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Dos por la pasta [Two for the Dough - es]

Электронная книга - «Dos por la pasta [Two for the Dough - es]». Краткое содержание книги:

La investigadora Stephanie Plum ha vuelto, y con mucho más carácter. Esta vez, va tras la pista de Kenny Mancuso, un compañero de trabajo en Trenton, New Jersey, que ha disparado a su mejor amigo. Ha salido hace poco de la Armada y es sospechosamente rico, Mancuso también está relacionado de manera lejana con Joe Morelli, un subdirector de policía de dudosa reputación… y que le gusta mucho meterse en los asuntos de Stephanie.
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Volví a mi apartamento, di unas uvas a Rex y tomé una ducha larga y caliente. Salí del cuarto de baño con paso vacilante, roja como una langosta y con la mente nebulosa por los vapores de cloro del agua. Me dejé caer sobre la mesa y reflexioné acerca de mi futuro. Fue una reflexión muy corta. Cuando desperté eran las seis menos cuarto y alguien estaba aporreando mi puerta.

Me envolví en una bata y fui al recibidor. Pegué el ojo derecho a la mirilla. Era Joe Morelli. Entreabrí la puerta y lo miré por encima de la cadena de seguridad.

– Acabo de salir de la ducha.

– Te agradecería que me dejaras entrar antes de que salga el señor Wolesky y me someta a un interrogatorio.

Quité la cadena y abrí la puerta.

Morelli entró, me miró y esbozó una sonrisa burlona.

– Tu cabello es un espanto.

– Me dormí sin secármelo.

– No me sorprende que no tengas vida sexual. Un hombre se desanimaría mucho si despertase al lado de un cabello como ése.

– Ve a la sala, siéntate y no te levantes hasta que yo te lo diga. No comas mis alimentos y no asustes a mi hámster… y no hagas ninguna llamada de larga distancia.

Cuando salí del dormitorio, diez minutos más tarde, Morelli estaba mirando la televisión. Me había puesto un vestido de abuelita sobre una camiseta blanca, botines con cordones y una ancha rebeca de punto suelto. Se trataba de mi look a lo Annie Hall; hacía que me sintiese femenina, pero én los hombres tenía el efecto opuesto. Annie Hall desanimaría a la, polla más resuelta, garantizado.

Me envolví el cuello con la bufanda roja de Morelli y me abroché la rebeca. Cogí mi bolso y apagué las luces.

– Como lleguemos tarde, será un infierno.

Morelli me siguió.

– Yo de ti no me preocuparía. Cuando tu madre te vea con ese disfraz se olvidará de la hora.

– Es mi look a lo Annie Hall.

– A mí me parece que has metido un donut relleno de jalea en una bolsa en cuya etiqueta dice mollete de harina integral.

Bajé corriendo por las escaleras. Me disponía a salir del edificio cuando recordé el paquete que Dillon tenía para mí.

– Espera un minuto -grité a Morelli-. Regreso enseguida.

Me dirigí a toda prisa hacia el sótano y llamé a la puerta de Dillon. Cuando éste asomó la cabeza, dije:

– Se me hace tarde y necesito mi paquete.

Me entregó un abultado sobre de correo expreso. Subí a toda prisa por las escaleras.

– Para la carne asada, tres minutos de más o de menos significan la perfección o la perdición.

Cogí a Morelli de la mano y lo arrastré hasta su furgoneta. No tenía pensado ir con él, pero se me ocurrió que si nos quedábamos atascados en un embotellamiento, él podría poner sus luces en el techo.

– Tienes alarma luminosa para ponerla en el techo, ¿no? -pregunté al subir al coche.

Morelli se abrochó el cinturón de seguridad.

– Sí. Pero no esperarás que las use por un simple trozo de carne asada, ¿verdad?

Me volví en el asiento y miré por la ventana trasera.

Morelli hizo lo propio por el espejo retrovisor.

– ¿Buscas a Kenny?

– Siento que está cerca.

– No veo a nadie.

– Eso no significa que no esté. Es un experto en no delatar su presencia. Entra en la funeraria de Stiva y mutila los cuerpos sin que nadie lo vea. Apareció de la nada en el centro comercial. Me vio en casa de Julia Cenetta y en el aparcamiento del motel sin que yo lo supiera. Ahora tengo la horrible sensación de que me vigila y me sigue.

– ¿Por qué iba a hacer eso?

– Para empezar, Spiro le dijo que como siguiera acosándolo, yo lo mataría.

