El tesoro de los Nazareos
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tesoro de los Nazareos». Краткое содержание книги:
Su misión consistirá en infiltrarse entre las filas de la orden del Temple, convertirse en uno de ellos, ganarse la confianza de cada uno de esos soldados de Dios y descubrir qué ocultan bajo su fachada de bondad y caridad. Roma tiene fundadas sospechas sobre las actividades y objetivos de estos caballeros y Rodrigo será el encargado, en un viaje que le hará recorrer Europa, de destapar la verdad.
– Bienvenido a mi mundo -contestó Toribio.
– No, si ahora resultará que vais por ahí folgando con criadas por la misión -dijo Tomás.
– Sí -dijo Toribio-. Un sacrificio, que alguien debe hacer.
– ¿Cuántas criadas hay? -preguntó Arriaga.
– De la casa, tres, y dos cocineras.
– ¿Y…?
– No, aún no he logrado beneficiarme a ninguna. Sólo hablan gaélico.
– ¿Todas?
– Todas no, hay una, la cocinera más veterana, que habla francés normando.
– ¿Podríais…? -dijo irónicamente Rodrigo.
– Se intentará, mi señor, se intentará. No es moza pero tiene buenos cántaros.
– Qué sátiro. Escuchad los dos: la dama Lorena hizo una alusión a que comenzarían enseguida con sus cánticos y reuniones. ¿A qué os recuerda eso?
– A la cripta de Chevreuse y esa maldita cosa. Se me eriza el vello sólo de pensarlo -respondió Toribio.
– ¡Exacto! Cuando llegó Jacques de Rossal vi que traía un cofre en una mula.
– ¿Pensáis que esa cosa está aquí? -preguntó Tomás con aprensión, abriendo su libro de notas por la página en que había un dibujo horrible del Baphomet, una horrenda cabeza barbada con cuernos de cabra.
– No, no creo que sea la misma; el cofre era otro. Es probable que cada encomienda tenga su ídolo propio. El caso es que si van a reunirse no creo que lo hagan a la luz del día y en pleno salón de la casa, delante de las criadas. Debe de haber algún subterráneo, alguna cripta. Toribio, esa es vuestra misión. Tomás y yo intentaremos hacer otro tanto.
– ¿Y en la capilla de la loma? -preguntó el joven.
– Puede ser, puede ser… -contestó Rodrigo-. Después de mi entrevista de esta tarde echaremos un vistazo.
– Lo ideal sería hacerlo durante la fiesta -apuntó Toribio.
– No sé qué haríamos sin alguien como vos -contestó Rodrigo estallando en una carcajada.
– Pasad, hijo, pasad -dijo Jacques de Rossal-. Éste es mi buen amigo André de Montbard.
Rodrigo y el tío de Bernardo de Claraval se abrazaron e intercambiaron un ósculo de bienvenida.
– Me han hablado muy bien de vos -dijo el hombre con maneras aristocráticas.
La estancia era amplia y ardía un buen fuego en la inmensa chimenea. Había tres butacas junto a la misma, con una pequeña mesita, exquisitamente tallada, en la que aguardaban una botella de vino dulce y frutos secos.
– ¿Un poco de vino? -preguntó De Rossal.
– No, gracias -respondió Rodrigo.
– Bien -comenzó el padre de Jean-. Ya nos hallamos todos juntos. Ni qué decir tiene que estamos muy contentos con vuestra incorporación.
– Así es -refrendó André de Montbard.
Se hizo un silencio.
– ¿Por qué pensáis que estamos aquí? -preguntó Jacques de Rossal arropándose en su asiento con su amplio manto blanco.
– Por la fiesta de retorno de Robert Saint Claire -contestó Rodrigo.
– Es prudente e inteligente -dijo De Montbard, mirando a su compañero.
– Sí, lo es. No os habrá pasado inadvertida la reunión que mantendremos mañana, aunque aún faltan algunos invitados.
– Fui espía, mis señores, y un espía nunca deja de serlo. Pero soy miembro de la orden y mi discreción me impide hacer cualquier juicio al respecto.
Pareció agradarles la respuesta.
– No sois un iniciado aún, ¿verdad? -preguntó André de Montbard.
– No, estoy al principio del camino.
– Mi hijo es su tutor -añadió De Rossal.
– Bien, bien -dijo De Montbard, que parecía tener voz y mando en aquel asunto-. Pero a pesar de ello estáis desempeñando labores de extrema confianza.
– Me place ser útil a mi orden.
– ¿Y qué tal el hebreo?
– Tuve que interrumpir mi aprendizaje para traer aquí a mi amigo Robert.
