Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Suite Francesa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Suite Francesa

Электронная книга - «Suite Francesa». Краткое содержание книги:

El descubrimiento de un manuscrito perdido de Irène Némirovsky causó una auténtica conmoción en el mundo editorial francés y europeo.

Novela excepcional escrita en condiciones excepcionales, Suite francesa retrata con maestría una época fundamental de la Europa del siglo XX. En otoño de 2004 le fue concedido el premio Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido. Imbuida de un claro componente autobiográfico, Suite francesa se inicia en París los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Enseguida, tras las primeras bombas, miles de familias se lanzan a las carreteras en coche, en bicicleta o a pie. Némirovsky dibuja con precisión las escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que se suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, amantes abandonadas, ancianos olvidados en el viaje, los bombardeos sobre la población indefensa, las artimañas para conseguir agua, comida y gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época. La presencia de los invasores despertará odios, pero también historias de amor clandestinas y públicas muestras de colaboracionismo. Concebida como una composición en cinco partes -de las cuales la autora sólo alcanzó a escribir dos- Suite francesa combina un retrato intimista de la burguesía ilustrada con una visión implacable de la sociedad francesa durante la ocupación. Con lucidez, pero también con un desasosiego notablemente exento de sentimentalismo, Némirovsky muestra el fiel reflejo de una sociedad que ha perdido su rumbo. El tono realista y distante de Némirovsky le permite componer una radiografía fiel del país que la ha abandonado a su suerte y la ha arrojado en manos de sus verdugos. Estamos pues ante un testimonio profundo y conmovedor de la condición humana, escrito sin la facilidad de la distancia ni la perspectiva del tiempo, por alguien que no llegó a conocer siquiera el final del cataclismo que le tocó vivir.
1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 84
Перейти на страницу:

– Yo he podido conseguir gasolina, un permiso… No me ofrezco a llevarlo porque le he prometido a Nadine que la esperaría -dijo la mujer del sombrerito nuevo.

– Pero ¿cómo se las arregla usted? ¡Qué extraordinario, desenvolverse tan bien!

– ¡Bah, no es para tanto! -respondió la mujer sonriendo.

– Entonces, a ver… Quedamos dentro de una hora, hora y cuarto.

– ¿Quiere que pase a recogerlo?

– No, gracias, es usted muy amable, pero está a dos pasos de mi casa.

– No se fíe, mi querido amigo. Ya es de noche. Para eso son muy estrictos.

«¡Pues sí, qué tinieblas!», pensó Charlie cuando emergió del cálido e iluminado sótano a la oscuridad de la calle. Estaba lloviendo; era una noche de otoño de las que tanto le gustaban en otros tiempos, pero entonces el horizonte estaba envuelto en un halo de luz. Ahora todo estaba siniestramente oscuro, como en el interior de un pozo. Por suerte, la boca de metro quedaba cerca.

En casa, Charlie encontró a la señora Logre, que todavía no había acabado y en esos momentos estaba barriendo el piso con expresión abstraída y sombría. Pero el salón estaba listo. Charlie decidió colocar una estatuilla de Sèvres que representaba a Venus ante el espejo, una de sus favoritas, sobre la reluciente superficie de la mesa Chippendale. La sacó de la caja, le quitó el papel de seda que la envolvía y la contempló amorosamente; pero, cuando la llevaba hacia la mesa, llamaron a la puerta.

– Vaya a ver quién es, señora Logre.

La portera salió y, al cabo de unos instantes, regresó diciendo:

– Señor, he hecho correr la voz de que necesita usted criados, y la portera del número seis me envía a una persona que busca colocación. -Y, como Charlie dudaba, añadió-: Es una persona muy seria que ha sido doncella en casa de la señora condesa Barral du Jeu. Luego se casó y dejó de servir, pero ahora su marido está prisionero y ella necesita ganarse la vida. El señor verá.

– Bueno, hágala entrar -dijo Langelet dejando la estatuilla en un velador.

La mujer, visiblemente deseosa de agradar, se presentó de un modo muy correcto, con una actitud prudente y modesta, pero sin servilismos. Era evidente que había servido en buenas casas y que le habían enseñado bien. Mentalmente, Charlie le reprochó que estuviera fuerte; prefería las doncellas pequeñas y enjutas de carnes. Pero aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años, una edad perfecta para una criada, una edad en la que ya se ha dejado de correr detrás de los hombres, pero aún se tiene suficiente salud y fuerza para proporcionar un servicio satisfactorio. Tenía cara redonda y hombros anchos, y vestía con sencillez pero de forma digna; saltaba a la vista que el sombrero y el abrigo eran prendas desechadas por una antigua señora.

