El albergue de las mujeres tristes
- Автор: Serrano Marcela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El albergue de las mujeres tristes». Краткое содержание книги:
Con la melodía de la más pura nostalgia, vuelve a su dormitorio, abre el cajón de la cómoda y extrae las fichas de su investigación. Se sienta con la espalda muy recta en la silla frente al pequeño escritorio. Se frota nerviosa las manos, pidiendo callado auxilio.
«En sus miradas hay algo que no es venganza ni sumisión, sino más bien la queja amarga y contenida ante la cruel necesidad de ocultar ambas cosas a la vez. Es el valor trocado en desesperación por la certidumbre de que aquel sitio es el designado para guardar sus despojos, como los últimos de una raza expoliada.»
Levanta la mirada de sus fichas y a través de la ventana asoma un pedazo de isla.
Aquí en Chiloé, piensa Floreana, en su paz helada y su dura contienda con la tierra, se encuentra un trozo de Chile, casi ajeno a ese nombre y a lo que su bandera significa hoy, distante de ese pomposo despertar del subdesarrollo, esa prosperidad pagada de sí misma que a los isleños no los alcanza. Y si mi bandera ha de ser ésta, se dice ella, me siento más cercana a sus espacios de tierra sureña, pobre y desolada, que a aquéllos del norte donde tantas veces la exclusión me barre la cara, recordando mi espíritu un poco errático.
Edificar la cultura: Pedro parece burlarse de ella detrás de las cortinas. Floreana no desea malherir sus propios acuerdos, pero a pesar de Pedro son miles los Flavianes que rondan su dormitorio, los que invaden su órbita, los que le roban su cordura.
11
Caminaban todas hacia el pueblo y, mientras bajaban por la colina, una pincelada púrpura hizo que el cielo se pareciera a las hortensias. La luz desistía con la promesa de una venidera oscuridad donde poder recogerse. Los árboles y el paisaje parecían recién hechos… o así se lo dictó a Floreana su pupila. Su sombra, que no había cesado de serpentear al sol, se proyectaba ahora en la penumbra por delante de ella.
Él estaría allí: directo, desenfadado, quizás lejano, pero al fin y al cabo siempre él.
Agiliza el paso para alcanzar a Olivia, que se ha adelantado junto a Toña y Angelita. Detrás viene Elena, acompañada de Olguita, Aurora, Cherrie y Maritza. Rosario, Graciela y Patricia conforman un último grupo que ha esperado a Consuelo, atrasada como de costumbre.
– Con la edad, las curvas empiezan a desperfilarse -había comentado Patricia mirándose al espejo con gesto crítico, en el salón de la casa grande-. Descubres la papada en vez del mentón, las piernas ya no son piernas, se engrosan las muñecas… pasan a ser «muñecas de muñeca», como las de Cherrie.
– ¿Tanta autocrítica para una simple fiesta del pueblo? -pregunta, sospechosa, Graciela a sus espaldas-. ¿No tendrás alguna intención escondida?
– Escondida, nada. Le tengo echado el ojo al doctor ése desde que llegué, pero no me ha dado ni la hora. A ver si hoy consigo al menos bailar con él. ¿Cómo nos vendría un pequeño atraque, para empezar a hablar?
– No, yo estoy en otra, no quiero saber de atraques ni nada parecido…
– El invitado del doctor es mucho más atractivo que él. ¿Se lo han topado? ¿No lo han visto en el almacén o en la Telefónica?
– Sí, por favor, lo capté el mismo día que llegó. ¡Es estupendo! ¿Han visto la facha sexy que tiene?
– Lo que es yo, nada de profesionales dándoselas de caritativos con los isleños; a mí me gusta uno de los pescadores, un macho recio, muy fornido. ¡Ojalá venga hoy día!
– Ah, no, yo soy clasista, nada de pescadores. A mí me gusta el ingeniero de las pesqueras.
– ¡Supiera el cura las connotaciones que le estamos dando a su fiesta! Se le caería el poco pelo que le queda…
Una especie de mareo acomete a Floreana. Retiene el aliento al experimentar un descenso en su humor, un bajón que muy luego se convierte en temor, y asoma en ella la tentación de prohibirse para siempre toda expresión, ya que evitar el sentimiento, definitivamente, no está en sus manos. Mantiene su fisonomía imperturbable, consciente de estar al borde de volverse vacilantemente mentirosa.
Ya lo sintió la noche anterior, después de la comida, cuando Angelita lanzó en la cabaña lo que a su juicio era una pregunta cruciaclass="underline"
– ¿Qué nos vamos a poner mañana para la fiesta? Acuérdense, chiquillas, ésta no es sólo la fiesta del pueblo, también es nuestra despedida. La de Toña, la mía y la de varias otras. ¡Vamos a partir todas juntas!
– Elena, con justa razón, quiere matar varios pájaros de un tiro.
– Yo me voy a poner mi minifalda naranja, la de cotelé. Me hace juego con el pelo.
– Te vas a cagar de frío con una mini… -opina Olivia.
