Электронная книга - «Asesinato en directo». Краткое содержание книги:
– ¿Y por lo general cada uno se preparaba lo suyo?
Tsadiq miró a Michael con verdadero asombro.
– Pero ¿a qué vienen todas estas preguntas? ¿Qué crees, que el café estaba podrido o envenenado? Te lo repito: ese hombre era una bomba de relojería, un muerto ambulante, con ese sobrepeso y tanto café…
– Entonces ¿cómo funcionaba la cosa normalmente? -insistió Michael-. ¿Era uno solo el que preparaba el café de todos?
– Unas veces sí y otras no. A veces también había burekas y galletas -dijo Tsadiq de mala gana-, a veces uno preguntaba a todos qué quería cada uno y otras nos apañábamos solos; pero hazme el favor… ¿Quién se fija, normalmente, en esas cosas?
– Sé muy bien que uno no suele fijarse, tienes toda la razón, cuando todo es normal nadie se fija, pero te pido que ahora hagas un esfuerzo por recordarlo.
– ¿Recordar el qué? ¿Quién preparó el café de Mati Cohen? ¿Es eso lo que tengo que recordar?
Michael asintió con la cabeza.
– Yo se lo preparé, ¿estás contento? No me mires así, te lo repito: yo mismo le preparé el café. En persona. ¿Pasa algo?
– ¿Le preparaste el café y después se lo serviste? -preguntó Michael.
– Exactamente tal y como te lo digo -respondió-. ¿Crees que porque sea el jefazo no voy a poder hacerles un café a mis amigos? A mí el cargo no se me ha subido a la cabeza. No se me ha olvidado quién soy.
– ¿Y se lo preparaste tú con tus propias manos? -repitió Michael.
– ¡Ya te lo he dicho! -dijo Tsadiq, furioso-. Se lo dejé encima de la mesa. ¿Algún problema?
– Pues que ese café va a haber que analizarlo -advirtió Michael-; es el procedimiento habitual, igual que la autopsia.
– Pero ¿esto qué es? ¿Qué está pasando aquí? -quiso saber Tsadiq-. ¿Qué autopsia? ¿Quién la ha pedido?
– Pues de eso se trata -dijo Michael y carraspeó-, que hemos estado hablando con la mujer de Mati Cohen… en principio parece un ataque al corazón, pero su médico lo examinó hace dos o tres semanas y todo estaba bien. Y su mujer dice que durante los últimos días se encontraba perfectamente, que hasta había empezado un régimen, así que ha sido algo totalmente inesperado.
Tsadiq permaneció un momento en silencio, para decir finalmente:
– No hay por qué hacerle una autopsia, te lo digo, seguro que ha sido un ataque al corazón, me apuesto el sueldo de un mes a que ha sido eso.
– Es posible -dijo Michael-, naturalmente que puede haber sido eso, y hasta parece lo más lógico, pero por si acaso…
De repente la puerta se abrió y apareció Aviva, que miró en dirección a Tsadiq.
– Discúlpenme -dijo dirigiéndole a Michael una media sonrisa un tanto recelosa-, no quería interrumpirlos, pero Benizri está aquí, y tú me has pedido que lo hiciera pasar en cuanto llegara. Estoy agotada, Tsadiq. Agotada. Todos están aquí… Benizri lleva un cuarto de hora esperando, y hay alguien al teléfono que… no quiere identificarse pero dice…
– Pero ¿no ves que estoy ocupado? Ahora no puedo… Aviva, arréglatelas, hazme el favor.
– Pero ¿qué le digo? -preguntó Aviva- Está esperando al teléfono, y Benizri también.
– Estamos a punto de acabar, dile a Benizri que espere, y al del teléfono también. ¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué asunto llama…? -y dirigiéndose ahora a Michael y a Eli Bahar añadió-: Ya está, os he dicho todo lo que sabía, utilizadlo como queráis… Si mandáis hacer una autopsia y… Da igual, porque de todas formas después iré a verla.
– ¿A quién vas a ir a ver? -preguntó Aviva, que seguía en el umbral de la puerta-. ¿Y qué pasa con…?
– A Malka, voy a ver a Malka, la mujer de Mati Cohen. ¿Es raro que quiera hacerle una visita? -dijo Tsadiq, mientras se apoyaba en su mesa y empujaba la silla hacia atrás.
Dani Benizri se había acercado a la puerta del despacho y Tsadiq lo llamó:
– Ven, Dani, ¿sabes lo de Mati Cohen? ¿Te has enterado de lo que ha pasado?
