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El Equilibrio De La Balanza

Электронная книга - «El Equilibrio De La Balanza». Краткое содержание книги:

Sir Oliver Rathbone es un serio abogado de la época victoriana, que nunca se mezcla en asuntos turbios. Por ello, todo el mundo se extraña cuando acepta defender a la condesa Zorah Rostova, acusada de difamación por haber insinuado que la princesa Gisela ha matado a su esposo, el príncipe Friedrich. El detective William Monk es el encargado de investigar el caso. Tras determinar que sí hubo asesinato, debe descubrir el motivo e identificar al culpable. El equilibrio de la balanza es una nueva incursión de Anne Perry en las luces y las sombras de la Inglaterra victoriana.
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– Veré si puedo averiguar algo -dijo Hester con celeridad, contenta de tener la oportunidad de colaborar-. El barón y la baronesa Ollenheim las conocen bien a las dos. Si pregunto de la forma adecuada, tal vez la baronesa me explique bastantes cosas de Gisela. A fin de cuentas, es posible que Gisela no sienta ningún odio especial por Zorah. Ella ganó y, al parecer, con facilidad.

– ¿Ganó? -Rathbone torció el gesto.

– La batalla entre las dos -explicó Hester con impaciencia-. Zorah era amante de Friedrich antes de que apareciera Gisela. Al menos, una de ellas. Después de Gisela, él no volvió a mirar a ninguna más. Zorah tiene muchos motivos para odiar a Gisela. Gisela no tiene ninguno para odiarla a ella. Lo más probable es que esté tan destrozada por la muerte de Friedrich que no tenga interés alguno en vengar su calumnia. Una vez que se demuestre su inocencia, a lo mejor se contenta con retirarse de nuevo de la escena pública como una heroína, una heroína compasiva. La admirarán aún más por ello. La gente la adorará.

El interés creció en Rathbone. La luz volvió a sus ojos al comprender la idea.

– ¡Hester, eres excepcionalmente perceptiva! Si lograra convencer a Gisela de que la piedad serviría para su propio interés, que la presentaría como si fuera una heroína aún mayor, ¡tal vez fuera ésa nuestra solución! -Se levantó del escritorio y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, pero esta vez no a causa de la tensión sino de una energía nerviosa que aceleraba sus ideas-. Claro que no se lo comunicaré directamente. Tendré que insinuarlo en público, en los tribunales. Tengo que expresarme con cierto doble sentido.

Rathbone agitaba las manos, separadas para ilustrar su idea.

– Por un lado, debo hacer que la compasión parezca tan atrayente que Gisela se deje arrastrar hacia ella. Debo hacerle ver que siempre será recordada por su elegancia y su dignidad, por su piedad, las grandes cualidades de una mujer que harán que el mundo entero comprenda por qué Friedrich renunció a la corona por ella. Y por el otro, he de mostrarle lo feo que sería vengarse de una mujer que ya perdió ante ella en otra ocasión y a quien se le ha demostrado que estaba equivocada. Una mujer, Zorah, que, en el fondo, no es más que una leal patriota dispuesta a arriesgarlo todo por sacar a la luz el hecho de que Friedrich fue realmente asesinado y no falleció de muerte natural, como todo el mundo suponía.

Aceleraba el paso a medida que su cabeza enlazaba ideas.

– Y puedo mostrarle con mucha sutileza que el no estarle cuando menos agradecida por ello sugeriría para algunos que quizá hubiese preferido que el asesinato no hubiese salido a la luz pública. No podrá permitir que nadie piense eso. -Apretó el puño-. ¡Sí! Creo que por fin tenemos una estrategia. -Se detuvo frente a ella-. Gracias, cariño. -Su mirada era radiante y tierna-. Te estoy de lo más agradecido. Me has ayudado muchísimo.

Ella se ruborizó bajo la intensa mirada de Rathbone, sin saber de pronto cómo reaccionar. Debía tener en cuenta que aquello no era más que gratitud, que nada había cambiado entre ellos.

– Hester… Yo…

Llamaron a la puerta.

Simms asomó la cabeza.

– El mayor Barlett ha venido a verlo, sir Oliver. Lleva esperando casi diez minutos. ¿Qué le digo?

– Dile que necesito otros diez -contestó Rathbone-. No, no le digas eso. La señorita Latterly ya se va. Dile al mayor Barlett que siento haberlo hecho esperar, que acabo de recibir información urgente relativa a otro caso, pero que ahora ya estoy listo para atenderle.

