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Requiem Para Rusia

Электронная книга - «Requiem Para Rusia». Краткое содержание книги:

Esta conmovedora novela capta lúcidamente el tenso momento histórico de Rusia en las dos semanas previas al fracasado golpe de derecha, de agosto de 1991, entrelazado con los amores y desamores de sus personajes.
En una trama minuciosamente urdida recibimos la más vívida imagen de una nación inmersa en los pesares e incertidumbres de la rebelión, junto con la recreación de la vida cotidiana de una ciudad minera rusa con su mundo de policías, burócratas e idealistas en pleno proceso de transición.
En ese momento y circunstancias confluyen las vidas de Anton Gzeich, diplomático de los servicios secretos estadounidenses, y de Sergei Propenko, burócrata profesional soviético, ambos a cargo de un programa de ayuda del gobierno de Estados Unidos, para paliar el hambre en esa ciudad tan distante de Moscú, aislada y pobre, donde comparten las angustias de la mediana edad y los vaivenes de sus almas de individuos atrapados en los conflictos entre su carrera y sus ideales.
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Julie y él localizaron la tumba de Dostoievsky, y algo en ella y en los jardines del monasterio con nieve sobre las ramas oscuras de los arboles, asi como los gorilas de Brezhnev al acecho cerca de los escalones de la iglesia, los sumergió en un mar de culpa No era una culpa específica, nada conectado directamente con lo que él y Julie habían estado haciendo durante los últimos seis meses mientras Marie y Oliver escribían cartas de amor desde casa, pero algo más existencial y que lo abarcaba todo. La culpa original. Se preguntó si Julie también lo sentía, pero no pudo obligarse a preguntárselo.

Entonces casi mató a sus viejos demonios, casi se sacó de encima la sutil melancolía que lo había estado acechando toda su vida. Si hubiese podido sacarlo a la luz y mirarlo con Julie quizá lo habría vencido. Quizás habría podido hacer entonces algo que los rusos nunca han podido hacer: reclamar un poco de alegría para si mismo. Pero abrió la boca y lo que dijo fue:

– No puedo hacerle esto a Marie.

Czesich vació la bañera, se enjuagó y se tomó un buen rato para secarse con la toalla rala y tosca.

Julie había dejado escapar un sonido peculiar, un grito; le había dado la espalda sin preguntarle qué quería decir, sin discutir, y se había dirigido a la calle con pasos cortos y rápidos La había seguido a dos pasos de distancia, furioso contra sí mismo, mudo de confusión. Marchando de esa manera, en formación, dieron vuelta en dirección al Neva y subieron a un puente luchando contra un viento helado; Julie caminaba con paso presuroso y lloraba. Con Czesich a un lado y algo mas atrás Tenia la sensación de que. si bien él había hablado, era una decisión que habían tomado juntos, que habían combinado las partes malas de ambos y creado un desastre cuando podían haberse ayudado para evitarlo mutuamente. Se sintió condenado: la sentencia había sido dada y no podía ser apelada. Un destructor de la marina navegaba por las aguas agitadas que pasaban bajo ellos con la hoz y el martillo ondeando. En el medio del puente tomó el brazo de Julie. pero ella le separó los dedos y lo enfrentó.

– Eres un cobarde -gritó, con la cara tensa y pálida. El viento helado tomó las palabras y las llevó río abajo-. Simplemente un maldito cobarde ¿ Me tienes miedo, no es cierto?

Czesich se vistió despacio y con cuidado y se sentó a la mesa. Qué limpia- mente corta una furia como esa a través de toda la simulación fatua y llega a la maldita pequeña verdad. Julie en realidad ni siquiera había pensando lo que estaba diciendo: estaba seguro de eso. Simplemente había surgido de las sombras, de la propia cobardía de ella, de su propio miedo de él. Habían tenido oportunidad de salvarse, el uno al otro y no lo habían hecho, y todavía no podían salvarse. Algún rincón ruso oscuro en ellos, acostumbrado al frío y al sufrimiento, no se atrevía a desear el rescate.

