La sombra de los dioses
- Автор: Ливек Саймон
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La sombra de los dioses». Краткое содержание книги:
Аннотация
México, 1517. La capital azteca se estremece entre pánico y rumores. Una extraña figura ha sido vista ocultándose entre las sombras de las calles. Un ser con cabeza de serpiente y el cuerpo cubierto con un plumaje verde brillante: Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada. ¿Es un disfraz o es el dios mismo que ha regresado para impedir algún desastre?Yaotl, esclavo del ministro de justicia, tiene asuntos más urgentes de los que ocuparse. Sumergido en la desesperada búsqueda de su hijo, ha escapado de la casa de su poderoso y vengativo amo. Si le capturan, lo único que le espera es un destino horrible… Pero en su huida, Yaotl se topa con un cadáver irreconocible, completamente desmembrado. Mientras une las pistas que le revelarán la identidad del muerto y por qué ha sido asesinado, Yaotl se verá inmerso en una sucia historia de avaricia, celos y lujuria protagonizada por los miembros del exclusivo gremio de artesanos que fabrica los trajes emplumados. Y, como está a punto de descubrir, la investigación de este asesinato le dará la clave para encontrar a su hijo. Pero antes de resolver el misterio, Yaotl necesitará usar todo su ingenio para seguir vivo, pues los secuaces de su amo le pisan los talones…
«La intriga, los personajes bien construidos y grandes dosis de humor negro hacen de esta segunda novela una delicia.» – Historical Novels Review
– Quería la fortuna de mi tío -declaró Cangrejo con contundencia.
– Vago lo intentó con algunas otras chicas antes de fijarse en ella -precisó Furioso-. Era un cabrón; era de esa clase de tipos que están tan convencidos de que las mujeres los encuentran irresistibles que ellas acaban por creérselo. Por lo tanto, no creo que él tuviese que pedírselo dos veces.
– Sin embargo se casaron.
– Por supuesto que sí-dijo Furioso amargamente-, con una generosa dote. Me engañaba a mí mismo creyendo que ella conseguiría calmarlo un poco. Cada vez causaba más problemas en el taller. Las mujeres desatendían el trabajo, y él parecía sentir fascinación por Flacucho. No sé por qué, pero después de casarse su hermano su trabajo fue de mal en peor.
– ¿Fue entonces cuando se marcharon todos juntos? -pregunté-. ¿Cuándo ocurrió?
– A finales del verano pasado. No hace todavía ni medio año.
– Quizá Flacucho sintió nostalgia -comentó Cangrejo-. Estar de nuevo con su hermano después de tantos años debió de recordarle el lugar donde habían crecido juntos.
– Es más probable que pensaran que vivir tranquilamente en Atecocolecan a costa de la dote de mi hija era mucho más sencillo que trabajar -afirmó Furioso-. No niego que me alegré cuando Caléndula me dijo que ella y Vago querían marcharse. Creí que empezarían de nuevo y que se ocuparían de trabajar aquella parcela. Es una buena chica y le hubiera gustado hacerlo. Además, creo que… creo que ella estaba… estoy casi seguro de que ella estaba…
– Embarazada -dijo su sobrino con toda claridad.
– ¿Eso creéis? -Los miré a los dos-. ¡A estas alturas tendría que ser evidente!
– Apenas nos hemos visto desde que se marcharon.
Fruncí el entrecejo con la mirada puesta en el fuego.
– Flacucho y su esposa se marcharon al mismo tiempo.
– Repentinamente, sin dar ninguna explicación. Aunque tampoco se lo habría impedido. Para entonces el trabajo de Flacucho dejaba mucho que desear. Pero… -Un temblor sacudió el cuerpo del plumajero-. ¿Sabes qué temo, Bufón? Creo que vieron su oportunidad. Tenían el dinero de ella, pero no querían que estuviera cerca de ellos. Le han hecho algo. Ha sido cosa de Vago. Quizá ahora mismo está oculto en alguna parte a la espera de que me olvide de lo sucedido antes de reaparecer. ¡Pero no lo haré!
CUATRO AGUA
1
Me permitieron quedarme a pasar la noche. Dormí junto al hogar para aprovechar al máximo su calor. Mientras estuve despierto disfruté comparándolo con lo que había soportado la noche anterior. Me regodeé al recordar el frío, la fatiga y el entumecimiento de los pies mientras el calor de las llamas que se apagaban lentamente acariciaba mi cuerpo. Aún ardían cuando se me cerraron los ojos y me olvidé de todo. Me despertó el lejano toque de trompeta que anunciaba el alba; no quedaban más que brasas, dispuestas a convertirse en fuego una vez más.
