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Muerte en Estambul

Электронная книга - «Muerte en Estambul». Краткое содержание книги:

Tras la boda de su hija Katerina, el comisario Kostas Jaritos decide tomarse unos días de descanso y viajar con Adrianí, su temperamental mujer, a Estambul, ciudad estrechamente relacionada con la historia de Grecia. Así pues, mezclado con cientos de turistas, Jaritos se lanza a admirar iglesias, mezquitas y palacios mientras degusta la gastronomía del lugar y discute no sólo con su mujer sino también con los miembros del grupo con el que viaja. Sin embargo, todo se tuerce cuando algo aparentemente tan nimio como la desaparición de una anciana en un pueblo de Grecia se convierte de pronto en un caso de asesinato, pues informan a Jaritos de que han encontrado muerto a un pariente de esa anciana… y de que ésta se dirige a Estambul. Jaritos tendrá que trabajar codo con codo con el suspicaz comisario turco Murat, e irá internándose en la pequeña comunidad que conforman los griegos que todavía, tras el éxodo masivo que protagonizaron en 1955, permanecen en la ciudad.
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Es un edificio de seis plantas, con dos ventanas grandes en cada piso. Busco el nombre de Murat Sağlam en el portero automático. Lo encuentro. Debajo del nombre figura el número 4 y, al lado, la palabra «kat». Llamo al timbre y la puerta se abre enseguida.

Murat nos recibe en camisa y chaqueta de lana. Me arrepiento de llevar traje y corbata, aunque pienso que nos encontramos en un país extranjero y un toque de formalidad, seguramente, será un punto a nuestro favor.

– My wife -digo a Murat y le presento a Adrianí.

Murat le dice «welcome» en inglés, ella responde «mucho gusto» en griego y así concluyen los saludos y las presentaciones. Murat nos conduce al interior de la casa mientras yo me pregunto cuándo nos presentará a su mujer. Mi duda se resuelve al entrar en el salón.

Allí nos está esperando una belleza de treinta y tantos, morena, esbelta, de estatura media y ojos negros como el azabache y un poco rasgados. Cuando sonríe, como en el momento de recibirnos, en sus mejillas se dibujan dos hoyuelos. La única nota discordante es el pañuelo que le cubre la cabeza. Un pañuelo de seda, desde luego, muy bonito, que envuelve su cabello con buen gusto…, pero un pañuelo al fin y al cabo.

– He de pedirte que no le des la mano a mi mujer -me susurra Murat al oído-. Su religión lo prohíbe.

– Good evening, I'm Nermin -se presenta ella y le da la mano a Adrianí, mientras se inclina un poco ante mí y me dice en turco: «Hoş geldiniz». Ya desde estas primeras palabras me doy cuenta de que su inglés está a años luz del mío y del de su marido, cosa que queda confirmada cuando entramos en las formalidades: ¿les gusta Estambul?, ¿dónde han estado?, ¿han visitado las islas de Prínkipos y los museos?…

Pese a su evidente incomodidad, Adrianí lleva una sonrisa permanente en la boca, como quien lleva un corsé cuando le duelen las lumbares. Comprendo que el peso de la conversación recaerá sobre mí, aunque sólo en lo que se refiere a la representación griega. Por lo demás, Nermin domina la conversación mientras yo me limito a traducir unas pocas palabras a Adrianí y ella, a su vez, se limita a asentir con la cabeza.

En cuestión de minutos me entero de que la mujer, tras la carrera, estudió un máster en computer graphics en Alemania y que es jefa del departamento de informática de una gran empresa, y que los sueldos aquí no son tan buenos como en Alemania pero que las posibilidades de ascenso son mucho mayores. Todo esto nos lo cuenta aunque apenas nos conocemos y con gran soltura, y yo observo a Murat de reojo. Debe de saberse la historia de su mujer de memoria pero, aun así, la escucha con interés y orgullo contenido. Seguramente se debe a su procedencia alemana, porque los polis griegos, como los turcos, me imagino, se enorgullecerían de las habilidades culinarias de su mujer pero no de sus estudios.

Al cabo de media hora, Nermín se levanta y nos invita a pasar al comedor. Me llama la atención que, en las casas de esta ciudad, el comedor está todavía separado del salón, mientras que en Grecia lo suprimimos hace años. Otra cosa que me sorprende es la decoración moderna del piso, el aluminio, el plexiglás y las lámparas de moda, que tal vez correspondan a los gustos de una experta en informática, pero poco tienen que ver con un madero y una esposa tocada con pañuelo.

