Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие документальные фильмы » El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.
1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 132
Перейти на страницу:

– ¡No lo sé! ¡Por mi madre! ¡Lo juro por mi madre! -gritaba el hombre con expresión de sinceridad atormentada.

– Si nos lo dices, te llevaremos a un hospital, podrán cuidarte el pie, y nosotros nos iremos a lo nuestro. Es imposible que alguien se haya llevado ese camión de esta granja sin que te enterases. Hace un ruido como un puto reactor al despegar.

– No he estado aquí día y noche; ¡le juro que no lo sé!

Richard sonrió con su sonrisa de lobo maligno, empezó a trabajar en el otro pie, lo quemó hasta dejarlo hecho un amasijo sanguinolento y chamuscado. Mientras tanto, el hombre no dejaba de chillar y de blasfemar.

La primera bengala se consumió. Richard, John y Sean se apartaron a deliberar.

– Creo que ya lo habría dicho si lo supiera -dijo Sean.

– Eso creo yo también -asintió John.

– Sí; yo también empiezo a creerlo -dijo Richard, mirando al hombre, que lloraba como un niño-. Puede que no lo sepa de verdad.

Pero algo, un sexto sentido, le dijo que el hombre sí lo sabía. Richard volvió al coche, recogió la segunda bengala y volvió junto al granjero, que estaba fuera de sí.

– ¿Por qué te estás provocando a ti mismo tantos sufrimientos? -le preguntó Richard-. Dínoslo. Te dejaríamos en el hospital, y todo habría terminado.

– Pero ¡si no lo sé! -insistió él con voz de súplica.

Richard encendió la segunda bengala.

– Vale, allá vamos, ahora ya no voy a jugar, joder. Se acabaron los jueguecitos. Nos vas a decir dónde coño está nuestro cargamento, o te quemo los huevos.

Acercó la llama blanca de la bengala a la ingle del hombre.

– ¡Jesús, María, madre de Dios, no lo sé! -aulló el granjero, con los ojos casi saliéndose de las órbitas como en los dibujos animados.

Entonces Richard le acercó tranquilamente la llama a la ingle. La llama intensa quemó rápidamente el tejido, y Richard aplicó el calor ardiente a los testículos del hombre, que habían quedado al descubierto. Este chillaba y aullaba, suplicaba, prometía, juraba que no sabía nada. Cuando los huevos del hombre estuvieron quemados hasta quedar convertidos en una bola de carne encogida, Richard apartó la bengala. El tipo ya estaba tan fuera de sí que apenas era capaz de hablar.

Richard, que era un psicópata sádico con todas las de la ley, no sentía la menor compasión por aquel hombre. John y Sean estaban algo consternados. Era difícil no estarlo. El hombre era un espectáculo lastimoso.

– ¿Dónde está nuestro cargamento, amigo? -le preguntó Richard-. Esto no es más que el principio.

– No… no… no lo sé -consiguió exclamar el otro.

– Vale; despídete de tu polla -dijo Richard-. Te voy a quemar la puta picha -añadió, acercándole la bengala.

– ¡No! ¡Se lo diré! ¡Se lo diré!

– ¿Dónde está? -le preguntó Richard, ya francamente harto.

– En una granja, carretera abajo. Lo tiene mi amigo Sammy.

– Con que lo tiene Sammy -dijo Richard-. Jodido imbécil. ¿Por qué no nos lo dijiste de entrada, y te habrías evitado todo esto?

– Porque creí… creí que podría engañaros -dijo el granjero, jadeante, como si acabara de echar una carrera.

– ¿Y qué te parece? ¿Nos has engañado? -preguntó Richard.

– No.

– Te podrías haber ahorrado todo este sufrimiento.

– No quería hacerlo. Mi chica necesitaba un aborto. Necesitaba dinero desesperadamente.

– Creíste que el dinero valía más que tus huevos. Amigo, ya no tienes huevos.

– ¡Ya lo sé! -aulló él.

– Imbécil -dijo Richard-. ¡Puto imbécil!

Richard envió a John y a Sean a la otra granja, mientras él se quedaba con Huevos Quemados.

Cuando John y Sean se detuvieron ante la granja, Sammy salió de la casa.

– ¿Tienes nuestro camión? -dijo Sean.

