieron por cuidada. En pequeños grupos, desfilaban por la pensión trayéndole frutas, un ramito de flores, y se estaban al pie de la cama, atentos y cohibidos, con sus gorras en las manos, esperando que les pidiera algo, ansiosos por servida. Gracias a Benjamin Mazel, pudo formar un comité de la Unión Obrera de diez personas, entre las que, fuera del folletinista y agitador, todos eran trabajadores manuales: un sastre, un carpintero, un albañil, dos talabarteros, dos peluqueros, una costurera y hasta un estibador.
Las reuniones, en su dormitorio de la posada, eran distendidas. Por la debilidad y el malestar, Flora hablaba poco. Pero escuchaba mucho, y se divertía con la ingenuidad de sus visitantes y su enorme incultura, o se enojaba con los prejuicios burgueses que se les habían contagiado. Contra los inmigrantes turcos, griegos y genoveses, por ejemplo, a los que tenían por responsables de todos los robos y crímenes; o contra las mujeres, a las que no conseguían considerar sus iguales, con los mismos derechos que los hombres. Para no irritarla, fingían aceptar sus ideas respecto a la mujer, pero Flora veía en sus expresiones y las miraditas que cambiaban, que no los convencía.
En una de estas reuniones se enteró, por Mazel, que madame Victoire, además de alcahueta, era informante de la policía. Y que llevaba días averiguando sobre ella en los mentideros marselleses. De modo que aquí también sura de Santa Catalina, Santa Teresa y Santa Rosa, tomaban chocolate traído del Cusca, y fumaban -las mujeres más que los hombres- sin cesar. El cotilleo, los dimes y diretes, las infidencias, las maledicencias, las indiscreciones sobre la intimidad y las vergüenzas de las familias, hacían la dicha de los comensales. En todas estas reuniones, por supuesto, se hablaba, con nostalgia, con envidia, con desesperación, de París, que era para los arequipeños una sucursal del Paraíso. Te comían a preguntas sobre la vida parisina, y tú, que la desconocías más que ellos, tenías que inventar toda clase de fantasías para no defraudarlos.
Al mes y medio de estar en Arequipa, el tío don Pío seguía en Camaná y no daba señales de regreso. ¿Era esta ausencia prolongada una estrategia para desanimarte en tus pretensiones? ¿ Temía don Pío que hubieras traído contigo nuevas pruebas que forzaran a la justicia a declararte hija legítima, y por lo tanto heredera de primera clase de don Mariano Tristán? Estaba en estas reflexiones, cuando le anunciaron que el capitán Zacarías Chabrié, recién llegado a Arequipa, vendría esa tarde a visitarla. La aparición del marino bretón, en quien no había vuelto a pensar desde que se despidió de él en Valparaíso, le hizo el efecto de otro terremoto. Sin la menor duda, insistiría en casarse con ella.
El primer día, el reencuentro con Chabrié fue amable, afectuoso, gracias a la presencia, en la sala, de media docena de parientes que impidió al marino hablar del apasionado asunto que lo traía. Pero sus ojos decían a Flora lo que su boca callaba. Al día siguiente, se presentó en la mañana y Flora no pudo evitar quedarse a solas con él. De rodillas, besándole la mano, Zacarías Chabrié le imploró que lo aceptara. Dedicaría el resto de su vida a hacerla feliz, sería un padre modelo para Aline; la hijita de Flora sería la suya. Abrumada, sin saber qué hacer, estuviste a punto de decide la verdad: que eras una mujer casada, no con una hija sino con dos hijos (porque el tercero había muerto), legal y moralmente impedida de casarte otra vez. Pero te retuvo el temor de que, en un arranque de despecho, Chabrié te delatara a los Tristán. ¿Qué ocurriría entonces? Esta sociedad que te había abierto los brazos te echaría, por mentirosa y cínica, por ser una esposa prófuga y una madre desalmada.
¿Cómo librarse de él, entonces? En su cama de Marsella, abanicándose para defenderse del candente anochecer de octubre y oyendo el runrún de las chicharras, Flora volvió a sentir la acidez en el estómago y la sensación de culpa, la mala conciencia. Siempre le ocurría cuando recordaba la estratagema de que se valió para decepcionar a Chabrié y librarse de su acoso. Ahora, sentiste también el metal frío de la bala, junto al corazón.
– Bien, Zacarías. Si es verdad que me ama tanto, pruébemelo. Consígame un certificado, una partida de nacimiento, demostrando que soy hija legítima de mis padres. De este modo, podré reclamar mi herencia y, con lo que herede, viviremos tranquilos y seguros, en California. ¿Lo hará? Usted tiene conocidos, influencias, en Francia. ¿Me conseguirá esa partida, aunque sea sobornando a algún funcionario?
Ese hombre rectilíneo, ese católico íntegro, palideció y abrió mucho los ojos, sin dar crédito a lo que acababa de oír.
– Pero, Flora, ¿se da cuenta de lo que me pide? -Para el verdadero amor nada es imposible, Zacarías.
– Flora, Flora. ¿Ésa es la prueba de amor que necesita? ¡Que cometa un delito! ¡Que violente la ley! ¿Eso espera de mí? ¿Que me convierta en un delincuente para que usted cobre una herencia?
– Ya lo veo. Usted no me ama lo bastante para que yo sea su mujer, Zacarías.
Lo viste palidecer aún más; luego, enrojecer como si fuera a sufrir una apoplejía. Se mecía en el sitio, a punto de desplomarse. Por fin, se alejó de ti, de espaldas, arrastrando los pies como un anciano. En la puerta, se volvió, para decirte, con una mano en alto, como exorcizándote:
– Sepa que ahora la odio tanto como la amé, Flora.
¿Qué habría sido del buen Chabrié todos estos años? Nunca habías vuelto a saber de él. Tal vez había leído las Peregrinaciones de una paria y de esta manera conocido la verdadera razón por la que te serviste de esa fea treta para rechazar su amor. ¿Te habría perdonado? ¿ Te odiaría todavía? ¿Cómo habría sido tu vida, Florita, si te casabas con Chabrié y te ibas a enterrar con él a California, sin volver a poner los pies en Francia? Una vida tranquila y segura, sin duda. Pero, entonces, nunca habrías abierto los ojos, ni escrito libros, ni te habrías convertido en abanderada de la revolución que liberaría a las mujeres de la esclavitud y a los pobres del mundo de la explotación. Después de todo, hiciste bien dándole aquel tremendo mal rato, en Arequipa, a ese santo varón.
Cuando, algo repuesta de sus males, Flora hacía sus maletas para continuar su gira rumbo a Toulon, Benjamin Mazelle trajo una noticia divertida. El poeta-albañil Charles Poncy, que la dejó plantada con el pretexto de un viaje de descanso a Argel, nunca cruzó el Mediterráneo. Subió al barco, sí, pero, antes de que zarpara, preso de pavor ante el riesgo de un naufragio, tuvo un ataque de nervios, con llanto y gritos, y exigió que tendieran la escalerilla y lo desembarcaran. Los oficiales de la nave optaron por el remedio de la marina inglesa para quitar a los reclutas el miedo al mar: echarlo al agua por la borda. Muerto de vergüenza, Charles Poncy se escondió en su casita de Marsella, haciendo tiempo, para que creyeran que estaba en Argel, buscando a las musas. Un vecino lo delató y era ahora el hazmerreír de la ciudad.