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Электронная книга - «Malevil». Краткое содержание книги:

Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.
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Con los ojos pegados a los gemelos, hurgaba el rincón donde La Roque hubiera debido estar, sin distinguir nada más que gris y sin siquiera poder decir si ese gris pertenecía a la gleba o a la bóveda que nos aplastaba. Bajé paulatinamente el binocular hasta el terreno en los Rhunes adonde Peyssou debía estar arando con Amaranta. Al menos, ahí, habría un poco de vida. Buscaba a la yegua, dado que era el objeto más localizable, y exasperándome un poco porque no conseguía encontrarla, aparté los gemelos de mis ojos. A simple vista, divisé el arado inmovilizado en medio del terreno y al lado de él, tendido sin movimiento en el suelo, a Peyssou, con los brazos en cruz. Amaranta había desaparecido.

Bajé como un loco los dos pisos de la escalera caracol, me abalancé sobre la puerta del baño, olvidando que estaba cerrada con candado, y golpeando con los dos puños contra la madera maciza como un poseso, gritaba, ¡vengan rápido, algo le ha pasado a Peyssou!

Sin esperar a mis compañeros, me puse a correr. Para llegar hasta el terreno, había que bajar por el camino en pendiente del acantilado hasta el llano, y ahí, doblar a la izquierda en horquilla y volviendo a pasar al pie del castillo, ir por el lecho del arroyo desaparecido hasta el primer brazo de los Rhunes. Corría con todas mis fuerzas, palpitantes las sienes, incapaz de imaginarme una explicación. Amaranta era tan dócil y tan suave que no podía creer que hubiera puesto a su conductor en un estado lastimoso para escaparse después. ¿Y para escaparse adónde, por otra parte?, puesto que no quedaba ni una sola mata de pasto sobre la tierra y que en Malevil tenía heno y cebada en cantidad suficiente.

Al cabo de un momento, escuché detrás de mí los zapatos de mis compañeros sonar sobre el suelo rocoso tratando de alcanzarme con dificultad. Cien metros antes de llegar al pequeño terreno de los Rhunes, fui alcanzado y dejado atrás por Thomas que corría a largas zancadas muy rápidas aventajándome por mucho. De lejos lo vi arrodillarse junto a Peyssou, darle vuelta con precaución y levantarle la cabeza.

– ¡Está vivo! -gritó en mi dirección.

Me puse en cuclillas a mi vez, agotado, sin aliento; Peyssou abrió los ojos, pero su mirada era vaga, no conseguía acomodarla, su nariz y su mejilla izquierda estaban manchadas de tierra, sangraba en abundancia por la nuca, manchando la camisa de Thomas que lo sostenía. Colin, Meyssonnier y Momo, éste completamente desnudo y chorreando agua llegaron mientras estaba examinando la herida, ancha, pero a ojo de buen cubero, superficial. Y por fin la Menou, la que se había tomado tiempo para buscar una botella de aguardiente en el castillete de entrada, y traía además mi salida de baño con la que envolvió a Momo aun antes de mirar a Peyssou.

Eché un poco de aguardiente sobre la herida y Peyssou gruñó. Le eché luego un buen chorro en la boca y con su pañuelo embebido en alcohol, le quité del rostro la tierra que lo ensuciaba.

– No puede haber sido Amaranta la que le ha hecho esto -dijo Colin-. Teniendo en cuenta la posición en que estaba.

– Peyssou -dije friccionándole las sienes con el aguardiente- ¿me oyes? ¿Qué ha pasado? -proseguí- de todos modos, Amaranta no patea.

– Lo he notado -dijo la Menou-. Hasta cuando juega, es un animal que no sabe levantar el culo.

La mirada de Peyssou se precisó y dijo en voz baja pero clara:

– Emanuel.

Le di un segundo trago de aguardiente, y de nuevo le friccioné las sienes.

– ¿Qué pasó? -dije dándole golpecitos en la mejilla, tratando con mis ojos de retener su mirada que tenía tendencia a huir de nuevo hacia el vacío.

– Pavada de choc ha recibido -dijo Colin incorporándose-. Pero va a volver, ya tiene mejor cara.

– ¡Peyssou! ¿Me oyes, Peyssou?

Levanté la cabeza.

– Menou, pásame el cinturón de mi salida de baño.

