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El Valle De Las Sombras

Электронная книга - «El Valle De Las Sombras». Краткое содержание книги:

Sor Fidelma ha sido enviada por su hermano, rey de Cashel, ante el jefe de Gleann Geis, el «valle prohibido». Con el temible Laisre deberá negociar el permiso para construir en su territorio una iglesia cristiana y una escuela que reemplacen los santuarios paganos de los druidas. Laisre es famoso por su hostilidad hacia la nueva religión, y Fidelma sabe que tiene entre manos una misión nada fácil. En efecto, a la entrada de Gleann Geis, la recibe una visión espeluznante: los cuerpos desnudos de treinta y tres jóvenes asesinados, dispuestos en un círculo. Cada cadáver muestra las señales de haber sido apuñalado y estrangulado; cada cráneo ha sido destrozado. ¿Quién puede ser el responsable de un acto tan siniestro sino el salvaje Laisre?
A medida que avanza con el hermano Eadulf a través del valle de las sombras, Fidelma se ve enfrentada a un peligro que nunca antes había conocido.
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– Un poco mejor, pero no mucho.

– ¿Estáis de buen ánimo para aceptar otra invitación a un banquete de Laisre? -preguntó, manteniendo el gesto serio.

Eadulf soltó un fuerte gruñido y dejó caer la cabeza entre sus manos.

Fidelma sonrió con malicia.

– Ya suponía que no. No os preocupéis. He declinado la invitación en nombre de los dos.

– ¡Deo gloria! -exclamó amanerando un tono piadoso.

– Creo que más bien nos espera una noche tranquila. Mañana deberíamos terminar nuestro trabajo aquí, y entonces podremos rastrear la llanura y ver qué podemos descubrir sobre el asesinato de aquellos jóvenes.

A Eadulf no le entusiasmó la idea.

– Creía que íbamos a esperar a ver qué averiguaba Colla -objetó.

– Acaba de llegar -explicó Fidelma con concisión-. No ha averiguado nada, ni siquiera lo que ya sabíamos.

Eadulf levantó la cabeza y consiguió parecer interesado a pesar de su estado.

– ¿Ha seguido las huellas?

– Ha dicho simple y llanamente que se perdían en las colinas del norte.

– Pero vos no le creéis.

Fidelma se sentó y se sirvió un vaso de agua fría de la jarra de Eadulf.

– No lo sé. Puede que diga la verdad. El terreno de ese valle es pedregoso. ¿Por qué iba a regresar tan pronto con tan poca información? Si formara parte de una conspiración para distraernos, bien podría haber pasado unos cuantos días fingiendo que buscaba algo antes de regresar, ¿no creéis?

– Supongo que sí -concedió Eadulf.

El hermano Dianach entró en la sala. Les dio las buenas tardes con un saludo cortés.

– ¿Iréis al banquete de esta noche? -preguntó con aire inocente, mirando directamente al sufrido Eadulf.

– No -contestó Fidelma sin más.

– Entonces, si me disculpan, subiré a darme un baño antes del festejo.

No le contestaron, y Dianach esperó un momento de pie antes de entrar en el cuarto de baño.

– Ha venido otro invitado a la ráth -informó a Eadulf una vez oyeron el chapoteo en la sala contigua.

– ¿Sí? ¿Quién? -preguntó Eadulf con curiosidad, dado el tono confidencial de Fidelma.

– Un hombre joven, de Ulaidh.

– ¿Otro visitante de Ulaidh? -se sorprendió Eadulf.

– Así mismo he reaccionado yo. Se hace llamar Ibor de Muirthemne y dice ser cennaige o tratante de caballos.

– Lo decís como si no lo creyerais.

Fidelma asintió.

– No conoce la ley sobre compraventa de caballos en ultramar.

– ¿Debería conocerla?

– Cualquier comerciante que se precie debería conocer las leyes fundamentales.

– Entonces, si no es tratante de caballos, ¿quién es y a qué ha venido?

– Ojalá lo supiera. Tiene el porte propio de un hombre acostumbrado a las armas. ¿Recordáis la torques que encontramos cerca de los cuerpos? Era una torques manufacturada en el norte. Tengo la impresión…

La puerta se abrió ruidosamente y entró la oronda figura de Cruinn.

– He oído que esta noche hay otro banquete -dijo a modo de saludo-. Pero antes quería saber si necesitaban algo de antemano.

– El hermano Eadulf y yo no iremos al banquete -la informó Fidelma.

Los ojos de Cruinn, hundidos en un rostro carnoso, revelaron sorpresa.

– ¿No vais a asistir? -repitió como si hubiera oído algo insólito-. Pero si Laisre es el anfitrión del banquete.

