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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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– Es un consuelo para mí que le permita esto. ¿Sabe -dijo Raoul con amargura- que has sido usted pero que muy audaz permitiéndome el juego del noviazgo?

– Pero, querido, él está al corriente. Me dijo: «Confío en ti, Christine. El señor de Chagny está enamorado de ti y debe irse. Antes de que se vaya, ¡que sea tan desventurado como yo!…

– ¿Y qué significa eso, por favor?

– Soy yo la que debería preguntárselo, Raoul. ¿Se es desgraciado cuando se ama?

– Sí, Christine. Cuando se ama y no se sabe si se es amado. -¿Dices eso por Erik?

– Por mí y por Erik -dijo el joven meneando al cabeza con aire pensativo y desolado.

Llegaron al camerino de Christine.

– ¿Por qué se cree más segura en este camerino que en el teatro? -preguntó Raoul-. Si le oye usted a través de los muros, también él puede oírnos.

– ¡No! Me ha dado su palabra de no ponerse tras las paredes de mi camerino, y yo creo en la palabra de Erik. Mi camerino y mi habitación, en la mansión del lago, son míos, exclusivamente míos, y sagrados para él.

– ¿Cómo pudo abandonar usted este camerino para ir a parar a un corredor oscuro, Christine? ¿Quiere que intentemos repetir sus pasos?

– Es peligroso, amigo mío, porque el espejo podría llevarme otra vez y, en lugar de huir, me vería obligada a ir hasta el final del pasadizo secreto que conduce a las orillas del lago y desde allí llamar a Erik.

– ¿La oiría?

– Por donde quiera que llame a Erik, Erik me oirá… Él fue quien me lo dijo. Es un genio muy especial. No hay que creer, Raoul, que se trata simplemente de un hombre que le divierte vivir bajo tierra. Hace cosas que ningún otro hombre podría hacer. Sabe cosas que el mundo viviente ignora.

– Tenga cuidado, Christine, está construyendo usted a un fantasma.

– No, no es un fantasma. Es un hombre del cielo y de la tierra. Eso es todo.

– ¡Un hombre del cielo y de la tierra… eso es todo!… ¡Que forma de hablar!… ¿Sigue decidida a huir de él?

– Sí, mañana.

– ¿Quiere que le diga por qué querría que huyamos esta noche?

– Dígame, Raoul.

Porque mañana ya no estará decidida a nada!

– En ese caso, Raoul, me llevará usted a pesar mío… ¿Queda claro?

– Aquí, pues, mañana por la noche. A las doce estaré en su camerino. Pase lo que pase, yo cumpliré mi promesa dijo el joven con aire sombrío-. ¿Ha dicho usted que después de la representación debe ir a esperarla en el comedor del lago?

– En efecto, es allí donde me ha citado.

– ¿Y cómo podrá llegar hasta él, si no sabe salir del camerino «por el espejo»?

– Pues, encaminándome directamente hacia la orilla del lago.

– ¿A través de todos los subterráneos? ¿Por las escaleras y los corredores en los que están los tramoyistas y las gentes de, servicio? ¿Cómo se las arreglaría para conservar el secreto de semejante viaje? Todo el mundo seguiría a Christine Daaé y llegaría al lago acompañada de una multitud.

Christine sacó de un cofrecillo una enorme llave y se la enseñó a Raoul.

– ¿Qué es? -preguntó él.

– Es la llave de la verja del subterráneo de la calle Scribe.

– Entiendo, Christine, conduce directamente al lago. Por favor, deme esa nave.

– Jamás! -contestó ella con energía-. ¡Sería una traición! De repente, Raoul vio cómo Christine cambiaba de color. Una palidez mortal cubrió sus rasgos.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó-… ¡Erik, Erik!, tenga piedad de mí.

– ¡Calle! -ordenó Raoul-. ¿No me ha dicho usted que podía oírla?

Pero la cantante se retorcía los dedos, mientras repetía en tono cada vez más extraviado:

– ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!

– ¿Pero, ¿qué pasa? ¿Qué ocurre? -imploró el joven.

– El anillo.

– ¿Qué anillo? Por favor, Christine, tranquilícese.

– El anillo de oro que me dio.

– ¿Ah, es Erik quien le dio el anillo de oro?

