Casi Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Casi Muerto». Краткое содержание книги:
El lujo, la belleza y el dinero que decorara el mundo de las víctimas se van desdibujando progresivamente en medio de la sangre y la sospecha. Azuzada por la falta de noticias en verano, la prensa clava sus fauces en el caso y Roy Grace se convierte en el punto de mira de una ciudad plagada de turistas. Ante la presión de los medios de comunicación y el creciente nerviosismo de los ciudadanos, la policía investiga a contrarreloj los macabros asesinatos cuyas pistas van cercando casi sin respiro a un único sospechoso. Pero ¿cómo puede un hombre matar a su víctima y encontrarse al mismo tiempo a noventa kilómetros de distancia?
– Roy, he visto a las tres personas que jugaron hoy al golf con Bishop. Te digo algo que creo que podría tener interés: todos han dicho que parecía estar de un humor excepcional y que estaba jugando como nunca, mejor de lo que ninguno de ellos le había visto.
– ¿Les dio alguna explicación?
– No, al parecer es un tipo bastante solitario, a diferencia de su mujer, que era muy sociable. No tiene amigos íntimos realmente, por lo general no habla mucho. Pero hoy contaba chistes. Uno de los compañeros de juego, un tal Mishon, que parece conocerlo bastante bien, dice que era como si se hubiera tomado algo.
Grace pensó detenidamente. «Mujer muerta, ¿un gran peso que se había quitado de encima?»
– No es la clase de reacción de un hombre que acaba de matar a su mujer, ¿no, Roy?
– Depende de lo buen actor que sea.
Después de que Batchelor concluyera su informe, tras añadir poco más, Grace le dio las gracias y le dijo que lo vería en la reunión de las once. Luego, mientras meditaba sobre lo que acababa de decirle el sargento, arrancó la tapa de celofán que tapaba el sándwich, le dio un mordisco. Al instante, arrugó la nariz por el sabor; era algún tipo de pan nuevo exótico que no había probado nunca -y ahora se arrepentía de haberlo hecho-. Tenía un sabor fuerte a alcaravea que no le gustaba. Habría sido mucho más feliz con un sándwich de huevo y beicon, pero Cleo intentaba que adoptara una dieta más sana haciéndole comer más pescado, a pesar de que él la había obsequiado con el relato detallado de un artículo que había leído a principios de año, en el Daily Mail, sobre los niveles peligrosos de mercurio en los peces.
Salió del Vantage, abrió la página web expedia.com y buscó vuelos a Munich para el domingo, preguntándose si era posible ir y volver el mismo día. Tenía que ir, por muy exigua que fuera la información de Dick Pope. Tenía que ir y comprobarlo por sí mismo.
Apenas podía contener el ansia de subirse en el próximo avión. Miró su reloj. Eran las diez menos diez. Las once menos diez en Alemania. Pero, diablos, Dick Pope estaría levantado, se encontraba de vacaciones. Sentado en algún café o bar en Baviera con una cerveza en la mano. Marcó el número del móvil de Pope, pero saltó directamente el buzón de voz.
– Dick -dijo-. Soy Roy otra vez. Siento ser tan pesado, pero sólo quiero preguntarte algunos detalles más sobre el biergarten donde crees que viste a Sandy. Llámame cuando puedas.
Colgó y se quedó mirando un momento su preciada colección de tres docenas de encendedores antiguos, agrupados en la repisa entre la parte delantera de la mesa y la ventana, que daba al aparcamiento y al bloque de celdas. Reflejaban lo mucho que le gustaba a Sandy buscar en los mercadillos de antigüedades, tiendas de baratijas y maleteros de coche. Algo que él seguía haciendo, cuando disponía de tiempo, pero nunca había vuelto a ser lo mismo. Parte de la diversión siempre fue ver la reacción de Sandy ante algo que él cogía: si también le gustaría, en cuyo caso regatearían el precio, o si lo rechazaría con una sola mueca de desaprobación.
La mayor parte del despacho estaba ocupado por un televisor y un vídeo, una mesa circular, cuatro sillas y una pila de papeles, su bolsa de piel con el equipo de la escena del crimen y pequeñas torres de archivos que no dejaban de crecer. A veces se preguntaba si de noche se reproducían, a solas, mientras él no estaba.
