Viernes o Los limbos del Pacífico
- Автор: Tournier Michel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viernes o Los limbos del Pacífico». Краткое содержание книги:
Аннотация
Viernes o Los limbos del PacíficoNo se preocupaba de contabilizar los días que pasaban. Por boca de sus salvadores se enteraría del tiempo que había transcurrido desde el naufragio del Virginia. Por eso jamás llegó a saber en qué momento, al cabo de cuántos días, semanas o meses su inactividad y su actitud de vigilancia pasiva del horizonte comenzaron a pesarle. La amplia llanura oceánica, ligeramente combada, espejeante y glauca, le fascinaba y comenzó a temer que pudiera ser presa de las alucinaciones. En primer lugar olvidó que no había ante sus pies más que una masa líquida en perpetuo movimiento. Vio, en cambio, una superficie dura y elástica en la que no tendría más que lanzarse para rebotar. Después, llegando más lejos, imaginó que se trataba del lomo de algún animal fabuloso, cuya cabeza tenía que hallarse al otro lado del horizonte. Por último, le pareció de pronto que la isla, sus rocas y sus bosques no eran más que los párpados y las pestañas de un ojo inmenso, azul y húmedo, que escrutaba las profundidades del cielo. Esta última imagen le obsesionó hasta tal punto que tuvo que renunciar a su expectación contemplativa. Reaccionó y decidió emprender cualquier cosa. Por vez primera el miedo a perder el juicio le había rozado. Ya nunca le abandonaría.
Emprender algo no podía tener más que un sentido: construir una embarcación de tonelaje suficiente para poder alcanzar la costa chilena occidental.
Aquel día Robinsón decidió vencer su repugnancia y realizar una incursión a los restos del Virginia para intentar sacar de allí las herramientas y materiales útiles para su propósito. Con ayuda de unas lianas reunió una docena de troncos y construyó una tosca almadía que resultaba, sin embargo, muy práctica con el mar en calma. Una resistente pértiga podía servirle como medio de propulsión, porque cuando había marea baja, el agua era poco profunda hasta la altura de las primeras rocas, y en éstas podría apoyarse a partir de ese momento. Al llegar bajo la sombra monumental del barco naufragado, amarró su balsa al fondo y comenzó a rodear el navío a nado, para encontrar un medio de acceso. El casco, que no presentaba ningún daño aparente, había quedado colocado sobre un arrecife puntiagudo que se mantenía constantemente sumergido y que le sostenía como si fuera un pedestal. En una palabra, si la tripulación, confiando en aquel magnífico Virginia, se hubiera mantenido en el entrepuente en vez de exponerse sobre el puente, barrido por las olas, quizá todo el mundo hubiera podido salvar su vida. Mientras se aupaba con ayuda de una estacha que colgaba de un escobén, Robinsón se atrevía incluso a pensar que quizá podría encontrar a bordo al capitán Van Deyssel, al que había dejado, sin duda herido, pero en cualquier caso vivo y seguro en su camarote. Nada más saltar sobre el alcázar -obstruido por tal montón de mástiles, vergas, cables y estachas rotas y embarulladas que era casi imposible abrirse paso a través suyo- percibió el cadáver del vigía que se mantenía sólidamente encajado en el cabrestante, como un ajusticiado en la picota. El desdichado, vapuleado por los terribles choques que había tenido que sufrir sin poder guarecerse, había muerto en su puesto, tras haber dado inútilmente la voz de alerta.
El mismo desorden reinaba en los pañoles, pero por lo menos allí no había penetrado el agua y encontró almacenadas en unas arcas provisiones de galletas y carne seca; consumió toda la que pudo sin tener agua dulce. Quedaban allí también unos barriles con vino y ginebra, pero un hábito de abstinencia había dejado intacto en su interior la repulsión que experimenta naturalmente el organismo ante las bebidas fermentadas. El camarote estaba vacío, pero pudo ver al capitán tirado en la cabina de mandos. Robinsón tuvo un estremecimiento de alegría cuando vio al hombrón corpulento hacer un esfuerzo para enderezarse al oírse llamar. ¡De forma que la catástrofe había dejado dos supervivientes!; a decir verdad, la cabeza de Van Deyssel, que no era más que una masa sanguinolenta y desmelenada, caía hacia atrás, sacudida por los extraños sobresaltos que agitaban al torso. Cuando la silueta de Robinsón quedó enmarcada en lo que quedaba de la puerta de la pasarela, el manchado jubón del capitán se entreabrió y escapó de allí una rata enorme, seguida por otras dos de menores dimensiones. Robinsón se alejó tambaleándose y vomitó entre los escombros que cubrían el suelo.
