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Testigo involuntario

Электронная книга - «Testigo involuntario». Краткое содержание книги:

El pequeño Francesco, de nueve años, es hallado muerto en el fondo de un pozo de la ciudad de Bari. Inmediatamente las investigaciones culpan a un senegalés indocumentado que vende baratijas en la playa. Las pruebas son categóricas. Parece evidente que es el autor del crimen. El juicio será un simple trámite. El acusado, condenado a cadena perpetua. Y caso cerrado. Sin embargo hay alguien dispuesto a demostrar su inocencia. Guido Guerreri, un abogado de mediocre y monótona existencia, asume la defensa del acusado más como un desafío para encauzar su vida y su profesión que como una búsqueda de justicia. Una justicia que podría llegar desde el testigo menos esperado… O que quizá no llegue jamás. Este sorprendente legal thriller a la italiana se atreve a deshacer de un plumazo los convencionalismos del género y consigue mantener en vilo al lector hasta la última página.
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Permanecí en la cárcel hasta las tres, con el calor que se hacía cada vez más insoportable. Cuando nos estrechamos la mano, en el momento de marcharme, pensé que habíamos hecho todo lo que se podía hacer.

Pasé por casa, me duché, me puse unos pantalones muy ligeros y un niqui. Luego me hice una ensalada, comí, me fumé un par de cigarrillos mientras bebía un café americano con hielo en el sillón. A eso de las cuatro y media salí para ir al despacho. Intenté llamar por el interfono a Margarita, pero no estaba en casa. Lo lamenté bastante, pero pensé que la llamaría más tarde, al salir del trabajo.

En el despacho atendí a algún cliente, me visitó mi gestor, despaché el correo y al final le dije a María Teresa que aquel día se podía ir antes. Bajé la vista hacia un papel que había encima de la mesa. Cuando la levanté, ella todavía estaba allí. La miré con una ligera sonrisa inquisitiva. No era una chica hermosa, pero tenía unos bonitos ojos azules, inteligentes e irónicos. Trabajaba conmigo desde hacía cuatro años y durante aquel tiempo intentaba licenciarse en derecho. Quería ser jurista.

– ¿Pasa algo? -dije manteniendo aquella sonrisa inquisitiva. Ella parecía buscar las palabras.

– Quería decirle que estoy contenta… estoy contenta de que usted esté mejor. He estado muy… muy preocupada.

Permanecí en silencio, asombrado. Desde que nos conocíamos jamás había entrado en cuestiones personales. Después de cuatro años no sabía quién era aquella chica, si tenía novio, lo que pensaba, etc. Simplemente no esperaba que dijera una cosa así, si bien sabía perfectamente que se había dado cuenta de lo que me ocurría. Fue ella quien volvió a hablar.

– Hubiera querido hacer algo para ayudarle cuando estaba tan mal, pero usted estaba muy distante. Estaba preocupada, pensaba que iba a acabar mal.

– ¿Mal?

– Sí, no se ría. Pensaba en aquellas personas que se suicidan y luego los amigos y los conocidos dicen que estaban deprimidas, que desde hacía tiempo habían cambiado tanto y cosas por el estilo…

– ¿Pensaba que era capaz de suicidarme?

– Sí. Luego, desde hace unos meses, las cosas han empezado a funcionar mejor y me he alegrado. Ahora van mucho mejor y se lo quería decir, estoy contenta.

No sabía qué responder. Se me ocurrían sólo banalidades y no quería decir banalidades. Nos pasan cerca mundos enteros y no nos damos cuenta. Estaba turbado.

– Gracias -fue lo único que dije. Luego me levanté enseguida, di la vuelta a la mesa y le di un beso en la mejilla. Me sonrojé un poco.

– Entonces… nos vemos el lunes.

– El lunes. Gracias, María Teresa.

Tenía que acabar de preparar el interrogatorio de Abdou y tenía que aclarar algunas cuestiones técnicas para mis peticiones de pruebas complementarias. Así que me quedé trabajando hasta las ocho, luego lo cerré todo y salí. Fuera todavía había luz y se había levantado una brisa ligera. Se estaba bien y yo me encontraba eufórico. Había cumplido con mi deber, era verano y era viernes. Por primera vez después de mucho tiempo tuve la sensación de que era fin de semana, y fue una hermosa sensación. Quería hacer algo para celebrarlo.

Intenté llamar a Margarita al móvil, pero estaba desconectado o no tenía cobertura. Intenté llamarla por el portero automático, pero no estaba en casa. Lo lamenté un poco, pero sólo un poco.

