Электронная книга - «Ciega como la Furia». Краткое содержание книги:
Rápidamente arrojó las piezas dentro de la caja, se incorporó con esfuerzo y subió la escalera.
Tan pronto como ella se fue, habló June.
– Supongo que debería reconocerte el mérito de intentarlo. Aunque no la miraste, no le hablaste ni reaccionaste, al menos te sentaste frente a ella. ¿Qué sentiste?
Cal no dio respuesta alguna.
CAPITULO 15
Después de que Michelle desapareció dentro del edificio escolar, Cal permaneció largo rato sentado en su automóvil. Observaba la llegada de los otros niños, niños robustos, sanos, que iban brincando en la mañana otoñal, riendo unos con otros.
¿Acaso se reían de él?
Podía verlos desviar la mirada hacia él de vez en cuando. Sally Carstairs hasta le hizo un ademán de saludo. Pero después se alejaban riendo por lo bajo y cuchicheando entre sí, tal como si, de algún modo, supieran lo afectado que él estaba. Pero no podían saberlo. Eran solo niños. Y él era un médico. Alguien en quien confiar, a quien admirar.
Todo eso era una impostura. No confiaba en sí mismo ni se admiraba, y estaba seguro de que ellos lo sabían, sabía todo sobre los instintos de los niños… su capacidad para captar las vibraciones que los rodeaban. Inclusive los crios muy pequeños, cuidadosamente protegidos de la realidad, reaccionan a la tensión de sus padres. Estos niños, los niños por cuya, salud él quería ser responsable… ¿Qué pensaban de él? ¿Sabían acaso cómo era él en realidad? ¿Sabían que él les tenía miedo? ¿Sabían que el miedo se estaba conviniendo en odio?
Estaba seguro de que lo sabían.
Un automóvil se detuvo en el parque de estacionamiento contiguo a la escuela y Cal vio que Lisa Hartwick bajaba, lo miraba, lo saludaba y luego subía los escalones en pos de los últimos retrasados. Hizo girar la llave en la ignición, puso en marcha el automóvil y estaba por alejarse cuando vio que un hombre le hacía señas. El padre de Lisa, evidentemente. Cal puso el auto en neutro y esperó.
– ¿Doctor Pendleton? -Inclinándose junto al automóvil, el psicólogo introducía la mano por la ventanilla-. Soy Tim Hartwick.
Obligándose a sonreír jovialmente, Cal aceptó la mano que se le ofrecía.
– Por supuesto. El padre de Lisa. Tiene usted una hija maravillosa.
– ¿Aun cuando miente diciendo estar enferma?
– Todos lo hacen -respondió Cal-. Hasta Michelle hizo lo imposible por quedarse en cama unos días más.
– Pero a Michelle le pasaba algo -recordó Tim-. Lisa fingía directamente. Gracias por no permitirle salirse con la suya.
Cal se encogió de hombros.
– En realidad, ella misma lo confesó. Yo iba a meterle un bajalengua en la boca, y ella decidió que era mejor decir la verdad que atragantarse con la mentira.
– ¿Cómo sigue Michelle?
La pregunta tomó descuidado a Cal, que vaciló durante un segundo. Luego, con demasiada rapidez, replicó:
– Muy bien. Sigue muy bien,
Tim Hartwick arrugó la frente…
– Me alegro de oírlo. Corinne… la señorita Hatcher, la maestra de Michelle, estaba un poco preocupada. Dijo que el día de ayer fue difícil para Michelle. Pense que tal vez yo podría conversar con ella.
– ¿Con Michelle? ¿Por qué lo pide?
– Bueno, soy el psicólogo de la escuela, y si algún niño tiene un problema…
– Su propia hija es el problema, señor Hartwick. Ella miente, ¿recuerda usted? En cuanto a Michelle, está muy bien, perfectamente bien. Y ahora, si no tiene inconveniente, tengo algunos pacientes esperándome.
Sin esperar respuesta, puso el automóvil en marcha y partió.
Tim Hartwick se quedó pensativo en, la acera, viendo desaparecer calle abajo el automóvil de Cal. Evidentemente, aquel hombre estaba bajo presión. Demasiada presión. Si en verdad Michelle tenía problemas, Tim estaba seguro de saber cuáles eran sus raíces. Mentalmente tomó nota de hablar con Corinne al respecto y. si era necesario, con la madre de Michelle.
