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El Miedo De Montalbano

Электронная книга - «El Miedo De Montalbano». Краткое содержание книги:

En esta última entrega de Andrea Camilleri, seis irresistibles narraciones nos devuelven el universo del comisario Montalbano en toda su riqueza y esplendor, para deleite de los lectores adictos a su particular manera de entender la vida. A plena luz del despiadado sol siciliano, con un humor no exento del realismo más implacable, surge un caudal de sentimientos irrefrenables: el odio que provoca una venganza cuyas consecuencias han de durar décadas en Mejor la oscuridad; o los resquemores que despierta en todo el cuerpo de policía de Vigàta el comportamiento aparentemente ingenuo, pero cargado de miradas salvajes, de la joven Grazia Giangrasso, en Herido de muerte. Y para arropar al comisario en su ardua tarea, no faltan los elementos de siempre: los desencuentros telefónicos con su novia Livia, las entrañables broncas con Mimì Augello, la perplejidad que siempre consigue producirle Catarella, el inefable telefonista de la comisaría. En esta ocasión, a los personajes conocidos se añaden otros nuevos, como el formal y distante comandante Verruso, antítesis de un Montalbano que descubrirá, con sorpresa y admiración, la dignidad y valentía con las que su nuevo aliado custodia un terrible secreto. Como es habitual en él, Montalbano aprovecha la resolución de los casos para exponer el contraluz de las cosas, de los acontecimientos y circunstancias que rodean los hechos, como si éstos fueran consecuencia de una condición colectiva, de otros dramas y otros padecimientos largamente sufridos, que escapan al control del individuo. Y todas esas dudas, miedos, tentaciones y contradicciones no hacen más que subrayar, si cabe, la profunda dimensión humana que ha hecho de este personaje el favorito de millones de lectores en todo el mundo.
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* * *

Se pasó siete horas seguidas durmiendo y se despertó en la misma posición en la que se había acostado. A su lado, Livia parecía firmemente decidida a seguir viajando por los territorios siempre nuevos y dispersos del país del sueño. Se levantó, fue a la planta baja, se preparó el café, se duchó, se vistió, abrió la puerta de la casa y salió. No estaba preparado para un día de belleza casi despiadada y de violentos colores, en el que el fulgor de la nieve deslumbraba y el Mont Blanc se elevaba por encima de su cabeza hasta una altura que casi daba miedo. Inmediatamente lo asaltaron las puñaladas del frío, unas hojas tan gélidas que le herían el rostro, el cuello y las manos. Se armó de valor, se dirigió a la parte de atrás de la casa y se detuvo bajo la terraza de los dormitorios. A pocos pasos de donde se encontraba comenzaba un sendero que subía por la ladera de la montaña y poco después se perdía entre los árboles. Era una especie de invitación, y Montalbano decidió aceptarla. Regresó a la casa, entró sin hacer ruido en la habitación de Matteo y Stefania, abrió el armario, cogió un anorak y un jersey más grueso, se los puso, sacó de un mueble zapatero un par de botas de montaña, se las puso, bajó, le dejó una nota a Livia en la cocina -«Voy a dar un paseo»-, se encasquetó en la cabeza una especie de calcetín de lana gruesa rematado por un pompón y salió, cerrando la puerta a su espalda. Antes de iniciar el paseo, comprobó que tenía en un bolsillo los cigarrillos y el encendedor. En el otro había un par de guantes; se los puso. Después de media hora de camino, sintiendo que a cada paso se le ensanchaban los pulmones, llegó a una bifurcación y decidió seguir el sendero de la derecha. Estaba subiendo y, sin embargo, no experimentaba el menor cansancio; es más, paulatinamente percibía como una pérdida de peso, una especie de levedad del cuerpo y del espíritu. Ya no había árboles, sólo rocas. En determinado momento se sentó en una de gran tamaño antes de doblar un recodo del camino. Quería disfrutar del panorama. Introdujo la mano en el bolsillo, sacó la cajetilla de cigarrillos, encendió uno, dio dos caladas y lo apagó. No le apetecía fumar. Consultó el reloj y se sorprendió. Llevaba una hora y media caminando sin darse cuenta. Sería mejor regresar, no fuera que Livia se preocupara por su tardanza. Pero, antes de iniciar el descenso, decidió avanzar unos pasos más hasta doblar la curva que le ocultaba una parte del paisaje. De repente, todo cambió. Allí la montaña se presentaba tal como era, áspera, dura, severa, hasta el extremo de despertar una sensación de temeroso respeto. El sendero, ahora más incómodo y estrecho, se abría entre la pared de roca y un tajo que se hundía en una verticalidad vertiginosa. Montalbano no sufría de vértigo, pero, ante aquel espectáculo, el instinto lo indujo a apoyarse en la pared. Con la espalda pegada a la roca contempló las cumbres de las montañas, las casitas del valle, que parecían dados, un tortuoso río que aparecía y desaparecía… Aquello era hermoso, no cabía duda, pero, de pronto, se sintió fuera de lugar, como una especie de alienígena turbado y trastornado por un mundo que no era el suyo. Dio media vuelta para doblar de nuevo el recodo y regresar a la casa, pero se detuvo en seco. Le había parecido oír una voz humana. No había entendido lo que decía, pero le había llegado su vibración desesperada. Aguzó el oído y se puso en tensión.

