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Электронная книга - «Único Destino». Краткое содержание книги:

Las cartas que Kyla escribía a su marido, el sargento Richard Stroud, hablaban de otro mundo, de un amor que se extendía por océanos enteros y unía a la joven pareja para siempre. Pero la tragedia acabó con el matrimonio demasiado pronto y Kyla se quedó sola con su hijo recién nacido. Richard le dejó sólo una caja de metal que contenía sus cartas de amor.
Trevor Rule había sido el mejor amigo de Richard y al que el difunto le había dejado las cartas de su esposa. Con cada línea que leía, Trevor se enamoraba más y más de la mujer dulce y apasionada que las había escrito. Ahora tenía que hacerla ver lo que sentía y convencerla de que ambos tenían derecho a ser felices superando la tragedia de la muerte de Richard.
Pero Trevor ocultaba un secreto que podría poner en peligro el amor por el que tanto estaba luchando.
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Kyla volvió a mirar a Trevor.

– A lo que me refería es a que cuando un niño duerme en un sitio desconocido suele estar intranquilo. Pero, aparentemente, a Aaron no le ha perturbado el cambio.

El niño ya estaba dormido. Su respiración era acompasada. Kyla se llevó una mano a la boca para disimular un bostezo mientras salía del cuarto. Trevor iba tras ella.

– Tú también estás reventada -dijo él mientras le ponía las manos en los hombros. Sus dedos empezaron a deshacer los nudos que atenazaban los músculos de la espalda de Kyla. Se acercó más a ella y apoyó su mejilla en la de ella-. ¿Qué te parecería un baño caliente en el jacuzzi del porche?, ¿te gustaría?

Sonaba celestial. Kyla no podía pensar en nada mejor que sumergirse en una bañera de agua caliente llena de espuma.

– Yo también me bañaré contigo.

Ni en nada más peligroso que compartir esa experiencia tan sensual con Trevor. Se dio la vuelta.

– Si no te importa, Trevor, creo que me iré directamente a la cama. Este fin de semana ha sido de locos y tanto ajetreo me está pasando factura.

– De acuerdo.

Kyla pensó que él trataba de ocultar su decepción. Se había casado con ella a pesar de saber que todavía amaba a otro. ¿No estaba siendo poco generosa?

– A menos que tú tengas muchas ganas.

Él sacudió la cabeza con impaciencia.

– No. Sé que estás cansada. Buenas noches.

Le puso las manos en la nuca y el echó la cabeza hacia atrás apoyando los pulgares debajo de la barbilla. Posó lo labios sobre los de ella con firmeza, los separó, esperó a que ella encontrara el ángulo adecuado y, cuando lo hizo, deslizó la lengua en su boca como si fuera una espada de terciopelo.

Fue un beso apasionado. Su técnica depurada encendió el deseo de Kyla hasta el punto que ésta habría jurado que diminutas lenguas de fuego lamían su cuerpo.

Cuando Trevor la soltó, ella se dejó caer contra él sin poder remediarlo. El beso la había dejado agotada.

– Buenas noches -dijo con voz ronca, y se fue hacia el dormitorio con la esperanza de que sus pasos no parecieran demasiado vacilantes.

Trevor estaba sentado en medio de la oscuridad. Con los tacones, impulsaba el balancín hacia delante y hacia atrás.

Dejó en el suelo del porche el vaso de whisky que había estado bebiendo. No necesitaba del alcohol, no necesitaba nada que lo calentara aún más, nada que incrementara las llamas que ardían en su interior.

Necesitaba a Kyla. Desnuda. Debajo de él. Necesitaba hundir en ella esa parte de su cuerpo que tanto la ansiaba. Dejó escapar una palabrota y golpeó su cabeza contra la gruesa cadena que sujetaba el balancín hasta que empezó a dolerle.

¿Llegaría a amarlo alguna vez?, ¿llegaría a desearlo como la deseaba él? Hasta ese momento había conseguido lo que se había propuesto. Aaron y ella vivían bajo su techo, compartían su vida con él, disfrutaban de su protección.

Pero ella y él todavía no dormían en la misma cama. ¿Lo amaría Kyla algún día tanto como él a ella?

Posiblemente.

«Pero jamás si descubre quién eres».

Tenía intención de revelarle antes de casarse que el legendario Besitos era él, pero se había disuadido a sí mismo de hacerlo. Mejor estar legalmente unidos antes de soltar la noticia.

Había decidido que se lo diría al día siguiente de su boda, después de una noche de amor que los uniría también físicamente. Buenas intenciones no le habían faltado.

