Los papeles de agua
- Автор: Gala Antonio
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los papeles de agua». Краткое содержание книги:
Yo meditaba sin quererlo en los vaivenes de los grandes, en el desamor de los grandes, en la locura de cualquier clase de los grandes…
El héroe fue vendido por Hermes a Onfalia, reina de Lidia. Y pasaba los días vestido de mujer, constelado de pulseras y collares, hilando y cardando la lana para complacer, con su aspecto y quehaceres femeninos, a su mujer, que se había adueñado de la piel del león de Nerea que Heracles vestía, así como de su arco y de sus flechas… Pero debió acometer hazañas nuevas, que liberaran de asedios y amenazas al reino de Lidia. Y así, entre eso y la hartura de Onfalia, Heracles recibió la libertad y fue devuelto a su patria convertido en varón verdadero, por dentro y por fuera, curado ya de su locura… Aunque siguió su propia estela de fuerza, de destrucción y muertes… Hasta que dio con Deyanira, y Deyanira con Neso y con su sangre. Cuando los dos llegaron a Traquis, después de sus guerras en Tesalia, Heracles dejó a Deyanira y fue contra Ecalia, cuyo rey le había negado años atrás injustamente a su hija. Se llamaba Yola. Derrotó, con un ejército de locrios, malios y arcadios, a Eurito, tomó la ciudad, se apoderó de Yola y se la llevó como concubina. Agradecido por su nueva victoria y su nueva compañía, quiso erigirle a su padre Zeus un altar en el cabo Ceneo. Envió un heraldo a Traquis para que le trajera una túnica apropiada a la ceremonia de consagración. Todo estaba previsto por los dioses. Deyanira vio llegar al mensajero con la nueva compañera de su marido e impregnó la túnica solicitada con el supuesto filtro de amor que le diera el centauro. Pero la sangre de éste se había mezclado con el veneno de la Hidra de Lerna, inoculado por el flechazo de Heracles. Tan pronto como vistió la túnica, sintió que su piel se abrasaba y vio cómo se arrancaba pedazos de su carne en los intentos de librarse de ella. Entre sufrimientos, sobrehumanos como él, regresó a Traquis. Deyanira, al caer en la cuenta del engaño de Neso, se ahorcó. No hay bien que no termine mal. Y quizá viceversa. Heracles subió al monte Ena, acompañado de Hilo, su hijo de Deyanira, y le ordenó construir una gran hoguera. Ningún criado quiso encender el fuego. Aceptó Filoctetes, y en pago recibió el arco y las flechas invencibles… El fuego destruyó el cuerpo mortal del héroe, mientras una nube ocultaba la pira y un gran trueno hizo oír la voz de Zeus… El héroe había, por fin, entrado en la inmortalidad. En el Olimpo fue adoptado por Hera, la gran diosa, y se casó con Hebe, para vivir ya eternamente entre los inmortales…
Después de esos inútiles recuerdos, me levanté despacio. Encendí una vela. Quemé el detallado texto del anónimo. Pero no olvidé ni una sola palabra de lo que me advertía, que yo había presentido negándomelo a la vez. En apariencia todo siguió lo mismo entre Gabriel y yo. Nuestras relaciones se redujeron estrictamente a lo profesional. Él me aconsejaba y me editaba; yo, en principio, era la que salía ganando. Y concedí, con los ojos cerrados, ambientes inequívocos subversivos y total libertad. Para evitar el expreso conocimiento de lo que no estaba dispuesta a conocer.