Pensé en lo que me apetecía hacer y enseguida encontré la respuesta. Subí a casa, hice una pequeña maleta, cogí algunos libros, me subí al coche y salí hacia el sur. Me iba a la playa.

Llegué a Santa Maria di Leuca a eso de las once y alquilé una habitación en una pequeña pensión a orillas del mar. Fui a cenar y luego di una larga caminata, arriba y abajo, por el paseo marítimo, sentándome de vez en cuando en un banco para fumarme un cigarrillo, mirando a la gente, gozando del fresco de la noche. Hacia la una y media me fui a la cama. Me dormí de golpe, para despertarme a las nueve del sábado. Pensé que no recordaba desde cuándo había dormido de aquella manera. Quizá desde los veinte años o poco más.

Aquellos dos días consistieron en baños, sol, comer, leer, dormir y observar a la gente. Pensar, casi nada. Observaba a la gente en la playa, en los restaurantes, por las calles del pueblo, por la tarde. Pasé horas observando a la gente, sin importarme que los demás me pudieran observar y me pudieran juzgar de algún modo. En la playa, el sábado por la mañana, entablé amistad con una señora de Lecce de unos sesenta y cinco años, un tanto rechoncha, con un traje de baño de flores azules; por suerte completo. Era simpática y me contó lo de su marido, fallecido hacía tres años, y que ella había estado muy mal durante cinco o seis meses, y pensaba que su vida se había acabado porque se habían casado cuando ella tenía veintidós, y nunca había estado con otro hombre. Luego había empezado a pensar que quizá su vida no se había acabado y que había algunas cosas que siempre quiso hacer pero, bueno, por una razón u otra, siempre las había aplazado. Ahora acababa de asistir a un curso de papiroflexia, que precisamente era una de aquellas cosas que siempre quiso hacer, porque cuando era pequeña su abuela le regalaba juguetes bellísimos de papel doblado, recortado y coloreado. La abuela le prometía que se lo enseñaría cuando fuera mayor. Pero cuando tenía siete años la abuela se murió y no se lo pudo enseñar. Entonces aprendió papiroflexia y era muy hábil -me lo demostró doblando delante de mí un pingüino, una foca y también un reno- y le habían entrado ganas de hacer otras cosas y se había puesto a hacerlas. Por ejemplo, ir a la playa sola, o viajar, además, por suerte, no tenía problemas económicos, iba tirando. Y sabes, jovencito, cuando tienes tantas cosas por hacer no tienes tiempo para pensar que tu vida se ha acabado, o cuánto te queda, ni que te morirás y etcétera. Te morirás igual, o sea que… Mientras me contaba todo esto se preocupaba de que pudiera quemarme y me ofrecía una crema protectora, intentando que me la pusiera. Y yo me la puse e hice bien, porque el sol calentaba y me habría quemado, seguro, al pasar todo el día en la playa. Se interesó por mis asuntos y me encontré contándole mis cosas, algo que no había hecho con nadie. Aparte del psiquiatra barbudo y con poco éxito. Ella escuchó sin decir nada y eso también me gustó.

Por la noche, después de cenar fui a una especie de piano bar y me quedé escuchando música hasta bien entrada la noche. Hice amistad con el camarero, que era un estudiante de física que trabajaba los fines de semana para ganar algún dinero. Me dijo que había dos chicas en una mesa cercana, en medio de la oscuridad, que le habían preguntado quién era yo. El estudiante de física me dijo que eran guapas y que, si quería, él les llevaría un mensaje. Lo dijo de manera simpática, sin ser vulgar. Le di las gracias, pero no, quizá en otra ocasión, y él me miró un poco asombrado. Cuando me fui le dejé una propina. Tal vez pensó que me gustaban los hombres, pero me importaba un pimiento.

También aquella noche dormí como un lirón y me desperté alegre y reposado. Pasé el domingo en la playa leyendo, zambulléndome en el agua y untándome con la crema protectora que me había dejado la señora de la papiroflexia.

A las siete, con el sol que todavía calentaba, tomé la última ducha, pasé por la pensión para recoger el equipaje y regresé a Bari.

Estaba a pocos kilómetros de casa cuando desde el móvil, en el fondo de la bolsa, se oyó la señal de recepción de un mensaje. Sentía curiosidad, porque hacía mucho tiempo que no recibía mensajes. Entonces me paré en una gasolinera, saqué el móvil y me esforcé para recordar cómo se leían los mensajes, pues no lo había hecho realmente en mucho tiempo. Tras un momento lo logré. El mensaje decía lo siguiente:

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