El Amor En Los Tiempos Del Cólera
- Автор: Маркес Габриэль Гарсия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Amor En Los Tiempos Del Cólera». Краткое содержание книги:
El buque, uno de los tres iguales de la Compañía Fluvial del Caribe, había sido rebautizado en homenaje al fundador: Pío Quinto Loayza. Era una casa flotante de dos pisos de madera sobre un casco de hierro, ancho y plano, con un calado máximo de cinco pies que le permitía sortear mejor los fondos variables del río. Los buques más antiguos habían sido fabricados en Cincinnati a mediados del siglo, con el modelo legendario de los que hacían el tráfico del Ohio y el Mississippi, y tenían a cada lado una rueda de propulsión movida por una caldera de leña. Como éstos, los buques de la Compañía Fluvial del Caribe tenían en la cubierta inferior, casi a ras del agua, las máquinas de vapor y las cocinas, y los grandes corrales de gallinero donde las tripulaciones colgaban las hamacas, entrecruzadas a distintos niveles. Tenían en el piso superior la cabina de mando, los camarotes del capitán y sus oficiales, y una sala de recreo y un comedor, donde los pasajeros notables eran invitados por lo menos una vez a cenar y a jugar barajas. En el piso intermedio tenían seis camarotes de primera clase a ambos lados de un pasadizo que servía de comedor común, y en la proa una sala de estar abierta sobre el río con barandales de madera bordada y pilares de hierro, donde colgaban de noche sus hamacas los pasajeros del montón. Pero a diferencia de los más antiguos, estos buques no tenían las paletas de propulsión a los lados, sino una enorme rueda en la popa con paletas horizontales debajo de los excusados sofocantes de la cubierta de pasajeros. Florentino Ariza no se había tomado la molestia de explorar el buque tan pronto como subió a bordo, un domingo de julio a las siete de la mañana, como lo hacían casi por instinto los que viajaban por primera vez. Sólo tomó conciencia de su nueva realidad al atardecer, navegando frente al caserío de Calamar, cuando fue a orinar en la popa y vio por el hueco del excusado la gigantesca rueda de tablones girando bajo sus pies con un estruendo volcánico de espumas y vapores ardientes.
No había viajado nunca. Llevaba un baúl de hojalata con la ropa del páramo, las novelas ilustradas que compraba en folletines mensuales y que él mismo cosía con tapas de cartón, y los libros de versos de amor que recitaba de memoria y estaban a punto de convertirse en polvo de tanto ser releídos. Había dejado el violín, que se identificaba demasiado con su desgracia, pero su madre lo había obligado a llevar el petate, que era un recado de dormir muy popular y práctico: una almohada, una sábana, una bacinilla de peltre y un toldo de punto para los mosquitos, y todo eso envuelto en una estera amarrada con dos cabuyas para colgar una hamaca en caso de urgencia. Florentino Ariza no quería llevarlo, pues pensaba que sería inútil en un camarote donde había servicio de camas tendidas, pero desde la primera noche tuvo que agradecer una vez más el buen sentido de su madre. En efecto, a última hora subió a bordo un pasajero vestido de etiqueta que había llegado en un barco de Europa aquella madrugada, y estaba acompañado por el gobernador de la provincia en persona. Quería proseguir el viaje de inmediato con su esposa y su hija, y con el criado de librea y los siete baúles con ribetes dorados que cupieron a duras penas por las escaleras. El capitán, un gigante de Curazao, logró conmover el sentido patriótico de los criollos para acomodar a los viajeros imprevistos. A Florentino Ariza le explicó en una tortilla de castellano y papiamento que el hombre de etiqueta era el nuevo ministro plenipotenciario de Inglaterra en viaje hacia la capital de la república, le recordó que aquel reino había aportado recursos decisivos para nuestra independencia del dominio español, y en consecuencia cualquier sacrificio era poco para que una familia de tan alta dignidad se sintiera en nuestra casa mejor que en la propia. Florentino Ariza, por supuesto, renunció al camarote.
Al principio no lo lamentó, pues el caudal del río era abundante en aquella época del año, y el buque navegó sin tropiezos las primeras dos noches. Después de la cena, a las cinco de la tarde, la tripulación repartía entre los pasajeros unos catres plegadizos con fondos de lona, y cada quien abría el suyo donde podía, lo arreglaba con los trapos de su petate y armaba encima el mosquitero de punto. Los que tenían hamacas las colgaban en el salón, y los que no tenían nada dormían sobre las mesas del comedor arropados con los manteles que no cambiaban más de dos veces durante el viaje. Florentino Ariza permanecía en vela la mayor parte de la noche, creyendo oír la voz de Fermina Daza en la brisa fresca del río, pastoreando la soledad con su recuerdo, oyéndola cantar en la respiración del buque que avanzaba con pasos de animal grande en las tinieblas, hasta que aparecían las primeras franjas rosadas en el horizonte y el nuevo día reventaba de pronto sobre pastizales desiertos y ciénagas de brumas. El viaje le parecía entonces una prueba más de la sabiduría de su madre, y se sintió con ánimos para sobrevivir al olvido.
Al cabo de tres días de buenas aguas, sin embargo, la navegación fue más difícil entre bancos de arena intempestivos y turbulencias engañosas. El río se volvió turbio y fue haciéndose cada vez más estrecho en una selva enmarañada de árboles colosales, donde sólo se encontraba de vez en cuando una choza de paja junto a las pilas de leña para la caldera de los buques. La algarabía de los loros y el escándalo de los micos invisibles parecían aumentar el bochorno del mediodía. Pero de noche había que amarrar el buque para dormir, y entonces se volvía insoportable hasta el hecho simple de estar vivo. Al calor y los zancudos se agregaba el tufo de las pencas de carne salada puestas a secar en los barandales. La mayoría de los pasajeros, sobre todo los europeos, abandonaban el pudridero de los camarotes y se pasaban la noche caminando por las cubiertas, espantando toda clase de alimañas con la misma toalla con que se secaban el sudor incesante, y amanecían exhaustos e hinchados por las picaduras.