En cuando me desperté no perdí el tiempo y emprendí el camino de regreso a Pochtlan. No tenía la intención de abusar más del voluble temperamento de Furioso. Me dije que quizá podría encontrar a Bondadoso y contarle qué había descubierto. Estaba más convencido que nunca de que Vago era la clave para recuperar la propiedad robada. El viejo conocía a su familia y podría darme detalles de su vida. También me preguntaba cuánto sabía el comerciante sobre la historia del atavío, quién lo había encargado y cuánto tiempo pasaría antes de que esa persona comenzara a indagar por su cuenta.
Pero mi preocupación más inmediata era Vago. Seguramente sabía qué le había pasado a mi hijo. Ese pensamiento me hizo acelerar el paso por las oscuras calles desiertas. Si mi hijo estaba vivo, debía encontrarlo lo antes posible. Si no era así, descubrir qué le había ocurrido era el último servicio que podía prestarle.
El tiempo cambió bruscamente, como era habitual en esa época del año. Una densa niebla había bajado de las montañas y había cubierto la ciudad con su manto. Mientras me dirigía hacia el puente que comunicaba con Pochtlan, la niebla me obligó a prestar atención a la senda junto al canal. Había llovido bastante durante la noche y el suelo estaba muy resbaladizo. Cuando vi el puente, alumbrado por una luz oscilante, mis nervios estaban tan tensos que ni siquiera me paré a pensar cuál podía ser el origen de aquella luz.
Lo descubrí en el momento en que pisé el puente.
– ¡Eh, tú, no tengas tanta prisa! ¡Quédate donde estás!
Creía que la llama naranja en el extremo más lejano del puente ardía en un brasero sin vigilancia; no pensé que fuera una tea de pino sujeta por el enorme y calloso puño de un guerrero veterano. Cuando oí su orden me quedé inmóvil, con un pie en el aire; mantuve esa postura durante una eternidad, hasta que conseguí que todos mis músculos resistieran a mi desesperado deseo de echar a correr. Mientras los guerreros venían a por mí, mi cuerpo se hundió y el pie que había quedado suspendido golpeó contra la madera con el sonido hueco de un tambor.
– Vaya, vaya -dijo el hombre que sostenía la antorcha-. ¿Qué tenemos aquí?
En un primer instante, lo único que sentí fue desesperación, porque mi amo y el capitán otomí habían conseguido atraparme.
Era muy fácil imaginar qué ocurriría después. Me llevarían a casa, arrastrado por las calles y sujeto por el pelo por una mano implacable que me produciría un terrible dolor en el cuero cabelludo; los talones se despellejarían por el roce contra el suelo, donde un oscuro rastro de sangre dejaría constancia de mi paso; mientras, los transeúntes asistirían a mis sufrimientos con indiferente curiosidad. Me pregunté qué me tendrían reservado. ¿El otomí querría hacer una demostración de su pericia arrancando dientes con un cuchillo de pedernal, o emplearía una hoja más afilada, quizá una de obsidiana, de esas que se usan para separar la piel de un hombre de su carne, y esta de los huesos pero sin llegar a matar al pobre desgraciado?
Curiosamente, descubrí que no me importaba. Lo único que me dolía era mi fracaso. Nunca averiguaría qué le había sucedido a Espabilado.
Entonces miré de nuevo a los dos hombres que se acercaban.
Ambos eran guerreros veteranos; incluso a la poco fiable luz de la antorcha, sus duros ojos brillantes, los labios apretados y sus piernas y brazos esbeltos y vigorosos bastaban para confirmarlo; por si quedaba alguna duda, llevaban el pelo peinado en forma de columna. Sin embargo, ninguno de ellos era un otomí. En cuanto me di cuenta sentí un aleteo de esperanza. El capitán no enviaría a nadie a capturarme; era de esos tipos que prefieren hacer estas cosas solo.
Aquellos hombres eran lugareños, policías del distrito. Todos tenían sus propios vigilantes. Alguien tenía que ocuparse de mantener el orden dentro de los límites del distrito; ellos se ocupaban de expulsar a los mendigos y vagabundos, de arrestar a los ladrones y borrachos o de pillar a cualquiera que hubiese escapado de un grupo de trabajo o del ejército. Oficialmente, tenían diversos nombres -Calpixque, Telpixque, Calpolleque-, y extraoficialmente los llamaban muchísimas otras cosas, sobre todo aquellos que tenían un largo historial de problemas con la ley.