Un Puerto Seguro
- Автор: Фихан Кристин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un Puerto Seguro». Краткое содержание книги:
Desde las sombras ha emergido una vengativa figura que acecha a la belleza con un espeluznante propósito: despojarla de todo cuanto es y destruirla. Sólo un hombre está destinado a ser su protector. Ahora Jonas deberá ayudar a la mujer que ama a salir del remolino de siniestra oscuridad que amenaza no sólo a Hannah, sino también a toda la familia Drake
Hubo más susurros. Podía haberle dicho a todas sus hermanas que todas las órdenes del mundo no funcionarían con Jonas. Iba a entrar. No había muros entre Jonas y Hannah. Él nunca los permitió a menos que fuera él el que los erigiera. Simplemente echaba abajo cada barrera. Cerró los ojos. Cuando él abriera la puerta, y lo haría, sus hermanas verían el desastre que había hecho y la compasión surgiría de ellas con tal fuerza que la abrumaría y ahogaría instantáneamente.
Deseó poder simplemente desaparecer. En vez de eso, cuando oyó a Jonas accionar la cerradura, se extendió hacia él. Por favor no dejes que los demás miren dentro, Jonas. Le costó el poco orgullo que le quedaba, pero hizo el ruego. Sus hermanas no necesitaban ver lo débil e inútil que era en realidad. Jonas ya lo sabía. Tal vez ellas también, tal vez era eso por lo que siempre le echaban un cable, pensaban por ella, la dirigían y la mimaban. No había sido capaz de soportar la expresión en la cara de su madre así que le pidió que se fuera junto con las tías. Si una persona más la consentía, podría saltar por el balcón.
– Sarah, Kate, quedaos fuera -ladró Jonas, sosteniendo la puerta cerrada-. No voy a herirla. Es bastante capaz de ponerme en mi lugar si lo necesita. Iros y dejadme hablar con ella a solas.
– Ella es frágil, Jonas. No seas un oso con ella. -La voz de Kate era baja y ansiosa-. No puedes molestarla ni gritarla.
– ¿Por qué piensas que haría eso? -preguntó Jonas.
– Tal vez el uso de la palabra con “J” sea una pista -dijo Kate.
Hannah encontró que la agitación de su estómago se aligeraba un poco.
Jonas no iba a tratarla como si pudiera romperse en cualquier instante, incluso si ya lo estaba.
Jonas se deslizó dentro, cerró la puerta y echó la llave. Permaneció muy quieta mientras él examinaba el daño. Su espejo antiguo de cuerpo entero estaba hecho pedazos, sólo dos pequeños cristales dentados colgaban del marco. El cristal estaba por todas partes, diseminado por todo el suelo, los trozos sobresalían como pequeñas dagas, brillando como plata.
– No te muevas, nena -dijo-. Ni un paso.
– A pesar de lo que todo el mundo piensa, no soy una suicida, sólo irracional. -Su voz salió en un susurro enronquecido, uno de los doctores dijo que tendría que acostumbrarse. Mantuvo la mano frente a la cara. Él la había visto envuelta en vendas, pero se las había quitado para mirarse y la visión había sido horrenda. No quería mirarse en un espejo y no quería ver el reflejo en los ojos de él. Más que nada, no quería ver compasión en su cara.
Jonas caminó a través de los cristales y la levantó, acunándola en sus brazos.
– ¿En la cama o en el balcón?
Ella enrojeció. No sólo la cara, el cuerpo entero. El aliento de él era cálido en su cuello. Su bata se había quedado abierta y él estaba mirando hacia abajo a las cuchilladas que destacaban tan crudas e inflamadas en su carne desnuda.
– Jonas. No mires.
– ¿Por qué demonios no?
– Deja de maldecir ante mí. Y tú sabes por qué. Es ho-horrible. -Cerró los ojos. No tartamudearía. Se negaba a ser más desastre de lo que ya era.
Jonas la llevó al borde de las puertas francesas y la dejó de pie, sus manos yendo al frente de la bata y abriéndola antes de que ella pudiera detenerle.
– Estoy jodidamente contento de que estés viva, ¿realmente crees que me preocupa como se ven las suturas? Quiero ver si te estás curando adecuadamente. Los doctores no querían que vinieras a casa aún.
Se le fue todo el color de la cara. Se quedó boquiabierta. Un sólo gemido estrangulado escapó mientras intentaba dar un paso atrás y tirar de su bata para cerrarla. Pero él sostenía la tela abierta despiadadamente.
