Siete domingos rojos
- Автор: Sender Ramon J.
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Siete domingos rojos». Краткое содержание книги:
– Antes has dicho, Lucas mío, que tenías que renunciar a mí. Si os doy esos volantes, ¿seguirás pensando lo mismo?
– Es probable.
Ella, que parecía tan serena y tranquila, comienza a contraer los labios. Pasa de la felicidad radiante a la desesperación en un segundo:
– No te basta -dice con voz insegura- que os sacrifique a papá.
– ¿Que lo sacrifiques?
– Sí. La primera víctima de una sublevación es el jefe.
Yo callo. Ella comienza a llorar y pregunto:
– ¿Piensas que soy un criminal?
– No sé. Te querría lo mismo aunque lo fueras.
Sin saber lo que hago, enciendo un cigarrillo. Ella ha sacado su pañolito, y al oírme decir que no hay nada “irremediable” lo mordisquea y lo desgarra. La tía, que se da cuenta de que no estamos en paz, nos echa unas miradas tímidas y vivaces. Amparo balbucea:
– ¡Ah, si me muriera! Eso lo arreglaría todo.
La razón no me duele hoy como el otro día en el cine. Quiero hechos, quiero lógica. Si estoy enamorado, peor para mí. Si no se puede salir de este laberinto, me pegaré un tiro. Yo no puedo ir. Ella no puede venir. Triunfaré, si puedo, o sucumbiré de un pistoletazo bajo la lógica nueva que puede cada día más: que puede más que ella y que yo. ¿Cómo va a dejar ella sus sedas, tu tocador, su jardín, su familia dulce, para venir al solar miserable, ella que tiene macizos de claveles, de rosas? ¿Qué haré yo con la pistola en la diestra y su inocencia y su hermosa infantilidad desvalida -des-va-li-da- al lado? No. ¿Hay que renunciar? No puedo, no quiero, no sé ni he de aprender. Yo, que me imagino a mí mismo con la frente abierta en la losa, como Germinal, sin sobresalto, no puedo imaginarla a ella en otros brazos sin sentir temblar la tierra a mis pies. Y ella ha dicho:
– ¡Ah, si me muriera! Eso lo arreglaría todo.
La he oído sin alarma. Ante una reflexión que me turba un instante, me consuelo en seguida pensando: “Ha dicho que me querría aunque fuera un criminal.” Y los cuerpos se entienden y la intuición trabaja entre sus mejillas de manzana y las mías sin afeitar. La intuición nos acerca y nos repele fijando luminosos atisbos como los relámpagos en una tormenta. Ella completa la insinuación anterior.
– Si yo muriera tú serías feliz.
La razón va a protestar, pero algo surge de improviso y la arrolla. Me callo. Ella me mira a los ojos y yo los oculto con una nube de humo. Espera que la nube se desvanezca y entonces, antes de que ella los vea, le contesto mecánicamente:
– ¡No, eso no!
Luego la miro de frente. Sus ojos, sus labios, la actitud de sus manos y hasta el ángulo que describe el torso con los muslos dependen de lo que yo diga, de lo que yo mire, de lo que pueda ella suponer que yo pienso. Antes lo dijo hablando consigo misma. Ahora me lo pregunta mirándome a los ojos. Como el cigarrillo se ha terminado, lo tiro y le devuelvo la mirada en silencio. Quizá piense que no la quiero. O que soy un malvado. Lo terrible es que no me preocupa lo que piense. Y que la quiero a pesar de todo con toda la ausencia mortal de mi alma.
– Si no me contestas -dice ella- es que acierto.
Yo no quiero entrar en diálogo, recordando que José Crousell y Helios Pérez no han llegado a comer a casa de Villacampa y que probablemente esto se debe a que los han detenido. Luego pienso en Fau y en mi proyecto que el comité revolucionario debe aprobar. No sé, entretanto, lo que ella dice o piensa. Sé que habla, que me hace extrañas preguntas y que cuando de pronto yo me incorporo, la miro y digo: “Escúchame”, ella se sobresalta y se estremece.
– Escúchame. Ahora vas a ser tú quien conteste de una manera inequívoca. Nosotros necesitamos; yo -añado subrayándolo- necesito esos volantes con el sello del regimiento. ¿Me los vas a dar?