– Bien, sir Oliver. -Simms se retiró con aspecto de haber recuperado la confianza. Era un hombre con un profundo respeto por las formas.

Hester sonrió, a pesar de un intrincado sentimiento, tanto de alivio como de decepción, la embargaba.

– Gracias por haberme recibido sin previo aviso -dijo Hester con seriedad-. Te haré saber todo lo que logre averiguar. -Y se volvió para marcharse.

Rathbone se adelantó para abrirle la puerta, estaba tan cerca de ella que podía oler los leves aromas de la lana y la ropa limpia, y sentir la calidez de su piel. Ella salió del despacho y él se volvió para hablar con el mayor Barlett.

Hester regresó a Hill Street resuelta a enfrentarse con la verdad acerca de Robert en cuanto se le presentara la oportunidad o, en caso de que no se presentara, provocarla.

No tuvo que esperar mucho tiempo. El médico acudió otra vez apenas entrada la tarde y, después de ver a Robert, pidió hablar a solas con Hester. En el segundo piso había una habitación disponible. La enfermera cerró la puerta.

El médico parecía preocupado, pero no esquivó su mirada ni intentó suavizar con falso optimismo la crudeza de lo que tenía que decirle.

– Me temo que no puedo hacer nada más por él -empezó, despacio-. Sería injustificado y, según mi opinión, incluso cruel, mantener viva cualquier esperanza realista de que vuelva a caminar, ni… -Esta vez sí que vaciló, intentando encontrar una forma delicada de expresar lo que quería decir.

Hester le ayudó.

– Lo comprendo. No será capaz de utilizar la mitad inferior del cuerpo. Sólo la musculatura automática de la digestión seguirá en uso.

– Me temo que ésa es la verdad. Lo siento.

A pesar de que lo suponía desde hacía tiempo, oírlo hizo que Hester se diera cuenta de que algo en su interior esperaba que su juicio fuera equivocado; esa esperanza murió en aquel mismo momento. Sintió que sobre sus hombros caía un peso, doloroso y duro. Fue como si la última luz se hubiera apagado.

El médico la miraba con gran ternura. Debía detestar las circunstancias tanto como ella.

Hester se obligó a levantar la cabeza un poco y a controlar la voz.

– Haré todo lo que pueda para ayudar a que todos lo acepten – prometió-. ¿Se lo ha dicho ya a la baronesa o prefiere que lo haga yo?

– Aún no se lo he dicho a nadie más. Me gustaría que estuviera usted presente cuando lo haga. A la baronesa le resultará muy duro.

– ¿Y Robert?

– No se lo he dicho, pero creo que ya lo sabe. Esa joven de la que habla, la señorita Stanhope, parece haberlo preparado hasta cierto punto. Aún así, oírlo de mi boca será distinto. Usted lo conoce mejor que yo. ¿Viniendo de quién le será menos difícil escucharlo?

– Depende de cómo reaccionen sus padres -contestó Hester, sin saber cuán real había sido su esperanza. Temía que Bernd se rebelase contra ello, y eso lo haría mucho más duro. Dagmar tendría que afrontar la realidad por los dos-. Quizá deberíamos dejar que escogieran ellos, a no ser que les resulte imposible.

– Muy bien. ¿Vamos abajo?

Bernd y Dagmar les esperaban en la enorme antesala de techos altos, de pie, juntos frente al fuego. No se tocaban, pero Bernd rodeó a su mujer con el brazo cuando Hester y el médico entraron. Los miró directamente, la esperanza y el miedo luchaban en sus miradas.

Dagmar los miró y le leyó el mensaje en su expresión. Tragó saliva.

– Es malo… ¿Verdad? -dijo con voz temblorosa.

Hester iba a decir que no era tan malo como podría haber sido, que no sufriría dolor, y luego se dio cuenta de que no podrían escuchar algo así. Para ellos, aquello era lo peor que podía imaginarse.

– Sí -contestó el médico por ella-. Me temo que no sería realista esperar que vuelva a caminar. Yo… Lo siento mucho. -Le flaquearon las fuerzas y no añadió las consecuencias que Hester había deducido. Tal vez vio en el semblante de Bernd que hubiera sido demasiado para poder soportarlo.

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