Tiempo De Matar
- Автор: Гарднер Лиза
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tiempo De Matar». Краткое содержание книги:
Tras tres años de inactividad, llega a Atlanta una fuerte ola de calor: es tiempo de matar… Y será Kimberly Quincy, estudiante de la Academia del FBI, quien tropiece con la primera víctima. Comienza la cuenta atrás.
Al principio, justo después de que Nora Ray hubiera regresado a casa sin Mary Lynn, las cosas habían sido diferentes. Sus vecinos venían a visitarles. Las mujeres les llevaban cazuelas de comida, galletas y tartas; los hombres aparecían con cortacéspedes y martillos y, sin decir ni una palabra, se ocupaban de arreglar los pequeños desperfectos de la casa. Su pequeño hogar zumbaba de actividad. Todos sus vecinos se mostraban solícitos; todos sus vecinos deseaban asegurarse de que Nora Ray y su familia estaban bien.
En aquellos días, su madre todavía se duchaba y se arreglaba. A pesar de haber sido privada de una hija, seguía aferrándose al fino tejido de la vida cotidiana. Se levantaba, se ponía los rulos y preparaba café.
Al principio, su padre había sido quien peor lo había pasado. Se había dedicado a deambular de una habitación a otra con una mirada desconcertada en los ojos, flexionando constantemente sus grandes y encallecidos dedos. En teoría, era un hombre capaz de arreglar cualquier cosa. Él mismo había construido el porche un verano y de vez en cuando realizaba trabajos por el vecindario para costear las clases de hípica de Mary Lynn. Pintaba su casa cada tres años y se encargaba de que fuera la mejor cuidada del barrio.
Quienes le conocían decían que Big Joe podía hacer todo aquello que se propusiera. Pero aquel día del mes de julio, todo había cambiado.
Con el tiempo, los vecinos habían empezado a demorar sus visitas. La comida ya no aparecía por arte de magia en la cocina y el césped ya no era segado cada domingo. La madre de Nora Ray dejó de arreglarse y su padre regresó a su trabajo en Home Depot. Al anochecer, cuando volvía a casa, se reunía con su esposa en el sofá, donde permanecían sentados como zombis mirando comedias estúpidas, mientras el televisor pulverizaba sus rostros con brillantes y coloridas imágenes hasta bien entrada la noche.
Mientras tanto, las malas hierbas iban invadiendo el jardín y el porche principal se combaba por la falta de atención. Nora Ray aprendió a cocinar los platos de su madre mientras sus sueños de estudiar de derecho se iban alejando a la deriva.
Pronto, los vecinos empezaron a hablar de ellos entre susurros: «La triste familia que vive en la triste casita de la esquina. ¿Sabe qué le ocurrió a su hija? Bien, permita que se lo cuente»…
En ocasiones, Nora Ray pensaba que debería pasearse por el barrio con un papel de color escarlata pegado a la espalda, como la mujer del libro que había leído en el último año de instituto. Sí, su familia había perdido a una hija. Sí, su familia había sido víctima de un crimen violento. Sí, podría pasarle también a usted, así que hace bien al susurrar a nuestras espaldas y dar media vuelta cuando pasamos demasiado cerca. Puede que el asesinato sea contagioso. Ese hombre supo encontrar nuestro hogar, así que es posible que pronto encuentre el suyo.
Pero nunca dijo nada similar en voz alta. No podía hacerlo. Era el único miembro operativo de su familia. Tenía que seguir adelante. Tenía que fingir que una sola hija podía bastar.
La cabeza de su madre empezó a oscilar, como hacía siempre justo antes de quedarse dormida. Su padre ya se había acostado. Tenía que trabajar por la mañana y esto aportaba cierta normalidad al extraño patrón que ellos llamaban vida.
Abigail por fin sucumbió al sueño. Su cabeza cayó hacia atrás y sus hombros se hundieron cómodamente en el mullido sofá, comprado en tiempos más felices con la intención de vivir días más felices.
En cuanto su madre se quedó dormida, Nora Ray se retiró a su habitación. No apagó el televisor, pues a estas alturas sabía que la repentina ausencia de voces televisivas la despertaría más deprisa que cualquier alarma estridente. Por lo tanto, se limitó a coger el mando a distancia que su madre guardaba en el bolsillo de su descolorida bata y, muy lentamente, bajó el volumen.
