La Marca del Asesino
- Автор: Роулэнд Лора Джо
- Серия: Sano Ichiro #6
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «La Marca del Asesino». Краткое содержание книги:
Por primera vez desde que trabajan juntos en la resolución de los crímenes más variopintos, la singular pareja formada por Sano Ichiro y su combativa esposa Reiko se ve abocada a dos casos independientes. En efecto, una oleada de muertes inexplicables se abate sobre los más altos funcionarios imperiales y, cuando le toca el turno a Ejima Senzaemon, jefe del servicio de espionaje del sogún -asesinado misteriosamente durante una carrera de caballos en el castillo de Edo-, Sano recibe la orden de hacerse cargo. Entretanto, a petición de su padre, el juez Ueda, Reiko ha de investigar una turbia trama secreta con el fin de demostrar la inocencia de Yugao, una hermosa joven que se ha declarado culpable de cometer un espantoso crimen. Cuando en el transcurso de sus respectivas pesquisas Sano y Reiko descubren estupefactos que el hombre que él intenta atrapar y la mujer que ella intenta salvar están relacionados de algún modo, y que detrás de todo ello puede haber un movimiento clandestino para derrocar al sogún, enseguida comprenden que no sólo hay en juego vidas inocentes, sino la estabilidad del país. Ahora, todo dependerá de su acierto en desentrañar un laberíntico caso de ramificaciones y consecuencias imprevisibles.
– Me gustaría saber dónde estaba el capitán Nakai cuando Ejima fue a la tienda de incienso y Sasamura visitó al prestamista. Por cierto, tenemos una nueva línea potencial de investigación. -Y le habló a Hirata del sacerdote Ozuno.
Sonó un rápido ruido de cascos sobre el pavimento a sus espaldas. Una voz gritó:
– ¡Honorable chambelán!
Sano y su grupo se volvieron para ver acercarse dos hombres a caballo. Uno era un guardia del castillo, el otro un samurái adolescente, vestido con un recargado quimono de satén negro con estampado de ramas de sauce verde y olas plateadas, como si fuera a algún fasto. Los dos detuvieron sus monturas e hicieron reverencias a Sano. El guardia tomó la palabra:
– Disculpad la interrupción, pero éste es Daikichi, paje del coronel Ibe del Ejército. Trae un mensaje importante para vos.
El paje habló atropelladamente, casi sin aliento:
– Vengo con motivo de vuestra orden de informaros directamente de cualquier muerte repentina.
– ¿Se ha producido otra? -preguntó Sano, intercambiando una mirada de alarma con Hirata.
– Sí. -Al paje le tembló la voz, y sus nítidos y jóvenes ojos se humedecieron-. Mi señor acaba de morir.
Sano sintió una oleada de consternación.
– ¿Dónde?
– En Yoshiwara.
El famoso barrio del placer de Edo se encontraba en la periferia septentrional de la ciudad. Muchos hombres encaminados a Yoshiwara, único lugar de la capital donde era legal la prostitución, viajaban allí por trasbordador remontando el río Sumida, pero Sano, Hirata y los detectives tomaron el camino más rápido por tierra, a caballo. Más allá del dique de Japón, el largo paso elevado por el que cabalgaban, se extendían los arrozales inundados, verdes y lozanos. Por ellos andaban medio sumergidos los campesinos, arrancando malas hierbas y pescando anguilas con redes. Lirios y azucenas florecían en el canal Sanya, bordeado de sauces, donde las garzas se posaban en aguas crecidas por las lluvias de primavera. Las gaviotas planeaban y graznaban – en el límpido cielo turquesa. Sin embargo, Sano observó que la lucha política había contaminado hasta ese entorno bucólico.
Escuadrones de jinetes armados escoltaban a funcionarios samuráis. Los mercaderes que viajaban en palanquín iban protegidos por guardaespaldas ronin a sueldo. Al pasar por delante de los salones de té que jalonaban el acceso a las puertas de Yoshiwara, Sano vio deambulando entre ellos a soldados con el emblema de los Matsudaira, en busca de rebeldes fugitivos. Yoshiwara era un lugar de mucha elegancia, lujoso entretenimiento y sofisticación, pero Sano sabía que no estaba exento de violencia. Hacía dos inviernos había investigado un homicidio en la zona; seis años atrás había frustrado un intento de asesinato. Ahora era el escenario de otra muerte en circunstancias sospechosas.
Dejaron los caballos en un establo cercano al foso que rodeaba Yoshiwara y cruzaron el puente. Unos centinelas civiles los dejaron pasar por la puerta roja y con tejado abierta en el alto muro que impedía que las cortesanas salieran. Dentro, pasaron por delante de las casas de placer que bordeaban Nakanocho, la calle principal. De los salones de té abarrotados de hombres surgían estallidos de risas; la música de samisén flotaba en el aire. Los clientes paseaban y miraban alelados a las mujeres expuestas en los escaparates con barrotes de todos los burdeles salvo uno, el Mitsuba. Estaba situado en el extremo más alejado y menos prestigioso de la calle, y estaba especializado en clientes que buscaban mujeres de precio más asequible o entretenimientos más agitados que los ofrecidos en los mejores locales. Allí, según su paje, había muerto el coronel Ibe. Unas persianas de bambú tapaban las ventanas. Un vacío fúnebre amortajaba el edificio.