Maldita fuera, no era culpa suya si todavía no habían tenido una noche de bodas en condiciones. ¿O no?

«Pero a estas alturas ya deberías habérselo contado», argüyó su conciencia.

– Sí, ya lo sé -respondió en voz alta.

Pero ¿cómo?, ¿cuándo? Qué momento podía resultar adecuado para decir: «No nos conocimos por casualidad. Yo lo había planeado todo porque, antes de verte, ya sabía que quería casarme contigo y daros un hogar a tu hijo y a ti». ¿Por qué? Bueno, porque soy el responsable de la muerte de tu marido y siento que os lo debo, a él y a ti. Ah, y además me he enamorado de ti.

Tras repetir aquella obscenidad, se levantó del balancín y se puso de pie.

Después de revelarle quién era, Kyla no creería que se había enamorado de ella. De ser a la inversa, él desde luego no se lo creería.

Apoyado contra el muro de la casa, se quedó allí de pie con la vista perdida en la oscuridad.

– ¿Qué demonios voy a hacer? -preguntó a la noche.

Sabía que con un poco de habilidad por su parte, podría conseguir que se rindiera a sus avances sexuales. Conocía lo bastante a las mujeres como para darse cuenta de que ella lo deseaba, sólo tenía que reconocerlo ante sí misma. Pero ésa era la clave, que lo reconociera ante sí misma. Cuando por fin hicieran el amor tendría que ser por iniciativa de ella. «Dios, que no tarde mucho». Así luego no podría acusarlo de haberse aprovechado de ella también en ese sentido.

«Tienes que contárselo», le recordaba su conciencia.

– Pero antes tengo que ganármela.

No tenía que contárselo esa noche, ni a la mañana siguiente. Ni siquiera la semana siguiente. Viviría al día. Cuando ella comprendiera cuánto la amaba, entonces se lo contaría. Cuando llegara el momento oportuno.

«¿Y si no llega nunca?», inquirió su conciencia.

No quería seguir oyendo. Empezó a pensar en la mujer que dormía en su cama. Se imaginó un reloj de arena. La arena era del color del pelo de Kyla y caía por el estrecho paso. Los granos caían de uno en uno, cada grano era una caricia. Y su resistencia se iba reduciendo.

– Se te está acabando el tiempo, Kyla -el suspiro ronco no era una amenaza. Era una promesa.

– Siento llegar tarde -se disculpó Kyla casi sin respiración mientras empujaba la puerta trasera de Traficantes de pétalos. Tenía los brazos ocupados, llenos de catálogos, libros de contabilidad y órdenes de pedido, que se caían al suelo a pesar de que se esforzaba por retenerlas entre los brazos y el pecho. Dejó todo encima del escritorio y se detuvo a tomar aire. El viento la había despeinado y Aaron le había babeado la blusa.

– ¿Qué te ha pasado esta mañana? -preguntó Babs con dulzura-. ¿Algo te ha retenido en la cama?

Kyla fingió no captar el doble sentido.

– No te puedes imaginar el lío que hemos organizado para vestirnos, desayunar y salir de casa los tres a la vez -Kyla se dejó caer en la silla y respiró hondo.

Babs se rió.

– ¿El síndrome de la luna de miel?

– ¿Qué? -Kyla frunció el ceño mientras Babs se sentaba de medio lado en una esquina del escritorio y se inclinaba hacia ella con expresión ávida.

– Yo sé muy bien por qué llegas tarde. ¿Es tan bueno como parece?

Kyla se levantó con el pretexto de recoger los papeles que se le habían caído.

– ¿Quién?

– ¿Quién? Por amor de Dios, Kyla, ¿con quién acabas de casarte? Trevor, ¿quién va a ser?

– Ah, Trevor -dijo Kyla, ausente, dando la espalda deliberadamente a su perspicaz amiga-. Bueno, ¿en qué sentido?

– No me vas a contar nada, ¿verdad?

Kyla se encaró con Babs.

– ¿Sobre mi vida sexual? No. En primer lugar, no es asunto tuyo. Y en segundo, no se me ocurre por qué te puede interesar.

– Pues me interesa -dijo Babs, brincando de la mesa y siguiendo a Kyla al interior de la tienda-. Con todos los detalles que puedas aportar.

– ¿Tenemos algún pedido?

– ¿Es del tipo ruidoso, impulsivo, tempestuoso?

– A lo mejor deberíamos cambiar el escaparate esta semana.

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