Se levanta y sale decidida. Entra en la casa. Me quedo solo, lejos, flotando en el vacío y comienzo a sentir otra vez la razón como una neuralgia. Miro al suelo de arena. Ahí están los huellas de sus zapatos. Pero ella se ha perdido ya en el tiempo. No existen sino sus raíces en mi corazón, soterradas. Siempre creciendo, siempre avanzando. La tía cree que cumple un deber de sociabilidad habiéndome desde su discreta distancia.
– Es terrible lo que ocurre por ahí, Lucas. ¿Se enteró de lo de anoche?
Vuelvo del letargo precipitadamente:
– No, señora. ¿De qué?
– Apagaron todas las luces de Madrid.
– ¡Ah, sí!
– ¿Qué le parece? Eso no está bien. Porque en muchas casas hay enfermos.
– Claro.
– Y además ha habido desgracias.
Yo callo. ¿Me dejará en paz esa buena vieja? Pero todavía pregunta desde su banco entre el cenador y el porche:
– ¿Qué es lo que quieren ahora?
Por contestar algo, digo:
– ¡Vaya usted a saber!
He dicho la verdad. Hay bastantes fuerzas para intentar algo, pero seguimos obstinados en no saber lo que queremos. Es decir, yo tengo la conciencia tranquila. Yo lo sé. ¿Qué significa, sin embargo, la seguridad de mi orientación donde nadie quiere sujetar ni encauzar su heroísmo? La tía sigue hablando hasta que ve aparecer otra vez a Amparo. Ésta viene, decidida, despreocupada. Sobre la arena tibia del jardín su paso es armonioso. Recuerdo no sé por qué los frisos de las remotas olimpíadas. Se sienta a mi lado y saca del pecho un pequeño rollo de papel.
– Ahí los tienes, Lucas.
Le cojo una mano y la llevo a mis labios. Ella me mira con una serenidad nueva, desconocida.
– ¿Sigues pensando que no es posible? -me dice.
Yo advierto, condicionando la respuesta:
– ¡Aún no basta! Tienes que prometerme no poner sobre aviso a tu padre.
– Te lo prometo.
Beso su brazo y después su boca. Ella me acaricia el pelo y calla.
– ¿Verdad que sí? -dice después-. ¿Verdad que seremos felices?
Ha cambiado esta muchacha. Parece que sobre sus ojos han pasado diez años en un segundo. Me pregunta en silencio. Se recoge su expresión en la mirada, y en los ojos: “¿Piensas ahora si es posible nuestra felicidad?” Yo contesto con otra mirada y otra pregunta: “¿Y tú? ¿Lo crees tú?” Recoge mi pregunta y contesta de una manera que es toda una revelación. Tiene ahora una placidez y una dulzura con orígenes en el misterio. El dolor da la sabiduría. Me mira como nunca había mirado a nadie y sus miradas parten de un equilibrio muy por encima de los equilibrios humanos posibles. Su respuesta silenciosa y dulce, suave y honda, llega a los más obscuros cimientos de mi pasión y me produce escalofríos. “¿Y tú -sigo yo preguntando- ¿Qué crees tú? ¿Es posible nuestra felicidad?” Toda ella se hace luz en los ojos. Leo en ellos con toda firmeza una negación:
– ¡No!
Vuelvo a cogerle las manos. Después de esa negación necesito hacerle, precipitadamente, una pregunta:
– ¿Me quieres?
Ella me mira en silencio. Su manita sube por la solapa y se apoya en mi nuca:
– ¡Cuántas ilusiones, Lucas mío!
Habla de ellas como si las viera huir por el aire en una bandada de esos ángeles en los que ella cree. Insiste:
– ¡Cuántos sueños!
Sí. Me quiere, pero ya no llorará. Me acerco más a ella con la sensación de que se va a perder, de que se me va a marchar. La serenidad no dura mucho. En seguida se lleva las dos manos a la cara y se cubre las mejillas. Los labios se le abren bajo la presión y los ojos miran desesperadamente al techo. Con voz de llanto -llanto fresco, de bebé- pero sin lágrimas gime. Yo le rodeo el talle y atraigo su rostro. Se siente protegida y quiere sonreír. Pero la última ilusión se va. La veo pasar por sus ojos en una sombra azul cuando gime.
No llorará. Estoy seguro. Pero se acurruca en mi pecho y gime, con el puño derecho cerrado junto a la boca. Yo temo el instante, sintiéndola trémula y convulsa, no sé qué peligros. Se separa.
Todas las ciencias del mundo viejo y amargo le han dado el secreto. Sabe que lo nuestro no es posible. Yo quiero decirlo todo y no digo nada.