Muerte en la Fenice
- Автор: Леон Донна
- Серия: Comisario Guido Brunetti #1
- Язык: испанский
- Жанр: Полицейские детективы
Электронная книга - «Muerte en la Fenice». Краткое содержание книги:
– ¿Me permite hacerle algunas preguntas personales?
Ella suspiró con resignación, previendo lo que venía.
– ¿Alguien ha tratado de hacer chantaje a alguna de ustedes?
Al parecer, ésta no era la pregunta que ella esperaba.
– Nadie. Ni a mí ni a Flavia, por lo menos, que yo sepa.
– ¿Y los niños? ¿Cómo se lleva usted con ellos?
– Bastante bien. Paolo tiene trece arios y Vittoria ocho, de modo que él por lo menos puede hacerse una idea de la situación. Pero Flavia tampoco me ha dicho nada. Nunca hemos hablado de ello. -Se encogió de hombros con las manos abiertas y, con este gesto, perdió todo su aire italiano y se mostró enteramente norteamericana.
– ¿Y qué hay del futuro?
– ¿Cuando seamos viejas? ¿Nos imagina tomando el té en el Florian's?
Él hubiera pintado un cuadro menos plácido, pero lo aceptó. Movió la cabeza afirmativamente.
– No tengo ni idea. Cuando estoy con ella no puedo trabajar, por lo que tendré que tomar una decisión sobre lo que quiero hacer.
– ¿A qué se dedica?
– Soy arqueóloga. En China. Por mi trabajo conocí a Flavia. Hace tres años, ayudé a organizar la exposición de arte chino en el palacio del Dux. Ella cantaba Lucia en La Scala, y las autoridades la invitaron a ver la exposición y luego la trajeron a la fiesta de la inauguración. Después yo tuve que volver a Xian, donde están las excavaciones. Allí hay sólo tres occidentales. Ya hace tres meses que me fui y, si no vuelvo pronto, me sustituirán.
– ¿Las excavaciones de los soldados de la guardia imperial? -preguntó él, con la imagen de las estatuas de terracota que había visto en aquella exposición todavía fresca en la memoria: cada una, perfectamente individualizada como si fuera la réplica de un hombre.
– Lo extraído hasta ahora no es nada comparado con lo que queda -dijo ella-. Hay miles de estatuas, más de las que podamos imaginar. Todavía no hemos empezado a excavar el tesoro de la tumba central. El gobierno exige mucho papeleo. Pero este otoño nos dieron el permiso para empezar a trabajar en el túmulo del tesoro. Por lo poco que he podido ver, creo que será el descubrimiento arqueológico más importante que se ha hecho desde el de la tumba de Tutankamon. Cuando empecemos a sacar lo que hay allí, la tumba del faraón parecerá una bagatela.
Brunetti siempre había pensado que la pasión de los científicos era invención de los que escribían los libros, para humanizarlos. Ahora, al mirar a Brett, comprendió que estaba equivocado.
– Hasta las herramientas son bellas. Y los cuencos con los que comían los obreros.
– ¿Y si no volviera?
– Si no volviera, lo perdería todo. No me refiero a la fama, que corresponde a los chinos, sino a la posibilidad de ver los objetos, de tocarlos, de hacerme una idea de cómo era la gente que los hacía. Si no vuelvo, me lo perdería.
– ¿Y es aquello más importante que esto? -preguntó él, señalando el camerino con un ademán.
– No es una pregunta justa. -Ella hizo entonces otro amplio ademán, abarcando los tarros de maquillaje del tocador, los trajes colgados detrás de la puerta y las pelucas puestas en sus soportes-. Esto no es un futuro para mí. Mi futuro está entre las ollas y los restos de una civilización milenaria. El de Flavia está aquí, en medio de todo esto. Dentro de cinco años, será la cantante verdiana más célebre del mundo. No hay sitio para mí en su vida. Ella todavía no se ha dado cuenta, porque, como le dije antes, es así, no lo verá hasta que lo tenga delante de los ojos.
– ¿Y usted lo ve?
– Desde luego.
– ¿Qué piensa hacer?
– Ver en qué para todo esto. -Hizo otro ademán, que incluía la muerte ocurrida en el teatro cuatro noches antes-. Y volver a China. O eso creo.
– ¿Así, sin más?
– «Sin más», no. Pero me iré.
– ¿Considera que merece la pena? -preguntó él. -¿El qué?
– China.
Ella volvió a encogerse de hombros.
– Es mi trabajo, lo que hago. Y, a fin de cuentas, creo que es lo que me gusta. No puedo pasarme la vida en los camerinos, leyendo poesía china y esperando a que termine la representación para vivir mi vida.