– ¡… So… corro! -Se volvió una vez más-. ¡Corro…, corro!

Dio tres pasos, estaba seguro de que la voz procedía del precipicio. Se acercó cautelosamente al borde del sendero y asomó la cabeza para mirar. Unos veinte metros más abajo, al final de un terraplén, había un saliente sobre el cual, tumbada boca abajo, una persona que no se sabía si era hombre o mujer porque la capucha del anorak le cubría la cabeza, sujetaba a una mujer por las muñecas, evitando que cayera al precipicio. Por suerte, la mujer había conseguido introducir el pie izquierdo en una grieta de la roca, pues, de lo contrario, la persona que la sujetaba no habría podido aguantar mucho rato. La escena se le antojó a Montalbano tan trágica que le pareció irreal y lo indujo a buscar el lugar donde podían estar colocados los proyectores y la cámara. Sin que él lo notara, las piernas lo llevaron a la altura de los dos desventurados. Metiendo los pies en una especie de peldaños que había excavados en la roca, bajó volando y se situó al lado de la persona que permanecía tumbada. Era un hombre.

– Socorro.

Ya no le quedaba voz ni siquiera para hablar y, por si fuera poco, tenía la boca aplastada contra el suelo.

– ¿Me oye? -preguntó el comisario mientras se tumbaba a su lado y se quitaba los guantes. Miró a la mujer, que mantenía los ojos cerrados. Tenía el rostro blanco como la nieve y el carmín de los labios se le había corrido. Parecía un payaso-. ¡Ánimo! -le dijo. La mujer no abrió los ojos, era una estatua. Montalbano se afianzó bien en el suelo y le dijo al hombre-: Preste atención. Ahora yo cogeré con las dos manos la muñeca izquierda de la señora. Usted haga lo mismo con la muñeca derecha. Entre los dos creo que podremos tirar de ella hacia arriba. ¿Me ha oído? ¿Ha comprendido?

– Sí.

Montalbano agarró la muñeca izquierda de la mujer; rápidamente el hombre la soltó y aferró con ambas manos la derecha.

– ¿Todo bien?

– Sí.

– Ahora contaré hasta tres. Entonces empezaremos a levantarla simultáneamente. ¿Listo? ¡Uno, dos, tres!

La tarea resultó más complicada de lo que el comisario había previsto debido a un hecho que no había tenido en cuenta, a saber, que la mujer, en cuanto sintió que tiraban de ella hacia arriba, de manera instintiva se resistía a sacar el pie de la grieta donde lo había introducido por temor a quedarse colgando en el vacío. Montalbano y el hombre tuvieron que efectuar toda una serie de maniobras y contramaniobras con la respiración cada vez más entrecortada. El comisario estaba seguro de que el hombre, cuando llegara el momento del esfuerzo supremo, se derrumbaría de golpe. ¿Conseguiría él solo sujetar a la mujer, que, por suerte, era liviana? Porque Dios quiso, al cabo de un cuarto de hora los tres acabaron tumbados boca arriba en el saliente. La mujer se quejaba débilmente, debía de haberse roto alguna costilla, y seguía sin abrir los ojos. Era joven, estaría alrededor de los treinta. El hombre, de cuarenta y tantos años, respiraba con la boca abierta; parecía roncar en sueños. Se veía a primera vista que ambos vestían prendas de marca. Montalbano rodó por el suelo hasta situarse al lado de la mujer. Su rostro estaba todavía muy blanco; la sangre no conseguía llegar hasta él.

– Ánimo, señora, ya ha pasado todo. Abra los ojos, míreme.

La mujer negó lentamente con la cabeza. El hombre lo miraba fijamente. Se notaba que no estaba en condiciones de moverse.

– ¿Tiene usted un móvil?

El hombre le indicó el bolsillo interior del anorak. Montalbano lo desabrochó y sacó el aparato. Pero ¿a quién llamar? El hombre debió de comprender su problema, le pidió el teléfono, se apoyó en un codo, marcó un número y empezó a hablar.

– ¡Salvo! -oyó de repente.

Era la voz de Livia. Montalbano se sintió reconfortado. Estaba claro que había sido una pesadilla. Livia estaba despertándolo, nada era verdad, todo había sucedido en sueños.

– ¡Salvo!

Miró hacia arriba. Livia estaba en el sendero y lo miraba con expresión alarmada. Después saltó al terraplén. Sus ojos parecían asustados y respiraba afanosamente. El comisario le contó lo que había ocurrido.

– Vuelve a casa. Yo me quedaré con ellos. -No hubo manera de hacerla cambiar de idea-. Después ya arreglaremos cuentas -añadió mientras Montalbano iniciaba la marcha.

Al llegar a la casa, el comisario se desnudó y se duchó para eliminar el sudor de la piel. Después, sin ponerse los calzoncillos, se sentó en el sofá, abrió una botella de whisky y, con firme determinación, decidió beberse por lo menos la mitad. Livia regresó cuatro horas más tarde y lo encontró en la misma posición. Habían desaparecido tres cuartas partes de la botella.

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