No se había mostrado nunca muy interesado acerca de la naturaleza de la carga que transportaba el Virginia. En realidad, una vez le había planteado la pregunta a Van Deyssel pocos días después del embarque, pero no había insistido cuando el capitán le respondió con una broma repugnante. Se trataba de una especialidad -había explicado el hombrón- de queso de Holanda y guano, ya que este último producto se emparentaba con el primero por su consistencia untuosa, su color amarillento y su olor caseoso. Por eso tampoco se sorprendió Robinsón al descubrir cuarenta toneles de pólvora negra, muy bien estibados en el centro de la bodega.
Necesitó varios días para transportar primero a su balsa y después a tierra todo aquel explosivo, porque la mitad del tiempo era interrumpido por la subida de la marea. Aprovechaba entonces para colocarlo al abrigo de la lluvia bajo una cubierta de palmas sujetas con piedras. Transportó, además, desde el barco dos cajas de galletas, un catalejo, dos mosquetes, una pistola de doble cañón, dos hachas, una azuela, un martillo, una cuchilla, un rollo de estopa y una amplia pieza de estambre de color rojo (paño de poco precio, destinado a operaciones de trueque con eventuales indígenas). Encontró en el camarote del capitán el famoso barrilete de Amsterdamer, herméticamente cerrado y, en su interior, la gran pipa de porcelana intacta a pesar de su fragilidad, al estar protegida en la chimenea formada por el tabaco. Cargó también en su balsa una gran cantidad de tablas arrancadas del puente y de los mamparos del navío. Por último encontró en el camarote del segundo una biblia en buen estado que se llevó envuelta en un trozo de vela para protegerla.
Al día siguiente emprendió la construcción de una embarcación, a la que de antemano bautizó con el nombre de Evasión.
Capítulo II
Al nordeste de la isla, los acantilados se convertían en una ensenada de arena fina, fácilmente accesible a través de unos detritos rocosos salpicados de delgados brezos. Aquella escotadura de la costa se hallaba dominada por un claro de un acre y medio de extensión poco más o menos, totalmente llano, y allí Robinsón descubrió bajo las hierbas un tronco de mirto que medía más de ciento cuarenta pies de largo; el tronco era seco, sano y bien desarrollado y a partir suyo decidió Robinsón realizar la pieza maestra del Evasión. Transportó hasta allí los materiales que había arrebatado al Virginia y estableció su taller en aquella planicie que tenía además la ventaja de dominar el horizonte marino desde donde podría venir la salvación. Además, el eucalipto hueco se hallaba cerca y podría llegar hasta él sin demora en caso de alerta.
Antes de ponerse al trabajo Robinsón leyó en alta voz algunas páginas de la Biblia. Educado en el espíritu de la secta de los cuáqueros -a la que pertenecía su madre-, jamás había sido un gran lector de los textos sagrados. Pero lo extraordinario de su situación y el azar -que se parecía tanto a un decreto de la Providencia-, al que debía que le hubiera sido entregado el Libro de los libros, le impulsaban a buscar en aquellas venerables páginas el socorro moral que necesitaba. Aquel día creyó descubrir en el capítulo IV del Génesis -el que relata el Diluvio y la construcción del arca por Noé- una evidente alusión al navío de salvación que iba a salir de sus manos.
Tras limpiar de hierbas y de matorrales un área de trabajo suficiente, hizo rodar hasta aquel lugar el tronco de mirto y comenzó a despojarle de sus ramas. Luego le atacó con el hacha para conferirle el perfil de una viga rectangular.
Trabajaba lentamente y como a saltos. Como única guía tenía el recuerdo de las expediciones que hacía cuando era niño a un astillero donde se construían barcas de pesca, que se encontraba a la orilla del Ouse en York; y también la canoa que sus hermanos y él habían intentado realizar y a la que tuvieron que renunciar. Pero disponía de un tiempo indefinido y se veía empujado a su tarea por una imperiosa necesidad. Cuando parecía que el desaliento iba a ganarle, se comparaba con un prisionero que limaba con una herramienta improvisada los barrotes de su ventana o excavaba con sus uñas un agujero en uno de los muros de su celda, y entonces se consideraba afortunado en su desdicha. Conviene añadir que, como se había olvidado de mantener un calendario desde el naufragio, tenía una idea vaga del tiempo que iba transcurriendo. Los días se superponían todos semejantes en su memoria y tenía la sensación de recomenzar cada mañana la jornada de la víspera.
Se acordaba, desde luego, de las hormas de vapor con las que los carpinteros del Ouse curvaban las piezas para el futuro barco. Pero no podía plantearse el construir un horno con su caldera de alimentación y no le quedaba más que la delicada y laboriosa solución de ensamblar piezas que iba recortando con el hacha. El perfil de la roda y el codaste resultó tan difícil de elaborar que tuvo incluso que abandonar su hacha y adelgazar la madera, extrayendo finas virutas con su cuchillo. Estaba obsesionado por el miedo a estropear el mirto que le había proporcionado providencialmente la pieza maestra para el Evasión.