Электронная книга - «El asesinato del sábado por la mañana». Краткое содержание книги:
– Sólo dispongo de cinco minutos antes de que llegue mi próximo paciente -dijo pausada y suavemente.
Michael insistió.
Dina se sentó en el diván y cruzó las piernas. Michael pensó que unas botas habrían resuelto el problema de sus tobillos. No entendía por qué había escogido los zapatos que llevaba puestos, cuyos tacones altos sólo mejoraban la situación parcialmente.
En respuesta a una pregunta del inspector, Dina dijo que, en efecto, la doctora Neidorf había estado supervisándola durante cuatro años.
– Teníamos una relación excelente. He aprendido muchísimo de ella y la admiraba enormemente -habló despacio, acentuando todas las palabras y todas las sílabas. Las pausas entre las palabras eran más prolongadas de lo habitual. Pero su voz no expresaba ningún sentimiento.
Linder se había sentado y estaba mirando a Dina. Por la expresión de su cara y por el creciente nerviosismo de su actitud Michael dedujo que él también había notado algo raro en la manera de hablar de la doctora, si bien parecía estar registrando un fenómeno que no le resultaba nuevo.
La supervisión, prosiguió Dina después de una breve pausa, estaba a punto de concluir, siempre y cuando, claro está, el Comité de Formación diera el visto bueno a la presentación de su caso.
Michael preguntó si la expresión «siempre y cuando» quería decir que había alguna duda al respecto.
– Siempre hay dudas -respondió Dina; una respuesta que suscitó la ira de Linder. Tanta modestia estaba de más, dijo cortante. No había ninguna duda y nunca las había habido. Todos admiraban su trabajo; él podía asegurarlo ya que había sido su supervisor.
Dina Silver cruzó las manos y dijo que, fuera cual fuese la situación objetiva, todo el mundo sentía ansiedad llegado el momento de solicitar permiso para presentar un caso. Dicho esto, consultó su reloj.
Michael le preguntó si podía quedarse con ellos un rato más.
– Sólo hasta que suene el timbre -repuso de mala gana.
Michael le enseñó los nombres que había apuntado en el cuadro y le preguntó si conocía a alguien más que hubiera recibido psicoterapia de la doctora Neidorf.
La mano le temblaba tanto que la psicóloga hubo de dejar el papel en su regazo. Examinó los nombres atentamente y después alzó la vista hacia Linder y le preguntó, como si Michael no estuviera allí:
– ¿Sabías que trabajaba tantas horas?
Linder asintió con la cabeza y dijo que aunque Neidorf siempre estaba quejándose de eso, por otro lado no lograba resistirse a las presiones. Michael le preguntó a qué presiones se refería.
– Cuando eres un psicoanalista famoso siempre están remitiéndote a gente para que la trates. Los amigos y los colegas te presionan para que, al menos, aceptes a tal o cual persona, y a veces es muy difícil negarse.
Dina Silver volvió a examinar la hoja que tenía en las rodillas y al final dijo que ella misma había remitido a una persona a Neidorf para que la tratara, y que sabía que esa persona había estado acudiendo a sesiones de psicoterapia dos veces por semana, pero que no podía revelar su nombre sin el consentimiento de la doctora. El timbre sonó y Dina se levantó de un salto; después de decirle al inspector jefe que se pusiera en contacto con ella más adelante si así lo deseaba, salió cerrando la puerta a sus espaldas.
Una vez más se oyeron sus pasos, el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse, un murmullo de voces y, después, el silencio, un silencio que nadie rompió, porque Linder había cambiado por completo de humor y, con la cabeza gacha, estaba mirando fijamente un punto situado en el centro de la alfombra que había a los pies del diván.
Michael se vio obligado a preguntarle dos veces si se había acordado de algo más.
– No, no, claro que no -exclamó Linder sobresaltado, aunque su rostro reflejaba un abatimiento y una desesperación de los que antes no se había visto el menor rastro. Michael reflexionó sobre el hecho de que dos personas tan distintas como Neidorf y Linder hubieran estado supervisando a Dina Silver. Luego le preguntó a Linder cómo sobrellevaban los candidatos las diferencias de estilo de sus supervisores.
