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Электронная книга - «El mar». Краткое содержание книги:

Tras la reciente muerte de su esposa despu?s de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de ni?o verane? junto a sus padres. Pretende huir as? del profundo dolor por la reciente p?rdida de la mujer amada, cuyo recuerdo le atormenta incesantemente. El pasado se convierte entonces en el ?nico refugio y consuelo para Max, que rememorar? el intenso verano en el que conoci? a los Grace (los padres Carlo y Connie, sus hijos gemelos Chloe y Myles, y la asistenta Rose), por quienes se sinti? inmediatamente fascinado y con los que entablar?a una estrecha relaci?n. Max busca un improbable cobijo del presente, demasiado doloroso, en el recuerdo de un momento muy concreto de su infancia: el verano de su iniciaci?n a la vida y sus placeres, del descubrimiento de la amistad y el amor; pero tambi?n, finalmente, del dolor y la muerte. A medida que avanza su evocaci?n se desvelar? el tr?gico suceso que ocurri? ese verano, el a?o en el que tuvo lugar la «extra?a marea»; una larga y me?ndrica rememoraci?n que deviene cat?rtico exorcismo de los fantasmas del pasado que atenazan su existencia.
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Ése era todo el sueño. El viaje no acababa, yo no llegaba a ninguna parte, y no pasaba nada. Simplemente caminaba por esa senda, solo y obstinado, caminando sin parar entre la nieve y el ocaso invernal. Pero me desperté en medio de la negrura del alba no como solía hacerlo en aquellos días, con la sensación de haberme despojado de otra capa de piel durante la noche, sino con la convicción de haber alcanzado, o al menos iniciado, algo. Entonces, inmediatamente, y por primera vez en no sé cuánto tiempo, me acordé de Ballyless y de la casa de la calle de la Estación, y de los Grace, y de Chloe Grace, no se me ocurre por qué, y fue como si de pronto hubiera salido de la oscuridad y entrado en una mancha de sol pálida y empapada de sal. La soporté sólo un minuto, menos de un minuto, esa feliz luminosidad, pero me dijo qué tenía que hacer.

La vi por primera vez, a Chloe Grace, en la playa. Era un día luminoso entorpecido por el viento, y los Grace se habían instalado en un hueco poco profundo que el viento y las mareas habían excavado en las dunas, al que su presencia muy poco distinguida daba un aire de proscenio. Iban magníficamente equipados, con un descolorido trozo de tela de rayas tendido entre postes para protegerse de las frías brisas, sillas plegables y una mesita plegable, y una canasta de paja grande como una maletita que contenía botellas y termos y latas con sandwiches y galletas; incluso tenían tazas de té de verdad, con platillos. Era una parte de la playa tácitamente reservada para los residentes del Hotel Golf, el césped del cual acababa justo detrás de las dunas, por lo que esa gente del pueblo, que se entrometía despreocupadamente, con su elegante mobiliario de playa y sus botellas de vino, recibían miradas indignadas, miradas de las que los Grace, si es que las percibían, hacían caso omiso. El señor Grace, Carlo Grace, papi, llevaba pantalones cortos, y un blazer de rayas sobre el pecho, pelado a excepción de dos grandes matas de tupidos rizos que tenía la forma de un par de alas en miniatura, extendidas y velludas. Nunca había visto, creo, ni he vuelto a ver desde entonces, a nadie tan fascinantemente peludo. Se cubría la cabeza con un sombrero de tela que parecía un cubo de niño para jugar en la arena vuelto del revés. Estaba sentado en una de las sillas plegables, con un periódico abierto delante, mientras que al mismo tiempo conseguía fumar un cigarrillo a pesar de las fuertes rachas de viento que llegaban desde el mar. El muchacho rubio, el que había visto apoyado en la verja -era Myles, también os puedo dar su nombre-, estaba acuclillado a los pies del padre, hacía pucheros enfurruñado y escarbaba en la arena con un pecio pulido por el mar. Un poco por detrás de ellos, al abrigo de la pared que formaba la duna, una niña, o una joven, estaba arrodillada en la arena, envuelta con una gran toalla roja bajo la cual intentaba, muy enfadada, librarse de lo que resultaría ser un bañador mojado. Era marcadamente pálida y con una expresión llena de sentimiento, con la cara larga y delgada y el pelo muy negro y tupido. Observé que no dejaba de mirar, al parecer con un aire rencoroso, la nuca de Carlo Grace. También observé que Myles, el muchacho, vigilaba de soslayo, con la evidente esperanza, que yo compartía, de que a la chica se le cayera la toalla protectora. No era probable que fuera su hermana, entonces.

La señora Grace apareció en la orilla. Había estado en el mar, y llevaba un traje de baño negro, ajustado y de un brillo oscuro, como una piel de foca, y encima de él una especie de falda cruzada hecha de una tela diáfana, que se sujetaba en la cintura con un solo botón y se abría a cada paso que daba para revelar sus piernas bronceadas y bastante gruesas, aunque torneadas. Se detuvo delante de su marido y se empujó las gafas de sol de pasta blanca hacia el pelo y esperó durante el instante que él dejó pasar antes de bajar el periódico y levantar la vista hacia ella, alzando la mano que sostenía el cigarrillo y haciendo visera contra la luz avivada por la sal. Ella dijo algo y él ladeó la cabeza y se encogió de hombros, y sonrió, mostrando numerosos dientes pequeños, blancos y nivelados. La chica, detrás de él, aún debajo de la toalla, se deshizo del bañador que por fin había conseguido quitarse, y, dando la espalda, se sentó en la arena con las piernas flexionadas y con la toalla formó una tienda de campaña alrededor de sí misma y colocó la frente sobre las rodillas, y Myles adentró su palo en la arena con una fuerza decepcionada.

Ahí estaban, pues, los Grace: Carlo Grace y su esposa Constance, su hijo Myles, la niña o la joven que, estaba seguro, no era la chica que había oído reír en la casa ese primer día, con todas las cosas desperdigadas a su alrededor, sus sillas plegables y sus tazas de té y sus vasos de vino blanco, y la reveladora falda de Connie Grace y el gracioso sombrero y el periódico y el cigarrillo de su marido, y el palo de Myles, y el bañador de la chica, tirado allí donde lo había arrojado, inerte y acolchado y atascado en un borde húmedo con un fleco de arena, como algo arrojado y ahogado sacado del mar.

No sé cuánto tiempo había pasado Chloe de pie en la duna antes de saltar. Es posible que hubiera estado ahí todo el tiempo, observando cómo observaba yo a los demás. Primero fue una silueta, con el sol detrás de ella convirtiendo en reluciente casco su pelo muy corto. A continuación levantó los brazos y con las rodillas apretadas saltó de la duna. El aire hizo que las perneras de sus pantalones cortos se hincharan un momento. Iba descalza, y aterrizó sobre los talones, levantando arena. La chica que había bajo la toalla -Rose, démosle también un nombre, pobre Rosie- soltó un breve chillido de temor. Chloe se tambaleó, los brazos aún levantados y los talones en la arena, y pareció que iba a caer o al menos a darse una buena culada, pero consiguió mantener el equilibrio, y sonrió de soslayo y maliciosamente a Rose, que tenía arena en los ojos y ponía cara de besugo y negaba con la cabeza y parpadeaba.

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