Benizri asintió con la cabeza, con una expresión muy seria, y dijo:
– Me he enterado y es realmente espantoso.
– No sé cómo vamos a poder soportar todo esto -suspiró Tsadiq-, pero tú has hecho un trabajo maravilloso, te felicito; ven aquí que te dé un abrazo. ¿Lo habéis visto? -les preguntó a Michael y a Eli Bahar, que ya se habían levantado de sus asientos y estaban camino de la puerta-, ¿habéis visto cómo ha conseguido hacerse con la situación? Y aun así nos hacen reproches, cuando si no llega a ser por nosotros…
– Lo de Mati Cohen… ¿ha sido el corazón? -preguntó Benizri, y Tsadiq asintió extendiendo los brazos.
– No sé qué decir -se disculpó Benizri.
– Es que no hay nada que decir -dijo Tsadiq muy serio, y echando la cabeza hacia atrás y poniendo los ojos en blanco añadió muy filosófico-: ¿Qué vas a poder decir? Son los días del hombre como el heno… lo roza el viento y ya no existe. Eso es todo cuanto se puede decir, y hazme el favor de dejar de fumar. ¿Cómo ha terminado todo aquello? ¿Los han detenido?
– A la ministra la han llevado al hospital Hadassah de Ein Kerem, y a Shimshi y a los demás los han detenido.
– Bueno, eso era previsible -dijo Tsadiq-. Ven, toma un puro -y sacó una caja grande de puros. Dani Benizri cogió uno y lo examinó con desconfianza-. No le tengas miedo, que no muerde, al menos huélelo -le dijo, y Benizri se colocó el puro entre los labios y lo encendió con una cerilla-. ¿Quieres uno? -le preguntó a Michael, que estaba al lado de la puerta, esperando que Tsadiq la abriera.
– No, gracias -contestó Michael-, a cada uno su veneno.
Tsadiq hizo una mueca y sujetó el picaporte, esperando a que salieran.
– ¿Te llamo sobre las dos? -le preguntó Michael, y Tsadiq asintió con la cabeza y cerró la puerta. Una vez fuera, Michael oyó a Tsadiq murmurar: «Mira que morirse así, de repente… Es incomprensible».
Junto a la puerta del despachito, en el despacho de la secretaria, Arieh Rubin intercambiaba susurros con Natacha. Eli Bahar se los quedó mirando mientras Michael cogía un paquete del escritorio de Aviva.
– Menos mal que han dejado aquí los vasos. Siempre se enfadan porque nadie viene a recogerlos y ahora… Qué suerte que se hayan quedado aquí… No hay mal que por bien no venga -suspiró Aviva-. He metido el vaso en un sobre marrón y después en una bolsa de plástico, sin tocarlo, primero en el sobre marrón y después en la bolsa, como en el cine, ni lo he tocado. ¿He hecho bien? -y pestañeó al mirarlo.
– Muy bien -le aseguró Michael.
– Pero no entiendo para qué lo necesita -dijo Aviva, y movió la cabeza agitando ligeramente sus rizos-. Y querría saber también si te hace falta alguna otra cosa. Tsadiq me ha dicho que os diera todo lo que… Números de teléfono, direcciones -su voz era suave y seductora y Eli Bahar percibió la curiosidad que se dibujaba en el rostro de Arieh Rubin, cuya mirada pasaba de Aviva a Michael Ohayon como si asistiera a un espectáculo que lo tuviera fascinado.
– Teniente coronel Ohayon -dijo Rubin-, no he tenido aún la ocasión de decirle que soy un viejo admirador suyo. Pregúnteselo a ella -y señaló a Aviva con la cabeza-, se lo he dicho muchas veces -y ella asintió enérgicamente.
– ¿Ah, sí? -le dijo Michael un poco incómodo-, no sabía que nosotros… creía que…
– ¿Por qué se sorprende? -le preguntó Rubin-. Yo estaba en un grupo del Najal cuando lo del kibbutz M. -y evocó el asesinato que había tenido lugar en aquel kibbutz, aunque añadió que desde entonces ya había llovido mucho-. Hoy se puede decir que el kibbutz es una reliquia, pero en aquel momento… Fue el primer asesinato que investigó la policía en un kibbutz, la primera vez que la policía entró en uno, de hecho. Otro día le contaré dos o tres casos más, que ni siquiera llegaron a oídos de la policía y que se resolvieron en el propio kibbutz. Natacha, ven, te presento al teniente coronel Michael Ohayon, seguramente lo volverás a ver.