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Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco

Электронная книга - «Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco». Краткое содержание книги:

Llevado al cine (como ATRAPADO SIN SALIDA en algunos países) por Milos Forman, protagonizada por Jack Nicholson en una de las actuaciones que lo convirtieron en una marca, con Louise Fletcher como la enfermera más repugnante de la historia del cine, y una reflexión temiblemente perdurable sobre las mecánicas del poder.

1975: 5 Oscar: mejor película, director, actor (Jack Nicholson), actriz (Louise Fletcher), guión adaptado / Drama.

Randle McMurphy cumple una larga condena en una granja-prisión y se las ingenia para ser trasladado a una institución psiquiátrica. Una vez allí, avisado por el resto de los pacientes sobre los tiránicos métodos de la enfermera jefe, Randle decide declarar la guerra a la señorita Ratchel. Tras una explosión de cólera de Randle, le aplican un tratamiento de electroshock. Pero para entonces ya se ha ganado a los internos…

El título `Alguien voló sobre el nido del cuco`, es una mala traducción del original en inglés. La frase viene de una rima que recuerda el Jefe Bromden en su estancia en el manicomio. Su abuela decía: `Uno voló hacia el este, uno voló hacia el oeste, y uno voló sobre el nido del cuco`, significando que cada cual es dueño de seguir su destino en diferente dirección que los demás.
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Yo soy el que llevo más tiempo en la galería, desde la segunda guerra mundial. Llevo aquí más tiempo que nadie. Más que cualquier otro paciente. La Gran Enfermera estaba aquí antes que yo.

Los Crónicos y los Agudos no suelen mezclarse. Cada cual permanece en su parte de la sala de estar, como les gusta a los negros. Dicen que así todo está más ordenado y dan a entender a todo el mundo que les gustaría que así siguiera. Nos conducen a la sala de estar después del desayuno y observan cómo nos instalamos, y asienten: «Muy bien, caballeros, eso va bien. Y ahora no se muevan.»

En realidad, casi no necesitan decir nada porque, menos yo, los Crónicos apenas se mueven y los Agudos dicen que por nada del mundo se moverían de su sitio, y aducen razones como que el rincón de los Crónicos huele peor que un pañal sucio. Pero yo sé que lo que les mantiene apartados de los Crónicos no es tanto el olor como que no les gusta pensar que eso es lo que podría ocurrirles algún día a ellos. La Gran Enfermera conoce este temor y sabe aprovecharlo; siempre que algún Agudo se enfurruña le hace notar que hay que ser buenos chicos y cooperar con el personal cuyo propósito es curaros o acabaréis al otro lado.

(En la galería, todos están muy satisfechos con la cooperación de los pacientes. Tenemos una plaquita de bronce clavada sobre un trozo de madera de arce en la que hay escrito: UN APLAUSO A LA GALERÍA QUE HA LOGRADO OPERAR CON MENOR NÚMERO DE PERSONAL EN TODO EL HOSPITAL. Es un premio a la cooperación. Está colgado en la pared encima mismo del cuaderno de bitácora, a igual distancia de los Crónicos y de los Agudos.)

Este nuevo y peligroso Ingreso, McMurphy, sabe al instante que no es un Crónico. Después de observar un minuto la sala de estar, comprende que le toca situarse al lado de los Agudos y allí se dirige en el acto, sonriendo y estrechando la mano a todo el mundo. Advierto que al principio todos se sienten incómodos con su presencia, que les inquietan sus bromas y chistes y el descaro con que le chilla al muchacho negro que aún le persigue con un termómetro, y sobre todo esa franca risa sonora. Cuando ésta suena oscilan las agujas del cuadro de mandos. Cada vez que se ríe los Agudos adoptan un aire asustado e inquieto, como niños de colegio que, cuando un chico revoltoso empieza a alborotar demasiado en ausencia del maestro temen que éste vuelva y se le ocurra castigar sin recreo a toda la clase. Se agitan y se estremecen, al mismo tiempo que las agujas del cuadro de mandos; advierto que McMurphy comprende que les está poniendo nerviosos, pero eso no le arredra.

– Caramba, qué grupo más lastimoso. A mí no me parecéis demasiado locos, chicos.

