La ciudad perdida de Z
- Автор: Гранн Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La ciudad perdida de Z». Краткое содержание книги:
Fawcett susurró a Costin y a Manley: «¡No os mováis!».58
Según Costin, Fawcett se desató despacio el pañuelo que llevaba al cuello y lo dejó en el suelo, a modo de presente, frente a un hombre que parecía ser el jefe. El hombre lo cogió y lo examinó en un adusto silencio.
– Tienes que darle algo -dijo Fawcett a Costin.
«Yo cometí un error garrafal -recordó Costin más tarde-. No solo saqué un fósforo sino que lo prendí.»59
El pánico cundió entre los indígenas y Fawcett se apresuró a hurgar en un bolsillo en busca de otro regalo: un refulgente collar. Un miembro de la tribu, a cambio, ofreció a sus visitantes calabazas llenas de cacahuetes. «Nuestra amistad fue así aceptada -escribió Fawcett-, y el propio jefe se sentó sobre un escabel curvado y compartió los cacahuetes con nosotros.»60 Habían trabado amistad con un grupo de indios desconocidos hasta entonces y al que Fawcett clasificó como los maxubi.61 Durante su estancia allí, Fawcett descubrió algo que nunca antes había visto: una población grande, de varios miles de personas. Asimismo, el poblado estaba rodeado de asentamientos indígenas con otros tantos miles de pobladores. (El hallazgo de Fawcett de tantos indios desconocidos incitó al presidente de la American Geographical Society a proclamar: «No habíamos tenido conocimiento de nada tan extraordinario en la historia reciente de la exploración».)62 Fawcett cayó en la cuenta de que en regiones alejadas de los ríos principales, adonde se dirigían la mayoría de los viajeros y traficantes de esclavos europeos, las tribus gozaban de mejor salud y eran más populosas. Físicamente, sufrían en menor medida el embate de las enfermedades y del alcoholismo; culturalmente, seguían siendo muy activos. «Tal vez este sea el motivo por el que la etnología del continente se ha erigido sobre un concepto erróneo»,63 dijo Fawcett.
Los maxubi, en particular, daban muestra de una cultura sofisticada, creía Fawcett. Elaboraban una cerámica exquisita y habían asignado nombres a los planetas. «La tribu es también sumamente musical», observó. Al describir sus canciones, añadió: «En el silencio absoluto de la selva, cuando las primeras luces del día silenciaban el bullicio nocturno de la vida de los insectos, sus melodías nos impresionaban enormemente por su belleza».64 Era cierto, escribió, que había encontrado algunas tribus en la jungla que eran «intratables, terriblemente brutales»,65 pero otras, como los maxubi, eran «valerosos e inteligentes», «refutando por completo las conclusiones alcanzadas por los etnólogos, que solo han explorado los ríos y no saben nada de los lugares menos accesibles».66 Lo que es más: muchas de estas tribus narraban leyendas sobre sus ancestros, que vivían en asentamientos aún más magníficos y hermosos.
Existían otros detalles reveladores. Por toda la jungla, Fawcett había advertido en las rocas lo que parecían ser pinturas ancestrales y tallas con formas humanas y animales. En una ocasión, mientras ascendía un desolado montículo de tierra sobre las tierras inundadas del Amazonas boliviano, reparó en algo que asomaba del suelo. Lo cogió y lo examinó: se trataba de un fragmento de cerámica. Empezó a escarbar en la tierra. Prácticamente, allí donde hurgaba, según informó después a la RGS, encontraba pedazos de cerámica antigua y frágil. Le pareció que aquel arte era tan refinado como el de las antiguas Grecia y Roma, e incluso de China. Sin embargo, no había habitantes en centenares de kilómetros a la redonda. ¿De dónde procedía aquella cerámica? ¿A quién había pertenecido en el pasado? Aunque el misterio parecía acrecentarse, empezaban a surgir algunas pautas. «Donde hay alturas, es decir, tierra elevada sobre planicies» en la cuenca del Amazonas, dijo Fawcett a Keltie, «hay artefactos».67 Y eso no era todo: entre estas alturas se extendían una especie de senderos dispuestos geométricamente. Parecían, casi podía jurarlo, «carreteras» y «pasos elevados».68
