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La Caza

Электронная книга - «La Caza». Краткое содержание книги:

En 1998, tres bandidos fuertemente armados salieron de los cañones de Four Corners en una camioneta robada. Mataron a un policía, sostuvieron un tiroteo con perseguidores y, finalmente, escaparon a una persecución que llego a reunir a cientos de agentes de más de veinte organismos estatales y federales. El delito y la desatinada investigación del FBI dejaron una secuela de mistenos: ¿Por quó se suicidó uno de los bandidos? ¿Cómo escaparon sus compañeros? ¿Por qué nadie, en una comunidad tan pobre, ha reclamado todavía la enorme recompensa ofrecida por el gobierno? Y, lo que es más confuso aún ¿qué delito iban a cometer cuando el agente Dale Claxton los detuvo, pagando por ello con su vida?
Tony Hillerman encarga este auténtico rompecabezas a sus agentes de la policía tnbal navaja, el sargento Jim Chee y el lugarteniente Joe Leaphom. En la actualidad, el recuerdo de la desafortunada persecución de 1998 permanece dolorosamente fresco.
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Leaphorn salió del coche seguido de Bernie, mientras Chee bajaba el pie del cojín al suelo. Le dolía, pero no mucho.

– Hola, señor Timms -dijo Leaphorn-. ¿Me recuerda?

Timms salió al porche; la luz del sol destelló en sus gafas.

– Es posible -dijo-. ¿No era usted el cabo Joe Leaphorn, de la policía navaja? ¿No fue usted quien me ayudó cuando aquel tipo disparaba contra mi avión?

– Sí, señor -dijo Leaphorn-, era yo. Esta joven es la agente Bernadette Manuelito.

– Bien, entren, no se queden ahí al sol -dijo Timms.

Chee no podía soportar la idea de perdérselo. Abrió la portezuela del coche con el pie sano, cogió el bastón y cruzó el patio cojeando sin dejar de mirar al suelo para evitar cualquier tropiezo; vio que se le habían pegado unos abrojos a la zapatilla de andar por casa que llevaba en el pie izquierdo.

– Y éste -decía Leaphorn- es el sargento Jim Chee; habíamos trabajado juntos.

– Sí, señor -dijo Timms, y le tendió la mano. Se dieron un apretón al estilo navajo, más bien suave. Era un veterano que conocía la cultura, pero estaba tan nervioso que le temblaban las mejillas.

– No esperaba visitas, de modo que no tengo nada previsto, pero puedo ofrecerles un refresco -dijo Timms, invitándoles a pasar a una habitación oscura y pequeña, cubierta de muebles dispares como los que se encuentran en los establecimientos Goodwill Industries.

– No podemos aceptar su hospitalidad, señor Timms-dijo Leaphorn-. Hemos venido por un asunto grave.

– La reclamación que hice en la mutua de seguros -dijo Timms-. Ya he escrito una carta para que la anulen. Ya lo he hecho.

– Me temo que se trata de algo mucho más grave -dijo Leaphorn.

– Es lo malo de hacerse viejo, que se le va a uno la cabeza -dijo Timms, hablando deprisa-. Me levanto a por un vaso de agua y, cuando llego a la nevera, ya no recuerdo para qué he ido a la cocina. Me fui con el viejo L-17 a hacer una gestión y, entonces, el tipo aquel me dijo que me traía hasta aquí, yo acepté y nos marchamos. Luego, oímos por la radio lo del atraco y, al llegar a casa y ver la puerta del cobertizo abierta y que el aeroplano no estaba, creí que…

Timms dejó de hablar y miró fijamente a Leaphorn; Bernie y Chee también le miraron.

– ¿Más grave que eso? -preguntó Timms.

Leaphorn permaneció callado, sin apartar la mirada de Timms.

– ¿De qué se trata? -preguntó Timms. Se dejó caer en un sillón excesivamente relleno mirando a Leaphorn.

– ¿Se acuerda de aquel tipo que disparaba cuando sobrevolaba su propiedad? Everett Jorie.

– Dejó de hacerlo en cuanto usted habló con él -dijo Timms, esbozando una sonrisa-. Se lo agradecí. Ahora es un bandido, atracó el casino y se suicidó.

– Eso creímos al principio -dijo Leaphorn.

Timms se hundió en el sillón y se llevó la mano derecha a la frente.

– ¿Insinúa que lo mataron? -preguntó.

Leaphorn dejó la pregunta en el aire un momento y luego, dijo:

– ¿Conoce bien a Roy Gershwin?

Timms abrió la boca, la cerró y alzó la vista hacia Leaphorn. Chee sintió lástima de él, parecía aterrorizado.