Está intentando que se relajen, como el subastador que cuenta chistes para que el público se sienta a sus anchas antes de empezar a pujar.

– ¿Quién cree ser el más loco de todos? ¿Quién es el peor lunático? ¿Quién organiza estas partidas de cartas? Es mi primer día aquí y me gustaría producirle una buena impresión al jefe, si es capaz de demostrarme que él es quien manda aquí. ¿Quién es el gran lunático de esta sala?

Se dirige claramente a Billy Bibbit. Se inclina y le mira tan fijamente que Billy se ve obligado a balbucear que todavía no es el gra-a-a-a-an lunático, pero que está en la li-i-i-i-ista.

McMurphy le tiende una gran manaza y Billy no tiene más remedio que estrecharla.

– Muy bien, amigo -le dice a Billy- me alegra que estés en la lista de grandes lunáticos, pero como tengo la intención de ponerme al frente de todo este tinglado, lo mejor será que hable con el primero de a bordo.

Mira a su alrededor, hacia el rincón donde algunos Agudos han interrumpido su partida de cartas, y, al verlos, se cubre una mano con la otra y hace crujir todos los nudillos.

– Veréis, amigos, mi intención es convertirme en una especie de rey del juego de esta galería, dirigir un pérfido juego de bacará. O sea que lo mejor será que me presentéis a vuestro jefe y decidiremos quién va a mandar aquí.

Nadie sabe con certeza si este hombre de ancho tórax con la cicatriz y la terrible sonrisa está haciendo comedia o si está lo bastante loco como para ser exactamente lo que parece, o ambas cosas a la vez, pero a todos comienza a divertirles seguirle la corriente. Todos observan cómo apoya su gran manaza roja sobre el delgado brazo de Billy y esperan a ver qué dirá éste. Billy comprende que le toca romper el silencio, conque mira a su alrededor y señala a uno de los jugadores de pinacle:

– Harding -dice Billy- supongo que de-be-be-bes s-s-ser tú. Tú eres el p-p-presidente del Co-co-co-comité de Pacientes. Este ho-ho-hom-bre quiere hablar contigo.

Los Agudos comienzan a sonreír, ya no se sienten tan incómodos, y les complace que ocurra algo fuera de lo corriente. Todos se lanzan sobre Harding y le preguntan si él es el gran lunático. Harding deja las cartas sobre la mesa.

Es un hombre nervioso, con una cara que a veces hace pensar que uno le ha visto en una película, una cara demasiado bonita para un hombre de la calle. Tiene los hombros anchos y delgados y, cuando desea encerrarse en sí mismo, suele arquearlos en torno a su pecho. Tiene unas manos tan largas y blancas y finas que me dan la impresión de haberse modelado la una a la otra con jabón, y a veces se desprenden y revolotean frente a él como dos blancos pájaros hasta que se da cuenta y las aprisiona entre sus rodillas; le molesta poseer unas manos bonitas.

Es presidente del Comité de Pacientes a cuenta de un papel que dice que se graduó en la universidad. Lo tiene enmarcado sobre su mesita de noche junto al retrato de una mujer en traje de baño que también parece salida de una película; tiene unos pechos muy grandes y se los cubre sujetando con los dedos la parte de arriba del bañador, mientras mira de reojo a la cámara. Detrás de ella, puede verse a Harding sentado sobre una toalla, muy flacucho, en bañador, como si esperara que en cualquier momento un tipo más fuerte fuese a tirarle arena con el pie. Harding fanfarronea mucho de tener por esposa una mujer como ésa, dice que es la mujer más sensual del mundo y que le agotaba por las noches.

Cuando Billy le señala, Harding se echa hacia atrás en su silla y adopta un aire de importancia; habla mirando hacia el techo, sin prestar atención a Billy ni a McMurphy.

– ¿El… caballero tiene una cita, señor Bibbit?

– ¿Tiene una cita, señor Mcm-m-murphy? El señor Harding es un hombre ocupado y no recibe a nadie sin una ci-ci-cita.

– ¿Este ocupado señor Harding es el gran lunático?