– ¿Quién se caga de frío bailando? -responde Toña-. Además, me queda regio…
– Sí, ¡se te ven unas piernas espléndidas, espléndidas! -exclama Angelita.
– En honor al cura, me voy a sacar la chaqueta amarilla. Pensándolo bien, es entretenido usar faldas, por una vez que sea. Traje una muy cortita, de ésas que usan las argentinas.
– ¿Y tú, Floreana, cómo te vas a vestir? -interrumpe Angelita-. Mi camisa de cabritilla te queda tan bien… pero ya te la pusiste para esa comida donde el doctor.
– Media huevada -interviene Toña-, ¿tú crees que los hombres se acuerdan?
– Me da lo mismo qué ropa usar… mañana veré.
– Che, ¡qué indiferencia! -la mira de reojo Olivia.
Al día siguiente, cuando se acerca la hora, la cabaña es un solo gran desorden: las toallas tiradas en cualquier parte, las blusas y los suéteres desparramados; los adminículos de belleza inundan los dos baños y la mesa del desayuno.
Toña se ha ofrecido como maquilladora oficial. Mientras le echa una base de polvos compactos a Olivia, suspira.
– Me parte el alma dejar el Albergue.
– No pienses en eso, concéntrate en esta noche.
– De acuerdo -interrumpe su trabajo y sonríe-. Parecemos cabras chicas. ¡Qué fantástica nuestra capacidad para engancharnos con cualquier lesera!
– ¡Una fiesta en el gimnasio del pueblo…! ¿Habríamos sospechado en Santiago que algo así nos iba a excitar tanto? -ahora la que suspira es Olivia.
– La gracia está en bailar. Yo no bailo desde que llegué aquí -especifica Toña.
– Lo que es yo, hace más de un año -informa Olivia.
– Y yo, desde Ciudad del Cabo -replica Floreana-. Vale decir, una eternidad.
– ¿Y si nadie nos saca a bailar? -se preocupa Angelita.
– Bailamos entre nosotras, eso es lo de menos -la seguridad de Toña impregna el aire.
Avanzan en tropel hacia el gimnasio. De lejos se escucha la música, un ritmo de merengue le saca ya los primeros pasos a Angelita que, alegre, grita «¡viva la parranda!» El estómago de Floreana se recoge. Flavián es amigo del cura, no puede faltar. Odia esta ansiedad adolescente, su vértigo anticipatorio.
Han transcurrido seis días desde ese domingo ventoso y no lo ha vuelto a ver; tampoco ha enviado él señal alguna. Sus citas con Pedro, en cambio, han sido diarias. Pedro se ha introducido en su existencia sin que ella alcanzase a advertir la relevancia que han llegado a adquirir esos encuentros. Transcurren lejos del policlínico, en total discreción. Floreana se arranca del Albergue después del almuerzo y llega en la tarde a la convivencia colectiva sin que nadie haya notado su ausencia. Se ha saltado varias horas de silencio y eso sí le genera culpa. Constanza la habría sorprendido, pero Constanza ya no está. Angelita y Toña han ido cerrando progresivamente un cerco en torno a sí mismas, involuntarias excluyentes, concentradas de tal modo la una en la otra que Floreana no cabe allí. Olivia no importa, es nueva, pasa poco en la cabaña, se ha identificado con las intelectuales más que con ellas y no parece atenta a la rutina de esos dos dormitorios.
Para justificarse, piensa que sus indisciplinas han sido válidas porque Pedro le transmite alegría: con él se siente alegre como alguna vez lo fue, ya no recuerda cuándo. ¡La alegría! Si algo caracteriza a las mujeres del Albergue, pese a los dolores con los cuales cada una llegó, es que todas son alegres; todas menos ella, cree Floreana. Las mujeres en general son alegres cuando conviven entre ellas, piensa, y tienen una enorme capacidad de reírse de sí mismas. ¿Por qué yo no?
Pedro es su alimento, Pedro es su juego, Pedro es su baile. Es, en una buena medida, su desafío. Pedro drena su asfixia. Con Pedro el tiempo interno se burla del externo, con él ríe, con él habla de lo recóndito. Pedro es su pleito. A él puede tocarlo. De hecho, lo hace cada día con más desenfado, y aunque sus manos no son catedrales, acarician de vuelta. Actúas por un mero mecanismo de reemplazo, le dice una de sus voces con severidad. No, responde la segunda voz, porque no llegarás a ninguna parte con Pedro. Es como tener un pedazo de Flavián, dice la primera, es tu puerta hacia Flavián. ¡Mentira! Floreana se enoja con sus voces: Flavián no tiene nada que ver con esto; ¡y no toquen a Pedro!, ¡él es suficiente en sí mismo y yo soy su amiga! ¿Has pensado en lo joven que es, Floreana, y además en que nunca harás el amor con él? Lo sabes, ¿verdad? ¿De qué te sirven sus manos, entonces, y ese pecho caliente? Al menos Flavián es un hombre.