– ¿Cómo se llama? -le preguntó Charlie, favorablemente impresionado.

– Hortense Gaillard, señor.

– Muy bien. ¿Busca colocación?

– Verá, señor, hace dos años dejé a la señora condesa Barral du Jeu para casarme. Ya no pensaba volver al servicio doméstico, pero mi marido, que estaba movilizado, fue hecho prisionero, y como el señor comprenderá tengo que ganarme la vida. Mi hermano está parado, con una mujer enferma y una criatura, y depende de mí.

– Comprendo. Yo estaba buscando un matrimonio…

– Lo sé, señor, pero ¿no podría servirle yo? Era primera doncella en casa de la señora condesa y antes serví con la madre de la señora condesa, como cocinera. Podría ocuparme de la cocina y la casa.

– Sí, muy interesante -murmuró Charlie, pensando que era un arreglo muy ventajoso. Naturalmente, quedaba la cuestión del servicio de la mesa. De vez en cuando tenía invitados, aunque ese invierno no esperaba recibir demasiado-. ¿Sabe usted planchar la ropa delicada de caballero? A ese respecto soy muy exigente, se lo advierto.

– Yo era quien planchaba las camisas del señor conde.

– ¿Y la cocina? Como a menudo en el restaurante. Necesito una cocina sencilla pero cuidada.

– Si el señor quiere ver mis referencias…

La mujer las sacó de un bolso de piel de imitación y se las tendió. Charlie leyó una tras otra; estaban redactadas en los términos más elogiosos: trabajadora, perfectamente adiestrada, de una honradez a toda prueba, con muy buena mano para la cocina e incluso la pastelería.

– ¿También la pastelería? Eso está muy bien. Creo, Hortense, que conseguiremos entendernos. ¿Estuvo mucho tiempo con la señora condesa Barral du Jeu?

– Cinco años, señor.

– Y esa señora, ¿está en París? Comprenderá que prefiera informarme personalmente…

– Lo comprendo perfectamente, señor. La señora condesa está en París. ¿Quiere el señor su número de teléfono? Auteuil tres ocho uno cuatro.

– Gracias. Señora Logre, por favor, tome nota. ¿Y respecto al sueldo? ¿Cuánto le gustaría ganar?

Hortense pidió seiscientos francos. Él le ofreció cuatrocientos cincuenta. Hortense se lo pensó. Sus negros, vivos y perspicaces ojillos habían penetrado hasta el alma de aquel señorito prepotente y cebón. «Roñica, chinchorrero -pensó-. Pero me las arreglaré.» Además, el trabajo escaseaba.

– No puedo aceptar menos de quinientos cincuenta -dijo con decisión-. Compréndalo, señor. Tenía algunos ahorros, pero me los comí durante ese espantoso viaje.

– ¿Se marchó de París?

– Durante el éxodo, sí, señor. Nos bombardearon y todo, por no mencionar que casi nos morimos de hambre por el camino. El señor no sabe lo duro que fue…

– Sí que lo sé, sí -respondió Charlie suspirando-. Hice lo mismo que usted. ¡Ah, qué acontecimientos tan tristes! Entonces, quedamos en quinientos cincuenta. Mire, acepto porque creo que usted los vale. Ahora bien, para mí la honradez es fundamental.

– ¡Por Dios, señor! -exclamó Hortense en un tono discretamente escandalizado, como si semejante afirmación hubiera sido injuriosa en sí misma.

Pero, con una sonrisa tranquilizadora, Charlie se apresuró a hacerle comprender que sólo lo había dicho por principio, que ni por un momento ponía en duda su absoluta probidad y que, además, la sola idea de una indelicadeza le resultaba tan insoportable a su mente que no podía pararse a pensar en ella.

– Espero que sea usted hábil y cuidadosa. Poseo una colección a la que tengo en gran estima. No dejo que nadie les quite el polvo a las piezas más valiosas, pero esa vitrina de ahí, por ejemplo, quedará a su cuidado.

Como Charlie parecía invitarla a hacerlo, Hortense echó un vistazo a las cajas a medio vaciar.