La mesa, con capacidad para seis personas, está puesta para cuatro. El primer plato es, teniendo en cuenta las costumbres locales, una sorpresa: salmón con espárragos. En la mesa hay vino blanco y cerveza.

– What would you like to drink? -me pregunta Murat-. Wine or beer?

Yo opto por el vino mientras Adrianí prefiere la cerveza, igual que Murat. Nermín toma cerveza sin alcohol.

– Mi mujer no toma alcohol. Su religión lo prohíbe -me explica Murat.

– No importa. Mejor para su salud. -Por segunda vez constato que habla de la religión de su mujer en tercera persona, como si no fuera también la de él.

– Le llama la atención mi pañuelo e intenta disimularlo, am I right? -me pregunta Nermín con una sonrisa-. Mejor dicho, se está preguntando cómo es posible que lleve pañuelo una mujer que ha estudiado computer graphics en Alemania, que habla alemán e inglés y trabaja en una gran empresa.

Me ha pillado in fraganti y no sé qué decirle. Tampoco traduzco sus palabras a Adrianí, que me observa con curiosidad, para no ponerla también en un brete. Murat es mi salvación:

– ¿Entiendes ahora por qué te hablé de las minorías el otro día? El pañuelo de mi mujer fue la causa que nos obligó a abandonar Alemania. Una tarde apareció en casa con la cabeza cubierta y anunció que en lo sucesivo llevaría siempre pañuelo. No daba crédito a mis ojos, no sabía qué decir. Nermín jamás había sido religiosa. ¿Qué le había entrado, así, de repente? Intenté razonar con ella, conseguir que cambiara de opinión, pero se mostró inflexible. «Es mi cabeza, y yo decido si quiero cubrírmela o no», me dijo. «No tengo que rendir cuentas a nadie.» ¿Sabes lo que significaba para mí aquello? ¿Un miembro de la policía alemana casado con una mujer que lleva pañuelo? En Alemania suelen echarles la culpa al padre o al marido. Este reprime a su mujer, la obliga a llevar pañuelo. ¿Cómo podría convencerles de que era decisión de Nermín y que yo no podía obligarla a quitárselo? Todo lo contrario, tenía que respetar su deseo de hacer lo que quisiera. Así hemos vivido siempre: respetando mutuamente nuestros derechos. Somos una pareja turca con principios alemanes. Una noche, al salir del cine, nos topamos con un compañero de la comisaría. Al día siguiente ya me miraban todos como un bicho raro. Uno me preguntó en tono irónico si pensaba dejarme crecer la barba. Comprendí que debía cambiar de profesión o abandonar Alemania. Nermín y yo lo hablamos y nos decantamos por lo segundo.

Siento una incomodidad que es toda mía, mejor dicho, mía y de Adrianí, a quien voy traduciendo lo más importante. Nermín nos observa y parece divertirse.

– No nos importa hablar del tema abiertamente con los amigos -explica la mujer-. Además, fue por culpa de una griega que me puse el pañuelo.

– ¿De una griega? -pregunta Adrianí sorprendida.

– Pues, sí. Esperen un momento, traigo el segundo plato y se lo cuento. -Indica a Murat que la acompañe y nos dejan solos unos minutos.

– ¿A ti te molesta que Nermín lleve pañuelo? -pregunto a Adrianí.

– ¿Por qué me ha de molestar? ¿Acaso tu madre no llevaba pañuelo en el pueblo? La mía, desde luego, sí.

La pareja aparece con dos bandejas. Una de ellas contiene un redondo de ternera, y la otra, patatas con algo parecido a col lombarda. Nermín nos sirve los platos.

– En mi primer trabajo tenía una colega griega -dice cuando termina de servir y se sienta-. Hija de gastarbeiters, obreros extranjeros contratados allá por los años sesenta, nacida en Alemania. Un día, mientras comíamos juntas, me contó una historia. Su abuela, una refugiada política, había vivido muchos años en Moscú. Un día acudió a su casa una vecina rusa, alarmada y llorando. Cuando le preguntó qué le pasaba, ella respondió: «Ha ocurrido algo muy malo. Mi hijo, Sergei, se ha bautizado. ¿Sabes qué significa esto? No podrá estudiar, no podrá encontrar un buen trabajo, vivirá como un paria en la Unión Soviética. ¿Y sabes qué es lo peor? Que no lo ha hecho porque sea creyente, sino por oposición al régimen». Después de escuchar aquella historia, cuando salí del trabajo por la tarde fui a comprar un pañuelo y me lo puse. Desde entonces, no me lo he quitado nunca. No me preguntéis si lo llevo por convicción o por oposición, porque no lo sé. En todo caso, ya no tiene ninguna importancia.

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