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Электронная книга - «La Hija De Burger». Краткое содержание книги:

Rosa era una niña cuando su padre, Lionel Burger, fue condenado a cadena perpetua por promover la revolución en Sudáfrica. A partir de entonces, empezará un camino que la llevará a replantearse lo que realmente significa ser la hija de Burger.
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– He venido a recogerte. Para llevarte al lugar de Fats…

Dado que el biógrafo estaba a mis espaldas, respondí como si hubiéramos concertado este acuerdo.

– Tardaré unos minutos. Pasa.

No mencionamos el nombre de Marisa delante de un tercero; este mero hecho estableció una zona en la que Orde Greer y yo nos conocíamos más que de vista. El biógrafo de mi padre paseaba la mirada a su alrededor con la frustración, oculta bajo su afectación de buenos modales, de quien descubre que no reconoce a alguien cuya significación debería tener clara. Reunió sus notas para retirarse; me disculpé vehementemente por poner punto final a la sesión, pero fue él quien se deshizo en excusas. Se marchó; no le dije a Orde Greer quién era él ni qué estaba haciendo.

Ignoraba si Greer era o no de los nuestros; tal vez lo fuera. Su carta de presentación era que lo había enviado Marisa. Le ofrecí un trago para que me diera tiempo de arreglarme un poco antes de salir.

– Está bien. He llegado temprano… ¿ocurría algo?

Sentado en mi sillón (el viejo de cuero verde del color del acebo que estaba en el estudio de mi padre y en el que a los chicos nos gustaba deslizamos porque la fricción de los muslos desnudos producía electricidad estática) tenía el aire de ocupar un sitio al que tenía derecho, asumido con una agresividad ligeramente nerviosa antes del desafío. Ahora el conjunto sugería naturalidad en la compañía a la que estaba destinado.

Claro que los periodistas tienen que ser así… están acostumbrados a asumir situaciones, lo sé. Temeroso de mí y al mismo tiempo familiarizado; adquirí mucha experiencia en estas cuestiones durante el juicio. Sólo había cerveza; hizo una pausa para señalar que lamentaba la ausencia de la botella de whisky con la que esperaba arreglarse:

– Está bien, cerveza -cabellera espesa que se enmarañaba con la barba y lo dotaba de una cabeza conscientemente noble, de frente, dejándolo vulnerable cuando se inclinó para recuperar la argolla de metal caída de la lata, que dejó a la vista el pelo que faltaba en el cuero cabelludo, como un bebé tonsurado por la almohada en la que reposa indefenso.

Supongo que mi experiencia con los periodistas me endureció en su presencia, a pesar del tiempo transcurrido desde el proceso de Lionel. Me transformo en las imágenes congeladas de las fotos de prensa, la chica regordeta con el pañuelo de cachemira en la mano, el pelo desgreñado a su aire, los tendones desafiantes en el alarde del cuello, la cabeza vuelta hacia la cámara porque no tiene que ocultar el rostro como los parientes de un estafador, la mirada desagradecida porque no necesita comprensión ni piedad como los parientes de un asesino. ¿Y quiénes son ellos para haber decidido -la ley no les permitió fotografiarlo a él-, con sus descripciones de Lionel en el banquillo, la forma en que escuchaba las pruebas en su contra, la expresión con que enfrentaba a la galería pública o saludaba a los amigos, que sabían quién era, cuando yo ignoro si lo sé?

Este me miraba desde mi sillón con la jarra de cerveza como un cetro, señalando que notaba que me había puesto un par de pantalones bien ceñidos, no como el hombre que se adjudica ser el destinatario por el que una chica se ha puesto más atractiva sexualmente (no se habría atrevido a tanto), sino a la manera en que un intruso percibe un comportamiento íntimo que no se le escapa y del que extraerá conclusiones que le darán categoría de persona enterada. Me miró de arriba abajo… casi. Esbozó una semisonrisa para sí mismo.

Era una de esas personas a las que les resulta más fácil hablar mientras conducen y se dirigen a su interlocutor únicamente con la voz, pues el cuerpo y la atención están concentrados en otra cosa. En un tono indiferente con el que me dio a entender que tenía planeado plantear el tema, me preguntó si había leído un libro recién publicado en Inglaterra por un antiguo preso político en el exilio.