– El señor tiene cosas muy bonitas. Antes de entrar al servicio de la madre de la condesa, trabajé para un norteamericano, el señor Mortimer Shaw. Él coleccionaba marfiles.

– ¿Mortimer Shaw? ¡Qué casualidad! Lo conozco bastante, es un gran anticuario.

– Se había retirado de los negocios, señor.

– ¿Y estuvo mucho tiempo con él?

– Cuatro años. Y ésos son todos los sitios en que he servido.

Charlie se levantó y, mientras acompañaba a Hortense a la puerta, en tono alentador le dijo:

– Venga mañana a buscar una respuesta definitiva, ¿le parece? Si las referencias de viva voz son tan buenas como las escritas, de lo que no dudo ni por un instante, dese por contratada. ¿Cuándo podría empezar?

– El mismo lunes, si el señor quiere.

Una vez solo, Charlie se apresuró a cambiarse el cuello y los puños y lavarse las manos. En el bar había bebido bastante. Se sentía extraordinariamente ligero y satisfecho de sí mismo. En lugar de llamar el ascensor, que era un trasto viejo y lento, bajó las escaleras con juvenil agilidad. Iba al encuentro de amigos agradables y de una mujer encantadora, contento porque iba a hacerles conocer aquel pequeño restaurante que había descubierto.

«Me pregunto si aún tendrán aquel borgoña», se dijo. La enorme puerta cochera con hojas de madera esculpida con sirenas y tritones (una maravilla declarada de interés artístico por la Comisión de Monumentos Históricos de París) se abrió y volvió a cerrarse tras él con un sordo y quejumbroso chirrido. Una densa tiniebla lo envolvió apenas traspuso el umbral; pero Charlie hizo caso omiso y, alegre y despreocupado como a los veinte años, cruzó la calle en dirección a los muelles. Se le había olvidado coger la linterna, «pero conozco el barrio como la palma de mi mano -pensó-. No tengo más que seguir el Sena y cruzarlo por el Pont-Marie. No creo que haya mucha circulación». Pero, en el mismo momento en que pronunciaba mentalmente esas palabras, vio aparecer un coche que se acercaba a toda velocidad y cuyos faros, pintados de azul como mandaban las ordenanzas, arrojaban un débil y lúgubre resplandor. Sorprendido, dio un paso atrás, resbaló, notó que perdía el equilibrio, agitó los brazos en el aire y, al no encontrar nada a qué agarrarse salvo el vacío, cayó. El vehículo hizo un extraño zigzag, y una voz de mujer gritó angustiada:

– ¡Cuidado! Demasiado tarde.

«¡Estoy perdido, va a atropellarme! Haber sobrevivido a tantos peligros para acabar así es demasiado… demasiado idiota… Se han burlado de mí… Alguien en algún sitio me está jugando esta grotesca y espantosa pasada…» Como un pájaro que, asustado por un disparo, se aleja de su nido y desaparece, aquel último pensamiento consciente cruzó la mente de Charlie y la abandonó al mismo tiempo que la vida. El alerón del coche le dio de lleno en la cabeza y le destrozó el cráneo. La sangre y la masa encefálica brotaron con tal fuerza que salpicaron a la conductora, una atractiva señora tocada con un sombrerito del tamaño de un servilletero hecho con dos pieles de cibelina cosidas entre sí y un velito rojo que flotaba sobre sus cabellos de oro: Arlette Corail, que había regresado de Burdeos hacía una semana y ahora miraba el cadáver aterrada, murmurando:

– ¡Qué mala pata, Dios mío! ¡Pero qué mala pata!

Era una mujer precavida: llevaba una linterna. Examinó el rostro del hombre, o lo que quedaba de él, y reconoció a Charlie Langelet: «¡Pobre viejo! Yo iba deprisa, sí, pero ¿no podía prestar atención, el muy imbécil? ¿Y ahora qué hago?»

No obstante, recordó que el seguro, el permiso y todo lo demás estaba en orden, y conocía a alguien influyente que arreglaría cualquier cosa por hacerle un favor. Más serena, pero con el corazón todavía palpitante, se sentó en el estribo del coche para tranquilizarse, encendió un cigarrillo, volvió a empolvarse la cara con manos temblorosas y, al cabo de unos instantes, fue en busca de ayuda.

1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 84
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)