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La Urth del Sol Nuevo [The Urth of the New Sun - es]

Электронная книга - «La Urth del Sol Nuevo [The Urth of the New Sun - es]». Краткое содержание книги:

Severian se ha convertido al fin en el Autarca de la Mancomunidad y está a punto de emprender un viaje a las estrellas en una nave de los hieródulos. El resultado de este viaje —que es también un viaje por el tiempo en el que Severian visita distintos lugares y épocas y se encuentra con personajes del presente y del futuro— determinará el destino de Urth. Si Severian obtiene un juicio favorable los extraterrestres transformarán el Sol viejo en un agujero blanco que dará nueva vida a Urth.
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Si a Grimkeld lo había protegido del miedo su filosofía, a mí me protegió la memoria. Estaba seguro de que Tzadkiel había sido el capitán de la nave en mi viaje anterior; y en Yesod había aprendido a no temerle. Pero en ese instante miré a Tzadkiel a los ojos y vi los ojos como estrellas que tenía en las alas, y comprendí que yo era un tonto.

—Entre vosotros hay un grande —dijo ella, y su voz era como un tañido de cien cítaras o un ronroneo de esmilodonte, el felino que destroza a nuestros toros como un lobo mata a las ovejas.

Era lo más difícil que yo había hecho en todas mis vidas, pero avancé como ella había pedido. Me tomó como una mujer levanta una mascota, sosteniéndome en el cuenco de las manos. Su hálito era el viento de Yesod, que yo había creído no volver a respirar nunca.

—¿De dónde proviene tanto poder? —Era apenas un susurro, pero me pareció que un susurro así debía sacudir la materia entera de la nave.

—De vos, Tzadkiel —dije—. En otro tiempo he sido esclavo vuestro.

—Cuéntame.

Intenté hacerlo y descubrí, no sé cómo, que cada palabra mía tenía ahora el significado de diez mil, de modo que cuando dije Urth surgieron con ella los continentes, y el mar y todas las islas, y el cielo índico envuelto en la gloria del viejo sol, monarca en un anillo de estrellas. Después de cien palabras semejantes, ella sabía de nuestra historia más que lo que yo había creído saber; y había llegado al momento del abrazo con el padre Inire y mi subida a la nave de los hieródulos, que debía llevarme a esta nave, la del hierogramato, la de Tzadkiel, aunque yo no lo sabía. Cien mundos más y todo lo que me había sucedido en la nave y en Yesod brillaba en el aire entre los dos.

—Has soportado juicios —dijo ella—. Si lo deseas, puedo hacer que los olvides. Aunque sólo por instinto serías todavía capaz de llevar a tu mundo un sol joven.

Sacudí la cabeza.

—No quiero olvidar, Tzadkiel. Demasiadas veces me he jactado de no olvidar nada, y el olvido, que conocí una o dos veces, me parece una especie de muerte.

—Di mejor que la muerte es un recuerdo. Pero hasta la muerte puede ser amable, como aprendiste en el lago. ¿La preferirías?

—Ya he dicho que soy vuestro esclavo. Tu voluntad es la mía.

—¿Y si mi voluntad fuera desecharte?

—Entonces vuestro esclavo procuraría seguir viviendo, para que también viva Urth.

Ella sonrió y abrió las manos.

—Ya has olvidado qué leve es aquí la caída.

Lo había olvidado, por cierto, y sentí un terror pasajero; pero más serio habría sido caerse de la cama en Urth. Ligero como un vilano, aterricé en el suelo de la estancia de Tzadkiel.

Con todo, tardé unos momentos en recuperarme y descubrir que todos los demás habían desaparecido y yo estaba solo. Tzadkiel, que sin duda advirtió mis miradas, susurró:

—Los he despachado. Recompensaremos al hombre que te rescató, y también a la mujer que luchó por ti cuando los demás querían matarte. Pero es improbable que vuelvas a verla. —Adelantó la mano derecha hasta que las puntas de los dedos se apoyaron en el suelo delante de mí.— Es conveniente —dijo— que mis tripulantes me crean grande y no imaginen cuán a menudo me muevo entre ellos. Pero tú sabes demasiado de mí para que te engañe de esa forma, y te mereces demasiado para que te engañe de forma alguna. Ahora sería más cómodo para los dos que tuviésemos un tamaño parecido.

