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El ejército furioso

Электронная книга - «El ejército furioso». Краткое содержание книги:

El infalible comisario Adamsberg tendrá que enfrentarse a una terrorífica leyenda medieval normanda, la del Ejército Furioso: una horda de caballeros muertos vivientes que recorren los bosques tomándose la justicia por su mano…
Una señora menuda, procedente de Normandía, espera a Adamsberg en la acera. No están citados, pero ella no quiere hablar con nadie más que con él. Una noche su hija vio al Ejército Furioso. Asesinos, ladrones, todos aquellos que no tienen la conciencia tranquila se sienten amenazados. Esta vieja leyenda será la señal de partida para una serie de asesinatos que se van a producir. Aunque el caso ocurre lejos de su circunscripción, Adamsberg acepta ir a investigar a ese pueblo aterrorizado por la superstición y los rumores. Ayudado por la gendarmería local, por su hijo Zerk y por sus colaboradores habituales, tratará de proteger de su macabro destino a las víctimas del Ejército Furioso.
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De nuevo los rostros de los hermanos se iluminaron son sendas sonrisas, como si la triste historia del sexto dedo los divirtiera profundamente.

– Cuenta -dijo Antonin, ilusionado ante la perspectiva de volver a oír esa historia tan graciosa.

– Una noche, cuando yo tenía ocho años, puse las dos manos sobre la mesa, sin manoplas, y a padre le entró una ira más terrorífica que la cólera de Hellequin. Cogió el hacha. La misma que más tarde lo partió en dos.

– La bala se le había girado en el cerebro -intervino súbitamente la madre, con voz un poco implorante.

– Sí, mamá, seguramente fue la bala -dijo Hippo con impaciencia-. Me cogió la mano derecha y seccionó el dedo. Lina dice que me desmayé, que mamá chillaba, que había sangre por toda la mesa, que mamá se lanzó sobre él. Pero luego cogió la mano izquierda y se cargó el otro dedo.

– La bala se le había girado.

– Se le había girado muchísimo, mamá -dijo Martin.

– Mamá me cogió en brazos y corrió al hospital. Me habría desangrado antes de llegar si no se hubiera encontrado por el camino con el conde. Volvía de una velada muy elegante, ¿verdad?

– Muy elegante -confirmó Antonin poniéndose la camisa-. Y llevó a mamá y a Hippo a toda máquina, se le quedó el cochazo lleno de sangre. El conde es bueno, a eso me refiero. Y a él no lo prenderá nunca la Mesnada. Llevaba todos los días a mamá al hospital para que pudiera ver a Hippo.

– El médico no lo cosió bien -dijo Martin con rencor-. Hoy en día, cuando te quitan un dedo, no queda ninguna marca. Pero ese Merlán, porque ya estaba él en aquella época, es un merluzo. Le destrozó las manos.

– No pasa nada, Martin -dijo Hippolyte.

– Nosotros vamos al médico a Lisieux, nunca vamos a ver al Merluzo.

– Hay gente que va a que le quiten el sexto dedo, pero que luego se arrepiente toda la vida. Cuentan que uno pierde su identidad con el dedo que deja. Hippo dice que a él le da igual. Una chica en Marsella fue a buscar sus dedos en la basura del hospital y los conservó siempre en un bote. ¿Se imagina? Creemos que es lo que hizo mamá, aunque no quiera decirlo.

– Idiota -dijo escuetamente la madre.

Martin se limpió las manos con un trapo y se volvió hacia Hippolyte con la misma sonrisa seductora.

– Cuenta lo que pasó después -dijo.

– Por favor -insistió Antonin-. Cuéntalo.

– Igual no es necesario -dijo prudentemente Lina.

– Edeup euq on el etsug a Grebsmada. Al fin y al cabo, es policía.

– Dice que puede que no le guste.

– ¿Grebsmada es mi nombre?

– Sí.

– Me recuerda al serbio. Me parece que sonaba más o menos así.

– Hippo tenía un perro -dijo Antonin- Era su animal exclusivo, no se separaban nunca, me daba celos. Se llamaba Suif.

– Un animal perfectamente amaestrado.

– Cuenta, Hippo.

– Dos meses después de cortarme los dedos, mi padre me sentó en el suelo, en el rincón, castigado. Fue la noche en que obligó a Martin a comerse todo lo que había metido en la pata de la mesa, y yo lo defendí. Ya sé, mamá, la bala había vuelto a girar.

– Sí, cariño, había girado.

– Había dado varias vueltas, incluso.