A medida que desarrollaba su teoría de una civilización amazónica ancestral, Fawcett era consciente de la cada vez mayor competencia que representaban otros exploradores, que se precipitaban al interior de Sudamérica para inspeccionar uno de los últimos reinos aún sin cartografiar. Eran un grupo ecléctico, díscolo y monomaniaco, cada uno con su teoría y sus obsesiones. Estaba, por ejemplo, Henry Savage Landor,69 quien se había ganado un renombre mundial por sus documentales de viajes en los que narraba cómo había estado a punto de ser ejecutado en el Tíbet, cómo había ascendido el Himalaya sin cuerdas ni clamps, cómo había cruzado los desiertos de Persia y Baluchistán a lomos de un camello, y cómo ahora se dedicaba a recorrer ciertas regiones del Amazonas ataviado como si se dirigiera a un almuerzo en Piccadilly Circus («Yo no iba por ahí disfrazado con los estrambóticos uniformes que uno imagina que deben llevar los exploradores»).70 Sin embargo, en una ocasión, sus hombres se amotinaron y estuvieron a punto de matarle de un disparo. Estaba el coronel brasileño, huérfano de madre indígena, Cándido Mariano da Silva Rondón, que había ayudado a tender líneas de telégrafo por la jungla, había perdido un dedo del pie debido a la mordedura de una piraña y fundado el Indian Protection Service. (El lema de la entidad, como el suyo propio, era: «Muere si tienes que hacerlo, pero nunca mates».) Estaba Theodore Roosevelt, quien, tras ser derrotado en las elecciones presidenciales de 1912, buscó refugio en el Amazonas y exploró con Rondón el río de la Duda. (Al final del viaje, el que fuera presidente de Estados Unidos, que había abogado por «la vida extenuante», estaba prácticamente condenado a morir, debido al hambre y a las fiebres, y repetía sin cesar los primeros versos del poema de Samuel Taylor Coleridge «Kubla Khan»: «En Xanadú Kubla Khan ordenó construir una cúpula señera».)71
Pero el rival a quien tal vez más temía Fawcett era Alexander Hamilton Rice, un médico espigado y gallardo que, como Fawcett, se había formado bajo la tutela de Edward Ayearst Reeves en la Royal Geographical Society. Sin haber cumplido aún los treinta años y con un torso corpulento y un poblado mostacho, Rice se había graduado en la Harvard Medical School en 1904. El interés por las enfermedades tropicales le había llevado al Amazonas, donde estudiaba parásitos letales diseccionando monos y jaguares, y donde pronto se obsesionó con la geografía y la etnología de la región. En 1907, mientras Fawcett concluía su primer viaje de inspección, el doctor Rice recorría a pie los Andes con un entonces desconocido arqueólogo aficionado llamado Hiram Bingham. Más adelante, el doctor Rice descendió hacia la cuenca septentrional del Amazonas en busca de las fuentes de varios ríos y con el fin de estudiar a los habitantes nativos. En una carta a un amigo, el doctor Rice escribió: «Avanzo muy despacio, lo inspecciono todo con sumo cuidado y solo llego a conclusiones tras una larga meditación. Si dudo de algo, vuelvo a trabajar en ello».72
Tras aquella expedición, el doctor Rice, consciente de que carecía de la suficiente formación técnica, ingresó en la School of Astronomy and Surveying de la Royal Geographical Society. Después de graduarse en 1910 («Lo consideramos, de forma muy especial, un hijo de nuestra Sociedad»,73 comentó tiempo después un presidente de la RGS), regresó a Sudamérica para explorar la cuenca del Amazonas. Mientras que Fawcett era impetuoso y osado, el doctor Rice emprendió su misión con la serena precisión de un cirujano. No deseaba tanto trascender las condiciones brutales del lugar como transformarlas. Reunió equipos de hasta cien hombres, y se obsesionó con los artilugios -barcos nuevos, botas nuevas, generadores nuevos-, y con llevar consigo a la selva los últimos métodos de la ciencia moderna. En el transcurso de una expedición, tuvo que intervenir quirúrgicamente a un nativo aquejado de un ántrax y a un indígena con un absceso cerca del hígado. La RGS destacó que este último procedimiento constituía «probablemente la primera operación quirúrgica con cloroformo llevada a cabo en esta selva primigenia».74 Aunque el doctor Rice no presionaba a sus hombres como lo hacía Fawcett, al menos en una ocasión estos se amotinaron y lo abandonaron en la jungla.75 Durante esa misma expedición, el doctor Rice sufrió una infección tan grave en una pierna que él mismo cogió el bisturí y se extirpó parte del tejido. Tal como Keltie dijo a Fawcett: «Es médico y muy astuto en todo su trabajo».76