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Tratamiento criminal

Электронная книга - «Tratamiento criminal». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– Si pudiera decirme dónde vive, se lo agradecería muchísimo.

– Mire usted: en el Village viven muchas personas, por razones muy diversas. Una de esas razones es un respeto a la intimidad, que no es muy frecuente en otros lugares. Vive y deja vivir. Ya me entiende. Si Désirée era su esposa y no le habló de su apartamento de aquí, sus razones tendría.

– Escuche, Thorvald. Evie está muerta -dijo Harry, que no tuvo que esforzarse mucho para darle a su voz un tono apremiante-. Tenía treinta y ocho años, y ha muerto. Habíamos formado un hogar, y teníamos amistades y planes para el futuro. Necesito saber quién era Désirée. Al margen de cómo se hiciese llamar, era mi esposa. Estoy seguro de tener las llaves de ese… apartamento. Usted dígame sólo dónde vivía. Es todo lo que le pido.

Thorvald se acarició la barba y se miró las sandalias.

– Dos portales más abajo -casi susurró el joyero-. Es una puerta recién pintada de rojo. En el segundo piso, creo que me dijo una vez. No estoy seguro porque nunca he estado en esa casa.

– Gracias. Me hago cargo de que se mostrase reacio a decírmelo -reconoció Harry-. No volveré a molestarlo -añadió al ver que Thorvald lo miraba de forma escrutadora.

– Siento la muerte de su esposa -le dijo el joyero al despedirse.

* * *

En la parte superior de la puerta roja había dos pequeños paneles de cristal. Harry se puso de puntillas y miró hacia el interior.

En la portería no había nadie. Miró en derredor para asegurarse de que no lo acechaban y sacó del bolsillo el llavero de Evie. En el fondo, aún confiaba en que todo fuese un malentendido; que hubiese hecho una montaña, imaginado una doble y secreta vida para Evie, aunque ese último atisbo de esperanza se desvaneció cuando introdujo una de las llaves en la cerradura y abrió.

Entró y cerró la puerta. La portería estaba muy mal iluminada y, aunque no se podía decir que apestase, necesitaba una limpieza a fondo. Junto a la entrada había una destartalada mesa en la que el cartero dejaba las revistas y los sobres que no cabían en los buzones (una veintena dispuestos en dos hileras, junto a dos columnas de timbres).

Harry miró las etiquetas de plástico de los buzones, en las que sólo figuraba la inicial y el apellido. En algunos buzones, habían añadido debajo de la etiqueta otros nombres en trozos de papel pegados con cinta adhesiva. La inicial D no aparecía, y ninguno de los apellidos le resultaba familiar. En el buzón del apartamento 2F no había ningún nombre. La llave del llavero de Evie era la de aquel buzón, que estaba vacío.

De pronto, Harry oyó un leve ruido frente al portal. Se dio la vuelta, alarmado, y se le aceleró el pulso. Aunque no vio que nadie mirase a través de los paneles de cristal, estaba casi seguro de que alguien lo espiaba.

Sintió el impulso de asomarse a la calle, pero lo pensó mejor. No podía ser nadie recomendable. Lo importante era subir a echarle una ojeada al apartamento 2F.

El primer piso tenía un angosto pasillo, de paredes estucadas, al que daban las puertas de varios apartamentos y del que partía una escalera sin alfombrar tan estrecha que Harry no entendía cómo se las arreglaban los de los pisos superiores cuando tuviesen que entrar o salir con un sofá o un frigorífico, porque, además, no había ascensor.

Nervioso todavía por su íntima certidumbre de que alguien lo espiaba, subió por la escalera muy despacio y alerta.

El apartamento 2F estaba en la parte de atrás del inmueble. Al acercarse a la puerta, Harry trató de imaginar a Evie por aquel mismo pasillo. Se detuvo a escuchar frente a la puerta. No se oía nada. Llamó con los nudillos y no contestaron. Como al insistir tampoco salió nadie a abrir ni oyó ruido en el interior, Harry se armó de valor e introdujo la otra llave en la cerradura.

Acababa de abrir la puerta del mundo de la mujer que se hacía llamar Désirée.

Capítulo 13

Alumbrado por el resplandor que llegaba del pasillo, Harry encendió la lámpara de la entrada y cerró la puerta.

Había un saloncito sin apenas muebles. El contraste con su piso de la zona alta de la ciudad, inmaculado y espléndidamente decorado, no podía ser más grande. Era el típico estudio de escritor abrumado por el trabajo. Sobre la alfombra había varias carpetas y un montón de páginas mecanografiadas. Como cada carpeta llevaba una etiqueta diferente, Harry dedujo que su esposa trabajaba en distintos proyectos.

Encima de una mesa plegable había una máquina de escribir eléctrica, y al lado, una vieja consola de ordenador, con un PC y una impresora. A la izquierda de la consola, en el suelo, había un televisor, un vídeo y siete u ocho cintas, un botellero semivacío, una grabadora y una veintena de casetes. También había un teléfono. Harry cogió el auricular y, tras comprobar que daba la señal para marcar, colgó. No figuraba el número en el aparato. Lo más probable era que lo tuviesen pocas personas, entre las que, por lo visto, no figuraba Julia, pese a ser íntima amiga de Evie.

El armario del salón estaba vacío. En la cocina sólo vio botellines de agua mineral, una cafetera automática y un microondas, mientras que en los estantes había latas de conservas y bolsas de patatas fritas y almendras. En el frigorífico tenía bandejitas de platos precocinados y media docena de helados de distintos sabores de Ben & Jerry's, su heladería favorita.

El pequeño cuarto de baño, contiguo a la cocina, no tenía bañera, sólo ducha. El champú era de la marca que usaba Evie, y la mezcla de aromas del gel y del jabón le recordó a su esposa. Encima del lavabo había un armario con espejo. Antes de abrir los compartimientos se miró al espejo. Tenía un aspecto horrible (cansado, desencajado y sin afeitar), y se preguntó si Gene Hackman habría tenido alguna vez tan mala cara.

Dentro del armario había varios frascos de píldoras sin etiqueta. Harry reconoció las de Valium, Seconal y las de una variedad de anfetaminas. Supuso que los otros frascos contendrían analgésicos, salvo uno, que tenía un polvo blanco. Harry se echó un poco en el meñique humedecido y se frotó las encías. La casi inmediata sensación de entumecimiento de éstas significaba, muy probablemente, que era cocaína.

A Evie jamás le atrajeron las drogas. No la había visto aceptar nunca en ninguna fiesta, ni siquiera una calada a un cigarrillo de marihuana.

En todo caso, Désirée debía de consumir drogas por pura diversión y de manera intermitente, porque, con doble vida o sin ella, si Evie hubiese sido adicta a alguna droga, él lo hubiese notado.

Harry abrió el cajón de la coqueta, y se le cayó el alma a los pies al ver que no contenía más que preservativos de todas las marcas, estilos y colores, tanto en cajas como individuales. Los había corrientes, de los que se podían comprar en cualquier farmacia, pero otros eran muy característicos de los sex shops.

Harry cogió una de las cajas de preservativos, y en una de las caras decía «Cosquilleo» y en la otra, bajo un lúbrico dibujo, «Placer garantizado para él y para ella». Harry le dio un manotazo a la caja y cerró el cajón, furioso.

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