Mira a Billy de reojo y Billy mueve a toda prisa la cabeza en señal de asentimiento; le halaga estar llamando tanto la atención.

– Entonces dígale al Gran Lunático Harding que R. P. McMurphy desea verle y que en este hospital no hay lugar para los dos. Estoy acostumbrado a ser el jefe. Fui el mejor conductor de caballos en todas las desastradas operaciones madereras al Noroeste y el mejor tahúr desde Corea hasta aquí, incluso fui el mejor recolector de guisantes en esa granja de Pendleton y supongo que si tengo que ser un lunático también voy a ser uno de los mejores. Dígale a ese Harding que si no se enfrenta conmigo de hombre a hombre sólo es un bravucón y que más le vale largarse de esta ciudad antes de la puesta del sol.

Harding se recuesta aún más, se mete los pulgares en las solapas.

– Bibbit, dile a ese exaltado McMurphy que le veré este mediodía en el salón principal y que resolveremos definitivamente este asunto.

Harding intenta arrastrar las palabras como McMurphy; resulta gracioso con su voz chillona y temblorosa.

– También puede decirle, para que esté advertido, que he sido el gran lunático de esta galería durante dos años y que estoy más loco que nadie.

– Señor Bibbit, dígale a ese señor Harding que estoy tan loco que reconozco haber votado por Eisenhower.

– ¡Bibbit! ¡Dígale al señor McMurphy que estoy tan loco que voté por Eisenhower dos veces!

– Y ya puede contestarle al señor Harding -apoya las dos manos sobre la mesa y se inclina, al tiempo que baja el tono de voz- que estoy tan loco que pienso votar otra vez por Eisenhower el próximo noviembre.

– Me quito el sombrero -dice Harding, inclina la cabeza y le estrecha la mano a McMurphy. No me cabe la menor duda de que McMurphy ha ganado, pero no sé muy bien qué.

Todos los demás Agudos dejan lo que estaban haciendo y se acercan a ver qué clase de tipo es el recién llegado. Nunca había habido nadie como él en la galería. Le preguntan de dónde es y a qué se dedica en un tono que yo nunca les había visto emplear antes. Dice que es un hombre con vocación. Dice que era un simple vagabundo y maderero hasta que el Ejército lo reclutó y le mostró su verdadero camino; dice que al igual que otros aprendieron a hacer el mínimo esfuerzo o a escurrir el bulto, él aprendió a jugar al póquer. Desde entonces sentó cabeza y se dedicó a jugar a troche y moche. Dice que si le dejaran se limitaría a jugar al póquer y no se casaría y viviría donde y como le diera la gana.

– Pero ya saben cómo persigue la sociedad a las personas con vocación. Desde que descubrí mi vocación he cumplido condenas en tantas cárceles de pueblo que podría editar un folleto. Dicen que soy un matón habitual. Porque peleo de vez en cuando. Mierda. Cuando era un estúpido leñador y me metía en una riña no le daban tanta importancia; es comprensible, dicen, es un tipo que trabaja duro y tiene que desahogarse un poco, dicen. Pero cuando uno es un jugador, si saben que de vez en cuando se echa una partidita algo fuerte en la trastienda, basta que escupa con la boca torcida para que le motejen de criminal. Uuuy, ya empezaba a desequilibrarles el presupuesto tanto llevarme y traerme de chirona en chirona.

Menea la cabeza e hincha las mejillas.

– Pero eso sólo duró una temporada. Aprendí los trucos. A decir verdad, la condena que estaba cumpliendo en Pendleton era la primera en casi un año. Por eso me cogieron. Estaba desentrenado; aquel tipo pudo levantarse y correr a la policía antes de que yo lograra salir de la ciudad. Un personaje muy resistente…

Vuelve a reír y estrecha manos y se sienta a echarse un pulso cada vez que ese negro se le acerca demasiado con el termómetro, hasta que ha saludado a todos los del lado de los Agudos. Y cuando termina con los Agudos continúa directamente con los Crónicos, como si no hubiera ninguna diferencia. Imposible saber si realmente es tan cordial o si sigue alguna táctica de juego al intentar hacer amistad con tipos tan idos que muchos de ellos ni siquiera saben cómo se llaman.

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