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Электронная книга - «La sombra del viento». Краткое содержание книги:

Un amanecer de 1945 un muchacho es conducido por su padre a un misterioso lugar oculto en el coraz?n de la ciudad vieja: El Cementerio de los Libros Olvidados. All?, Daniel Sempere encuentra un libro maldito que cambiar? el rumbo de su vida y le arrastrar? a un laberinto de intrigas y secretos enterrados en el alma oscura de la ciudad.
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Julián asintió, sin habla. El sombrerero presenciaba la escena con una inquietud que no acertaba a definir. Todos aquellos nombres le resultaban desconocidos. Las novelas, como todo el mundo sabía, eran para las mujeres y la gente que no tenía nada que hacer. El corazón de las tinieblas le sonaba, por lo menos, a pecado mortal.

– Fortunato, su hijo se viene conmigo, que le quiero presentar a mi Jorge. Tranquilo, que luego se lo devolvemos. Dime, muchacho, ¿has subido alguna vez en un Mercedes Benz?

Julián dedujo que aquél era el nombre del armatoste imperial que el industrial empleaba para desplazarse. Negó con la cabeza.

– Pues ya va siendo hora. Es como ir al cielo, pero no hace falta morirse.

Antoni Fortuny los vio partir en aquel carruaje de lujo desaforado y, cuando buscó en su corazón, sólo sintió tristeza. Aquella noche, mientras cenaba con Sophie (que llevaba su vestido y sus zapatos nuevos y casi no mostraba marcas ni cicatrices), se preguntó en qué se había equivocado esta vez. Justo cuando Dios le devolvía un hijo, Aldaya se lo quitaba.

– Quítate ese vestido, mujer, que pareces una furcia. Y que no vuelva a ver este vino en la mesa. Con el rebajado con agua tenemos más que suficiente. La avaricia nos acabará pudriendo.

Julián nunca había cruzado al otro lado de la avenida Diagonal. Aquella línea de arboledas, solares y palacios varados a la espera de una ciudad era una frontera prohibida. Por encima de la Diagonal se extendían aldeas, colinas y parajes de misterio, de riqueza y leyenda. A su paso, Aldaya le hablaba del colegio de San Gabriel, de nuevos amigos que no había visto jamás, de un futuro que no había creído posible.

– ¿Y tú a qué aspiras, Julián? En la vida, quiero decir.

– No sé. A veces pienso que me gustaría ser escritor. Novelista.

– Como Conrad, ¿eh? Eres muy joven, claro. Y dime, ¿la banca no te tienta?

– No lo sé, señor. La verdad es que no se me había pasado por la cabeza. Nunca he visto más de tres pesetas juntas. Las altas finanzas son un misterio para mí.

Aldaya rió.

– No hay misterio alguno, Julián. El truco está en no juntar las pesetas de tres en tres, sino de tres millones en tres millones. Entonces no hay enigma que valga. Ni la santísima trinidad.

Aquella tarde, ascendiendo por la avenida del Tibidabo, Julián creyó cruzar las puertas del paraíso. Mansiones que se le antojaron catedrales flanqueaban el camino. A medio trayecto, el chófer torció y cruzaron la verja de una de ellas. Al instante, un ejército de sirvientes se puso en marcha para recibir al señor. Todo lo que Julián podía ver era un caserón majestuoso de tres pisos. No se le había ocurrido jamás que personas reales viviesen en un lugar así. Se dejó arrastrar por el vestíbulo, cruzó una sala abovedada donde una escalinata de mármol ascendía perfilada por cortinajes de terciopelo, y penetró en una gran sala cuyas paredes estaban tejidas de libros desde el suelo al infinito.

– ¿Qué te parece? -preguntó Aldaya.

Julián apenas le escuchaba.

– Damián, dígale a Jorge que baje a la biblioteca ahora mismo.

Los sirvientes, sin rostro ni presencia audible, se deslizaban a la mínima orden del señor con la eficacia y la docilidad de un cuerpo de insectos bien entrenados.

– Vas a necesitar otro guardarropía, Julián. Hay mucho cafre que sólo repara en las apariencias… Le diré a Jacinta que se encargue de eso, tú ni te preocupes. Y casi mejor que no se lo menciones a tu padre, no se vaya a molestar. Mira, aquí viene Jorge. Jorge, quiero que conozcas a un muchacho estupendo que va a ser tu nuevo compañero de clase. Julián Fortu…

– Julián Carax -precisó él.

– Julián Carax -repitió Aldaya, satisfecho-. Me gusta cómo suena. Éste es mi hijo Jorge.

Julián ofreció su mano y Jorge Aldaya se la estrechó. Tenía el tacto tibio, sin ganas. Su rostro lucía el cincelado puro y pálido que confería el haber crecido en aquel mundo de muñecas. Vestía ropas y calzaba zapatos que a Julián se le antojaban novelescos. Su mirada delataba un aire de suficiencia y arrogancia, de desprecio y cortesía almibarada. Julián le sonrió abiertamente, leyendo inseguridad, temor y vacío bajo aquel caparazón de pompa y circunstancia.

– ¿Es verdad que no has leído ninguno de estos libros?

– Los libros son aburridos.

– Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro -replicó Julián.

Don Ricardo Aldaya rió de nuevo.

– Bueno, os dejo solos para que os conozcáis. Julián, ya verás que Jorge, debajo de esa careta de niño mimado y engreído, no es tan tonto como parece. Algo tiene de su padre.