– Pero ¿lo habéis refrescado?
– Bastante.
Los dos prebostes se miraron. De Rossal volvió a hablar.
– Estamos aquí para decidir qué hacer con el joven Saint Claire.
– Pensé que ya se había tomado una decisión al respecto. El Gran Maestre, Robert de Craon…
– No hagáis caso de lo que diga ése. Es un muñeco en nuestras manos -dijo De Montbard.
Rodrigo pareció sorprendido.
– No os asustéis -continuó el tío de Bernardo-. No se os escapa que éste es negocio dominado por unas pocas familias.
– Las familias.
– En efecto. Y aunque debéis fidelidad al Temple, sabed que la orden es sólo un medio temporal para alcanzar otros objetivos más elevados.
– El proyecto.
– Exacto, Rodrigo. Aprendéis rápido.
Arriaga observó que ambos hombres lucían sendos anillos, gruesos, de oro, con una especie de recia columna grabada en ellos, como un sello.
De Rossal intervino entonces:
– A ver, Rodrigo, ¿por qué el poder del papado es tan escaso? ¿Cómo explicáis que todos los papas necesiten del poder temporal, del apoyo de éste o aquél monarca para mantenerse en la silla de Pedro?
Rodrigo sopesó la respuesta:
– Porque no tienen un verdadero Estado, dineros, ejércitos.
– He ahí el quid de la cuestión -apuntó André de Montbard-. Imaginad, por otra parte, que las tres religiones, el judaísmo, el cristianismo y el islam pudieran ser aunadas bajo un solo credo, amplio, abierto, tolerante… ¿Qué se necesitaría en primer lugar para asegurar la supervivencia inicial de ese nuevo orden?
– No sé… -murmuró Rodrigo.
– Mano de hierro, un verdadero ejército que pudiera protegernos del ataque de Roma, siempre tan inmovilista, tan custodio de esos depauperados valores eternos, del mensaje erróneo de ese inconsciente de san Pablo. Y ese ejército es el Temple, sólo un medio para alcanzar un fin.
– El proyecto -dijo de nuevo Rodrigo.
– El proyecto, en efecto -apostilló De Rossal-. Nunca olvidéis a quién servís. No os ocultaremos que se están produciendo tensiones en relación con el caso del joven Saint Claire. Está como una cabra y ha de ser eliminado. Lo siento por mi hijo Jean y por vos, que le tenéis aprecio; lo siento por mi viejo amigo Henry Saint Claire, que siempre fue un bastión de la causa. Lo siento de veras. Robert iba a ser uno de nuestros líderes en el futuro, pero se torció.
– Oficialmente fue ahorcado en Chevreuse -interrumpió André de Montbard-. Imaginad que en Roma se enteraran de que está vivo. Cada hora que pasa corre en nuestra contra. Debe ser eliminado. Hay disparidad de pareceres, no lo negaré. Los Saint Claire, con Henry al frente y apoyados por su sobrino Theobald, el hijo de Hugues de Payns, piensan que la situación actual no es peligrosa. Quieren al joven, no hay duda. Tienen el apoyo de los Jointville. El resto de las familias está con nosotros. Esto es un problema, pues siempre habíamos sido como un solo hombre. Estamos viejos, cansados, mi viejo amigo Henry no quiere perder a su hijo…
– ¿Y queréis que yo…?
– Es probable que, llegado el momento, tengáis que hacerlo, sí. Después de nuestra reunión os lo comunicaremos. Deberéis actuar con rapidez. Si os damos la orden pediréis ver a vuestro amigo antes de vuestra partida. Un barco que os espera en Edimburgo os llevará a La Rochelle y de allí a Palestina, a Jerusalén, donde continuaréis con vuestros estudios de hebreo y con vuestro camino a la gnosis. Hay grandes expectativas puestas en vos. Tendréis que coordinar a un grupo de traductores. Hay mucho trabajo que hacer.
A Rodrigo no le agradó la idea de tener que eliminar a su amigo Robert.
– Pero… ¿cómo lo haré?
– Usad algún veneno que no deje rastro. Vos sabéis de eso. Debe parecer una muerte natural, que quede claro -añadió De Rossal-. Es importante.
– Y ahora dejadnos solos. Tenemos cosas que hablar -dijo De Montbard, dando la entrevista por terminada.
Concilium
Rodrigo estaba en un apuro. Le iban a pedir que eliminara a Robert, sin duda. Era cuestión de horas, quizá de días. Si no eliminaba al joven Saint Claire caería en desgracia; si lo hacía, en cambio, iría a Jerusalén y podría averiguar el secreto del Temple, de las familias, del proyecto.