– ¿Se lo ha dicho a ella?
– ¿Qué tiene que decirme? -preguntó Flavia Petrelli, haciendo una entrada absolutamente teatral y dando un portazo. Cruzó el camerino arrastrando la cola de su traje azul celeste. Estaba transfigurada, radiante. Brunetti nunca había visto mujer más hermosa. Pero no era el traje ni el maquillaje en sí lo que la había transformado, sino el estar vestida para hacer lo que mejor sabía hacer. Paseó la mirada por la habitación observando las dos copas y lo amigable de la actitud de ambos-. ¿Qué tiene que decirme? -insistió.
– Que no le gusta La Traviata -dijo Brunetti-. Yo he comentado que me parecía extraño encontrarla aquí, leyendo mientras usted cantaba, y ella me ha dicho que no era una de sus óperas favoritas.
– También es extraño encontrarle a usted aquí, comisario. Y que no es una de sus óperas favoritas ya lo sé. -Si no le creía, no lo demostró. El comisario se había levantado cuando entró la soprano y ahora ella pasó por delante de él para ir hasta una repisa, donde llenó un vaso de agua mineral y lo bebió de un tirón. Volvió a llenarlo y bebió la mitad-. Esas luces, es como estar en una sauna. -Terminó el agua y dejó el vaso-. ¿De qué hablabais?
– Ya te lo ha dicho, Flavia. De La Traviata.
– Mentira -espetó la cantante-. Pero ahora no tengo tiempo para hablar de eso. -Miró a Brunetti y dijo, con la voz tensa de la indignación y alta de tono, como suele estar la voz de un cantante después de una actuación-: Le agradeceré que salga de mi camerino. Tengo que cambiarme para el próximo acto.
– No faltaba más, signora -dijo él, todo cortesía y disculpas. Tras saludar con un movimiento de cabeza a Brett, que correspondió con una sonrisa pero siguió en su butaca, salió rápidamente del camerino. Una vez fuera, se paró, con el oído arrimado a la puerta sin el menor escrúpulo. Pero lo que tuvieran que decirse se lo dijeron en voz baja.
Por la escalera apareció la mujer de la bata azul. Brunetti se retiró de la puerta y fue a su encuentro. Le dijo que ya podía cerrar el camerino, le sonrió, le dio las gracias y bajó a los bastidores, donde encontró un caos increíble: mujeres con miriñaque que fumaban y reían apoyadas en las paredes, hombres vestidos de frac que hablaban de fútbol, y tramoyistas que deambulaban de un lado a otro transportando palmeras de papel y copas de champaña pegadas a la bandeja.
Al fondo del pequeño corredor de la derecha estaba el camerino del director de la orquesta, ocupado ahora por el sustituto. Brunetti permaneció junto a la entrada del corredor durante diez minutos por lo menos, sin que nadie le preguntara quién era ni qué hacía allí. Por fin, sonó un timbre, y un hombre con barba que llevaba americana y corbata fue de grupo en grupo, señalando en varias direcciones y enviando a cada cual al lugar en el que debía estar.
El nuevo director salió del camerino, cerró la puerta y pasó por delante de Brunetti sin mirarlo. Cuando el hombre desapareció, Brunetti fue hacia el fondo del corredor y, con toda naturalidad, entró en el camerino. Nadie lo vio o, por lo menos, nadie se molestó en preguntarle qué buscaba.
El camerino aparecía prácticamente igual que la otra noche, salvo que la taza y el plato estaban encima de la mesa y no en el suelo. El comisario se quedó sólo un momento y se fue. Su salida pasó tan inadvertida como su entrada, y eso, cuatro días después de que en aquel camerino muriera un hombre.
CAPITULO XVII
Cuando el comisario llegó a su casa, ya era tarde para llevar a Paola y a los chicos a cenar, como les había prometido. Además, mientras subía la escalera percibió ya el olor a ajo y salvia.
Al entrar en el apartamento, tuvo un momento de estupefacción, porque la voz de Flavia Petrelli, que hacía veinte minutos había oído cantar la partitura de Violetta en el teatro, interpretaba ahora el final del segundo acto en su sala de estar. Involuntariamente, dio dos rápidos pasos antes de recordar que aquella noche la representación era televisada en directo. Paola, que no era aficionada a la ópera, probablemente estaría mirándola para tratar de adivinar cuál de los cantantes era un asesino. Brunetti estaba seguro de que su curiosidad era compartida por millones de familias de toda Italia.