Las palabras de Aldaya parecieron caer como puñales en el muchacho, aunque no cedió su sonrisa ni un milímetro. Julián se arrepintió de su réplica y sintió lástima por el muchacho.

– Tú debes de ser el hijo del sombrerero -dijo Jorge, sin malicia-. Mi padre habla mucho de ti últimamente.

– Es la novedad. Espero que no me lo tengas en cuenta. Debajo de esta careta de entrometido sabelotodo, no soy tan idiota como parezco.

Jorge le sonrió. Julián pensó que sonreía como la gente que no tiene amigos, con gratitud.

– Ven, te voy a enseñar el resto de la casa.

Dejaron atrás la biblioteca y se alejaron hacia la puerta principal, rumbo a los jardines. Al cruzar la sala al pie de la escalinata, Julián alzó la vista y vislumbró el roce de una silueta ascendiendo con la mano sobre la barandilla. Sintió que se perdía en una visión. La muchacha debía de tener doce o trece años e iba escoltada por una mujer madura, menuda y rosada, con todas las trazas de una aya. Lucía un vestido azul satinado. Su cabello era de color almendra y la piel de sus hombros y la garganta esbelta parecía transparentar a la luz. Se detuvo en lo alto de la escalera y se volvió un instante. Por un segundo, sus miradas se encontraron y ella le concedió apenas un esbozo de sonrisa. Luego, el aya rodeó con sus brazos los hombros de la muchacha y la guió hacia el umbral de un corredor por el que ambas desaparecieron. Julián bajó la vista y se encontró con Jorge de nuevo.

– Ésa es Penélope, mi hermana. Ya la conocerás. Está un poco tocada del ala. Se pasa el día leyendo. Anda, ven, te quiero enseñar la capilla del sótano. Según las cocineras está embrujada.

Julián siguió al muchacho dócilmente, pero el mundo le resbalaba. Por primera vez desde que había subido al Mercedes Benz de don Ricardo Aldaya comprendió el propósito. Había soñado con ella en incontables ocasiones, con aquella misma escalera, aquel vestido azul y aquel giro en la mirada de ceniza, sin saber quién era ni por qué le sonreía. Cuando salió al jardín se dejó guiar por Jorge hasta las cocheras y las pistas de tenis que se extendían más allá. Sólo entonces volvió la vista atrás y la vio, en su ventana del segundo piso. Apenas distinguía su silueta, pero supo que le estaba sonriendo y que, de alguna manera, también, ella le había reconocido.

Aquel atisbo efímero de Penélope Aldaya en lo alto de la escalera le acompañó durante sus primeras semanas en el colegio de San Gabriel. Su nuevo mundo tenía muchos dobleces, y no todos eran de su agrado. Los alumnos del San Gabriel se comportaban como príncipes altivos y arrogantes y sus maestros semejaban sirvientes dóciles e ilustrados. El primer amigo que Julián hizo allí, amén de Jorge Aldaya, fue un muchacho llamado Fernando Ramos, hijo de uno de los cocineros del colegio, que nunca se hubiera imaginado que acabaría vistiendo una sotana y dando clases en las mismas aulas en las que había crecido. Fernando, a quien los demás apodaban el Cocinillas y al que trataban de criado, poseía una inteligencia despierta pero apenas tenía amigos entre los alumnos. Su único compañero era un muchacho extravagante llamado Miquel Moliner, que habría de convertirse con el tiempo en el mejor amigo que Julián hizo jamás en aquella escuela. Miquel Moliner, a quien le sobraba cerebro y le faltaba paciencia, se complacía en hacer rabiar a sus maestros poniendo en duda todas sus afirmaciones mediante la aplicación de juegos dialécticos que delataban tanto ingenio como saña viperina. Los demás temían su lengua afilada y le tenían por miembro de otra especie, lo cual, de algún modo, no andaba muy desencaminado. Pese a sus trazas bohemias y al poco tono aristocrático que afectaba, Miquel era hijo de un industrial enriquecido hasta el absurdo gracias a la fabricación de armas.

– Carax, ¿verdad? Me dicen que tu padre hace sombreros -le dijo cuando Fernando Ramos les presentó.

– Julián para los amigos. Me dicen que el tuyo hace cañones.

– Sólo los vende. Él, saber hacer, no sabe hacer más que dinero. Mis amigos, entre los que sólo cuento a Nietzsche y aquí al compañero Fernando, me llaman Miquel.

Miquel Moliner era un muchacho triste. Padecía de una malsana obsesión con la muerte y todos los temas de ámbito fúnebre, materia a cuya consideración dedicaba buena parte de su tiempo y talento. Su madre había muerto tres años antes en un extraño accidente doméstico que algún médico insensato se atrevió a calificar de suicidio. Miquel había sido quien había encontrado el cadáver reluciente bajo las aguas del pozo del palacete de verano que la familia tenía en Argentona. Cuando la izaron con cuerdas, los bolsillos del abrigo que llevaba la muerta resultaron estar llenos de piedras. Había también una carta escrita en alemán, la lengua materna de su madre, pero el señor Moliner, que nunca se había molestado en aprender el idioma, la quemó aquella misma tarde sin permitir que nadie la leyese. Miquel Moliner veía la muerte en todas partes, en la hojarasca, en los pájaros caídos de los nidos, en los viejos y en la lluvia, que se lo llevaba todo. Tenía un talento excepcional para el dibujo, y a menudo se perdía durante horas en láminas al carbón donde siempre aparecía una dama entre brumas y playas desiertas que Julián imaginó era su madre.

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