La Casa Rusia
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Casa Rusia». Краткое содержание книги:
Fue una buena cosa que Katya llegase para salvarle.
No había nada secreto en su entrevista, nada reservado en su comportamiento. Cada uno de ellos divisó al otro en el mismo instante, mientras Katya estaba atravesando todavía la puerta. Barley levantó un brazo, agitando a Jane Austen.
– ¡Hola, soy yo! ¡Blair! -gritó.
Katya desapareció y reapareció victoriosa. ¿Le oyó? Sonrió de todos modos y levantó los ojos hacia el cielo, en muda mímica, presentándole excusas por su retraso. Se echó hacia atrás un mechón de negros cabellos, y Barley vio los anillos de boda y de compromiso de Landau.
«Debería haberme visto tratando de escabullirme», le estaba ella diciendo por señas por encima de las cabezas. O: «Me ha sido completamente imposible encontrar un taxi.»
«No importa en absoluto», estaba respondiendo, también por señas, Barley.
Luego se desentendió por completo de él mientras fruncía el ceño y rebuscaba en su bolso la tarjeta de identidad para enseñársela al policía de paisano cuyo agradable trabajo aquella noche era interceptar a todas las damas atractivas que entraban en el hotel. Era una tarjeta roja lo que mostró, por lo que Barley adivinó que se trataba del Sindicato de Escritores.
Luego el propio Barley se distrajo mientras trataba de explicar en su pasable aunque trabajoso francés a un corpulento palestino que no, lo sentía, pero no era miembro del Grupo de Paz, muchacho, y, no, tampoco era el director del hotel y dudaba mucho que hubiese alguno.
Wicklow, que había observado estos hechos desde la zona media de la escalera, manifestó más tarde que nunca había visto un encuentro abierto mejor realizado.
Como actores, Barley y Katya iban vestidos para obras diferentes: Katya, para alta comedia, con su vestido azul y cuello de encaje antiguo que tanto le había gustado a Landau; y Barley, para comedia cómica inglesa, con un traje a rayas de su padre que le estaba demasiado corto de mangas y un par de desgastadas botas de ante de «Ducker», en Oxford, que sólo un coleccionista de antigüedades habría podido considerar como todavía espléndidas.
Cuando se reunieron se sorprendieron mutuamente. Después de todo, aún eran desconocidos, más próximos a las fuerzas que les habían llevado allí que cada uno al otro. Desechando el impulso de darle un beso de cortesía en la mejilla, Barley se encontró mirando con aturdimiento sus ojos, que no sólo eran muy oscuros y, al mismo tiempo, llenos de luz, sino que se hallaban también provistos de densas arias de sombra, de tal modo que no pudo por menos de preguntarse si no poseería un doble juego de pestañas.
Y, como Barley, por su parte, mostraba esa expresión indefiniblemente estúpida que asalta a ciertos ingleses en presencia de mujeres hermosas, Katya sospechó que su primera impresión por teléfono había sido correcta y que él era un tipo altivo.
Mientras tanto, se hallaban lo suficientemente cerca uno de otro como para percibir el calor de sus cuerpos, y Barley oler su maquillaje. A su alrededor continuaba la Babel de lenguas extranjeras.
– Usted es el señor Barley, creo -dijo ella, jadeante, y le apoyó la mano en el antebrazo, pues tenía la costumbre de tocar a las personas como para asegurarse de que eran reales.
– Sí, en efecto, el mismo, hola, y usted es Katya Orlova, amiga de Niki. Maravilloso que haya podido lograrlo. Una obra maestra de precisión. ¿Cómo está?
Las fotografías no mienten, pero tampoco dicen la verdad, estaba pensando Barley, viendo cómo se elevaba y descendía su pecho con su respiración. No captan el fulgor de una muchacha que parece como si acabara de presenciar un milagro y uno fuese la persona a la que hubiera decidido decírselo primero.
La bulliciosa muchedumbre que llenaba el vestíbulo le devolvió a la realidad. Nunca dos personas, por unidas que estuviesen, podrían haber sobrevivido durante mucho tiempo intercambiando cortesía en el centro de aquella agitación.
