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El Padre Ausente

Электронная книга - «El Padre Ausente». Краткое содержание книги:

El sufrimiento en el pasado… la muerte en el presente… Leonardo Da Vinci es la clave. Una turbadora intriga y una novela genial.
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– Colin.

– ¿Cómo te llamaba tu mujer?

– Col. ¿Y tu marido?

– Me llamo Juliet.

– ¿Y tu marido?

– ¿Su nombre?

– ¿Cómo te llamaba?

Ella recorrió con los dedos sus cejas, la curva de su oreja, sus labios.

– Eres terriblemente joven -fue su respuesta.

– Tengo treinta y tres. ¿Y tú?

Ella sonrió, un leve y triste movimiento de su boca.

– Tengo más de treinta y tres. Lo bastante mayor para ser…

– ¿Qué?

– Más prudente de lo que soy. Mucho más prudente de lo que he sido esta tarde.

Su ego contestó.

– Lo deseabas, ¿verdad?

– Oh, sí. En cuanto te vi sentado en el Rover. Sí. Lo deseaba. Eso. Tú. Lo que fuera.

– ¿Me diste a beber una especie de poción?

Ella se llevó la mano de Colin a la boca, cogió su dedo índice con los labios y lo chupó con suavidad. Él contuvo el aliento. Juliet le soltó y lanzó una risita.

– Tú no necesitas una poción, señor Shepherd.

– ¿Cuántos años tienes?

– Demasiado vieja para que esto sea algo más que una sola tarde.

– No lo dirás en serio.

– Es preciso.

Con el tiempo, Colin venció su resistencia. Ella reveló su edad, cuarenta y tres, y se rindió una y otra vez al deseo, pero cuando él hablaba del futuro, se convertía en una piedra. Su respuesta siempre era la misma.

– Necesitas una familia. Criar hijos. Estabas destinado a ser padre. Yo no puedo darte eso.

– Tonterías. Mujeres mayores que tú han tenido hijos.

– Yo ya he tenido uno, Colin.

Cierto. Maggie era la ecuación que debía resolver si quería ganarse a su madre, y lo sabía, pero era escurridiza, una especie de duende que le había observado con solemnidad desde el otro lado del patio cuando se fue de la casa aquella primera tarde. Apretaba un gato sarnoso entre sus brazos y sus ojos eran solemnes. Colin la saludó por su nombre, pero ella desapareció por una esquina de la mansión. Desde entonces, se había comportado con educación, un auténtico modelo de buena crianza, pero Colin leyó el veredicto en su rostro y fue capaz de predecir la forma en que se vengaría de su madre mucho antes de que Juliet comprendiera cuál era el propósito del encaprichamiento de Maggie por Nick Ware.

Podría haber intercedido de alguna manera. Conocía a Nick Ware. Sostenía buenas relaciones con los padres del muchacho. Podría haber sido útil, si Juliet lo hubiera permitido.

En cambio, había permitido que el vicario se entrometiera en sus vidas. Y Robin Sage no había tardado mucho en forjar lo que Colin no había podido: un frágil vínculo con Maggie. Les vio hablando juntos ante la iglesia, paseando hacia el pueblo con la fuerte mano del vicario apoyada sobre el hombro de la muchacha. Les vio sentados sobre el muro del cementerio, de espaldas a la carretera y de cara a Cotes Fell, y el brazo del vicario describía un arco para indicar la curvatura de la tierra, o subrayar alguna de sus afirmaciones. Tomó nota de las visitas de Maggie a la vicaría, y aprovechó esto último para sacar a colación el tema con Juliet.

– No es nada -dijo Juliet-. Está buscando a su padre. Sabe que tú no puedes ser. Cree que eres demasiado joven y, además, nunca has salido de Lancashire, y por eso está tanteando al vicario para el papel. Cree que su padre la anda buscando por ahí. ¿Por qué no como vicario?

– ¿Quién es su padre? -aprovechó la ocasión Colin.

El rostro de Juliet compuso la habitual expresión de reserva. A veces, se preguntaba si utilizaba su silencio para mantener viva la pasión que él sentía, presentándose como una mujer más intrigante que las demás, y desafiarle a demostrar en la cama un dominio sobre ella que no existía. Sus preguntas no parecían afectarla.

– Nada dura eternamente, ¿verdad, Colin? -se limitaba a responder, siempre que su desesperación por saber la verdad le conducía a insinuar el fin de sus relaciones. Cosa que nunca ocurría, porque sabía que era incapaz.