Cada archivo en el suelo correspondía a un asesinato sin resolver. El expediente de un asesinato nunca se cerraba hasta que se obtenía una condena. Llegaba un punto en todas las investigaciones de homicidio en el que se agotaban todas las pistas, todas las vías. Pero eso no significaba que la policía se rindiera. Años después de que el centro de investigaciones se cerrara y se disolviera el equipo, el caso seguiría abierto, y las pruebas almacenadas en cajas, mientras existiera la posibilidad de que los implicados vivieran.
Bebió un trago de Coca-Cola. Había leído en una página web que todas las bebidas bajas en hidratos de carbono estaban llenas de todo tipo de sustancias químicas hostiles para el cuerpo, pero en estos momentos le daba igual. Parecía más probable que cualquier cosa que comieras o bebieras te matara en vez de que te proporcionara nutrientes. Tal vez, reflexionó, la próxima moda alimenticia sería la comida predigerida. La comprarías y, luego, la tirarías directamente al retrete, sin necesidad de ingerirla.
Pulsó el teclado. Había un vuelo de British Airways que salía de Heathrow a las siete de la mañana del domingo. Le dejaría en Munich a las 9.50. Decidió llamar al policía que conocía allí, el Kriminalhauptkommisar Marcel Kullen, para ver si estaba libre.
Marcel había sido trasladado temporalmente a Sussex hacía algunos años, en un intercambio de seis meses, y se habían hecho amigos durante su estancia. El agente había invitado a Grace a visitarle y quedarse con él y su familia cuando quisiera. Miró su reloj. Las diez menos cinco. En Munich era una hora más, así que era realmente tarde para llamar, pero había muchas probabilidades de encontrarle.
Cuando alargó la mano para coger el teléfono, éste sonó.
– Roy Grace -contestó.
Era Brian Bishop.
Capítulo 42
Grace observó que Bishop se había quitado la ropa de golf que llevaba antes. Ahora vestía una chaqueta cara encima de una camisa blanca, pantalones azules y mocasines color habano, sin calcetines. Parecía más un playboy que había salido de juerga que un hombre de luto, pensó.
Como si le leyera el pensamiento, Bishop se sentó incómodo en el sillón rojo de la estrecha sala de interrogatorio de testigos y dijo:
– La ropa la ha elegido de mi armario su agente de Relaciones Familiares, Linda Buckley. No es lo que yo habría escogido para estas circunstancias. ¿Puede decirme cuándo me permitirán volver a mi casa?
– En cuanto sea posible, señor Bishop. Dentro de un par de días, espero -contestó Grace.
Bishop se irguió, furioso.
– ¿Qué? ¡Esto es ridículo!
Grace miró un rasguño bastante amoratado que el hombre tenía en la mano derecha. Branson entró con tres vasos de agua, los dejó sobre la mesa y cerró la puerta, pero se quedó de pie.
– Es la escena de un crimen, señor Bishop -dijo Grace con delicadeza-. Hoy en día, el método de la policía es preservar una escena como ésta el tiempo que sea posible. Por favor, comprenda que el interés de todos es atrapar al asesino.
– ¿Tienen un sospechoso? -preguntó Bishop.
– Antes de llegar a eso, ¿le importaría que grabáramos este interrogatorio? Será más rápido que tener que tomar notas.
Bishop ofreció una sonrisa tenue y glacial.
– ¿Significa eso que soy sospechoso?
– En absoluto -le tranquilizó Grace.
Bishop dio su consentimiento con un gesto.
Glenn Branson encendió los grabadores de audio y vídeo y anunció claramente, mientras se sentaba:
– Son las 22.20 de la noche del viernes 4 de agosto. El comisario Grace y el sargento Branson interrogando al señor Brian Bishop.
– ¿Tienen…, tienen algún sospechoso? -volvió a preguntar Bishop.
– Aún no -contestó Grace-. ¿A usted se le ocurre alguien?
Bishop profirió una media carcajada, como si la pregunta fuera una ridiculez. Sus ojos se movieron rápidamente hacia la izquierda.
– No. No, no se me ocurre nadie.
Grace observó sus ojos, acordándose de antes. Hacia la izquierda decía la «verdad». Bishop había respondido un poco demasiado deprisa, y también un poco demasiado alegremente para ser un hombre afligido. Ya había visto esta clase de comportamiento antes, la contestación fría, fácil, ensayada, a las preguntas; la falta de emoción. Bishop exhibía las señales clásicas de un hombre que había cometido un asesinato. Pero no significaba que lo hubiera hecho. Y esa carcajada bien podría deberse a los nervios.