Su madre empezó a roncar, con los ligeros y suaves resuellos de una mujer que no se había movido en meses y, sin embargo, se sentía exhausta.
Nora Ray observó a su madre, apretando los puños sobre sus costados. Deseaba acariciar su rostro. Deseaba decirle que todo iría bien. Deseaba suplicar que regresara su verdadera madre porque en ocasiones no quería ser la fuerte de la familia, porque en ocasiones deseaba ser ella quien se hiciera un ovillo y se echara a llorar.
Tras dejar el mando a distancia sobre la mesa de café, se dirigió de puntillas a su dormitorio, donde el aire acondicionado estaba permanentemente conectado a la gélida temperatura de catorce grados y una jarra de agua descansaba siempre junto a la cama.
Nora Ray enterró su cuerpo bajo la gruesa seguridad de sus sábanas, pero no se quedó dormida de inmediato.
Estaba pensando en Mary Lynn, recordando la última noche que habían pasado juntas. Tras abandonar el TGI Friday, habían montado en el coche y habían estado charlando alegremente durante el trayecto.
– ¡Oh, no! -había dicho su hermana, al cabo de un rato-. Creo que hemos pinchado. Oh, espera. Buenas noticias. Un tipo ha parado detrás. Qué majo, ¿verdad, Nora Ray? El mundo está lleno de buenas personas.
El hombre estaba cansado. Muy, muy cansado. Poco después de las dos de la mañana, cuando había completado su última tarea, había regresado a la furgoneta y, aunque le dolían todos los músculos, se había tomado el tiempo necesario para limpiar el vehículo, tanto por dentro como por fuera, bajo la reconfortante luz de la linterna. Incluso se había arrastrado entre las ruedas para dar un manguerazo a la parte inferior. Sabía que el polvo podía contar historias y no quería asumir ningún riesgo.
A continuación había sacado la jaula del perro y la había limpiado con una esponja humedecida en amoníaco, cuyo intenso y pungente olor había hecho que sus sentidos volvieran a ponerse en guardia. Además de limpiar la jaula, aquel producto había destruido cualquier prueba que hubiera podido quedar en sus huellas dactilares.
Después había hecho inventario. ¿Debería limpiar el acuario? ¿Qué podía demostrar ese objeto? ¿Que había tenido una serpiente como mascota? Eso no era ningún crimen. De todas formas, no deseaba dejar nada al azar.
No quería ser uno de esos estúpidos de los que solía hablar su padre, que serían incapaces de encontrarse el agujero del culo aunque contaran con la ayuda de una linterna y las dos manos.
El mundo daba vueltas a su alrededor y sentía que las nubes de tormenta se congregaban al fondo de su cerebro. Cuando se sentía cansado, los ataques empeoraban. Los agujeros negros adoptaban un tamaño tremendo y no solo engullían horas y minutos, sino también días enteros. No podía permitir que eso ocurriera. Tenía que ser astuto. Tenía que mantenerse alerta.
Pensó de nuevo en su madre y en la triste expresión que se dibujaba en su rostro cada vez que el sol se desvanecía en el firmamento. ¿Había sabido que el planeta agonizaba? ¿Había comprendido ya en aquel entonces que todo aquello que era hermoso podía dejar de existir?
¿O simplemente había temido regresar al interior, donde su padre esperaba con su malhumor y los puños cerrados?
Al hombre no le gustaban estos pensamientos. No quería seguir jugando a este juego. Sacó el acuario del interior de la furgoneta y se deshizo de la capa de hierba y ramitas que contenía. Acto seguido, vació en su interior media botella de amoníaco y lo limpió con las manos desnudas. Podía sentir el fuerte producto químico abrasando su piel.
Más adelante, el líquido sobrante se filtraría en alguna corriente y mataría algas, bacterias y bonitos pececitos. Porque él tampoco era mejor. Hiciera lo que hiciera, seguía siendo un hombre que conducía un coche, compraba electrodomésticos y, probablemente, alguna vez había besado a alguna mujer que usaba un bote entero de laca para peinarse. Todos los hombres lo hacían. Los hombres mataban. Los hombres destruían. Los hombres pegaban a sus esposas, maltrataban a sus hijos, invadían un planeta y lo corrompían a su propia y retorcida imagen.