Uno de los nuestros.

– Todavía no lo he leído.

Se ofreció a prestarme su ejemplar. Le di las gracias pero no acepté… no lo necesitaba. Sabía que Flora, que disfruta tanto haciendo correr riesgos insignificantes a la gente «común» sin que se enteren, había dispuesto que un socio de William pasara de contrabando algunos ejemplares traídos de Londres.

– Habla bastante de ti, por supuesto. De tu padre y su familia.

– Estuvieron juntos en la cárcel el último año de vida de mi padre.

– También hay mucho sobre eso… conversaciones con tu padre. Cómo dirigía su pequeña clínica, más o menos, hasta los carceleros le consultaban sus achaques. Tuvieron que decidir si le permitían dar recetas y finalmente le entregaron unos blocs que los políticos usaban para hacer circular su propio boletín… es interesante. Pero también hablan de los días en que… los tiempos en esa casa. Los domingos. Esa famosa casa -estaba siguiendo una ruta que me era desconocida-. Me pregunto qué te parecerá, cómo te caerá.

Quería que le preguntara por qué; comprendí que en el libro debía de haber cosas que yo podía confirmar o negar, cosas que en su opinión me disgustarían. Si es uno de los nuestros eso significaba simpatía partidista, pero si es uno de ellos -un periodista liberal que observa las «reacciones» de la hija de Burger, que disfruta por «estar al tanto»- no era nada más que el renacimiento de un antiguo sensacionalismo periodístico.

– ¿Estás seguro de saber adonde vas?

Lo tomó como un cambio de tema deliberado, se interrumpió y soltó una risilla.

– ¿Por qué no lo iba a estar?

– Es que nunca he ido a Orlando por este camino. ¿Sabes dónde vive el primo de Marisa?

– Sí -su sequedad me sonó como un reproche; no era un turista en los distritos negros ni un sueco que necesitara cicerone. Se atusó la barba entre los dedos mientras esperaba para girar a la derecha-. Nunca vi el interior de esa casa.

Extraño que dijera esto. A mí. Y a la manera de alguien que habla consigo mismo con la certeza de que será oído. ¿Rodaba como tú, Conrad? ¿Qué quería de nosotros? ¿Qué absolución creías que encontrarías en lo que hacía mi padre?

El periodista y yo perdimos contacto en cuanto nos encontramos en el «lugar» del primo de Marisa. Esta todavía no había llegado; pero «caería en cualquier momento». Fats fue imparcialmente acogedor como un presentador de televisión. Allí estaban la cerveza, el whisky y los vasos; tres o cuatro negros con chaqueta de algodón a cuadros y corbata estampada, sentados muslo a muslo en sillas, entre ellos algún enano con los tejanos embolsados en las rodillas, zapatillas sin cordones, las cabezas grandes y tristes de los jockeys o los intermediarios entre el dinero y el deporte. Había un chico insolentemente guapo amoldado en sus tejanos azul cielo, al igual que las chicas de la época victoriana quedaban definidas por sus encajes ceñidos. Un hombre de edad madura, con el traje oscuro de un director de escuela negro y un elegante alfiler de corbata, dormitaba aparentando participar de la animación. Algunos hombres conversaban y discutían; Orde Greer tenía un vaso de whisky en la mano, interrumpía (Escucha, hombre, escucha), inclinaba la cabeza para beber un trago, el leve arrastrar de la cojera hacía de él un mendicante.

Una cría se acercó a mí con una taza de té con leche que repicaba contra su platillo.

– ¿Cómo lo ha pasado? ¡Cuánto me alegro! -la mujer de Fats bajó a otro chico de una silla del comedor con un reproche en su lengua, sin abandonar la sonrisa convencional-. Pensé que se habría ido o algo así… después que su padre pasó a mejor vida… qué pena – se instaló a mi lado-. Pruebe una pasta, Miss Burger, las hace mi cuñada, que es una pastelera maravillosa y hasta prepara pasteles de boda. Lamento no ser tan inteligente como para eso -nunca se decide a llamarme Rosa ni a tutearme. Formo parte del ambiente de su famosa y valiente prima política, Marisa Kgosana; de la distinción transferida a su familia por su parentesco con Joe Kgosana, que está en la Isla con Nelson Mandela.

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