– No queremos abusar de vuestros servicios, Cruinn -le comunicó Fidelma, haciendo caso omiso de su desaprobación-. Bastará con que nos prepare un plato de fiambres con pan.

Cruinn escudriñó, con los párpados entornados, el rostro demacrado de Eadulf.

– También puedo prepararos un caldo. Un caldo de puerros y avena, y añadir hierbas.

Eadulf se relamió con sólo pensarlo.

– Parece justo lo que hace falta para asentar un estómago revuelto -observó.

La rolliza mujer se puso a preparar la comida, y Fidelma y Eadulf permanecieron sentados a la mesa.

– Supongo que los demás, el hermano Solin y el hombre joven, irán a la fiesta, ¿no? -preguntó Cruinn por encima del hombro mientras iniciaba su trabajo.

– El joven hermano Dianach está en el cuarto de baño. Pero ha dicho que irá -respondió Fidelma-. Esta tarde no hemos visto al hermano Solin. Estoy segura de que él también irá.

Fidelma se levantó para ponerse al lado de la mujer y la observó preparar la carne con manos hábiles.

– ¿Habéis vivido siempre en Gleann Geis, Cruinn? -le preguntó de pronto-. He oído que en el valle hay mucha gente nueva.

– Siempre he vivido aquí -confirmó la mujer-. Vos os referís a las esposas y esposos cristianos de las zonas de alrededor, que han contraído matrimonio con los pobladores originales del valle.

– ¿Os merecen buena opinión los cristianos?

La rolliza mujer se rió entre dientes.

– Es como si me preguntara si tengo buena opinión de las montañas. Están ahí. ¿Qué vamos a hacer sino vivir con ellas?

– Sois una mujer sensata -le dijo Fidelma con una sonrisa-. ¿El resto de habitantes del valle son tan estoicos como vos?

La mujerona no entendió la palabra.

Fidelma buscó otra manera de plantear la pregunta.

– ¿Opinan igual los demás? ¿O tienen cierto temor a lo que representan los cristianos?

– El valle es un lugar muy seguro, porque sólo hay dos formas de salir y de entrar -dijo Cruinn, malinterpretándola.

Fidelma se disponía a explicarle que no se refería a un temor físico, cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de decir Cruinn.

– ¿Decís que hay dos accesos? Creía que el único era el camino a través del desfiladero de la cañada.

– Oh, no. Existe el acceso del río.

– Pero me dijeron que el río era innavegable por los rápidos.

– Y así es, pero hay una senda que lo bordea. Es difícil y está oculta en algunos tramos porque pasa por el interior de cuevas aparentemente ciegas. Una persona que conozca bien el terreno puede seguirla sin dificultades. Desemboca en un valle que hay al otro lado. De niños, la mayoría de nosotros solemos explorarla. Pero nadie podía…

La mujer calló, bajando los párpados. Se le ocurrió pensar que acaso estuviera hablando demasiado a la ligera. La atención sobre el reparo de Cruinn se disipó con la irrupción del hermano Dianach, que confirmó su asistencia al banquete. Cuando se le preguntó por la intención del hermano Solin, respondió que no había visto al clérigo hacía un rato, pero imaginaba que también asistiría.

Fidelma comunicó a la cocinera que daría un paseo antes de bañarse. Tras prometer que no tardaría en regresar, dejó a Cruinn acabando de terminar la cena.

Con cierta renuencia, Eadulf decidió hacer uso de las instalaciones de la segunda cámara para tomar un baño aquella noche. Pensó que acaso un baño frío le aliviaría la destemplanza producida por el alcohol. Lamentaba haber sucumbido a la tentación de la bebida, y sobre todo se arrepentía de haberse excedido con ella. Aun cuando todos le habían dicho que su malestar se debía a que el vino era malo, no lo consideraba una excusa. Y la humillación era tanto mayor cuanto que su compañera no se había mostrado tan reprobatoria como solía.

Fidelma había salido de la ráth. Sabía exactamente adónde se dirigía. Tardó unos quince minutos en llegar hasta el poblado de Ronan, pero antes preguntó a un centinela de la puerta para asegurarse de que Ibor de Muirthemne y Murgal habían regresado a la ráth para el banquete nocturno. Avistó su objetivo cuando vio dos caballos pastando en el prado situado junto a la granja de Ronan.

Fue derecha a él y pasó al otro lado del muro de piedra que lo cercaba.

Fidelma tenía ciertos conocimientos sobre asuntos ecuestres. Casi había aprendido a cabalgar antes que a hablar. A decir verdad, su nombre todavía se pronunciaba con admiración en el famoso Cuirrech, donde se celebraba una carrera anual que se organizaba desde tiempo inmemorial. Ya habían pasado algunos años desde que descubriera el misterio del asesinato del caballo de carreras ganador del rey Laigin y de su jinete.

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