– ¿Qué camión? -respondió él.

– Ya estamos otra vez -dijo John.

– John Atkins dice que tienes nuestro camión.

– ¿John ha dicho eso? No tengo ningún camión -dijo Sammy. Era un tipo bajo y grueso, con cabeza grande y redonda. Llevaba restos de comida en la barba. Las moscas le rondaban alrededor de la enorme cabeza. Su foto podría haber servido para ilustrar un artículo sobre la «basura blanca» en un diccionario [4]. Sean llamó a Richard y le contó lo que había dicho Sammy.

– Hacedle algo de daño -le propuso Richard. Sacaron las pistolas y empezaron inmediatamente a pegar con ellas a Sammy. Este se rindió al momento, dijo que el camión estaba al fondo, tras unos árboles, los condujo hasta allí. Por fin habían encontrado su camión.

En la granja de Huevos Quemados Richard decidió que los dos tipos debían morir. Pensó que el tipo al que había estropeado los pies y los huevos querría vengarse tarde o temprano, y sin pensárselo un momento los mató a los dos de sendos tiros en la cabeza, y los tres asaltantes se volvieron a Nueva Jersey, donde vendieron la carga al precio convenido.

Pero parecía que a Richard Kuklinski el dinero le quemaba las manos. Se llevó a la familia de vacaciones a Florida y perdió mucho dinero jugando al póquer y al bacará. Pero con algo de dinero del golpe y algo más que les dio la madre de Barbara y la nana Carmella, Richard y Barbara consiguieron comprarse una casa nueva, un adosado en el oeste de Nueva York. Richard había querido siempre tener casa propia, ser el rey de su propio castillo. Lo había conseguido por fin, y gobernaría su castillo con mano de hierro.

21

Paso al Llanero Solitario

Era a finales de 1969 y un joven que acabaría por desempeñar un papel crucial en la vida de Richard estaba concluyendo los cuatro años por los que se había alistado en las Fuerzas Aéreas. Se llamaba Patrick Kane.

Kane era un joven de veintidós años, alto y apuesto, de cuerpo esbelto, fuerte y musculoso y con una espesa cabellera negra que se peinaba hacia un lado. Tenía los ojos castaños, grandes y en forma de nuez, llenos de ilusión y de optimismo, en un rostro simétrico y ovalado. Kane se había criado en Demarest, Nueva Jersey, un pueblo pequeño donde todos se conocían. Pat era el menor de tres hermanos varones, un joven alegre, aunque pensativo, y todavía no estaba muy seguro de lo que quería hacer con su vida. Estaba pensando trabajar una granja de 100 hectáreas que tenía un amigo suyo en Pensilvania. Lo que lo atraía de esta idea era que en la granja pasaría todo el día al aire libre. Pat Kane siempre había deseado estar al aire libre, desde que era niño.

Pat Kane era un gran atleta que brillaba en todos los deportes que practicaba: lucha Ubre, béisbol, fútbol americano y baloncesto. Era muy rápido y fuerte y tenía excelentes reflejos y coordinación por naturaleza. Pero su deporte favorito era la pesca. Le encantaba pescar en lagos y en ríos tranquilos y apartados, comiendo lo que pescaba. No le gustaba la caza porque le parecía que era eminentemente injusto disparar a un animal inocente y desarmado que no podía defenderse disparando a su vez.

Kane había estado destinado en Sacramento (California) y en Islandia. Estando destinado en California conoció a su novia, Terry McLeod.

Se conocieron en una cita a ciegas, y fue amor a primera vista. Pal acababa de despedirse de ella y ya la echaba mucho de menos.

El día que Pat volvía a su casa fue a recogerlo al aeropuerto de Newark su hermano Eddie, de la Policía estatal de Nueva Jersey. Ed llevaba su uniforme impecable, gris y negro, de la Policía estatal, e iba al volante de un coche patrulla reluciente del mismo cuerpo. Los dos hermanos se dieron un abrazo largo y fuerte. Todos los miembros de la familia Kane estaban muy unidos. En el camino de vuelta a casa de sus padres, Eddie le dijo:

вернуться

[4] Basura blanca (white trash): apelativo despectivo que se da a la población de raza blanca de bajo nivel económico y cultural. (N. del T.)

1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 132
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)