Cuando lo tuve en la mano, lo puse sobre mis rodillas, plegué en cuatro mi pañuelo, lo embebí en alcohol, lo apliqué con cuidado sobre la herida que seguía sangrando mucho y pidiendo a Menou que sujetara la compresa, con el cinturón apretado alrededor de su frente lo anudé. La Menou obedecía sin una palabra, con la mirada todo el tiempo fija en Momo que con toda seguridad había "pescado la muerte", corriendo así con este frío como lo había hecho.

– No sé -dijo de golpe Peyssou.

– ¿No sabes cómo pasó?

– No.

Volvió a cerrar los ojos, y en seguida lo golpeé en las dos mejillas.

– ¡Ven a ver, Emanuel! -dijo Colin.

Estaba de pie junto al arado, dándonos la espalda, pero con la cabeza reclinada en su hombro, con la cara descompuesta, y los ojos fijos en los míos.

Me levanté y me acerqué a él.

– Mira esto -dijo en voz baja.

La primera vez que habíamos enganchado a Amaranta nos habíamos dado cuenta que faltaba la correa con hebilla que sujeta el varal. La habíamos reemplazado por una cuerdita de nylon que aseguramos alrededor de la madera con una serie de vueltas y de nudos. Esa cuerdita había sido cortada.

– Es un hombre el que ha hecho eso -dijo Colin.

Estaba pálido, con los labios secos.

Prosiguió:

– Con un cuchillo.

Acerqué los dos extremos de la cuerdita a mis ojos. El corte era neto, sin hilachas ni rebabas. Incliné la cabeza sin decir una palabra. Era incapaz de hablar.

– El tipo que ha desenganchado a Amaranta -insistió Colin- desprendió las hebillas de la retranca y la hebilla izquierda de la barriguera, pero cuando llegó a los nudos del lado derecho, se exasperó y sacó el cuchillo.

– Y antes -dije con voz temblorosa -golpeó a Peyssou por detrás.

Me di cuenta que la Menou, Meyssonnier y Momo nos rodeaban. Tenían la mirada fija en mí. Thomas también me miraba, con una rodilla en tierra y con la otra, levantada, sosteniendo la espalda de Peyssou.

– ¡Y sí! ¡Sí! -dijo la Menou lanzando alrededor una mirada de pánico y agarrando a Momo por el brazo para apretarlo contra ella.

Hubo un silencio. Al mismo tiempo que se insinuaba en mí un principio de miedo tenía un sentimiento de irrisión. Sólo Dios sabe con qué ardor, con qué amor, con qué arrebato casi desesperado, habíamos rezado dentro de nosotros mismos para que otros hombres además de nosotros hubieran sobrevivido. Y bueno, ahora estábamos seguros: los había.

VII

Elegí el rifle calibre 22 largo (mi tío me lo había regalado para mis quince años) y Thomas, la escopeta de cañones superpuestos. Se había convenido que los demás quedarían en Malevil con el fusil de dos tiros. Pobre armamento, pero Malevil, por sí mismo tenía sus murallas, sus matacanes y sus fosos.

En el momento de tomar la curva en horquilla que, desde el camino de Malevil lleva al caminito de los Rhunes, eché una larga mirada al castillo metido en el acantilado. Me di cuenta que Thomas también lo miraba. Inútil comunicarnos nuestras impresiones. A cada paso, uno se sentía más desnudo, más vulnerable. Malevil era nuestra guarida, nuestro "nido almenado". Hasta ahora nos había protegido de todo, incluso de los últimos refinamientos de la tecnología. Qué pesadilla dejarlo, y qué pesadilla también esta larga caminata uno detrás del otro. El cielo gris, la tierra gris, los tocones de árboles ennegrecidos, el silencio, la inmovilidad de la muerte. Y al final los únicos seres que vivían todavía en ese paisaje nos esperaban al acecho para abatirnos.

Estaba convencido: el robo de la yegua, dado que las huellas eran imborrables en el suelo polvoroso y quemado, quería decir que los ladrones habían previsto nuestra persecución y que una emboscada nos esperaba en alguna parte, en algún punto del horizonte pelado. Sin embargo, no teníamos otra alternativa. No podíamos admitir que golpearan a uno de los nuestros y que nos robaran un caballo. Si no queríamos quedarnos pasivos, debíamos comenzar a intervenir en el juego del agresor.

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