– Señor Timms -dijo Leaphorn-, en estos momentos está usted en una posición en la que podría sernos de gran ayuda. El FBI no está satisfecho de usted. Al esconder el avión y decir que se lo habían robado, retrasó mucho la búsqueda de los asesinos; son cosas que los agentes de la ley no olvidan así como así, a menos que tengan algún motivo para pasarlo por alto. Si usted colabora, la policía dirá: «Bien, no fue más que un olvido del señor Timms». Pero si no colabora, estos asuntos suelen terminar ante un gran jurado, para que ellos decidan si fue usted encubridor o no. Y no se trata sólo de un caso de fraude a la compañía de seguros, sino de asesinato.

– ¿De asesinato? ¿Se refiere a Jorie?

– Señor Timms -dijo Leaphorn-, ¿qué sabe de Roy Gershwin?

– Pasó hoy por aquí -dijo Timms-, poco antes de que usted llegara.

Leaphorn se asombró, y también Chee.

– ¿Qué quería? ¿Qué le dijo?

– Poca cosa. Quería que le explicara dónde se encuentra la mina esa de los mormones, de donde sacaban el carbón. Se lo dije y se largó corriendo, muy aprisa.

– Creo que es mejor que nos acerquemos hasta allí -dijo Leaphorn, y se dirigió hacia la puerta.

Timms parecía mareado. Hizo un amago de levantarse pero volvió a sentarse.

– ¿Quiere decir que Gershwin mató a ese Everett Jorie? ¡No me diga!

Leaphorn y Bernie ya estaban en la puerta y, mientras Chee iba cojeando detrás de ellos, oyó murmurar a Timms:

– ¡Ay, Dios! ¡Me lo temía!

Capítulo 28

Fue fácil encontrar el lugar donde la camioneta de Gershwin se había desviado del sendero y distinguir el rastro que había dejado entre el polvo reseco y los hierbajos, aunque seguirlo no fue tan sencillo. La camioneta de Gershwin tenía mejor tracción y una capacidad de maniobra muy superior al coche patrulla unidad 11 de Bernie, que, a pesar de la pintura oficial, no era más que un viejo sedán Chevy.

Perdió tracción en el lomo de un gran montículo de los que la erosión y el viento forman alrededor del té de roca en los climas desérticos. Las ruedas de atrás patinaron. Leaphorn comprobó el instinto de supervivencia de Bernie con su ahogado «¡No!».

– Creo que ya podemos bajar del coche -dijo-. Voy a echar un vistazo.

Sacó los prismáticos de la guantera, abrió la portezuela, salió, se subió al montículo y permaneció un minuto mirando antes de volver.

– Los restos de la mina se encuentran a unos quinientos metros -dijo, señalando al frente-. Allá, cerca del borde del precipicio. La camioneta de Gershwin está a unos doscientos metros por delante de nosotros y parece desocupada. También da la impresión de que la ha dejado en un sitio que no pueda verse desde la mina.

– Y ahora ¿qué? -dijo Chee-. ¿Llamamos por radio y pedimos refuerzos? -Al tiempo que hacía la pregunta, pensaba en cómo sonaría la llamada y se imaginó el diálogo: «Un ranchero de la zona ha ido con su camioneta a una vieja mina, ¿por qué necesitas refuerzos? Porque creemos que los atracadores del casino se esconden ahí. ¿De qué mina se trata? De una que el FBI registró y dijo que estaba vacía».

Leaphorn lo miraba, socarrón.

– ¿O qué? -concluyó Chee, pensando que Leaphorn propondría acercarse andando, simplemente, preguntar si había alguien dentro y decirles que salieran con las manos en alto.

– No nos pueden ver, desde este lado -dijo Leaphorn-. ¿Por qué no nos acercamos a ver si averiguamos lo que está sucediendo? Tú has traído el arma, yo le pediré la suya a la agente Manuelito. Agente Manuelito, quiero que permanezca aquí, junto a la radio, pero quédese vigilando subida a ese montículo. Es posible que necesitemos que establezca contacto rápidamente. Présteme el arma reglamentaria.

– ¿Que le preste la pistola? -repitió Bernie con recelo.

Chee salía del coche pensando que el Lugarteniente Legendario había olvidado que ya no estaba en activo. De modo unilateral, había rescindido su jubilación y se había reincorporado a su puesto.

– La pistola -repitió, tendiendo la mano.

La expresión de Bernie pasó de recelosa a determinada.

– No, señor. Una de las primeras cosas que aprendemos es a no deshacernos de la pistola.

– Tiene razón -dijo Leaphorn, mirándola fijamente. Asintió-. Déjeme el rifle.

Lo sacó de su lugar y se lo pasó con la culata por delante. Leaphorn abrió la cámara.

– Bien, Manuelito, quiero que establezcas contacto por radio ahora mismo. Informe de nuestra posición con la mayor precisión posible, di que el sargento Chee está registrando las ruinas de una vieja mina y que necesitamos refuerzos. Di que vas a salir del coche unos minutos para cubrirle y que permanezcan a la espera. Luego, súbete a ese montículo de ahí a vigilar todo lo que pase y procede según sea necesario.

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