– Hippo estaba encogido en el rincón -prosiguió Lina-, con la cabeza pegada al perro. Entonces le susurró algo al oído, y Suif saltó hecho una furia, lanzándose a la garganta de mi padre.

– Quise que lo matara -explicó tranquilamente Hippolyte-. Le di esa orden. Pero Lina me pidió que parara el ataque, y mandé a Suif soltar la presa. Entonces le pedí que se comiera lo que quedaba en la pata de la mesa.

– A Suif no le molestó lo más mínimo -precisó Antonin-. En cambio, Martin tuvo cólicos durante cuatro días.

– Luego -dijo Hippolyte más sombrío-, cuando nuestro padre salió del hospital con la garganta cosida, cogió el fusil y mató a Suif mientras estábamos en la escuela. Puso el cadáver delante de la puerta para que lo viéramos desde lejos al volver a casa. Fue entonces cuando el conde vino a buscarme. Consideró que aquí yo ya no estaba a salvo y me tuvo varias semanas en su castillo. Me compró un perrito. Pero su hijo y yo no nos entendíamos.

– Su hijo es un merluzo -afirmó Martin.

– Nu ollupac ed odadiuc -confirmó Hippolyte.

Adamsberg interrogó a Lina con la mirada.

– Un capullo de cuidado -tradujo ella reticente.

– Ollupac suena adecuado -opinó Danglard con aire intelectualmente satisfecho.

– Por culpa de ese ollupac volví a casa, y mamáme escondiódebajo de la cama de Lina. Yo vivía aquí de incógnito, y mama no sabía qué hacer. Pero Hellequin encontró la solución y cortó a mi padre en dos pedazos. Y fue justo después de que Lina lo viera por primera vez.

– ¿Al Ejército Furioso? -dijo Danglard.

– Sí.

– ¿Cómo queda del revés?

– No, no hay que pronunciar el nombre del Ejército al revés.

– Comprendo -dijo Adamsberg-. ¿Cuánto tiempo después de su regreso del castillo murió su padre?

– Trece días.

– De un hachazo en la cabeza.

– Y en el esternón -precisó alegremente Hippolyte.

– La bestia ya estaba muerta -confirmó Martin.

– Fue la bala -murmuró la madre.

– A fin de cuentas, Lina no debería haberme hecho retener a Suif. Todo habría quedado solucionado esa misma noche.

– No puedes reprochárselo -dijo Antonin encogiéndose de hombros con precaución-, Lina es demasiado buena, eso es todo.

Al levantarse para despedirse, el chal de Lina cayó al suelo, y ella lanzó un gritito. Con gesto elegante, Danglard lo recogió y se lo volvió a poner sobre los hombros.

– ¿Qué opina, comandante? -preguntó Adamsberg mientras avanzaban lentamente por el camino de regreso a la posada de Léo.

– Una posible familia de asesinos -dijo Danglard pausadamente-. Bien compacta, protegida del mundo exterior. Todos dementes, rabiosos, destrozados, superdotados y tremendamente simpáticos.

– Me refería a la irradiación. ¿Se ha dado cuenta? Y eso que, con los hermanos, se cohíbe.

– He percibido -admitió Danglard con la boca pequeña-. La miel en su pecho y todo eso. Pero es una irradiación mala. Infrarroja o ultravioleta, o luz negra.

– Eso lo dices por Camille. Pero Camille ya sólo me besa en las mejillas. Con besos precisos y certeros que señalan que nunca nos acostaremos juntos. Es despiadado, Danglard.

– Modesto castigo respecto al perjuicio causado.

– ¿Y qué quiere que haga yo, comandante? ¿Que me siente bajo un manzano durante años a esperar a Camille?

– El manzano no es obligatorio.

– ¿Que no me fije en el fabuloso pecho de esa mujer?

– Es el adjetivo adecuado -concedió Danglard.

– Un momento -dijo Adamsberg parándose bruscamente-. Mensaje de Retancourt. Nuestro acorazado en inmersión en los abismos escualosos.

– En los fondos -corrigió Danglard inclinándose hacia la pantalla del teléfono-. Y «escualosos» no existe. Además, un acorazado no se sumerge.

Sv 1 volvió muy tarde noche incendio, no informado. Actitud casi normal. Confirmaría su no implicación. Pero estaba nervioso.

– ¿Cómo de nervosio? -escribió Adamsberg.

– Nervioso, no nervosio.

– No me toque las narices, Danglard.

– Echó doncella.

– ¿Por qué?

– Largo de explicar, sin interés.

– Explique igual.

– Sv 1 dio azúcar al labrador al volver.

– ¿Qué es esta manía que tiene la gente, Danglard, de dar azúcar a los perros?

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