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La Buena Tierra

Электронная книга - «La Buena Tierra». Краткое содержание книги:

This is the Spanish text edition of the 1932 Pulitzer Prize winning novel that is still a standout today. Deceptive in its simplicity, it is a story built around a flawed human being and a teetering socio-economic system, as well as one that is layered with profound themes. The cadence of the author's writing is also of note, as it rhythmically lends itself to the telling of the story, giving it a very distinct voice. No doubt the author's writing style was influenced by her own immersion in Chinese culture, as she grew up and lived in China, the daughter of missionaries.
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– ¡Vas a morir con tantos lavajes!

Compró jabón perfumado, un jabón extranjero, rojo y fragante, y con él se frotaba minuciosamente el cuerpo. En cuanto a los ajos, que antes le deleitaban, por nada del mundo los hubiera comido ahora, pues no quería apestar a ellos ante Loto.

Nadie en su casa sabía cómo explicarse todas estas cosas.

También compró telas nuevas para hacerse ropa, y aunque siempre se las había confeccionado O-lan, haciéndoselas largas y anchas para que tuvieran buena medida y cosiéndolas fuertemente para que resistieran, ahora desdeñaba su manera de cortar y de coser y, llevó las telas a un sastre de la ciudad y se hizo vestir al estilo ciudadano, con una túnica de ligera seda gris, cortada hábilmente sobre su cuerpo y sin dejar tela sobrante, y sobre esta túnica un abrigo de satén negro, sin mangas. Y se compró los primeros zapatos que había tenido en su vida no confeccionados por una mujer, unos zapatos de terciopelo negro, como los que había llevado el Anciano Señor batiéndole los talones.

Pero le daba vergüenza llevar de pronto estas ropas distinguidas en presencia de O-lan y de sus hijos, y las dejaba en la casa de té, envueltas en hojas de papel moreno y en poder de un empleado con quien había hecho conocimiento y que, por un precio dado, le permitía entrar secretamente en una habitación interior y ponérselas antes de subir al otro piso. Además de esto, se compró una sortija de plata con un baño de oro; y según le iba creciendo el pelo en la parte de la cabeza que antes llevaba afeitada, lo alisaba con un aceite fragante que venía del extranjero y del que un frasco pequeño le había costado toda una pieza de plata.

Pero O-lan le miraba atónita, sin saber cómo explicarse estos cambios, y una vez, después de observarle durante largo rato mientras comían arroz al mediodía, dijo pesadamente:

– Hay algo en ti que me hace pensar en uno de los señores de la casa grande.

Y Wang Lung se rió ruidosamente y dijo:

– ¿Es que debo parecer siempre un patán cuando tenemos dinero de sobra?

Pero en su fuero interno se sintió muy halagado y aquel día trató a O-lan con más bondad de lo que la había tratado en mucho tiempo.

Ahora el dinero, la buena plata, fluía de sus manos. No tenía solamente que pagar las horas que pasaba con la muchacha, sino también sus caprichos, que ella imponía mimosamente. A veces suspiraba, murmurando lo mismo que si el corazón se le partiese bajo el peso de su deseo:

– ¡Ay de mi,…, ay de mi!

Y cuando él inquiría, habiendo aprendido al fin a hablar en su presencia: "¿Qué te ocurre, corazón mío?”, ella contestaba:

– Hoy no me traes alegría, porque Jade Negro, la que está frente a mí al otro lado del salón, tiene un amante que le ha dado un agujón de oro para el cabello y yo poseo únicamente uno de plata, y tan viejo…

Y entonces Wang Lung no podía hacer otra cosa que murmurar, mientras le apartaba la negra onda de su cabello para verle las orejas chiquitas, de largos lóbulos:

– Yo compraré un agujón de oro para el cabello de mi joya.

Ella le había enseñado todos estos nombres de amor como se enseña a un niño a pronunciar palabras nuevas. Le había enseñado a decírselos y él no se cansaba nunca de repetirlos, y aun cuando los repetía le parecían insuficientes a él, cuyo lenguaje se había limitado siempre a la trilla y a la siembra, al sol y a la lluvia.

Y así la plata fue saliendo de la pared y del saco, y O-lan, que en otros tiempos le habría dicho fácilmente: "¿Y para qué sacas la plata?", ahora no decía nada, observándole sólo desoladamente, sabiendo que vivía una vida aparte de ella y aun aparte de la tierra, pero sin saber qué vida era. Se había sentido temerosa de él desde aquel día en que Wang Lung advirtió que ella no poseía belleza alguna de cabello o de cuerpo, y no se atrevía a preguntarle nada porque ahora su cólera estaba siempre pronta a estallar contra ella.