– No sé, nena -musitó-, todavía parece doloroso. -Las yemas de sus dedos le acariciaron la curva del pecho-. ¿Le ha echado Libby una mirada a esto? Porque tiene que hacerlo. Está muy rojo. Puede estar infectado.
Sólo unas pocas semanas antes, Jonas le había tocado los pechos, su boca había estado justo donde estaban sus manos, caliente y hambrienta por la necesidad y el deseo. Esperaba sentir su repulsión e indignación, pero en vez de eso, había una tranquila aceptación mezclada con preocupación por ella y aprobación en la evaluación de que sus hermanas la estaban curando. No con tanta rapidez como para que esto drenara su energía y las dejara incapaces de funcionar, pero estaba viva y las heridas estaban curando de dentro a fuera.
Pero no donde nadie podía verlas.
Se sentía muy vulnerable estando allí desnuda, su bata abierta mientras él inspeccionaba las heridas tan clínicamente como si ella fuera una estatua rota pegada más que una mujer real de carne y hueso. Realmente no sabía que era peor. Las lesiones iban desde su cara hasta su vientre. Horribles cuchilladas profundas y pinchazos, algunos superficiales que rasgaban su pálida piel.
– ¿Qué dijo Libby sobre los niños? -Su voz se volvió áspera. Las yemas de los dedos vagaron hacia su garganta, se deslizaron sobre los cortes de allí, trazaron un camino a lo largo de su pecho, bajando por sus costillas hasta su estómago, y finalmente hacia su abdomen, donde situó la palma, con los dedos abiertos extendidos-. ¿Todavía podemos tener niños, Hannah?
Parpadeó apartando las lágrimas ante la aspereza de su voz. La emoción de él no se desbordó para abrumarla pero estaba allí, enterrada profundamente, y la oyó en su voz.
– No hay un “nosotros”, Jonas, no puede haberlo.
– No me vengas con gilipolleces justo ahora, Hannah. -Soltó la bata y trasladó el agarre a sus brazos, tirando con fuerza, apretándola fuerte contra él. Enterró la cara en su cuello-. Pensé que tenía esto bajo control. Estás a salvo. Maldita sea, estás a salvo.
Jonas habló en voz alta, necesitando oír las palabras, pero un temblor le recorrió, un terrible torrente de inconfesable terror mientras las imágenes llenaban su mente. Presionó la cara más fuerte contra su cuello, aplastándola en sus brazos, intentando sostenerla lo bastante cerca, lo bastante fuerte, para eliminar lo inconcebible. Pensaba que había superado ese momento aparte de cuando esto atormentaba sus sueños. Cada noche se despertaba sudando, con su nombre en los labios, la bilis en su garganta y una pistola en la mano. Pero la vista de su cuerpo traía de vuelta cada cuchillada y cada brutal puñalada del cuchillo. Sabía dónde estaría cada marca. Cuán largo y profundo, con total horror había observado la escena desarrollada en televisión hasta que su mente se quedó entumecida.
Por un momento no pudo respirar. Había creído que estaba más allá de todo, aunque aquí estaba, aferrándose a ella, necesitando consuelo, en vez de dárselo. Ella estaba confusa. Lo había esperado. Lo que él no había esperado era su retirada, o la negación de su relación, pero debería haberlo hecho. Tenía que retroceder, mantener los pies en el suelo y poner todo en orden.
Hannah permaneció congelada en su abrazo, sorprendida más allá de las palabras -o del consuelo-y consolar a los demás era su inclinación natural. Jonas era una roca. Siempre. Había estado tan estoico en el hospital, nunca se le habría ocurrido que estuviera tan aterrorizado. Las manos fueron, por propia voluntad, a su nuca enterrándose en su pelo.
– Estoy bien, Jonas -mintió.
Él levantó la cabeza y presionó la frente con la suya.
– Aún no, cariño, pero lo estarás. Y no has respondido a mi pregunta. ¿Qué dijo Libby sobre los niños?
Hannah no podía negarse a sí misma que le amaba, no cuando estaba tan tembloroso.
– Puedo tener niños, Jonas, pero… -Su voz se desvaneció, con ambas manos en su pelo. Él estaba temblando, su poderoso cuerpo revelando la extensión de sus miedos. De algún modo, ya que necesitaba ser fuerte, descubrió que podía serlo. Tal vez, podría estar bien otra vez. Tal vez podría encontrar un modo de creer en sí misma. Hannah Drake. ¿Quién era? ¿Qué la definía?