El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
En los años de reconstrucción, el carrusel había intentado en varias ocasiones reunir los fondos necesarios para rehacer el nodo central. Pero no habían tenido éxito. Los mercaderes y los dueños de las naves se quejaban de que perdían volumen de negocio, ya que era muy difícil aterrizar en el borde en movimiento. Pero los ciudadanos se negaron a permitir que frenaran la rueda, ya que se habían acostumbrado a la gravedad. Al final, alcanzaron un compromiso que no satisfizo a ninguna de las partes. La velocidad de rotación se aminoró en un cincuenta por ciento, lo que redujo a la mitad la gravedad del borde. Aún era problemático amarrar una nave, pero no tanto como antes. Además, decían los ciudadanos, las naves que partían obtenían un impulso extra del carrusel si tomaban una tangente, así que no podían quejarse. Los pilotos no estaban de acuerdo. Señalaban que durante la fase de aproximación ya habían gastado el combustible adicional que les hubiera permitido alcanzar ese empuje.
Pero aquel inusual acuerdo demostró proporcionar beneficios imprevistos. En los años, en ocasiones sin ley, que vinieron a continuación, su carrusel fue inmune a casi todas las formas de piratería. Los okupas optaban por ir a otra parte, y algunos pilotos decidían atracar sus naves a propósito en el borde de Copenhague porque preferían realizar ciertas reparaciones con gravedad, y no en los habituales muelles de caída libre que ofrecían los demás hábitats. Antes del estallido de la guerra, las cosas incluso habían comenzado a resolverse. De la rueda surgieron andamios provisionales en dirección al centro, arranque de los radios en los que se convertirían después, y que vendrían seguidos de un nuevo nodo.
En el borde había millares de diques secos, de diversas formas y tamaños para acomodar a las principales clases de naves intrasistema. En su mayoría estaban empotrados en la parte interior del borde, con su parte inferior abierta al espacio. Las naves tenían que frenar en un muelle, normalmente con la ayuda de un remolcador robótico, antes de anclar con seguridad mediante abrazaderas de amarre de uso industrial. Todo lo que no estuviera anclado volvía a precipitarse al espacio, por lo general para siempre. Eso hacía peligroso trabajar en las naves atracadas, y era una labor que requería resistencia al vértigo, pero siempre había interesados.
Xavier Liu no se había encargado antes del mantenimiento de la nave en la que estaba trabajando (él solo, ahora que sus monos habían ido a la huelga), pero se había ocupado de muchas del mismo tipo base. Era una nave rápida del Cinturón Oxidado, un pequeño carguero semiautomatizado, diseñado para viajes cortos entre hábitats. Su casco era un armazón esquelético del que se podían colgar numerosos tanques de almacenamiento, como los adornos de un árbol de Navidad. El carguero cumplía servicio entre el cilindro de Swift-Augustine y un carrusel controlado por la Casa Correctiva, una enigmática empresa especializada en deshacer discretamente los procesos de cirugía cosmética.
Había pasajeros dentro del carguero, cada uno embalado en un tanque de almacenamiento individual y personalizado. Cuando el transporte había detectado un fallo técnico en su sistema de navegación, había localizado el carrusel más cercano donde pudiera disponer de una reparación inmediata y había planteado una propuesta de trabajo. La empresa de Xavier había devuelto una oferta competitiva y el carguero se había dirigido rumbo a Copenhague. Xavier se había asegurado de tener disponibles unos remolcadores robóticos para conducir al carguero hacia su dársena, y ahora se encaramaba al armazón de la nave, adherido al metal frío y al ralentí gracias a los parches adhesivos de sus palmas y suelas. Del cinto de su traje espacial colgaban herramientas de diversa complejidad, y llevaba un moderno compad sujeto de la manga izquierda. De vez en cuando extendía una línea, la enchufaba a un puerto de datos del chasis del carguero y se mordía la lengua mientras interpretaba los números.
Sabía que el fallo en el sistema de navegación, fuese lo que fuese, resultaría relativamente fácil de arreglar. Una vez localizabas el problema, por lo general solo era cuestión de pedir a los almacenes un componente de reemplazo. Por lo general un mono podría traérselo en pocos minutos. El problema era que llevaba cuarenta y cinco minutos trepando por el carguero, y el origen exacto del error aún se le escapaba.
Eso era un problema, ya que los términos de la oferta lo obligaban a devolver el carguero a su ruta en menos de seis horas. Ya había gastado la mayor parte de la primera hora, incluyendo el tiempo que habían tardado en estacionar la nave. Normalmente, cinco horas era tiempo de sobra, pero comenzaba a tener la preocupante sensación de que aquel iba a ser uno de esos trabajitos en los que su empresa acababa pagando dinero de penalización.
Xavier se arrastró por detrás de una de las vainas de almacenamiento.
—Dame una puta pista, maldito cabrón…
La subpersona del carguero sonó chillona en su auricular:
—¿Ya ha encontrado el fallo que tengo? Estoy ansioso por proseguir mi misión.
—No, y cierra la boca. Necesito pensar.
—Repito, estoy muy ansioso…
—Que cierres la puta boca.
Había una zona despejada cerca de la parte delantera de la vaina. Hasta el momento había evitado prestar demasiada atención a los pasajeros, pero en esta ocasión vio más de lo que pretendía. Había algo dentro, como un caballo con alas, si no fuera porque los caballos, incluso los caballos con alas, no tenían un rostro femenino perfectamente humano. Xavier apartó la mirada cuando los ojos de aquella cara se encontraron con los suyos.
Tiró de su línea hasta otro enchufe, con la esperanza de atrapar esta vez el problema. Quizá en realidad no hubiera ningún problema en el sistema de navegación, solo en la red de diagnóstico de fallos… ¿No había pasado ya en una ocasión algo así, con un carguero que llegó cargado de congelados desde el hotel Amnesia? Miró el indicador de tiempo de la esquina inferior derecha de su visor. Le quedaban cinco horas y diez minutos, y eso incluía el tiempo necesario para pasar los controles de salida y deslizar el carguero de vuelta al espacio vacío. No tenía buena pinta.
—¿Ha encontrado el fallo que tengo? Estoy muy…
Pero al menos eso mantenía su mente apartada del otro tema, se dijo. Yendo contrarreloj, con un espinoso problema técnico por resolver, no pensaba en Antoinette con la frecuencia habitual. No resultaba nada fácil enfrentarse a su ausencia. Xavier no había estado de acuerdo con su pequeña misión, pero sabía que lo último que necesitaba ella era que tratara de convencerla de no hacerlo. Sus propias dudas ya debían de ser lo bastante fuertes.
Así que había hecho todo lo posible por ayudarla. Había intercambiado favores con otra tienda de reparaciones a la que le quedaba algo de espacio libre y habían conducido el Ave de Tormenta a su bodega de servicio, la segunda más grande de todo Copenhague. Antoinette lo había contemplado nerviosa, convencida de que las abrazaderas de anclaje no lograrían sostener ni por un segundo al carguero en su sitio, enfrentadas a sus cien mil toneladas de fuerza centrífuga. Pero la nave había aguantado y los monos de Xavier le habían dado un repaso completo.