Las Marismas [Mýrin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Серия: Erlendur (es) #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Marismas [Mýrin - es]». Краткое содержание книги:
Los inspectores, Erlendur y Sigurdur Óli, se enfrentan en los dos casos a enredados y complicados pasados de familias aparentemente corrientes.
«Verosímil, bien construida, conmovedora e inteligente.» Times Literary Supplement
«Fascinante, original y desconcertante.» Val McDermid
– ¿Qué mierda de sentido del humor es ésa? -exclamó Erlendur elevando la voz de repente-. ¿Habrá alguna manera de sacaros una maldita frase que no sea para mearse de risa?
– Es posible que Grétar no esté aquí mezclado con los cimientos -insistió Elinborg.
– ¿Cómo? -dijo Erlendur.
– ¿Quieres decir que puede ser que esté vivo? -preguntó Sigurdur Óli.
– Me imagino que él lo sabía todo sobre Holberg -respondio Elinborg-. Se había enterado de lo de la hija porque, si no, no hubiese fotografiado su tumba. Seguro que sabía también cómo fue concebida. Si Holberg tenía otro hijo, también lo habría descubierto.
Erlendur y Sigurdur Óli la miraron con interés.
– Tal vez Grétar sigue entre nosotros -continuó Elinborg-, y está en contacto con el hijo. Ésa sería una explicación de cómo el hijo conoce a Elín y a Audur.
– Pero Grétar desapareció hace veinticinco años y nadie ha vuelto a saber de él -dijo Sigurdur Óli.
– Que haya desaparecido no significa que esté muerto -repuso Elinborg.
– Así que… -empezó a decir Erlendur, pero Elinborg le interrumpió:
– Pienso que no debemos excluir ninguna posibilidad. ¿Por qué no contar con la probabilidad de que Grétar siga vivo? Nunca se encontró su cadáver. Podría haberse ido al extranjero. Quizá le bastó con marcharse a otro lugar del país. Nadie se entrometía en su vida. Nadie lo echaba de menos.
– No recuerdo nada parecido -dijo Erlendur.
– ¿Parecido a qué? -preguntó Sigurdur Óli.
– A que un hombre desaparecido reaparezca en escena veinticinco años después. Las desapariciones en este país suelen ser siempre definitivas. Nunca regresa nadie después de veinticinco años.
Nunca.
Capítulo 31
Erlendur los dejó en Las Marismas y se fue a ver al forense. El médico estaba terminando de examinar a Holberg y cuando llegó Erlendur tapó el cadáver. Los restos mortales de Audur no estaban a la vista.
– ¿Has encontrado el cerebro de la niña? -preguntó el forense cuando Erlendur entró.
– No -dijo Erlendur.
– He hablado con una catedrática, una vieja amiga mía de la universidad. Le expliqué el caso (espero que eso no sea un problema) y se sorprendió de nuestro pequeño descubrimiento. ¿Has leído la novela de Laxnes?
– ¿Sobre Nabucodonosor? Sí, me ha venido a la mente últimamente -dijo Erlendur.
– ¿No se llama Luja, la novela? Hace mucho que la leí, pero recuerdo que trata sobre unos estudiantes de medicina que roban un cadáver y llenan el ataúd de piedras, que es la manera más sencilla de camuflar el robo. Antiguamente, tal como se explica en la novela, salvo que la familia lo prohibiera, a la gente que se moría en los hospitales se les solía hacer la autopsia y los resultados se utilizaban para la enseñanza. Algunas veces se sustraían muestras, cualquier cosa, desde cerebros hasta pequeñas porciones de tejido. Luego se cerraba todo y el muerto se enterraba con honores. Ahora todo es diferente. Se necesita de antemano el permiso de los familiares para hacer una autopsia y no se extraen muestras para la enseñanza ni para investigación, salvo en contadas ocasiones y con ciertas condiciones. Creo que ya no se roba nada.
– ¿Crees?
El forense se encogió de hombros.
– No estamos hablando de donación de órganos, ¿verdad? -dijo Erlendur.
– No, todo lo contrario. La gente normalmente está dispuesta a hacer donación cuando se trata de salvar vidas.
– ¿Y dónde puede haber una colección de órganos?
– Hay miles de muestras en esta misma casa -explicó el forense-. La mayor parte pertenecen a la llamada Colección Dungal. Ésa es la mayor colección de órganos del país.
– ¿Me la puedes enseñar? ¿Tienes un registro donde se explique la procedencia de las muestras?
