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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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A Nancy se le iluminó el rostro. Kevin cogió el maletín, ella le dio la bolsa de pistachos.

– ¿Lo dices en serio? -preguntó ella.

Ir a un motel a hacer el amor era algo que Nancy anhelaba repetir desde que fueron, por primera vez, en su época d universitarios.

– Te llamaré a primera hora de la tarde y, si puedo, iremos -le prometió él.

Kevin volvió a besarla y fue a coger su Lexus. Se juró que aquélla iba a ser la última vez que tuviese la más mínima relación sexual con Kelly, o con cualquier otra azafata de compañía. Podría serle fiel a su esposa, pero no era un santo. Si jugaba con fuego, tarde o temprano se quemaría. Estaba decidido a hablarlo con Burt, ya que era un deber de cortesía para con el hombre que tanto había hecho por él. No pensaba seguir por aquel camino. En adelante, Lancelot tendría que invitar a una chica menos a la «fiesta» o montárselo él con dos. Sir Tristán no quería saber nada más del asunto.

Enfiló con el coche hacia Midtown Tunnel. El barco de Dreiser, un espléndido Bertram de doce metros de eslora, tenía el amarre en un club náutico del puerto deportivo del Hudson, cerca de la calle 77. De modo que pensó ir por la calle 42 hasta enlazar con la autopista West Side. No obstante, en seguida cambió de idea y fue por la FDR. Era mejor ir por la calle 72 y atajar por el Central Park. Si tenía un poco de suerte llegaría con mucho tiempo de antelación y, como llevaba miniordenador en el asiento de atrás, podría adelantar trabajo. Aquel ordenador portátil le había costado 4.500 dólares (más de lo que ganaba en seis meses cuando empezó a trabajar).

Introdujo un compacto de Sinatra en el radiocasete y subió las ventanillas. El sistema de sonido era extraordinario. «¡Qué gozada! -se dijo Kevin-. Un alto cargo, una casa de ensueño y toda clase de lujos.» Su vida iba… sobre ruedas. Nunca mejor dicho, pensó. Sin embargo, no paraba de darle vueltas a la cabeza. Era de esa clase de personas que siempre tratan de anticiparse a lo peor, de atisbar los nubarrones por más despejado que estuviera el cielo.

Lo de Evelyn DellaRosa no era, probablemente, más que un caso de asombroso parecido físico, combinado con su exceso de imaginación.

El tráfico era más fluido de lo habitual, y Kevin llegó al embarcadero con casi media hora de adelanto. Aun así, Burt ya estaba en su yate y desayunaba en la cubierta de popa.

Pese a sus cincuenta y un años, era todavía apuesto. Tenía facciones de patricio. Las grisáceas canas que contrastaban con su pelo negro le daban un aspecto interesante.

– Estuve ayer en la ciudad -dijo Burt, que tras saludar a Kevin lo invitó a sentarse-. Tome café o zumo de naranja, si le apetece.

«Si dice en la ciudad, quiere decir en el barco -pensó Kevin-. Y en el barco, significa con Brenda Wallace.» Quizá lo hubiese llamado para hablarle de ella… Burt podía necesitarlo como tapadera.

– Si ha de quedarse en la ciudad -dijo Kevin-, no tiene más que cruzar el Hudson.

– ¿Tiene ya la casa?

– Me parece que la tendremos hoy mismo, o mañana.

– En Port Chester, ¿verdad?

– Sí.

– Port Chester tiene zonas magníficas, muy bonitas.-La casa es preciosa. Nancy se va a volver loca de contenta si firmamos el contrato.

– Si tienen algún problema, dígamelo. Se me da bien encontrar soluciones.

– Gracias.

Dreiser lanzó por la borda de la popa lo que quedaba de su panecillo. Una gaviota lo cazó al vuelo.

– Bueno, ¿qué le ocurre a usted con la Tabla Redonda? -preguntó Dreiser sin rodeos.

Kevin se quedó lívido.

– ¿Qué quiere decir?