Un día, cuando Wang Lung regresaba a su casa a través de los campos, llegó cerca de donde ella estaba lavando la ropa en el pantano. Permaneció allí un momento silenciosamente y luego le dijo con rudeza, y esta rudeza era porque estaba avergonzado y no quería reconocerlo:

– ¿Dónde están aquellas perlas que tenías?

Y ella le contestó tímidamente, alzando los ojos del margen del pantano y de las ropas que estaba batiendo contra una piedra llana:

– ¿Las perlas? Las tengo.

Y él murmuró, sin mirarla a ella, sino a sus manos arrugadas:

– No tiene sentido guardar perlas para nada.

Entonces ella dijo lentamente:

– Pensé que quizás algún día podría hacerlas engarzar en unos pendientes,… -y temiendo la risa de él, continuó-: Podría dárselos a la hija pequeña cuando se case.

Wang Lung le respondió con firmeza, tratando de endurecerse el corazón:

– ¿Para qué tiene ésa que llevar perlas, con la piel más negra que la tierra? ¡Las perlas son para las mujeres blancas! Y tras un instante de silencio, gritó de pronto:

– ¡Dámelas! Las necesito.

Lentamente, O-lan llevó a su seno la mano húmeda y arrugada, sacó el pequeño paquete y se lo dio, mirándole cómo lo desenvolvía; y las perlas aparecieron en la mano de Wang Lung jugando suavemente con la luz del sol, y Wang Lung se rió.

Pero O-lan volvió a batir la ropa, y cuando las lágrimas cayeron lenta y pesadamente de sus ojos, no las enjugó con la mano, sino que continuó batiendo más vigorosamente, con su pala de madera, la ropa extendida sobre la piedra llana.

XX

Y así hubieran podido continuar las cosas, hasta terminarse la plata, si el tío de Wang Lung no hubiese regresado súbitamente sin explicar de dónde venía ni lo que había hecho. Apareció en la puerta como si hubiese caído de una nube, con las ropas harapientas, desabrochadas y mal sujetas, como de costumbre, y el rostro igual que siempre, pero arrugado y endurecido por el sol y por el viento. Sonrió anchamente a la familia, reunida en torno de la primera comida del día, y Wang Lung se quedó con la boca abierta, pues tenía olvidado que su tío vivía y creía tener a un muerto ante sí. El viejo, su padre, pestañeó y escudriñó al recién llegado, sin reconocerlo hasta que éste gritó:

– ¡Bien, Hermano Mayor, y su hijo, y sus hijos!

Entonces Wang Lung se levantó del asiento, consternado en el fondo de su alma, pero cortés en sus maneras y en su voz, y dijo:

– Bien, tío, ¿habéis comido?

– No -replicó su tío ligeramente-, pero comeré con vosotros.

Sentóse a la mesa y se acercó una escudilla y un par de palillos y se sirvió en abundancia arroz, pescado seco, zanahorias saladas y judías. Comió con enorme apetito y nadie habló una palabra hasta que hubo dado fin de tres escudillas llenas de finas gachas de arroz, rompiendo con rapidez entre los dientes las espinas del pescado y los granos de las judías. Y cuando hubo comido dijo simplemente, como si fuera su derecho:

– Ahora dormiré, porque hace tres noches que no duermo.

Entonces, ofuscado y sin saber qué otra cosa hacer, Wang Lung le condujo a la cama de su padre, y su tío levantó la colcha y palpó la ropa buena y el pulcro algodón y dio una mirada a la armadura de la cama y a la mesa y a la gran silla de madera que Wang Lung había comprado para el cuarto de su padre, y dijo:

– Bueno, yo había oído que erais ricos, pero no sabía que lo fueseis tanto.

Y se echó sobre la cama, tapándose con la colcha a pesar del calor que hacía; y usándolo todo como si le perteneciese, se quedó dormido sin decir más.

Wang Lung regresó al cuarto central lleno de consternación, pues le constaba que ya no podría sacar al tío de su casa ahora que éste sabía que Wang Lung podía alimentarle. Y Wang Lung pensó en esto y pensó en la mujer de su tío con espanto, pues adivinaba que ahora irían a su casa y que nada les detendría.

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