– Todo está perfectamente registrado. Me tomé la libertad de buscar nuestra muestra particular, pero no la encontré -dijo el forense.
– Entonces, ¿dónde puede estar?
– Tendrás que hablar con la catedrática, a ver qué te dice. Creo que hay algunos registros en la universidad.
– ¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Sabías ya todo esto cuando descubriste que faltaba el cerebro? -preguntó Erlendur.
– Habla con la catedrática y luego vuelve aquí. Supongo que ya te he contado demasiado.
– ¿Los registros de la colección están en la misma universidad?
– Sí, según creo -dijo el forense.
Apuntó el nombre de la catedrática y se lo entregó a Erlendur.
– ¿Así que conoces la Ciudad de Tarros? -preguntó Erlendur.
– Llamaron Ciudad de Tarros a una de las habitaciones de aquí. Pero ya está cerrada. No me preguntes qué fue de los tarros porque no tengo ni idea.
– ¿Te incomoda hablar de esto?
– Déjalo ya.
– ¿Cómo dices?
– Déjalo.
La catedrática, presidenta del departamento de medicina de la Universidad de Islandia, se llamaba Hanna. Se quedó mirando a Erlendur desde el otro lado de la mesa como si fuera un microbio al que había que eliminar del despacho cuanto antes. Era algo más joven que él, muy resolutiva, de respuesta rápida, y daba la impresión de que no soportaba las tonterías o las pérdidas innecesarias de tiempo. Cuando Erlendur empezó a dar largas explicaciones sobre la razón de su visita a su despacho le dijo que fuera al grano. Erlendur disimuló una sonrisa. Ella le había caído bien enseguida, a pesar de que sabía que iban a pelearse como el perro y el gato antes de que terminase la reunión. Vestía traje chaqueta oscuro, era algo gruesa, iba sin maquillaje, tenía el pelo corto, de color rubio, las manos fuertes y la cara seria. A Erlendur le habría gustado verla sonreír. No tuvo esa suerte.
La había interrumpido en medio de una clase. Sin pensarlo, había llamado a la puerta del aula preguntando por ella. La catedrática abrió la puerta y le pidió que por favor esperara hasta que terminara la clase. Erlendur se quedó en el pasillo, como un niño castigado, hasta que la puerta se abrió de nuevo, quince minutos más tarde. Hanna salió y, caminando a paso rápido delante de Erlendur, le indicó que la siguiera. Le costó alcanzarla. Iba deprisa y parecía dar dos pasos por cada uno que daba él.
– No logro entender qué es lo que la policía de investigación criminal quiere de mí -dijo Hanna mientras caminaba, volviendo la cabeza para ver si Erlendur la seguía.
– Eso lo sabrás a su hora -repuso Erlendur con la respiración entrecortada.
– Eso espero -añadio Hanna, y le invitó a entrar en su despacho.
Cuando Erlendur la puso al corriente de su misión, se quedó pensativa durante un largo rato. Él logró captar su atención cuando le contó lo de Audur, su madre y la autopsia, el diagnóstico y el cerebro desaparecido.
– ¿Dónde dijiste que fue ingresada la niña? -dijo por fin.
– En el hospital de Keflavík. ¿Cómo conseguís órganos para la enseñanza?
Hanna miró fijamente a Erlendur.
– No entiendo lo que quieres decir.
– Utilizáis órganos con fines didácticos -explicó Erlendur-. Muestras biológicas, creo que lo llamáis. No soy ningún especialista, pero mi pregunta es: ¿cómo los conseguís?
– Creo que sobre eso no tengo por qué darte ninguna explicación -dijo Hanna, y empezó a hojear algunos papeles que estaban sobre su escritorio, como para demostrar que estaba demasiado ocupada para hablar con él.
– Es muy importante para nosotros saber si ese cerebro aún existe. Posiblemente figurará en vuestro registro. Fue investigado en su tiempo, pero luego no fue devuelto a su sitio. Seguramente eso tiene una explicación sencilla. Supongo que se necesitaba tiempo para investigar el tumor y había que enterrar el cadáver. La universidad y los hospitales son los lugares idóneos donde depositar los órganos. Puedes quedarte sentada ahí, tiesa como un palillo, pero en ese caso yo haría varias cosas que os incomodarían, tanto a ti como a la universidad y a los hospitales. Es asombroso lo que uno puede llegar a contar con la prensa, a pesar de lo pesados que son.