La Biblia De Barro
- Автор: Navarro Julia
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Biblia De Barro». Краткое содержание книги:
Clara pensó en que sin duda la aldea debía el nombre al color amarillo de la tierra, al polvo amarillo que lo envolvía todo, al color pajizo de las piedras. Le gustaba ese color, que parecía empeñado en uniformizar aquel lugar perdido, tan cercano a la antigua Ur.
Pidió a los escoltas que se mantuvieran a distancia. Quería estar sola, sin sentir su presencia alerta a cada paso que daba. Se negaron porque las órdenes de Alfred habían sido tajantes al respecto: no podían perderla de vista y si alguien intentaba hacerle daño debían matarlo, aunque antes, si era posible, le harían confesar quién era y para quién trabajaba. Ningún hombre podía intentar hacer daño a Clara sin pagar con su vida por, ello.
De nada sirvieron sus protestas; lo más que consiguió fue que se mantuvieran a una distancia prudente, pero siempre teniéndola a la vista.
Anduvo por todo el perímetro despejado acariciando los restos de la piedra con que había sido levantado aquel edificio misterioso. Lo observó desde todos los ángulos, quitando tierra adherida a la piedra y recogiendo pequeños trozos de tablillas que guardaba cuidadosamente en una bolsa de lona. Luego se sentó en el suelo y, apoyándose en la piedra, dejó vagar su imaginación por aquel lugar en busca de Shamas.
16
– Pero, Abrán, lo que me estás contando también sucede en el Poema de Gilgamesh -protestó Shamas.
– ¿Estás seguro?
– ¿Cómo no voy a estarlo, si lo estudiábamos con Ili?
– Ya te he dicho que a veces los hombres intentan explicar lo que pasa a través de cuentos y poemas.
– Sea pues, continúa con la historia de ese Noé.
– En realidad no se trata de la historia de Noé, sino del enfado de Dios con los hombres por su comportamiento. Todo lo que veía Dios en la tierra era maldad, por eso decidió exterminar a su criatura más querida: al hombre.
»Pero Dios, que siempre es misericordioso, se conmovió ante la bondad de Noé y decidió salvarle.
– Por eso mandó construir un arca de madera resinosa, sí, ya lo he escrito antes -respondió Shamas releyendo una de las tablillas que tenía apiladas junto a la palmera en la que se apoyaban-. Y también las medidas del arca: longitud trescientos codos, anchura cincuenta y altura treinta. La puerta del arca estaba en un costado, y Dios mandó construirla de tres pisos.
– Veo que has escrito cuanto te he dicho.
– Claro. Aunque esta historia no me gusta tanto como la creación del mundo.
– ¿Y por qué no?
– Estuve pensando mucho en Adán y Eva cuando se ocultaron de Dios por la vergüenza de sentirse desnudos. Y en la maldición de Dios contra la serpiente por haber inducido a Eva a desobedecer.
– Shamas, no puedes escribir sólo lo que te gusta. Me pediste que te contara la historia del mundo. Pues bien, es importante que sepas por qué Él quiso castigar a los hombres e inundó la tierra. Si no quieres continuar…
– ¡Sí, claro que quiero! Sólo que me acordaba del Poema de Gilgamesh y… -el niño se mordió el labio temiendo haber provocado el enfado de Abrán-. ¡Por favor, continúa y perdóname!
– ¿Por dónde iba?
Shamas repasó las últimas líneas escritas en la tablilla y leyó en voz alta: «Él le dijo que entrara en el arca con su familia porque era el único hombre justo de su generación. También le ordenó que de todos los animales puros tomara siete parejas, el macho con su hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja, el macho con su hembra».
– Escribe -le conminó Abrán-: Asimismo Dios quiso que también guardara aves del cielo, siete parejas, machos y hembras. Luego el Señor le anunció que al cabo de siete días haría llover sobre la Tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, exterminando sobre la faz del suelo todos los seres vi-vos. Y Noé hizo todo lo que le había mandado Yahvé.
»Noé contaba seiscientos años cuando acaeció el Diluvio, y entró en el arca, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, para salvarse de las aguas del diluvio, y junto a él los animales puros, y los animales que no son puros, y las aves y de todo lo que repta, sendas parejas de cada especie, machos y hembras, como había mandado Dios. A la semana, las aguas del diluvio vinieron sobre la Tierra.