15

8 de agosto de 1991

Estoy sentada aquí en mi sencillo apartamento soviético (demasiado grande para un soltero y demasiado lleno de reliquias de mis otros destinos) mirando fijamente en la sala de estar una mesa puesta con candelabros sin encender y vasos de vino que no han sido usados y tres gladiolos amarillos en un florero de Burma. En el horno hay un capón, rodeado de patatas que reposan en una capa de grasa congelada. Obligarme a mí misma a escribir es un acto de fuerza de voluntad.

Hace una o dos horas llamó Chesi… desde Vostok. Estoy luchando por considerar ese hecho dentro de su contexto. Por milésima vez en mi vida, estoy tratando de entenderlo, de no enojarme, al borde del odio, tratando de determinar qué porción de culpa debo asignarme, y qué tanto le corresponde a él.

Esta mañana fui a trabajar temprano para poder salir antes de lo usual y tener tiempo de hacer compras para nuestra comida. Fue un día cálido y seco, y caminando por Bolshaya Ordinka hacia el metro observé que muchas ventanas de planta baja estaban abiertas, y eché algunas miradas al pasar: mujeres viejas sentadas a la mesa del desayuno con su kasha y el té; plantas en una ventana debatiéndose en el aire sucio de la ciudad; cortinas de hilo; gorriones en un alféizar buscando nerviosamente migas de pan que alguien les había dejado; un padre que metía la camisa de su hijo pequeño dentro de los pantalones para ir a la escuela. Los apartamentos soviéticos tienen un cierto olor (el olor cálido a sudor, a jabón, de la gente que vive muy amontonada) y una o dos veces lo percibí por la ventana de alguien y me transportó a la época en que Chesi y yo íbamos a hacer visitas después del trabajo cuando éramos guías. Recordé una visita en particular. Fue en Novosibirsk, y nos habíamos hecho amigos de una pareja joven. Habían hablado conmigo en la exposición; luego esperaron afuera hasta que dejamos el trabajo, nos siguieron por el parque (Chesiy yo estábamos enamorados entonces y queríamos salir solos lo más posible, así que no tomábamos el autobús con los otros guías) y nos invitaron a cenar en su casa a la noche siguiente.

El apartamento estaba lejos del centro de la ciudad, justo al final de una de las líneas de tranvía, en un conjunto de cajas de cemento de nueve pisos situadas en un descampado cubierto de hierba. Subimos con gran estruendo en un ascensor ruidoso v recorrimos un pasillo vacío: paredes de cemento desnudas, lo mismo que el suelo, y el techo con una gran bombilla eléctrica colgada de un alambre.

Nuestros anfitriones vivían con su niñito y una cachorrita boxer en dos habitaciones pequeñas y calientes. Habían colocado comida sobre la mesita de café en el cuarto de estar: una tira de carne envuelta en grasa, hongos en vinagre, papas con cebolla, pan, vino para, las mujeres y vodka para los hombres. Lo recuerdo tan claramente. Recuerdo que la perrito se orinó sobre la alfombra cerca de la puerta y todos lo tomaron a risa. Recuerdo que Chesi y yo les mostramos fotografías de nuestras familias y de las casas de nuestros padres: las instantáneas de Marie y Oliver las habíamos dejado en nuestras respectivas habitaciones del hotel. Recuerdo la alegría tan obvia de esa gente al recibir a dos norteamericanos, más o menos de su edad, y cómo no podían dejar de sonreír, mirarnos y ofrecernos comida con muchos oohs y aahs ante nuestra pequeña colección de fotos.

Los dejamos cerca de medianoche, después de haber intercambiado direcciones y concertado otro encuentro y hablado de conseguir entradas para ver Don Quijote en el Teatro de Opera y Ballet. Todavía no estaba oscuro y Chesi y yo caminamos bastante rato, siguiendo la línea del tranvía, antes de tomar un taxi para volver al hotel. Los dos estábamos un poco achispados y absortos en nosotros mismos esa noche y decidimos que acabábamos de ver el verdadero temperamento ruso, y que la frialdad y la mezquindad que veíamos en las calles, y a veces en la exposición, eran sólo una protección, una coraza.

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Главный герой
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