La verdadera historia de Mathilde K
- Автор: Sharp Adrienne
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdadera historia de Mathilde K». Краткое содержание книги:
Desde el París de los años setenta, Mathilde evoca su vida. Nace en 1872 cerca de San Petersburgo e ingresa en la academia de danza de su ciudad. A los 17 años celebra su fiesta de graduación con la presencia tradicional del Zar ruso y su familia: se trata del primer encuentro entre Mathilde y el heredero, Nicolás (que se convertirá en el último zar). Un año después, ambos inician una relación que culminará con el nacimiento de su hijo común. Para Mathilde su hijo podría ser el trampolín a la casa imperial ya que, hasta el momento el zar y su esposa sólo han engendrado niñas. Los acontecimientos históricos darán un vuelco radical a la vida de Nicolás II y de Mathilde. El declive del imperio, el estallido de la Revolución rusa, el asesinato de él, la huida de ella y el hijo común a Francia, la vida de los exiliados rusos es narrada con gran poder evocativo en esta novela.
Pero no deben compadecer demasiado a Sergio. Podía haberme ofrecido casarse conmigo, pero no lo hizo: un matrimonio morganático conmigo habría puesto en peligro sus ingresos y su título. Pero inscribiría su nombre como padre del niño en el certificado de nacimiento y le daría su apellido, ya que ningún niño ruso puede carecer de él. Era como un documento de identidad, y con el patronímico de Sergéi, o sea Sergéievich, el futuro de mi hijo estaría asegurado.
Desgraciadamente, di a luz unos meses antes de tiempo, en junio, en Strelna, durante las noches blancas, en el calor y la privacidad de mi propia dacha. En un acto de deliberada insolencia, había cubierto las paredes de mi dormitorio con una seda que tenía el mismo estampado floral que Alix había elegido para su habitación de Tsarskoye: unas guirnaldas verdes moteadas con flores rosa, cada una de ellas atada con una cinta rosa, o así me lo había descrito el diseñador de la corona, Roman Meltzer, y las paredes cubiertas de flores y hojas parecían respirar conmigo mientras yo iba andando. Sergio, alarmado por lo que pensaba que era la emergencia de un parto prematuro, llamó al médico privado de su hermano Nicolás (Nicolás, además de homosexual, era un inveterado hipocondríaco), y este me pidió que me echara boca arriba en la cama, una orden que yo inmediatamente desobedecí. No podía obedecerle. Por el contrario, como una campesina, fui andando por la habitación, pasando los dedos por las paredes de seda, con las hojas verdes tan punzantes como si fueran hojas de verdad bajo mis dedos húmedos. El estampado abigarrado de flores y ramilletes se iba oscureciendo y casi parecía sangrar. Ese tipo de dolor era desconocido para mí, ese dolor que se tensaba en mi abdomen, que me apretaba la rabadilla. Las campesinas que daban a luz, había oído decir, se ataban una cuerda debajo de los brazos y se colgaban de las vigas de un granero para que la propia gravedad actuase como comadrona. Comprendí ese impulso. Algunas daban a luz en los campos, apartándose del arado y agachándose. Pero yo en cambio tenía a un doctor que trataba a la familia real y que me rogaba que me tendiese de una manera digna, de espaldas.
Mientras yacía allí echada con la sábana que protegía mi modestia y le impedía la vista a él, periódicamente iba comprobando el progreso del parto con sus manos sin lavar. Yo sufriría de fiebre posparto durante un mes después de recibir sus atenciones, con el cuerpo débil y como de goma y el cerebro nublado. Mi hermana era la única a la que podía soportar en mi húmedo dormitorio, la única de mi familia que no se sentía mortificada por la desgracia de mi confinamiento. Mientras Sergio iba y venía por la veranda, ella me distraía, contándome de memoria los antiguos relatos que me leía cuando era pequeña, cuentos de hadas rusos sobre el Padre Escarcha, cuyo aliento forma delgados carámbanos y hace caer la nieve a la tierra sacudiendo el largo pelo de su barba; y la Doncella de Nieve, que se alza de esa nieve y se funde cada primavera; y de Baba Yaga, la hechicera que vive en una casa construida no sobre piedra, ni sobre tierra, sino sobre patas de pollo, de modo que la casa se puede volver de cara al norte, al sur, al este o al oeste, dependiendo del capricho de Baba Yaga. Pero me volviese hacia donde me volviese, norte, sur, este u oeste, yo solo encontraba dolor.
En algún momento durante aquel largo día los niños jugaban en los jardines de las villas a mi alrededor, y los amantes cogieron pequeños botes verdes y atravesaron los lagos entre las islas, y los barqueros cantaron para que les pagaran, y en una barcaza, una banda con acordeón tocó igual que todas las noches de verano, y en una veranda que yo no veía, un gramófono estaba en funcionamiento, y algunos fragmentos de la música que emitía se convertían en astillas y perforaban el aire. Por la noche no había sol, pero tampoco oscuridad, el cielo estaba veteado de morado, azul y gris perla; el amarillo de las clemátides con sus finos capullos en forma de campana no desaparecía, y los pájaros no se ocultaban. Pero yo sí. En mi habitación, la humedad y el calor salían de mi interior y no había toallas frías que pudieran contenerlos. Aunque en mi alcoba solo estaba Julia, yo veía a otras personas: sombras y siluetas de cuerpos, el parpadeo de un rostro, igual que lo veo a veces ahora, ahora que la muerte está llegando para sentarse conmigo. A primera hora de la noche comprendí que podía morir: mi parto estaba durando demasiado tiempo. Estaba siendo castigada por mi duplicidad, que ahora deseaba confesar, pero mi cuerpo era fuerte. Yo poseía la robusta salud de mi padre, y también disfrutaría de su longevidad, aunque entonces no lo sabía, y al final, entre la una y las dos de la mañana, la tierra se abrió entre mis piernas y nació mi hijo.
