Gente Legal
- Автор: Скоттолайн Лайза
- Серия: Rosato and Associates #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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«Una novela trepidante que dejará sin aliento al lector más valiente.»
La doctora Hogan tocó un párpado de mi madre y lo levantó.
– Por si le interesa, lo hago para confirmar que la droga ha surtido efecto. El párpado está relajado y eso lo confirma. -Volvió a mirar el monitor, luego preparó otra jeringa y la inyectó-. Esto es succinilcolina. Es un relajante muscular para prevenir convulsiones.
– Pero yo creía que las convulsiones eran necesarias. -Apreté la mano de mi madre más por mí que por ella.
– -En realidad, es un agente paralizador --me comunicó uno de los anestesistas, el que me había saludado--. Inmoviliza el cuerpo, y así evitamos que se lesione durante la intervención.
A veces es mejor no saber algunas cosas. Miré a mi madre, que se paralizaba rápidamente ante mis ojos. Ni un solo movimiento perturbaba la quietud de su cuerpo y, de improviso, una oleada de pequeñas convulsiones se extendió a lo largo él.
– -¿Qué sucede? ¿Qué pasa? -pregunté presa del pánico y aferrándome a su mano.
– Es perfectamente normal -dijo la doctora Hogan-. Cesará en un minuto. Demuestra que la droga funciona. Ahora, por favor, aléjese de la paciente.
Le di un último apretón a mi madre y me aparté. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido y horrible que lo percibí como una extraña mezcla de pesadilla y realidad.
Los anestesistas anudaron una cinta elástica alrededor de la frente de mi madre y la doctora Hogan enchufó un pesado cable gris en la máquina azul situada a su izquierda. Al final del cable gris había un asa negra de plástico. Sobre el asa, un botón brillante y rojo. Ese era el botón.; Me pareció que se me paralizaba el corazón.
Un anestesista colocó una goma marrón entre los labios de mi madre. La doctora Hogan sacó un poco de gel de un tubo blanco y lo puso sobre la frente mientras pedía que no tocaran la mesa. Se agachó sobre la cabeza de mi madre cuando uno de los anestesistas apretó un botón de la máquina. Se puso verde como en un semáforo. Adelante.
Pero yo pensaba: «Basta ya. Parad esto. Paradlo ya mismo. No oséis continuar».
La doctora Hogan apretó algo negro contra la cabeza de mi madre, luego tocó el botón rojo y lo mantuvo presionado un momento.
Mi madre hacía muecas apretando la goma en su boca y el cuerpo se le contorsionaba. Yo sentí que a mí también se me contorsionaba la cara. Basta ya. No tenéis derecho. No tengo ningún derecho.
– La descarga solo durará un momento -dijo alguien, y su voz me pareció que resonaba en la distancia.
No pude dejar de mirar. No podía hacer nada. Terminó la descarga eléctrica y empezaron las convulsiones. El cuerpo estaba inmóvil y rígido, pero por debajo de la goma de la presión arterial el pie se movía convulso. Era horrendo y espantoso. Me acordé del torniquete con el globo en el brazo de Bill. No pude contenerme.
– -¿Es normal que suceda eso? Me refiero al pie…
– Sí, se trata de una reacción tónica clónica -respondió un anestesista-. La goma previene que el relajador muscular llegue al pie y entonces podemos observar el progreso de la descarga. Solo durará un momento. Ella está bien.
Pero era mi madre, no la suya, y ella estaba en medio de una tormenta médica. Una tempestad en su cerebro, en su cuerpo. Quise llorar. Quise gritar. No podía creer que esto fuera lo que debía hacerse y ya era demasiado tarde para remediarlo.
– Terminará antes de que usted se dé cuenta -decía el anestesista.
Y así fue, afortunadamente. Justo cuando pensé en arrancar los malditos electrodos, acabaron los temblores en el pie. La intervención había terminado. Ella parecía descansar.
Tuve la sensación de que respiraba por primera vez desde que había llegado. Tenía el estómago revuelto. Llamad a la policía, metedme en la cárcel, nada de eso me quitaría el horror de lo que había presenciado.