– Maravilloso.

– Seguro que estoy paranoica.

– A veces la paranoia está justificada.

Morelli se detuvo en un semáforo. El reloj digital de su tablero cambió a las 5.58. Hice crujir mis nudillos y Morelli me miró enarcando las cejas.

– De acuerdo -dije-. Mi madre me pone nerviosa.

– Es parte de su trabajo. No deberías tomártelo a pecho.

Ya en el barrio, doblamos en Hamilton y el tráfico desapareció. No había faros de coches detrás, pero no conseguí librarme de la sensación de que Kenny me tenía en la mira de su pistola.

Cuando aparcamos, mi madre y la abuela Mazur se hallaban en la puerta. Normalmente me llamaba la atención lo diferentes que eran la una de la otra. Ese

día, en cambio, lo que me sorprendió fueron las semejanzas. Estaban erguidas, con los hombros echados atrás. Era una postura desafiante, y yo era consciente de que también la adoptaba a menudo. Tenían las manos entrelazadas y la mirada fija en Morelli y en mí. Su cara era redonda y los párpados gruesos. Ojos rasgados. Mis parientes húngaros eran de las estepas. Ni un citadino entre ellos. Mi madre y la abuela eran bajitas y habían empequeñecido aún más con los años. Eran de huesos delgados y cabello tan fino como el de un bebé. Probablemente fueran descendientes de gitanas que vivían en carromatos.

Yo, por otro lado, era descendiente de la esposa de un granjero bárbaro, mujer de huesos recios y perfectamente capaz de tirar de un arado.

Me recogí la falda para saltar de la furgoneta y advertí que mi madre y mi abuela me miraban azoradas.

– ¿Qué es ese disfraz? -preguntó mi madre-. ¿No puedes comprarte ropa? ¿Llevas ropa de otra gente? Frank, dale dinero a Stephanie. Necesita comprarse ropa.

– No necesito comprarme ropa. Este vestido es nuevo. Acabo de comprarlo. Es lo que se usa.

– ¿Cómo vas a conseguir un hombre vestida así? -Mi madre se volvió hacia Morelli-. Tengo razón, ¿sí o no?

Morelli sonrió con picardía.

– A mí me parece bastante mona. Es el look a lo Monty Hall.

Yo aún tenía el sobre en la mano. Lo dejé sobre la mesa del vestíbulo y me quité la rebeca.

– ¡Annie Hall! -exclamé, indignada.

La abuela Mazur cogió el sobre y lo examinó.

– Correo expreso. Debe de ser importante. Al parecer hay una caja dentro. Según esto, el remitente es R. Klein, de la Quinta Avenida de Nueva York. Qué pena que no sea para mí. No me molestaría recibir correo expreso.

Hasta ese momento no había pensado mucho en el sobre. No conocía a nadie llamado R. Klein y no había pedido nada de Nueva York. Le quité el sobre a la abuela y despegué la solapa. Contenía un cajita de cartón cerrada con cinta adhesiva. Saqué la cajita y la sopesé. Era bastante ligera.

– Huele raro -comentó la abuela-. Como un insecticida. O puede que sea uno de esos nuevos perfumes.

Arranqué la cinta, abrí la caja e inhalé hondo. Dentro de la caja había un pene, cuidadosamente cortado de raíz, perfectamente embalsamado y prendido a un cuadrado de poliuretano con un imperdible.

Todos clavaron la mirada en el pene, mudos de horror.

La abuela Mazur fue la primera en hablar, y lo hizo con un deje de nostalgia.

– Hacía mucho tiempo que no veía uno.

Mi madre empezó a gritar y levantó las manos.

– ¡Sácalo de mi casa! ¿Qué está pasando con este mundo? ¿Qué dirá la gente?

Mi padre apareció procedente de la sala para ver a qué se debía tanto escándalo.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Es un pene -le informó la abuela-. Stephanie lo ha recibido por correo. Y es uno de los buenos.

Mi padre se echó hacia atrás.

– Jesús, José y María!

– ¿Quién haría algo así? -exclamó mi madre-. ¿No será uno de esos penes de goma?

– A mí no me parece que sea de goma -declaró la abuela Mazur-. Me parece un pene de verdad, sólo que está un poco descolorido. No recordaba que fuesen de ese color.

– ¡Esto es una locura! -dijo mi madre, indignada-. ¿Qué clase de persona enviaría su pene?

La abuela Mazur miró el sobre.

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