»El año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, el día diecisiete del mes, en ese día saltaron todas las fuentes del gran abismo y las compuertas del cielo se abrieron y estuvo descargando la lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches… Y Yahvé cerró la puerta detrás de Noé».
El niño hacía correr velozmente el cálamo sobre el barro, impresionado al imaginar que se abrían unas puertas en el cielo por las que Dios derramaba la lluvia. Pensó en un cántaro rompiéndose y derramando de golpe el agua. Shamas continuó escribiendo, sin levantar la vista, lo que le contaba Abrán: «Cuando subió el nivel de las aguas y quedaron cubiertos los montes más altos que hay bajo el cielo, pereciendo todos los seres vivos, desde los hombres al ganado, los reptiles y las aves del cielo, hasta que un día Dios se acordó de Noé e hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas empezaron a decrecer.
»Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. Poco a poco retrocedieron las aguas sobre la Tierra. Al cabo de ciento cincuenta días, las aguas habían menguado, y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat. Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes». [8]
Abrán se quedó en silencio y entornó los ojos. Shamas aprovechó para descansar. Utilizaba las tablillas por ambos lados; en la que se había empeñado no era una tarea fácil. Cuando Abrán terminara de contarle la historia del Noé hablaría con él sobre lo que le atormentaba en sueños. Quería regresar a Ur, se sentía extranjero en Jaran, pese a que allí estaban su padre, su madre y sus hermanos. Pero la felicidad había huido de su hogar desde que llegaron a la ciudad. Ahora apenas veía a su padre y su madre estaba siempre de malhumor. Todos echaban de menos la frescura de la casa que había construido su padre a las puertas de Ur. Ya no les gustaba ir de un lado a otro como antaño.
– ¿En qué piensas, Shamas?
– En Ur.
– ¿Y qué es lo que piensas?
– Que me gustaría estar con mi abuela, incluso ir a la escuela con Ili.
– ¿No te gusta Jaran? Aquí también estás aprendiendo.
– Sí, es verdad, pero no es lo mismo.
– ¿Qué es lo que no es lo mismo?
– Ni el sol, ni la noche, ni el habla de la gente, ni el sabor de los higos es igual.
– ¡Ah, sientes nostalgia!
– ¿Qué es la nostalgia?
– El recuerdo de lo perdido, y a veces de lo que uno ni siquiera conoce.
– No quiero separarme de la tribu, pero no me gusta vivir aquí.
– No estaremos mucho tiempo.
– Ya sé que Téraj es anciano y cuando no esté tú nos llevarás a Canaán, pero es que yo no sé si quiero ir a Canaán. A mi madre también le gustaría regresar.
Shamas se quedó en silencio, apesadumbrado por haber abierto en exceso su corazón. Temía que Abrán se lo dijera a su padre y éste se entristeciera al saber que no era feliz. Abrán parecía haberle leído el pensamiento.
– No te preocupes, no se lo diré a nadie, pero hemos de procurar que vuelvas a ser feliz.
El niño asintió aliviado mientras volvía a coger el cálamo para continuar escribiendo lo que le contaba Abrán.
Y así supo que Noé primero envió un cuervo y más tarde una paloma para ver si la tierra se había secado, y que tuvo que soltar una segunda paloma, y una tercera, hasta que esta última no regresó. Y cómo Dios se apiadó de los hombres y dijo «Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho».
Dios, le explicó Abrán, bendijo a Noé y a sus hijos y les dijo que fueran fecundos, se multiplicaran y llenaran la Tierra. También Él dio a los hombres todo lo que se mueve y tiene vida, lo mismo que les había dado la hierba verde, pero les prohibió comer la carne con su alma, es decir, con su sangre: «Y Yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y cada uno reclamaré el alma humana».
– ¿O sea, que devolvió a los hombres al Paraíso? -preguntó Shamas.
– No exactamente, aunque Dios nos perdonó y volvió a convertir al hombre en el ser más importante de su Creación dándonos todo lo que ha creado en la Tierra; la diferencia es que nada será regalado. Hombres y animales luchamos por la supervivencia, tenemos que trabajar para obtener la semilla de la tierra, las mujeres sufren para traer nuestra descendencia. No, Dios no nos devuelve al Paraíso, tan sólo se compromete a no borrarnos de la faz de la Tierra. Nunca más se abrirán las puertas del cielo derramando lluvia como si de un torrente se tratara.
[8] Pasajes del Diluvio según la Biblia de Jerusalén.