Este día fue peor aún. Michelle se sentía como una intrusa, un monstruo. Cuando sonó la última campana, se alegró de que sus padres fueran a buscarla.
Lentamente recorrió el pasillo. Cuando llegó a los escalones delanteros, todos sus condiscípulos habían desaparecido. Deteniéndose en lo alto de la escalera, miró alrededor.
Había todavía un grupo de niñas pequeñas, las de tercer grado, que jugaban saltando a la cuerda. Como no se veía por ninguna parte a sus padres, Michelle se instaló en el escalón más alto para mirarlas. Repentinamente una de las niñas pequeñas se separó del grupo, fue al pie de la escalera y desde allí miro a Michelle.
– ¿Quieres jugar con nosotras?
– No puedo -respondió Michelle ceñuda.
– ¿Por que no?
– Yo no puedo saltar.
La niñita pareció reflexionar sobre esta información. Luego animada, insistió:
– Bueno, podrías dar vuelta la cuerda, ¿verdad? Así yo tendría más vueltas.
Michelle lo pensó. Esa niña no parecía estar burlándose de ella. Finalmente se incorporó.
– Bueno. Pero prométeme no pedirme que trate de saltar.
– No lo haré. Me llamo Annie Whitmore. ¿Y tú?
– Michelle.
Annie aguardó mientras Michelle bajaba lentamente la escalera.
– ¿Te lastimaste?
– Me caí del risco, allá en la caleta -repuso Michelle. Observó cuidadosamente a Annie,- pero en los ojos de la niña no había otra cosa que curiosidad.
– ¿Te dolió?
– Creo que sí -replicó Michelle-. No recuerdo. Me desmayé.
Entonces los ojos de Annie se le saltaron casi de agitación.
– ¿De veras? -exclamó -. ¿Cómo fue?
Michelle sonrió a la asombrada niña.
– No lo se… ¡estaba atontada!
Entonces Annie se alejó corriendo, brincando adelante de ella, y volvió a reunirse con sus amigas. Al acercarse a las niñitas, Michelle oyó que Annie decía con entusiasmo.
– Se llama Michelle. Se cayó del risco, y se desmayó, y no puede saltar, pero dará vuelta a la cuerda para nosotras. ¿No les parece sensacional?
Ahora todas las niñitas miraron con fijeza a Michelle. Por un momento temió que fueran a reírse de ella.
No lo hicieron.
En cambio parecían pensar que ella tenía suerte al haberle sucedido algo tan interesante. Pocos minutos más tarde, Michelle estaba de pie, con la espalda apoyada en un árbol, dando vueltas a la cuerda y entonando los versos junto con las demás.
June había dejado que el silencio entre su marido y ella permaneciera ininterrumpido mientras penetraban en Paradise Point. Podía intuir la hostilidad de Cal y no necesitaba oírle decir que, en su opinión, ella se estaba portando estúpidamente. Por su parte, él no dijo nada hasta que el automóvil llegó frente a la escuela, y cuando habló, lo hizo con voz triunfante.
– Fíjate en eso, ¿quieres? Y dime si piensas que ella es una "reclusa" -dijo escupiendo la palabra como si fuese algo amargo.
Siguiendo su mirada, June vio a Michelle que, apoyada en un árbol, hacía girar alegremente la cuerda para las niñas más pequeñas. Oyeron su voz, más fuerte que las demás, entonando una canción infantil.
June contempló fijamente la escena, sin poder casi creer lo que estaba viendo. “Me equivoqué" se dijo. "Todo va a ir muy bien. Reaccioné de manera excesiva". Ese día, a la clara luz de la tarde otoñal, todo parecía perfectamente normal.
Al verlos, Michelle saludó con la mano y entregó su punta de la soga a Annie Whitmore. Luego echó a andar hacia ellos. Cuando llegó al automóvil se detuvo, mientras una sonrisa iluminaba su cara.
– ¡Hola! ¿Por qué tardaron tanto? Me estaba preocupando. Pero no mucho – agregó, subiendo al asiento trasero del coche.
– Todo está muy bien, preciosa -dijo Cal -. No hay motivo para que te preocupes.