La última palabra apenas la oí. Estaba pasando algo demasiado asombroso. El nudillo superior del índice de Tzadkiel estaba transformándose en una cara, y era la cara de ella. La uña se dividió y volvió a dividirse, luego la segunda y tercera falanges, de modo que el nudillo inferior se convirtió en dos rodillas. El dedo se separó de la mano y desarrolló brazos y manos propios, y alas estrelladas de ojos; y la giganta que había quedado atrás se desvaneció como una llama bajo un soplido.

—Te llevaré a tu camarote —dijo Tzadkiel. No era tan alta como yo.

Me habría arrodillado, pero ella me levantó.

—Ven. Estás fatigado; más de lo que crees, y no me extraña. Allí tienes una buena cama. Te llevarán comida cada vez que lo desees.

Me las arreglé para decir: —Pero si os ven…

—No nos verán. Aquí hay pasadizos que sólo yo conozco.

Mientras ella hablaba, una pilastra se corrió en la pared. Pasando por la abertura revelada entramos en un corredor oscuro. Apheta, recordé entonces, me había dicho que su gente veía en una oscuridad semejante; pero Tzadkiel no palpitaba de luz como Apheta, y yo no estaba tan loco como para suponer que compartiríamos la cama que ella había mencionado. Tras una caminata bastante larga llegó el amanecer —colinas bajas cayendo bajo el sol viejo— y ya no pareció que estuviéramos en un corredor. Un viento fresco agitaba la hierba. Cuando el cielo se iluminó más, vi frente a nosotros una caja oscura colocada en el suelo.

—Ésos son tus aposentos —me dijo Tzadkiel—. Ten cuidado. Hay que bajar unos escalones.

Eso hicimos, hasta pisar algo blando. Luego bajamos de nuevo, y al fin dimos con un piso. La habitación, mucho más grande que mi viejo camarote y de forma extraña, estaba inundada de luz. El prado matutino de donde veníamos no era sino un cuadro en la pared que teníamos detrás, y los escalones el respaldo y el asiento de un largo canapé. Fui hasta el cuadro e intenté meter la mano, pero me topé con una resistencia sólida.

—En la Casa Absoluta tenemos cosas semejantes —dije—. Ya veo dónde se inspiró el padre Inire, aunque las nuestras no son tan perfectas.

—Siéntate confiado en ese sofá y podrás entrar en el cuadro —me dijo Tzadkiel—. La presión de un pie en el respaldo disuelve la ilusión. Ahora tengo que irme, y tú tienes que descansar.

—Esperad —dije—. No podré dormir a menos que me digáis…

—¿Sí?

—No tengo palabras. Erais un dedo de Tzadkiel. Y ahora sois Tzadkiel.

—Ya conoces nuestro poder de cambiar de forma; como me dijiste hace sólo unos momentos, un Severian más joven se encontró conmigo en el futuro.

Las células de nuestro cuerpo mudan, como las de ciertas criaturas marinas de tu Urth que pueden pasar por un cedazo y sin embargo volverse a juntar. ¿Qué me impide a mí pues modelar una miniatura y estirar la conexión hasta que al fin se separe? Soy una anatomía de ésas; cuando nos juntamos, mi identidad mayor sabrá todo lo que yo haya aprendido.

—Tu identidad mayor me tuvo en sus manos y luego se desvaneció como un sueño.

—La tuya es una raza de peones —me dijo Tzadkiel—. Sólo os movéis hacia adelante, a menos que nosotros os movamos hacia atrás para recomenzar la partida. Pero no todas las piezas del tablero son peones.

XXV — La pasión y el pasaje

Es extraño cómo obra el agotamiento en la mente. Una vez solo en mis aposentos, no pude dejar de pensar en que ahora no había guardia frente a mi puerta. En mi tiempo como Autarca siempre había tenido centinelas, a menudo pretorianos. Vagué por varias habitaciones, buscando la puerta simplemente para verificar que ahora no había ninguna; pero cuando al fin la abrí, unos brutos semihumanos de casco grotesco se irguieron como resortes.

Volví a cerrar, preguntándome si estaban ahí para cuidar que no entraran otros o que no saliera yo; y perdí unos momentos más buscando una forma de apagar la luz. Pero estaba demasiado agotado como para seguir yendo de un lado a otro. Dejando caer la ropa al suelo, me tendí de través en la ancha cama. Mientras mis pensamientos derivaban hacia el brumoso estado que llamamos sueño, la luz se fue atenuando y terminó por apagarse.

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