– -Ahora dormirá --dijo la doctora Hogan--. Dormirá una media hora. Cuando se despierte, es posible que tenga dolor de cabeza, como si tuviera resaca. Tal vez le duela la mandíbula y se sienta confusa y desorientada. |
Busqué las palabras.
– ¿Puedo hacer algo por ella…?
– No, déjela descansar. -La doctora Hogan echó una ojeada al gráfico que salía de la máquina. La línea de j puntos negros dibujaba una especie de cordillera-. Ha sido una buena descarga.
¿Una buena descarga? Sentí ganas de vomitar y salí de la sala.
26
Aún me sentía indispuesta y asustada, pero tenía mucho que hacer. Mastiqué dos Trident para quitarme el mal sabor de boca, y traté de borrar el horror de lo que le había hecho a mi madre. Ya no me importaba si la curaba. Mi única preocupación era no haberla matado.: Me puse las gafas de sol y conduje el bananamóvil por la calle Pine. A cada lado había hileras de mansiones coloniales, muchas de las cuales ostentaban la negra placa ¡de hierro que las acreditaba en el Registro Nacional de Lugares Históricos. Pero yo no estaba haciendo turismo. Trataba de seguir a un coche con la matrícula LOONEY 1.
Avanzaba por el tráfico de la ciudad persiguiendo a uno de mis más queridos amigos. Era mi segunda violación de las libertades civiles de Sam y no tenía otra justificación que, como en el caso de mi madre, la más pura necesidad. Tenía que encontrar una explicación al asunto del globo rojo.
A la altura de la calle Dieciséis, Sam giró a la izquierda con su Porsche Carrera sin poner el intermitente. Los hombres nunca usan el intermitente; las mujeres, sí. De Modo que giré bruscamente casi llevándome por delante a una transeúnte lo bastante poco lista como para pasear a su perrito en medio de mi misión de persecución; reduje la velocidad cuando llegamos a un semáforo en rojo.
El Porsche giró en la esquina y se detuvo ante el restaurante The Harvest; se apeó un pasajero. Era un joven vestido con una camisa y pajarita negra, el típico atuendo de un camarero. La coartada cubana de Sam. La puerta se cerró con un sonido que denunciaba el elevado importe del coche y Sam metió la primera.
Reanudé la persecución esperando que Sam regresar a su apartamento, pero el Porsche siguió recto hasta Dieciocho, entró en la calle Vine y luego cogió la autopista 1-95. Extraño. Me coloqué las grandes gafas oscuras sobre la frente y me mantuve detrás de él mientras tanto en tanto miraba por el retrovisor para asegurar de que nadie me seguía.
– Miau – dijo Jammie 17. Levantó la vista de su comida, una galleta Snickers que había encontrado en el suelo del coche y que yo le había troceado conveniente mente.
– ¿Qué quieres? -le pregunté, pero el animal se limitó a andar de un lado al otro del asiento delantero dando pequeños saltitos cuando el coche cogía un bache. Lo empujé, pero se negó a echarse-. Sé bueno o mamá no te j sacará más a pasear.
– Miau -insistió, y deseé que no se tratara de sus intestinos. Su última deposición había llenado una bolsa de golosinas, y había tenido que meterlo todo en mi neceser de maquillaje y arrojarlo por la ventana para no asfixiarme.
Íbamos hacia el norte por la 1-95, yo y Jammie 17 pisándole los talones a Sam, a través de interminables series de vallas publicitarias en los poco vistosos barrios industriales de Filadelfia. Se sucedían los almacenes inmensos y vacíos, destartalados y con las ventanas rotas. Hattie habían vivido un tiempo allí y era difícil creer, dada su innata i bondad, que se había criado en esas grises y desoladas callejuelas. Se había ofrecido para ocuparse de Jammie 17, pero me pareció que ya tenía trabajo suficiente con mi madre.
– -¡Miau!
– -Por favor. --Lo deposité sobre mis piernas y casi rebasé al Carrera mientras lo hacía. Sam dejaba la 1-95 y se dirigía a la rampa de salida de la autopista; su coche circulaba casi paralelamente al mío. Mierda. Lancé el coche a un lado y frené. El Carrera pasó de largo y cogió la rampa, y yo arriesgué la vida dando marcha atrás por el arcén para cogerla. Jammie 17 se había dormido, ajeno a todo.