Mi hermana cogió al recién nacido mientras yo me agachaba en silencio, agarrada a un poste de la cama, y el médico fumaba cigarros con Sergio en la habitación de al lado, hasta que el llanto del niño les hizo venir a toda prisa, y ella y yo nos susurramos la una a la otra: es un niño, es un niño. Y aunque ella compartía mi deleite, no sabía toda la verdad sobre aquello.
– Mira sus dedos, mira sus pies, mira su carita, su carita preciosa y redonda.
Mi hijo tenía la cara ancha y rusa de la mayoría de los bebés Románov, y un pelo formando pico que le caía en la frente. Mi hermana me lo trajo para que lo pudiera besar. Cuando llegó a los seis años solo conservaba la amplia frente; el resto de su cara se estrecharía y se cincelaría formando un largo triángulo. Yo susurré «liubezny», cariño mío, y «milenki», mi chiquitín, al hijo que había soñado tener. Si hubiéramos estado casados, habría encendido para él las velitas conservadas desde la boda, como símbolo de que el amor de sus padres iluminaría su paso sano y salvo por el mundo. Si hubiese estado casada, habría envuelto a mi hijo en la camisa que su padre habría llevado el día anterior, otra antigua costumbre rusa que simboliza la protección ofrecida por el padre a su recién nacido. Pero no hubo velas ni camisas para mi hijo.
Y cuando el médico salió corriendo de la habitación para decirle a Sergio que era un niño, que era muy fuerte y que ciertamente no era prematuro, Sergio, según dijo mi hermana, porque siguió al doctor con el niño en brazos, se puso blanco, porque sabía contar tan bien como yo hasta llegar al verano en el que él se encontraba ausente. Dejó su cigarro y sin mirar siquiera al niño que mi hermana tenía en brazos se fue a los establos, y para asombro de mi hermana, ensilló su caballo y se fue de la dacha, de Strelna, de mí. Supongo que yo había pensado que nada podría apartarle de mi lado.
– Ese doctor es un mentiroso -me quejé a mi hermana-, está intentando arruinarme.
Y me levanté como pude de la cama a tiempo para ver desde mi ventana a Sergio que dirigía su caballo a través del jardín. Temí que se echara al mar. Parecía que Dios me castigaba, después de todo.
Mi madre vino a visitarme a Strelna por primera vez el día después del nacimiento de mi hijo. Ella nunca había venido antes a mi dacha, ni a la Perspectiva Inglesa, por principios morales, pero cuando mi hermana le dijo que yo estaba enferma y sola, que había sido abandonada por el gran duque Sergio, los peores temores de mis padres se vieron realizados, y mi padre envió a mi madre a cuidarme y a llevarme de vuelta a casa. Por el momento Sergio todavía pagaba los gastos de mi casa y de la dacha, pero ¿quién sabe cuánto tiempo continuaría haciéndolo? Y ¿cómo podría entonces permitirme ambas cosas, con mi sueldo de bailarina? Mis padres querían que me trasladara de vuelta a la Perspectiva Liteini con mi hijo ilegítimo, a quien decían que adoptarían mi hermana y su reciente marido. Porque Julia se había casado al fin con su pretendiente, el barón Ali Zeddeler, y aquel año se había convertido en baronesa, y en cambio yo, a pesar de todas mis maniobras, no había conseguido más que la vergüenza para mis padres. Mi madre estaba sentada en mi lecho, y en mi habitación de enferma aspiré el aroma a lilas de su piel suave. Demasiado avergonzada para mirarla, fingí dormir. Estaba demasiado débil para hablar o comer. Mi madre tenía que alimentarme metiéndome cucharadas de caldo en la boca, igual que había hecho Alix con Niki. Luego mi madre metió a mi hijo en la cama conmigo, y me puso el brazo alrededor del niño, apretándonos tanto que no pude evitar inhalar el aroma a bebé, embriagadoramente dulce. Tenía suerte, me decía ella. Había tenido un hijo sano. Y por mucha vergüenza que me causara su nacimiento, nada podía compararse al dolor del parto de un niño muerto o moribundo. Ya les he contado que ella tuvo trece hijos. Lo que no les había dicho es que enterró a cinco de ellos, a mi hermano Stanislaus cuando tenía cuatro años y a cuatro hijos más de recién nacidos, hijos de su primer matrimonio. Tuvo que colocar a esos niñitos en una caja en la tierra y dejar que la lluvia los mojase y el sol los calentase, dejándolos a ellos fríos. Aquello sí que era insoportable, decía, y no esto. Y supongo que lo fue, porque mirando la carita redonda de mi bebé, que movía la boca como si succionara incluso en sueños, no podía imaginármelo en una caja ni en ningún otro sitio que no fuera rodeado por mi brazo. El padre de Niki, el vigésimo primer aniversario de la muerte de su segundo hijo, Alejandro, un bebé que ni siquiera tenía un año cuando murió, escribió a su esposa diciéndole que le causaba un dolor insoportable que su niño no estuviera con ellos, que no estuviese allí para disfrutar y pasar el tiempo con los otros niños, con sus demás hijos, que nunca tendrían a su ángel con ellos en esta vida, y que esa sería una herida que nunca cicatrizaría. Alejandro III. Ese oso que tenía el tronco como un barril, y una frente como un muro de piedra.