– ¡Lo sabe usted de sobras, Raoul! Pero lo que no sabe es lo que me dijo al dármelo: «Te devuelvo la libertad, Christine, pero a condición de que este anillo esté siempre en tu dedo. Mientras lo conserve, estarás a salvo de todo peligro, y Erik será tu amigo. Pero si te separas de él, será tu desgracio, Christine, ya que Erik se vengará»… ¡Amigo mío, el anillo no está ya en mi dedo!… ¡La desgracia ha caído sobre nosotros!

Buscaron en vano el anillo de oro. No lo encontraron. La joven no se calmaba.

– Fue mientras le he dado ese beso, bajo la lira de Apolo -intentó explicar temblando-; el anillo se habrá deslizado de mi dedo y caído a la ciudad. ¿Cómo encontrarlo ahora? ¿Qué desgracia nos amenaza ahora, Raoul? ¡Ah, huyamos!

– ¡Huyamos en seguida! -volvió a insistir Raoul.

Ella dudó. Él creyó por un momento que iba a decir que sí… Pero después sus claras pupilas se turbaron y dijo:

– ¡No, mañana!

Y se alejó precipitadamente, mientras continuaba retorciéndose los dedos como si de aquella manera el anillo fuera a aparecer.

En cuanto a Raoul, volvió a su casa muy preocupado por todo lo que había oído.,

– ¡Si no la salvo de las manos de ese charlatán está perdida! ¡Pero la salvaré! -dijo en voz alta en su cuarto, mientras se acostaba.

Apagó la lámpara y sintió en la oscuridad la necesidad de insultar a Erik.

– ¡Farsante!… ¡Farsante!… ¡Farsante!… – gritó tres veces en voz alta.

Pero, de repente, se incorporó apoyándose en los codos. Un sudor frío se le pegó a las sienes. Dos ojos, ardientes como brasas, acababan de encenderse al pie de su cama. Le miraban fija, terriblemente, en la noche oscura.

Raoul era valiente, sin embargo temblaba. Estiró la mano tanteando, temblorosa, incierta, hacia la mesilla de noche. Al encontrar una caja de cerillas, encendió una. Los ojos desaparecieron.

Pensó, sin tranquilizarse en lo más mínimo.

«Ella me dijo que sus ojos sólo se veían en la oscuridad. Han desaparecido con la luz, pero él quizás esté aún ahí.»

Y se levantó, buscó, pasó prudentemente revista a todas las cosas. Miró debajo de la cama como un niño. Entonces se encontró ridículo. Dijo en voz alta:

– ¿Qué debo creer? ¿Que no debo creer, con semejante cuento de hadas? ¿Dónde termina lo real y dónde empieza lo fantástico? ¿Qué habrá visto Christine? ¿Qué habrá creído ver?

Y añadió estremeciéndose:

– Y yo, ¿qué he visto? ¿Habré visto en realidad los ojos de brasa hace un momento? ¿Habrán brillado tan sólo en mi imaginación? ¡No estoy seguro de nada! ¡Mejor no pensar en esos ojos!

Se acostó. Volvió a quedar todo oscuro.

Los ojos reaparecieron.

– ¡Oh! -suspiró Raoul.

Incorporándose en la cama los miraba también fijamente, con todo el valor de que era capaz. Después de un silencio en el que intentó recuperar toda su serenidad, gritó de repente:

– ¿Eres tú, Erik? ¡Hombre, genio o fantasma! ¿Eres tú?

«Si es él… está en el balcón», pensó.

Entonces corrió en pijama hasta un mueblecito y tanteando cogió un revólver. Ya armado, abrió la ventana. La noche era muy fría. Raoul echó una ojeada al balcón desierto y volvió a entrar cerrando la puerta. Se acostó temblando, con el revólver sobre la mesita de noche, al alcance de su mano.

Una vez más, apagó la lámpara.

Los ojos seguían allí, al pie de la cama. ¿Estaban entre la cama y el cristal de la ventana, o detrás de la ventana, afuera, en el balcón?

Eso era todo lo que Raoul quería saber. Quería saber también si aquellos ojos pertenecían a un ser humano… Quería saberlo todo…

Entonces, tranquilamente y con frialdad, sin turbar a la noche que le rodeaba, el joven tomó su revólver y apuntó.

Apuntó a las dos estrellas de oro que le miraban con aquel curioso resplandor inmóvil.

Apuntó un poco más arriba que las dos estrellas. Si aquellas estrellas eran ojos, y si encima de aquellos ojos había una frente, y si Raoul no era demasiado torpe…

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