Última Oportunidad
- Автор: Кларк Мэри Хиггинс, Clark Carol Higins
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:
La niña se puso los zapatos y luego se dirigió hacia las escaleras. Por un momento, Sterling la perdió de vista, pero enseguida la alcanzó cuando ella estaba subiendo a un autobús con la inscripción MADISON VILLAGE SCHOOLS que estaba esperando en la calle Cuarenta y nueve. Ah, pensó, así que van a Long Island. Oyó que la profesora llamaba Marissa a la que sin duda era la alumna más pequeña del grupo. Marissa fue directamente hasta el fondo del vehículo y se sentó sola en el último asiento.
Cada vez más a gusto, sabiendo que nadie podía verle, siguió a la niña hasta el autobús y se sentó en el asiento del otro lado del pasillo. Ella miró hacia donde se encontraba él en varias ocasiones, como si fuera consciente de su presencia.
Sterling se acomodó. Iba por buen camino.
Miró de reojo a Marissa, que se había apoyado en la ventanilla y tenía los ojos cerrados. ¿Qué era lo que tanto abrumaba a la chiquilla? ¿En qué estaba pensando?
Sterling se moría de ganas de saber qué ocurría en su casa.
– Es increíble. Otra Navidad con mamá a tantos kilómetros de aquí. -Eddie Badgett estaba a punto de llorar- Echo de menos mi tierra, echo de menos a mamá. Quiero verla.
Su rostro rubicundo se desdibujó en una expresión de congoja. Pasó los dedos por su espesa mata de cabellos grises.
La Navidad había puesto a Eddie en un estado de tristeza que todo su dinero, acumulado gracias a la usura, no podía borrar.
Estaba hablando con su hermano Junior, que, con cincuenta y cuatro años, era tres más joven que Eddie. A Junior lo habían bautizado como a su padre, que había pasado media vida encarcelado en una malsana prisión de Valonia, un diminuto país fronterizo con Albania.
Los hermanos se encontraban en una habitación que su carísimo decorador había bautizado ampulosamente como «la biblioteca» y llenado de libros que ninguno de los hermanos tenía la menor intención de leer.
La mansión, situada en doce acres de la dorada costa norte de Long Island, era un tributo a la capacidad de los hermanos Badgett para privar a otros seres humanos de sus bien ganados capitales.
Su abogado, Charlie Santoli, se encontraba con ellos en la biblioteca, sentado a una recargada mesa de mármol con el maletín al lado y una carpeta abierta ante él.
Santoli, un individuo aseado y menudo de sesenta y tantos años, con una desafortunada tendencia a completar su higiene diaria con dosis exageradas de colonia Manly Elegance, miró a los hermanos con su habitual mezcla de desdén y temor.
A menudo pensaba que aquellos dos le recordaban a una pelota de baloncesto y un bate de béisbol. Eddie era bajo, rechoncho, duro, redondo.
Junior era alto, flaco, recio. Y siniestro: podía enfriar toda una habitación con su sonrisa, o incluso con la mueca que él consideraba un gesto amable.
Charlie tenía la boca seca. Su deber era decirles a los hermanos Badgett que no había sido posible conseguir otro aplazamiento de su juicio por estafa, usura, incendio provocado e intento de asesinato. Lo cual quería decir que Billy Campbell, el famoso y apuesto cantante de rock de treinta años, y su glamurosa madre, la antigua cantante de cabaret Nor Kelly, propietaria de un conocido restaurante, tendrían que salir de su escondite y comparecer ante los tribunales. Su testimonio llevaría a Eddie y a Junior a sendas celdas que estos podrían decorar con fotos de su mamá, porque a ella no la iban a ver nunca más. Pero Santoli sabía que, incluso estando en prisión, se las apañarían para que Billy Campbell no volviera a cantar una sola nota más y para que su madre, Nor Kelly, no tuviera un solo cliente más en su establecimiento.
– Te da miedo hablar con nosotros -gruñó Junior-, pero será mejor que empieces. Somos todo oídos.
– Sí -careó su hermano Eddie al tiempo que se enjugaba los ojos y se sonaba la nariz-, somos todo oídos.
Madison Village estaba varias salidas después de Syosset por la autopista de Long Island.