– Vamos a hacer una cosa -dijo, como si acabara de ocurrírsele de pronto una brillante idea-. ¿Por qué no tomamos un té? Niki me insistió en que derrochara mis atenciones con usted. Se conocieron en esa feria, me dijo. Excelente persona, un corazón de oro -continuó animadamente mientras la conducía hacia la escalera-. La sal de la tierra. Un pelma también, desde luego, pero ¿quién no lo es?
– ¡Oh!, el Landau es un hombre muy amable -dijo ella, hablando para Barley tanto como para el inidentificado auditorio, pero con tono muy persuasivo.
– Y digno de confianza -añadió aprobadoramente Barley mientras llegaban al rellano del primer piso. Ahora, también él por alguna razón, estaba jadeando-. Pídale a Niki que haga algo, y lo hace. A su manera, cierto. Pero lo hace y se guarda para sí lo que piensa. Siempre he considerado que ése es el signo de un buen amigo, ¿no le parece?
– Yo diría que sin discreción no puede haber amistad -respondió ella, como si citase una frase de un libro de preparación al matrimonio-. La verdadera amistad debe basarse en la mutua confianza.
Y Barley, al tiempo que reaccionaba cordialmente a tan profundo pensamiento, no pudo dejar de reconocer la similitud de sus cadencias con las de Goethe.
En una estancia encortinada había un mostrador de diez metros de largo con una sola bandeja de bizcochos sobre él. Detrás, tres corpulentas mujeres con uniformes blancos y cascos de plástico transparente habían montado guardia junto a un samovar de regimiento mientras discutían entre ellas.
– Y con un excelente criterio para juzgar un libro, el viejo Niki -observó Barley, insistiendo en el tema mientras ocupaban sus puestos ante la barrera de cuerda-. Bête intelectuelle, como dicen los franceses. Té, por favor, señoras. Maravilloso.
Las señoras continuaron arengándose unas a otras. Katya las miró con semblante inexpresivo. De pronto, para asombro de Barley, sacó su pase rojo y gruñó ferozmente -no había otra palabra para expresarlo-, con el resultado de que una de ellas se separó de sus compañeras lo suficiente para coger dos tazas de un estante y dejarlas caer malignamente sobre dos platillos como si estuviera cargando un viejo rifle. Todavía furiosa, llenó una enorme marmita. Y, habiendo sacado con nuevas muestras de cólera una moderna caja de cerillas, encendió el gas y depositó encima con fuerza la marmita antes de volver junto a sus camaradas.
– ¿Quiere un bizcocho? -preguntó Barley. ¿Foie gras?
– Gracias. Ya he tomado unos pastelillos en la recepción.
– ¡Oh, Dios mío! ¿Estaban buenos?
– No ha sido muy interesante la cosa.
– ¿Pero eran amables los húngaros?
– Los discursos no eran importantes. Yo diría que eran banales. Yo culpo de ello a nuestro lado soviético. No nos sentimos relajados con los extranjeros, ni aunque sean de países socialistas.
Los dos se habían salido por un momento de los respectivos papeles. Barley se estaba acordando de una chica que había conocido en la Universidad, hija de un general, con una piel que parecía hecha de pétalos de rosa, y que vivía sólo para defender los derechos de los animales hasta que se casó precipitadamente con un caballerizo de la asociación local de cazadores. Katya estaba mirando sobriamente al extremo de la sala, donde una docena de mesas se hallaban dispuestas en ordenadas líneas. Junto a una de ellas se hallaba Leonard Wicklow, compartiendo una broma con un joven de su edad. En otra, un maduro Rittmeister con botas de montar bebía limonada en compañía de una muchacha con vaqueros y separaba los brazos como para describir sus perdidas fincas.
– No comprendo por qué no la invité a cenar -dijo Barley, mirándola de nuevo a los ojos con la sensación de hundirse en sus profundidades-. Supongo que es que uno no quiere ser demasiado audaz. No, a menos que pueda salirse con la suya.