– No se trata de una simple cuestión de estilo, es una cuestión de la filosofía que se tiene de la vida, de las diferencias de personalidad. Aunque la situación plantea ciertas dificultades, también tiene sus ventajas. Pero Dina no ha tenido problemas. Estoy seguro de que a Neidorf le presentaba informes más exactos que las que me traía a mí. Pero no habrá oído hablar de los informes, ¿verdad?
– No -dijo Michael.
– Una vez por semana los candidatos le presentan al supervisor un informe de las cuatro horas dedicadas a analizar a su paciente. Pero no se pueden tomar notas durante la sesión de análisis. ¿Por qué? Porque Ernst piensa que el terapeuta prestaría más atención a sus notas que a su paciente. ¿Cuándo se preparan entonces, se estará preguntando? Después de la sesión. Escribir esas notas al final de la jornada me parece el peor castigo del mundo. Y, como es lógico, siempre he disculpado a quien de tanto en tanto me traía unas notas muy breves o nada en absoluto. Pero con Eva nadie se comportaba así. Dina me contó que al acudir en cierta ocasión sin ningún informe a la sesión de supervisión, la reacción de Eva fue lanzarse a interpretar los motivos que había tenido para actuar así. Yo le comenté que debería estarle agradecida por haber recibido algo a cambio de nada, pero no creo que nunca más se atreviera a presentarse a supervisión sin haber reseñado sus sesiones como es debido.
Michael le preguntó entonces si tenía una buena relación con Dina y si la candidata había adoptado el «estilo» de Linder.
Linder guardó silencio largo rato. Cuando al fin respondió, lo hizo con amargura. Sus relaciones con Dina habían cambiado. Hubo un tiempo en que él era su apoyo y su consuelo, la persona a la que Dina confiaba las dificultades que tenía con los pacientes, así como sus problemas profesionales y personales. Pero a lo largo del último año se había ido distanciando de él. Le hablaba menos de sí misma. Mientras la sombra de una sonrisa cruzaba su rostro, Linder dijo que, por lo visto, Dina se había hecho independiente, había madurado, eso era todo, y a él le resultaba difícil aceptarlo.
No es sólo eso, pensó Michael. Hay algo más. Quizá Linder ya no está seguro de tenerla de su parte. Tal vez piensa que se ha pasado al bando de Neidorf, o algo por el estilo.
El nombre de Dina Silver estaba en la lista de invitados a la fiesta, con la palabra «ensalada» escrita a lápiz a su lado, en una letra pequeña que no era la de Linder.
Sí, respondió Linder a la pregunta de Michael, Dina había estado en la fiesta. Y había llevado la ensalada, desde luego. No, no sabía si había entrado en el dormitorio. Aunque, sí, claro que había entrado. Su abrigo: recordaba que la había ayudado a quitárselo y lo había dejado en el dormitorio, pero no recordaba haberlo ido a recoger después. No obstante, Michael estaba sobre una pista falsa. Ya la había visto con sus propios ojos… Las armas de fuego y los disparos no combinaban bien con tanta fragilidad, por no hablar del móvil del asesinato. ¿Qué móvil podría haber tenido Dina?
No, no sabía lo que Dina había hecho el viernes por la noche ni el sábado por la mañana. Probablemente habría desayunado al aire libre en su gran jardín. Se había casado con un pez gordo, todo un magnate; Linder no estaría dispuesto a jurar que Dina no se había casado para que la cuidaran y mimaran durante el resto de sus días. Su marido era archiconservador, un juez. ¿Quizá Michael había oído hablar de él?
Michael había oído hablar de él, e incluso lo conocía personalmente. Un hombrecillo seco y pedante. Y, en efecto, era archiconservador. Uno de los jueces más estrictos que nunca se hubieran visto en su jurisdicción. No podía imaginar a esa mujer joven y guapa compartiendo cama con el hombre al que todos llamaban «el Mazo», porque no soportaba el menor ruido en la sala del tribunal y siempre estaba dando mazazos. Michael calculó que el juez debía de sacarle cuando menos diez años a su mujer. Sin disimular su curiosidad, le preguntó a Linder cuántos años tenía Dina.