– ¿Quién es, Juliet? No ha muerto, ¿verdad?

Lo máximo que dijo fue en la cama, una noche de junio, cuando la luz de la luna bañaba su piel y la moteaba, debido a las hojas próximas a la ventana.

– Maggie prefiere eso -dijo.

– ¿Es cierto?

Ella cerró los ojos un momento. Colin levantó la cabeza, besó su palma, la apoyó contra el pecho.

– Juliet, ¿es eso cierto?

– Creo que sí.

– ¿Crees? ¿Sigues casada con él?

– Por favor, Colin.

– ¿Estuviste casada con él?

Juliet volvió a cerrar los ojos. Colin distinguió un tenue brillo de lágrimas detrás de sus pestañas, y por un instante fue incapaz de comprender el motivo de su dolor o su tristeza.

– Oh, Dios -dijo-. Juliet. ¿Te violaron, Juliet? ¿Es Maggie…? ¿Alguien…?

– No me humilles -susurró ella.

– Nunca estuviste casada, ¿verdad?

– Por favor, Colin.

Aquel hecho daba igual. Ella no quería casarse con él. «Demasiado mayor para ti» era la excusa que daba.

Pero no demasiado mayor para el vicario.

De pie en su casa, con la cabeza apretada contra la fría puerta principal, desvanecidos desde hacía mucho rato los ecos de la partida de su padre, Colin Shepherd sentía que la pregunta del inspector Lynley martilleaba en su cráneo como un eco persistente de todas sus dudas. «¿Cabe la posibilidad de que hubiera tomado un amante sin conocerle apenas?»

Cerró los ojos con fuerza.

¿Qué más daba si el señor Sage había ido a Cotes Hall solo para hablar sobre Maggie? El policía del pueblo había acudido a la propiedad para amonestar a una mujer por haber disparado una escopeta, para desnudarla y poseerla ferozmente cuando aún no había pasado una hora de conocerla. Y ella no protestó. No intentó detenerle. En cualquier caso, se mostró tan agresiva como él. Si se paraba a pensarlo, ¿qué clase de mujer era aquella?

Una sirena, pensó, e intentó alejarse de la voz de su padre. «Hay que tener mano dura con ellas, muchacho. Desde el primer momento. Si les das la oportunidad, te convierten en un pelele.»

¿Eso había hecho ella con él? ¿Y con el señor Sage? Había dicho que sus visitas tenían como objetivo hablar con Maggie. Sus intenciones eran buenas, decía, y debía escucharle. Se había declarado impotente a la hora de razonar con la muchacha, de modo que si el vicario tenía ideas, ¿por qué no iba a escucharlas?

Y entonces, escudriñaba su rostro.

– No confías en mí, Colin, ¿verdad?

No. Ni una pizca. Ni un momento, cuando estaba a solas con otro hombre en aquella casa aislada, cuya soledad era una invitación a la seducción.

– Claro que sí -había contestado.

– Si quieres, ven tú también. Siéntate entre nosotros a la mesa. Vigila que no me quite el zapato y frote mi pierna contra la suya por debajo de la mesa.

– No quiero eso.

– Entonces, ¿qué quieres?

– Normalizar nuestra situación. Quiero que la gente lo sepa.

– La situación no se puede normalizar como tú quieres.

Y ahora no se normalizaría nunca, a menos que Scotland Yard lavara su nombre, porque dejando aparte todas sus protestas sobre la diferencia de edad, sabía que no podía casarse con Juliet Spence y continuar en su cargo mientras tantas dudas impregnaran la atmósfera, con especulaciones susurradas siempre que aparecían en público juntos. Tampoco podía marcharse de Winslough casado con Juliet si confiaba en reconciliarse con su hija. Estaba cogido en una trampa que él mismo había dispuesto. Solo el DIC de New Scotland Yard podía liberarle.

El timbre de la puerta sonó sobre su cabeza, tan estridente e inesperado que le sobresaltó. El perro se puso a ladrar. Colin esperó a que saliera de la sala de estar.

– Tranquilo -dijo-. Siéntate.

Leo obedeció, con la cabeza ladeada, a la espera. Colin abrió la puerta.

El sol había desaparecido. El ocaso daba rápido paso a la noche. La luz del porche, que había encendido para recibir a New Scotland Yard, brilló ahora sobre el cabello ensortijado de Polly Yarkin.

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