En contra de la homosexualidad no tengo nada. Tampoco antes del otro día con Bianca. Sé que no es una enfermedad, ni un vicio, ni un pecado. Para mí es una forma de ser y de sentir, quizá no el sexo sólo. Que la sociedad la acepte y la respete o no, depende de la sociedad y de su desarrollo, o quizá de su conveniencia. Y también de la Iglesia, que calla sólo cuando le afecta. Es como el onanismo, por ejemplo. Nadie con dos dedos de frente, incluidos los moralistas y teólogos, puede tener en cuenta la adversa opinión pública sobre una peculiaridad sicológica o física. Da igual que sea la homosexualidad, o los ojos celestes. Y menos aún, una peculiaridad continua y recurrente en la historia del hombre (en el amplio sentido, incluyo a la mujer), natural y educativa para algunos pueblos, y compatible con un temperamento común y sano en la mayoría de los casos. Y, si no lo es en todos, se debe precisamente a las presiones ajenas a él que sobre él se ejercen. ¿Quién es nadie para diferenciar, y hasta contraponer, un amor natural a un vicio vulgar y repugnante? ¿Lo que fue saludable para Grecia se ha transformado en una patología? Los siquiatras han metido en esto, por lo general, la cuchara y la pata hasta el pescuezo. ¿Cómo diagnosticar de enfermedad la emoción que dominó a los mejores hombres y más nobles de Grecia o del Renacimiento, de quienes somos sucesores indignos? Quien abrió la lucha en la literatura fue Walt Whitman, una especie de mesías que habla a sus camaradas de Cálamos, y también un ingenuo creyente en la salvación por la poesía.
Tengo conmigo, porque los llevo siempre para recordarme cuál debe ser mi comportamiento, versos de éclass="underline"
«Ya sin rubor (pues en este lugar retirado puedo expresarme como no me atrevería en otra parte), / bajo el peso de una vida recatada y que, no obstante, encierra todo lo demás, / resuelto a no cantar hoy día otros cantos que los de la adhesión viril, / los proyectos a lo largo de esta vida sustancial, / dejo como herencia los tipos de amor atlético, / en esta tarde de este delicioso septiembre de mi año cuadragésimo primero, / empiezo, para todos aquellos que son jóvenes, o lo han sido, / a revelar el secreto de mis noches y de mis días, / a celebrar la necesidad de los camaradas…»
»¿Quién es aquel que quiere ser mi discípulo amado?
»¿Quién quiere inscribirse como candidato a mi afecto?
»Tendrías que abandonar toda la teoría pasada de tu vida y toda la conformidad con las vidas que te rodean, / ensayaremos furtivamente en algún bosque, / o detrás de un peñasco, al aire libre / (pues en la habitación techada de una casa yo no me muestro, ni en compañía, / y en las bibliotecas permanezco mudo como un bausán, o como si aún no hubiese nacido, o como un muerto), / pero quizá a ti te sobre una alta colina, habiéndome asegurado antes de que ninguna persona iba a sorprendernos, / o acaso a ti en el mar, o en la playa del mar, o en una isla tranquila, / te permitiré posar tus labios en los míos, / con el largo beso del camarada o con el beso del nuevo esposo, / porque yo soy el nuevo esposo y soy el camarada. / O, si tú quieres, me insinuaré bajo tu traje, / y sentiré los latidos de tu corazón o descansaré sobre tu cadera. / Llévame contigo cuando partas, por tierra o por mar; / porque me basta tocarte, / porque así, tocándote, podría dormirme dulcemente y ser llevado por toda la eternidad.»
Y me encanta cuando Whitman, tan hermoso, tan viejo, tan puro y tan ingenuo, hace su proclamación para la democracia, una especie de american dream:
«Vamos, haré este continente indisoluble, / haré la raza más espléndida sobre la que el sol haya brillado jamás, / haré países divinos y magnéticos, / con el amor de los cantaradas, / con el amor de toda la vida de los camaradas. / Plantaré la unión, tan apretada como los árboles, a lo largo de los ríos de / América, a lo largo de las riberas de los grandes lagos y en todas las praderas, / haré ciudades inseparables que se echarán los brazos mutuamente alrededor del cuello, / gracias al amor de los camaradas, / gracias al amor viril de los camaradas. / Para ti brotan de mí estos cantos, oh, Democracia, para servirte, mafemme. / Y para ti, para ti modulo estos cantos.»