El detective Marume levantó la cortina de la entrada y llamó:
– ¡Hola! ¿Hay alguien?
Salió un samurái. Era un hombre canoso de rasgos finos y definidos, con un aire de dignidad puesto en entredicho por el rubor de sus mejillas, resultado de un exceso de bebida. Saludó a Sano con cortesía y dijo:
– Soy el teniente Oda, asesor principal del coronel Ibe. Debéis de haber recibido el mensaje que os envié.
– Sí -confirmó Sano-. Gracias por avisarme con tanta prontitud. -El y sus camaradas entraron en el vestíbulo, donde esperaba el vigilante. Se oían murmullos dentro del edificio-. ¿Dónde está el coronel Ibe?
– Os lo enseñaré.
El teniente los condujo por un pasillo. A la izquierda había dos habitaciones. En una había un grupo de samuráis; en la otra, un grupo de mujeres, vestidas con vistosos quimonos y maquilladas con carmín y polvo blanco de arroz, formaba corro con un puñado de hombres y mujeres mayores, seguramente el dueño y las criadas del burdel. Sano detectó resignación e impaciencia en algunas caras, temor en otras.
– He retenido a todo aquel que se encontraba en la casa cuando ha muerto el coronel Ibe y no he dejado entrar a nadie más -explicó el teniente Oda.
– Agradezco vuestra cooperación -dijo Sano. Oda descorrió una puerta del otro lado del pasillo. Sano entró en un salón. El suelo estaba cubierto de cojines, instrumentos musicales, decantadores de sake y vasos. Bandejas laqueadas contenían platos a medio comer que sugerían un banquete interrumpido. El coronel Ibe estaba de rodillas, con la parte superior del cuerpo caída sobre una bandeja. Sano, Hirata y sus detectives contemplaron el cuerpo. El coronel Ibe pasaba de los cincuenta años, como revelaba su moño veteado de gris. Sano lo había conocido unos meses atrás, en una reunión, pero en ese momento le resultó casi irreconocible. Tenía el cuello torcido de lado y los ojos abiertos pero vidriosos; en su cara de luna había una congelada expresión de sorpresa. Se le veía comida masticada en la boca abierta. Su cuerpo recio estaba desnudo a excepción de una bata a rayas rojas y doradas que llevaba ceñida a la cintura, con el torso a la vista.
– Menuda juerga. -El detective Marume recogió del suelo un taparrabos de hombre y el quimono interior blanco de una mujer. Había más ropa desperdigada.
– Lo que es una suerte para nosotros -dijo Sano, consciente de que Oda los escuchaba desde la puerta y satisfecho de que sus hombres no tuvieran que examinar el cadáver quebrantando la ley-. Aquí mismo tenemos la marca del dim-mak. Señaló la espalda del coronel. Se apreciaba un leve cardenal con forma de huella dactilar, entre dos vértebras. El teniente Oda se acercó y contempló desolado la contusión. -¿Entonces lo han matado del mismo modo que al jefe de la metsuke?
– Por desgracia, sí -respondió Sano.
– Luego es verdad. Existe alguien que posee el poder de matar con un simple roce. -Asombrado, el teniente echó un vistazo alrededor, como si temiera por su propia seguridad-. ¿Quién puede ser?
– Eso es lo que debo averiguar -dijo Sano. Después de cinco asesinatos, su misión era más urgente que nunca: otro hombre había muerto porque él no había atrapado al asesino. Hundido por la sensación de responsabilidad fallida, ocultó sus emociones tras una expresión impasible. El olor de la muerte se entremezclaba con el aroma del vino y la comida rancia. Sano sintió la presencia del mal, aunque el asesino se hallara muy lejos en el espacio y el tiempo. Fue a la puerta exterior y la abrió de par en par, para que entrara el aire fresco del jardín, y luego se volvió hacia Oda-. Necesito vuestra ayuda.
– Por supuesto. -Daba la impresión de que el impacto había devuelto la sobriedad de golpe al teniente; el rubor de sus mejillas había palidecido.
– Decidme quién ha tenido contacto con el coronel Ibe en estos últimos dos días.
– Sé de algunas personas, pero no todas… Yo no lo acompañaba a todas partes -dijo Oda-, pero sus guardaespaldas sí. Están en la habitación del otro lado del pasillo. ¿Los llamo?
Sano asintió y el teniente hizo pasar a dos jóvenes samuráis al salón. Recitaron una larga lista de parientes, colegas y subordinados que se habían cruzado con el coronel Ibe durante ese periodo. Cuando terminaron, Sano e Hirata sacudieron la cabeza: por lo que recordaban, ninguna de las personas mencionadas coincidía con las que habían tenido contacto con las anteriores víctimas.