– Mire, Kevin, me nombraron miembro de la Tabla Redonda hace cinco años, poco después de que se fundase. Cuando acepté la presidencia de Crown no tuve más remedio que distanciarme del grupo. Nuestro tácito acuerdo es que si, en cualquier momento, la Tabla Redonda es objeto de una investigación oficial, los directores ejecutivos de la compañía negarán tener conocimiento de su existencia. Los caballeros se inclinaban, simplemente, por dejar mi puesto vacante, quizá con miras a incorporar a alguien de otra compañía. Me costó Dios y ayuda convencerlos para que me dejasen elegir un sustituto de Crown.

– Me alegro de que lo consiguiera.

– Tiene motivos para alegrarse. Permítame que le aclare lo que, para nosotros, significa pertenecer a la Tabla Redonda. Hace cosa de un año, uno de los caballeros resultó gravemente intoxicado a causa de la comida de un condenado restaurante chino. Lo ingresaron en el hospital, tuvo un fallo cardíaco y murió. Al director ejecutivo de su compañía no se le permitió recomendar un sustituto porque habían surgido problemas con el difunto miembro. Los caballeros, sin exceptuarme yo, opinaban que no se identificaba lo bastante con nuestros fines. Los demás miembros no tenían confianza en él. De no haber muerto, a corto plazo lo habrían echado del grupo. Hubiese sido la primera vez que ocurría. Pero a menos que no modificase su actitud, habría ocurrido. Al quedarse sin representación, su compañía, la Mutual Cooperative Health, perdió del orden de los diecinueve millones de dólares el pasado año. Perder diecinueve millones de dólares es un «palo» que no quiero que Crown tenga que encajar jamás.

– ¿ Y bien?

– Como le he dicho muchas veces, Kevin, sus compañeros son personas muy cautas y recelosas. Lo de esa periodista… ¿cómo se llama?

– Se hace llamar Désirée, pero me parece que su verdadero nombre es Evelyn, Evelyn DellaRosa. Por lo visto…

– Pues bien: lo de esa periodista los tiene intranquilos. Los preocupa lo que usted haya podido decirle a ella.

– No le dije…

– Kevin, por favor… -lo atajó Dreiser-. Déjeme terminar.

– Perdone -farfulló Kevin.

– No es que los tuviese usted en contra, es que, sencillamente, usted era nuevo, y como no lo conocían, no se fiaban del todo de usted. Es comprensible, ¿no cree?

– Sí.

– Estupendo. Mire usted, Kevin, aquí la palabra clave es confianza. Si sus compañeros no se sienten cómodos con usted, no pueden tener confianza, y si no confían en usted, querrán que abandone el grupo. Me temo que eso significaría que Crown quedase fuera también, y eso nos perjudicaría mucho, Kevin. Podríamos perder veinte millones de dólares en un año, y quién sabe cuánto en años venideros. Nos perjudicaría mucho.

– Entiendo.

– Entonces, ¿por qué demonios llama usted a Lancelot para quejarse de la chica que le asignaron? -le reprochó Dreiser, un poco alterado.

Kevin se quedó de una pieza. No imaginaba que tuviesen informado hasta ese punto a su director ejecutivo.

Fue a darle una excusa a Dreiser, una justificación, pero no se molestó. Estaba convencido de que, en aquellos momentos, Dreiser sólo quería oír una cosa.

– Fue un malentendido -le aseguró Kevin-. No se preocupe, que no volverá a suceder.

– En tal caso, magnífico. Me alegro. Estupendo -dijo Dreiser, que cerró el puño y lo alzó para dar mayor énfasis a sus palabras-. Escuche, Kevin, me tiene sin cuidado lo que haga usted con una chica cuando esté en su habitación con ella, pero cuanto más integrado lo vean los compañeros del grupo, antes logrará ganarse su confianza. Quizá le parezca trivial, aunque, créame: nada de lo que concierne al grupo es trivial porque hay demasiadas cosas en juego.

– Entiendo.

– Bien. Todo le irá perfectamente, sobre ruedas, siempre y cuando no pierda de vista lo que acabo de decirle.

Capítulo 15

Seis días después del funeral de Evie, la víspera del cumpleaños de Harry Corbett, que cumpliría cincuenta, el abrumado médico comprendió que ya no se le creía potencialmente sospechoso de un probable caso de asesinato. Lo consideraban el único sospechoso de un asesinato.

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