En el aparcamiento de la escuela, Sterling bajó del vehículo con Marissa. Estaba nevando. Un tipo de unos cuarenta años, de pelo rubio y ralo -alto y larguirucho, de esos que la madre de Sterling habría llamado «un largo trago de agua»-llamó a Marissa y le hizo señas.
– Ven aquí, cariño. Date prisa. ¿No llevas gorro? Vas a pillar un catarro.
Sterling oyó rezongar a Marissa mientras corría hacia un sedán beige que estaba entre otra media docena de coches, que a Sterling le parecieron más bien camiones. En la autopista se había fijado en que abundaban. Se encogió de hombros: otro de los cambios de estos últimos cuarenta y seis años.
Marissa dijo «Hola, Roy» al ocupar el asiento delantero. Sterling se acomodó en el de atrás, entre dos pequeños asientos que sin duda eran para niños muy pequeños. ¿Qué no se inventarán?, se preguntó. Cuando yo era un crío, mi madre me llevaba en sus rodillas y me dejaba coger el volante.
– ¿Cómo está nuestra patinadora olímpica? -preguntó Roy a Marissa. Sterling se dio cuenta de que procuraba ser simpático, pero Marissa no quería saber nada.
– Bien -respondió la niña sin el menor entusiasmo.
¿Quién es este tipo?, se preguntó Sterling. No puede ser su padre. ¿Un tío, quizá? ¿El novio de su madre?
– Ponte el cinturón, princesa -le aconsejó Roy en un tono excesivamente alegre.
¿Cariño? ¿Princesa? ¿Patinadora olímpica?
Este tipo es un empalagoso, pensó Sterling.
– Déjame en paz -suspiró Marissa.
Sobresaltado, Sterling observó la posible reacción de Roy. No hubo tal. Roy estaba totalmente pendiente de la carretera. Sus manos agarraban con fuerza el volante, y conducía muy por debajo del límite permitido.
– Patinando llegaría antes a casa -murmuró Marissa.
Sterling se sintió muy satisfecho de comprobar que no solo tenía la facultad de hacerse visible a ella a su antojo, sino que podía además leerle el pensamiento. Sin duda alguna, el Consejo Celestial le estaba proporcionando ciertas herramientas y poderes, pero dejándole que él mismo descubriera su alcance.
Estaba claro que no le iban a facilitar las cosas.
Se echó hacia atrás, consciente de que aun cuando no estaba allí en carne y hueso, se sentía claramente incómodo. Era la misma reacción que había tenido al tropezarse con aquella mujer en la pista de patinaje.
El resto de los siete minutos de trayecto hasta la casa transcurrieron básicamente en silencio, a excepción de la radio, que estaba sintonizada en una emisora que emitía una música muy lánguida.
Marissa se acordó de un día en que había puesto la radio del coche de su padre y había salido una canción suya.
– ¡Pero bueno! -Había dicho él- ¿Es que no te he enseñado a tener buen gusto en música?
– ¡Es la emisora que escucha Roy! -había exclamado ella, triunfante. Y los dos se habían reído.
– Nunca entenderé por qué tu madre decidió cambiarme a mí por él-había comentado su papá.
Con que es eso, pensó Sterling. Roy es su padrastro. Pero ¿dónde está su padre?, ¿por qué, ahora que piensa en él, se la ve tan triste y enfadada a la vez?
– Roy ha ido a recogerla. No creo que tarden, pero yo diría que no querrá hablar contigo, Billy. He intentado explicarle que no es culpa tuya que tú y Nor tengáis que estar fuera por un tiempo, pero Marissa no quiere saber nada.
Denise Ward estaba hablando por su inalámbrico con el padre de Marissa, su ex marido, e intentando que sus mellizos de dos años no tiraran el árbol de Navidad.
– Lo comprendo, pero me fastidia que…
– ¡Roy Junior, suelta esos adornos! -Le interrumpió Denise-. Robert, deja en paz al Niño Jesús. Digo que… Un momento, Billy.
A dos mil quinientos kilómetros de distancia, la expresión atribulada de Billy Campbell se serenó un poco. Sostenía el auricular de modo que su madre, Nor Kelly, pudiera oír la conversación.